
Desde recibir amigos improvisando una “pizza party”, hasta levantar los platos del almuerzo para que los chicos hicieran las tareas de la escuela.
Desde tomar mate mientras hojeamos los diarios del domingo, hasta cambiarle los pañales al bebé.
Todas, o casi todas las instancias de nuestra historia familiar pasaron por esta querida mesa de la cocina. Si hasta podría ver de nuevo, si cierro los ojos, la expresión de Eugenio, hace más de veinte años, cuando le mostré el resultado de los análisis que me habían entregado en la clínica, donde estaba documentado mi primer embarazo.
Ese día, sobre la mesa de la cocina, juntamos nuestras manos y lloramos de alegría.
Y nunca olvidaré que mi papá apoyó aquí su mano, como asustado, cuando le contamos que iba a ser abuelo.
La mesa de la cocina había cobrado institucionalidad dentro de la casa, a partir de hechos significativos para todos nosotros. Para mí, tender el mantel recién estrenado, era y sigue siendo, el momento más encantador, antes de servir la comida hecha con mis propias manos, cuando nos sentábamos todos juntos a comer. La mesa se vestía de gala, realmente.
No, no voy a deshacerme de la mesa. De mi mesa. De nuestra mesa.
Desde hacía un tiempo, Analía, mi querida e innovadora amiga, me venía acosando con sus comentarios acerca del curso de Feng-Shui que había iniciado. Por razones de cercanía, la primera víctima de sus experimentos fue mi casa.
Ella deseaba desesperadamente darle el toque oriental a mi cocina, y obviamente, centralizó sus miradas en la mesa de la cocina. Me hablaba de remodelar esta parte de la casa con biombo, esterillas y crisantemos, hasta que por fin dijo la palabra mágica que marcó una fisura en nuestro afecto: “tatami”.
-Analía, estoy dispuesta a transformar esta cocina en una pagoda. Pero desde ya te advierto que la mesa no se toca.
-Desde hace mucho tiempo te estás quejando de dolor de espalda, me dijiste que tal vez habría que cambiar algunos muebles por otros más confortables. Creo que ha llegado el momento de hacerlo, ¿no crees? El tatami es saludable, te hace mantener la espalda derechita y…
-¡No! Esta mesa es sagrada. Nunca la voy a sacar ni vender ni reemplazar por esa cosa china. Además, sería desastroso que justo en el momento de comer entrara el perro y… No quiero ni imaginarme. Sería muy desagradable. No, ya lo tengo decidido.
-Deberías escuchar a mis profesores ¿Vendrías como oyente a una de mis clases? Vas a enterarte de cosas muy interesantes sobre cómo influye sobre nuestra vida, el entorno en el cual estamos y nos desarrollamos.
Tuve que acceder a la invitación de Analía. Pero no porque me hubiera convencido sobre el tema, sino porque de esa manera aflojaba un poco con sus consejos. ¡Estaba tan obsesionada, la pobre!
Cuando por fin me presentó al Grand Master Chan Kun Wah, la primera impresión que tuve fue la de estar frente a un verdadero asceta. Más serio e inexpresivo que un coco.
Pero su mirada tranquilizadora me transmitió la promesa de un mundo fascinante y desconocido. Gracias a mis años de estudios de filosofía, pude sintonizarme con el profuso y deslumbrante discurso del profesor. Era tanta la reveladora información que yo estaba recibiendo, en esos momentos, que llegué a sentirme culpable por la decoración personalizada que siempre insistí en practicarle a mi hogar.
Pensaba que si este plantel de cerebros chinos llegara a entrar en mi casa, además de invitarme a hacerme el Hara-Kiri, aunque fuera un ritual japonés, me ordenarían tirar todos los muebles a la basura.
Por lo visto y escuchado, el Feng-shui era más importante de lo que yo podría llegar a pensar. Lo creí más todavía, cuando supe que en otros tiempos había sido tema de estado.
Cuando la clase llegó a su término, durante el viaje de regreso a casa, Analía me miraba con insistencia buscando mi total aprobación, en cuanto al proyecto de instalar un tatami en el medio de mi cocina.
-¿Y? ¿Te convenciste que yo tenía razón? ¿Cuándo empezamos con el operativo “vida nueva”?
-No me apures, Analía, no va a ser ni fácil ni inmediata la respuesta. Hay que tener en cuenta que no vivo sola.
-Empecemos por cortarle las patas a la mesa de la cocina, para ir logrando el clima, entonces.
-¡Jamás! La mesa es sagrada. Lo último que haría en la vida sería cortarle las patas a mi mesa. Además, es de estilo, no podría rebajarla, hablando con propiedad.-Pero te provoca dolor de espalda, porque es alta.
-¡Está bien! La voy a guardar en el altillo, por un tiempo nada más, mientras probamos la manera de vivir de los chinos. Pero te aseguro que a mi familia le va a incomodar. Ya me estoy imaginando las caras…
Esa noche apenas pude dormir. Soñaba que iba al cuarto de las herramientas de Eugenio y con la sierra circular le cortaba las patas a la mesa. Mi cabeza era una máquina de ideas para lograr que Analía no se saliera con la suya. Me sentía una tonta por dejarme convencer tan fácilmente.
Muy temprano, la llamé a mi amiga y fui lo más clara posible.
-Ani, no te enojes, pero cambié de idea. Mi cocina se queda como está. El cambio es tan grande como diferente a nosotros. Te agradezco pero…
Analía se diplomó y se convirtió en profesora y consultora de Feng-Shui. Espero que logre convencer a otros. Porque lo que es a mí, no.
Además, la mesa de la cocina es tan importante en una casa, es el crisol donde se funden todas las cosas que nos pasan, es testigo de lo bueno y lo malo que nos sucede. La mesa de la cocina es sagrada.
Ella carga con el importante bagaje de vivencias que hacen a la familia, literalmente.
No quiero saber más sobre Feng-Shui.
Por ahora, no.
ALP©2009