Mis mejores palabras

Me llamo Alicia, me gusta escribir. De todo. Para todos los gustos. No me preguntes por qué. Pero si algo te gustó, me quiero enterar.

lunes, noviembre 09, 2009

BESO DE CERA


Y me largué a ir sola al museo. ¡Qué diablos! Al final, sucedía siempre lo mismo. “Vayamos el martes” “No puedo el martes” “Entonces, el miércoles” “Tengo curso, no puedo” “¿Y qué día podés?” “No sé, te llamo”.

Me cansé. El viaje hasta el centro, es largo para ir sola, pero me atrajo mucho la idea de visitar el famoso museo de cera del que tanto hablaba la gente. Según me habían contado , las estatuas que reproducen personajes famosos del todo el mundo, eran increíbles en cuanto a la calidad de los materiales con los que estaban hechos, y por la versatilidad de los rasgos físicos.

“Parecen tan reales, que sentís la sensación que estás frente al original”. Esa frase fue la que me quedó dando vueltas en la cabeza, para que tomara la decisión de ir, sola o acompañada. Para el caso era lo mismo.


La tarde del jueves la tenía libre de alumnos, de manera que tomé el tren en la estación de Munro, desde Retiro el subte hasta Lavalle y desde allí, por Esmeralda, caminé hasta Viamonte. Me extrañó no encontrarme con el Vikingo, que siempre anda por esa zona, acompañado de mulatonas curvilíneas y haciendo combinaciones en los ramales.

Crucé la calle con la emoción que me producía la cercanía del museo. Al llegar, una especie de mayordomo vestido con smoking, me puso en clima de suspenso.

“A la flauta” pensé. “¿Será de cera éste, también?” Me sonreí de mi propio chiste pavo, y él lo tomó como gentileza, mientras me saludaba dándome la bienvenida.


La galería de personajes quedaba en el primer subsuelo. La música de Vangelis inundaba el recinto y combinaba con el lugar.

El piso totalmente alfombrado, sofocaba los pasos y absorbía las voces con los comentarios admirados de los pocos que estábamos en el museo, a esa hora.

Las estratégicas dicroicas proyectaban las sombras de cada estatua, contra las paredes cubiertas con cortinados de voile, brindando un particular efecto a las figuras, las cuales estaban dispuestas como si estuvieran realizando alguna actividad determinada.

Por ejemplo, la estatua de Eva Perón, sentada frente al tocador, cepillándose el pelo, tenía un realismo que hacía emocionar.

La figura de Marilyn Monroe recostada sobre el césped, era la que concentraba la mayoría de las miradas masculinas.

Causaba un fuerte impacto pararse frente a un General Videla, que nos parecía desafiar con su mirada muerta.

La estatua del rockero Pappo, era asombrosa. Los jóvenes lo miraban con ojos húmedos, impresionados por el pelo sobre su rostro, y ataviado con ropa de cuero negro, montado en su moto, con gesto apacible.


Durante largo rato fui recorriendo cada rincón de la galería, extasiándome ante cada personaje, por la perfección que mostraban, tanto en la imitación de la piel, como en la calidad de sus vestimentas.

De pronto, me encontré frente a frente, con la estatua de Richard Gere, el actor norteamericano, por el cual morimos varias. Estaba ahí, tan cerca, mirándome y extendiendo sus brazos, invitándome con su sonrisa única. Me acerqué lentamente, me paré muy cerca de él, lo rodeé con mis brazos y le ofrecí mi boca anhelante y deseosa, para cumplir mi sueño tan largamente postergado. Cerré los ojos, y fue tal mi emoción que no me di cuenta que junto a mí se había parado el mayordomo de smoking, que no estaba hecho de cera, y que con una lasciva sonrisita me dijo:

-Mirá que éste está más frío que una heladera, mamita. Si necesitás un tipo de sangre caliente, acá lo tenés a papito…


Recién al llegar al andén del tren que me llevaría a casa, me empezaron a bajar las pulsaciones por el tremendo papelón que había sufrido en el museo. Todavía no puedo recordar cómo hice para llegar desde ese lugar, hasta el subte.

Menos mal que tampoco me lo crucé al Vikingo en ese estado, porque no hubiera sabido cómo explicarle lo ocurrido. Es más, no se lo hubiera dicho tampoco, porque él se lo podría contar a sus amigos, y mi vergüenza sería mayor, todavía.


Ah! Al museo no volví a ir, porque no encontré a nadie que me quisiera acompañar, están todos tan ocupados, siempre…


ALP©2007

A BARILOCHE EN BATATA

Había desechado lujos, clase V.I.P. y cuanto privilegio le ofrecían, para tomarse unas vacaciones normales.
“Normales”, había dicho, y el rostro de Moneypenny abandonó la expresión de devoción hacia Bond, para reflejar un total desconcierto.
También despreció la oferta de usar el Aston Martin, el Lotus o el Audi. Pidió un Citroën 3CV, para emprender sus vacaciones.

Las sales aromáticas surtieron su efecto. Moneypenny, repuesta del desmayo, tomó el teléfono, la guía comercial y ordenó a uno de los secretarios privados que antes del mediodía deberá estar estacionado en el garage, un Citroën 3CV de color gris.
-¡No! ¡Dije gris metalizado! – tronó Bond desde su sillón.
Luego, el 007 eligió el lugar turístico de su preferencia. Otra vez el rostro femenino viró al pálido mortal. Bond, poniéndose de pie lentamente, tomó con suave firmeza la mano de la joven, cuyo índice, al deslizarse por el plano de hoteles, se había detenido en Grecia.
-Honey, dije B A R I L O C H E.
La voz del agente denotaba una paciencia a punto de agotarse. Sin soltar la juvenil mano, apoyó el dedo hasta donde se leía claramente Bariloche.
-¿Su…Su…Sudamérica..? – balbuceó la chica.
-Exactamente. Muy buena tu pregunta. Veo que tus días de estudiante no han sido en vano. Haz, por favor la reserva pertinente…

Con todo lo necesario para iniciar el largo camino que le esperaba, Bond tomó un último café a la turca y se sentó al volante. Los anteojos oscuros reflejaron las ventanas, donde veía a una absorta Moneypenny esbozando un tímido “good bye”. James captó el mensaje de esos labios, sonrió y encendió el motor.

Bariloche amaneció con cielo despejado. El 3CV cero kilómetro había respondido perfectamente a la exigencia del conductor. Bond jamás había conducido a tan baja velocidad, pero el disfrute de sus vacaciones incluía esa condición. El Dr. Kingsley le había aconsejado que no le pidiera tanto a su corazón. Y acató la orden a pie juntillas.

El hotel de tres estrellas distaba a una cuadra del centro comercial de San Carlos. El paisaje era idéntico al documental que había visto en Londres. Se enamoró del panorama lacustre a primera vista.
El botones, cargando con el escaso equipaje, lo condujo al lobby. El conserje, detrás del mostrador, le sonrió mecánicamente y le tomó los datos:
-¿Nombre?
-Eeeeh…Fleming, Ian Fleming-
mintió Bond.
-¿Placer o negocios?
-Sólo placer.
-¿Viaja sólo o espera a alguien más?
-Depende. ¿Necesita saberlo ya?
-No, pero es por la cama. ¿Simple o doble?
-Doble, no podría hacerlo en una pequeña cama, aunque…
-Comprendo. Lo haré conducir hasta la suite especial.
-No. Deseo habitación común. Lo mismo que el menú. Tradicional, simple. ¿Muchos pasajeros?
-No, hasta ahora uno sólo. Parece que ambos vinieron hasta aquí a buscar el verdadero placer…
-¿Es alguien famoso?
-No, es un tal James Bond…
-¿¿¿Quién?????????


ALP© 2006

sábado, noviembre 07, 2009

VENECIA AUTÓCTONA


Acabo de mudarme a mi nueva casa y mi prima Mabel se acerca para darme una mano con la mudanza. ¡Mi casa! Pensaba que el divorcio me había borrado el deseo de ser feliz, pero al contemplar todo lo que me iba a acompañar de ahora en más, en mi nueva vida, mi corazón palpitante y emocionado, me dice que estoy más viva que nunca.


-Dame la llave del sótano, para guardar las herramientas. Mañana tempranito van a venir el paisajista con el jardinero y las van a necesitar, sin dudas.

-No hay sótano. Guardá todo en el cuartito del fondo.

-Sí, hay sótano. Por eso te pedí la llave.

-No hay sótano - digo con firmeza.

-Vení a verlo, por favor… - dice Mabel con insistencia.

Estamos frente a esa puerta misteriosa, semi oculta por los largos brazos de la glicina, y nos miramos sin entender nada. Pero la gran revelación nos espera al abrirla. Mabel junta sus fuerzas con las mías, y podemos vencer su resistencia, ya que por el paso del tiempo, las lluvias y los veranos, la puerta parece clavada.

Extrañamente, la lamparita de la entrada funciona y su luz se refleja en el agua que llega hasta la mitad de la angosta escalera. El agua de un río subterráneo corre bajo el terreno y quizás, bajo mi casa también.

Entonces sin dudarlo, subimos al bote amarrado a un costado. Mabel con la linterna ilumina hacia adelante y yo con el único remo, impulso la pequeña embarcación hacia un pequeño punto luminoso que se distingue al final. Las agujas luminosas de mi reloj pulsera nos indican que hace algo más de media hora que estamos a oscuras en el bote, yendo hacia quién sabe dónde.

Además, tratamos de seguir en línea recta, para no desorientarnos, ya que cada más o menos cien metros, nos cruzamos con un canal transversal.


De pronto, de la nada, aparece otro bote que viene en sentido contrario. Abro mi boca para decirle algo a la persona que apenas se distingue y cuál no es mi sorpresa al reconocer al hombre de la inmobiliaria, mostrándoles el río secreto, a futuros compradores de alguna propiedad vecina.
Nos saludamos, y sólo atino a pensar en mis futuros vecinos.
-Ojalá que sean gente de buenas costumbres – le comento a Mabel.
-Yo pienso igual. En este barrio no es habitual escuchar sobre historias locas o escandalosas… - responde con un suspiro.

Al cabo de otra media hora, decidimos regresar, para lo cual giro con cuidado, y al salpicar levemente nuestros brazos con el remo, nos damos cuenta que el agua está bastante fría. Instintivamente doblo por el canal correspondiente a nuestra recién descubierta puerta en el jardín, amarramos el bote, subimos la escalinata, y al emerger en mi jardín, vemos que la vecina de enfrente agita su mano y nos dice en voz alta:
-La próxima vez que hagan ese paseo, no olviden llevarse un chal o una chaqueta. Ayer pesqué un resfrío por la humedad de los canales…


ALP©2006

sábado, octubre 31, 2009

COMO LO SOÑÉ, TE LO CUENTO


Este sueño lo tuve durante la mañana del sábado 31 de Octubre de 2009. Me había despertado temprano, pero al ver que había amanecido lluvioso, y todos dormían, me volví a acostar.

“Entré a la cocina y ví a mi madre preparando una bandeja con bocaditos. Sobre la mesa había más bandejas llenas. Había poca luz en el ambiente, pero a ella parecía no importarle. Parecía disfrutar mucho de lo que estaba haciendo. Siempre tuve la idea de que en esa casa de Florida, la iluminación era insuficiente. La recuerdo sombría, tal vez por el gusto de mi madre de que manteniéndola en penumbras era más fresca durante los veranos.
-¿Te alcanza la comida?-pregunté preocupada.
-Sí. En la heladera siempre guardo un poco de todo, va a alcanzar, vas a ver.

En el comedor había una larga mesa tendida. Estaban todos nuestros familiares sentados, charlando ruidosamente, esperando que mi madre dispusiera las bandejas.
Pensé, con un dejo de sarcasmo, que cuando hay comida abundante y gratuita, nadie se lo pierde.

Antes de integrarme a la reunión, fui a dar un vistazo alrededor de la casa, como hago siempre, para asegurarme de que todo estuviera en orden.
Entré a mi dormitorio, que da sobre la ochava, el cual también estaba penumbroso. Al asomarme por la ventana vi a la niña morochita que estaba sentada en el suelo. Había colgado una bolsa de plástico, como de mercado, del lado de afuera, como para evitar que se le cerrara. La puerta ventana siempre me pareció insegura, fácil de abrir, y ahora lo estaba comprobando. La chica, sin dudas, estaba esperando a alguien para dejarlo entrar, también, a la casa.
La tomé de un brazo y la saqué afuera, dándole la bolsa, la cual no revisé. Este detalle lo recordé más tarde. Cerré la puerta con doble vuelta, saqué la llave de la cerradura y corrí las cortinas para que no se pudiera ver para adentro.

Al regresar a la cocina, le comenté a mi madre:
-Fui a hacer de policía, como hacía papá. Me quedo más tranquila si reviso todo.
Mamá se sonrió y apareció papá, tan saludable y pulcro como acostumbraba a estar la mayoría de las veces. Hacía mucho tiempo que no lo veía así. Me inundó una alegría tan desbordante que lo abracé muy fuerte y le besé la mejilla izquierda, que estaba tibia y suave. Seguramente hacía poco que se había afeitado. Mi felicidad era muy grande.

En el comedor hacían falta sillas, de manera que fui a buscar algunas fuera de la casa. Bajé las escaleras. Las enredaderas habían crecido sobre los escalones.
La gente pasaba en grupos por la vereda y me mezclé con esas personas nada más que por curiosidad. Comentaban que iban a una galería nueva donde los negocios tenían cosas novedosas y originales.
El lugar era enorme. Los locales estaban unidos por galerías de techos curvos. Vi mucha madera y plantas. La gente que paseaba era muy linda, parecían elegidos a propósito, para que todos los miraran con admiración. Al menos así me parecía a mí al verlos.
Las mujeres parecían modelos, y yo estaba contenta porque me había arreglado el pelo y no tenía nada que envidiarles. Noté que me miraban el vestido que llevaba, largo, de broderie blanco.

En la galería me perdí, creo que me desorienté. A otra chica que estaba recorriendo la galería le pasó lo mismo. En un local de peluquería, ví una silla de ruedas y le dije a la chica que estaba conmigo que me dolían las piernas. Por un rato me llevó, empujándola, pero después sin darme cuenta, estábamos otra vez en una esquina, preguntando para qué lado quedaba la calle San Lorenzo. La silla de ruedas la dejé junto a un macetero que ví a la entrada de un local.
Una chica, que parecía sincera, me dijo:
-¿Ves aquellos árboles donde la calle da la vuelta? Bueno, ésa es San Lorenzo, pero podés tomar el colectivo acá, que pasa por ahí.
Le dí las gracias, pero no tomé ningún colectivo, porque no tenía monedas encima.

Empecé a caminar en busca de la calle San Lorenzo. Cada vez que preguntaba notaba que había menos gente y estaba oscureciendo. Y la calle quedaba más y más lejos. Pensé que en casa estarían preocupados por mi tardanza. No se me ocurrió pedirle a alguien un teléfono celular. Sólo me preocupaba no tener monedas para un teléfono público.

Era casi de noche. Los que pasaban se daban cuenta de que yo estaba en camisón porque no me había puesto la bata más larga. Me envolví con la sábana y empecé a caminar más ligero pero estaba descalza y no me podía apurar más…”

La voz de una nena que pasaba por la vereda, junto a la ventana de mi dormitorio, me despertó. Lo primero que recordé del sueño fue el abrazo que le dí a mi papá. Y después de fijarme la hora en mi reloj pulsera, me puse a llorar.



ALP©2009

miércoles, julio 29, 2009

ODA A LA MESA DE LA COCINA


Desde recibir amigos improvisando una “pizza party”, hasta levantar los platos del almuerzo para que los chicos hicieran las tareas de la escuela.

Desde tomar mate mientras hojeamos los diarios del domingo, hasta cambiarle los pañales al bebé.

Todas, o casi todas las instancias de nuestra historia familiar pasaron por esta querida mesa de la cocina. Si hasta podría ver de nuevo, si cierro los ojos, la expresión de Eugenio, hace más de veinte años, cuando le mostré el resultado de los análisis que me habían entregado en la clínica, donde estaba documentado mi primer embarazo.

Ese día, sobre la mesa de la cocina, juntamos nuestras manos y lloramos de alegría.

Y nunca olvidaré que mi papá apoyó aquí su mano, como asustado, cuando le contamos que iba a ser abuelo.

La mesa de la cocina había cobrado institucionalidad dentro de la casa, a partir de hechos significativos para todos nosotros. Para mí, tender el mantel recién estrenado, era y sigue siendo, el momento más encantador, antes de servir la comida hecha con mis propias manos, cuando nos sentábamos todos juntos a comer. La mesa se vestía de gala, realmente.

No, no voy a deshacerme de la mesa. De mi mesa. De nuestra mesa.

Desde hacía un tiempo, Analía, mi querida e innovadora amiga, me venía acosando con sus comentarios acerca del curso de Feng-Shui que había iniciado. Por razones de cercanía, la primera víctima de sus experimentos fue mi casa.

Ella deseaba desesperadamente darle el toque oriental a mi cocina, y obviamente, centralizó sus miradas en la mesa de la cocina. Me hablaba de remodelar esta parte de la casa con biombo, esterillas y crisantemos, hasta que por fin dijo la palabra mágica que marcó una fisura en nuestro afecto: “tatami”.

-Analía, estoy dispuesta a transformar esta cocina en una pagoda. Pero desde ya te advierto que la mesa no se toca.

-Desde hace mucho tiempo te estás quejando de dolor de espalda, me dijiste que tal vez habría que cambiar algunos muebles por otros más confortables. Creo que ha llegado el momento de hacerlo, ¿no crees? El tatami es saludable, te hace mantener la espalda derechita y…

-¡No! Esta mesa es sagrada. Nunca la voy a sacar ni vender ni reemplazar por esa cosa china. Además, sería desastroso que justo en el momento de comer entrara el perro y… No quiero ni imaginarme. Sería muy desagradable. No, ya lo tengo decidido.

-Deberías escuchar a mis profesores ¿Vendrías como oyente a una de mis clases? Vas a enterarte de cosas muy interesantes sobre cómo influye sobre nuestra vida, el entorno en el cual estamos y nos desarrollamos.

Tuve que acceder a la invitación de Analía. Pero no porque me hubiera convencido sobre el tema, sino porque de esa manera aflojaba un poco con sus consejos. ¡Estaba tan obsesionada, la pobre!

Cuando por fin me presentó al Grand Master Chan Kun Wah, la primera impresión que tuve fue la de estar frente a un verdadero asceta. Más serio e inexpresivo que un coco.

Pero su mirada tranquilizadora me transmitió la promesa de un mundo fascinante y desconocido. Gracias a mis años de estudios de filosofía, pude sintonizarme con el profuso y deslumbrante discurso del profesor. Era tanta la reveladora información que yo estaba recibiendo, en esos momentos, que llegué a sentirme culpable por la decoración personalizada que siempre insistí en practicarle a mi hogar.

Pensaba que si este plantel de cerebros chinos llegara a entrar en mi casa, además de invitarme a hacerme el Hara-Kiri, aunque fuera un ritual japonés, me ordenarían tirar todos los muebles a la basura.

Por lo visto y escuchado, el Feng-shui era más importante de lo que yo podría llegar a pensar. Lo creí más todavía, cuando supe que en otros tiempos había sido tema de estado.


Cuando la clase llegó a su término, durante el viaje de regreso a casa, Analía me miraba con insistencia buscando mi total aprobación, en cuanto al proyecto de instalar un tatami en el medio de mi cocina.

-¿Y? ¿Te convenciste que yo tenía razón? ¿Cuándo empezamos con el operativo “vida nueva”?

-No me apures, Analía, no va a ser ni fácil ni inmediata la respuesta. Hay que tener en cuenta que no vivo sola.

-Empecemos por cortarle las patas a la mesa de la cocina, para ir logrando el clima, entonces.

-¡Jamás! La mesa es sagrada. Lo último que haría en la vida sería cortarle las patas a mi mesa. Además, es de estilo, no podría rebajarla, hablando con propiedad.-Pero te provoca dolor de espalda, porque es alta.

-¡Está bien! La voy a guardar en el altillo, por un tiempo nada más, mientras probamos la manera de vivir de los chinos. Pero te aseguro que a mi familia le va a incomodar. Ya me estoy imaginando las caras…


Esa noche apenas pude dormir. Soñaba que iba al cuarto de las herramientas de Eugenio y con la sierra circular le cortaba las patas a la mesa. Mi cabeza era una máquina de ideas para lograr que Analía no se saliera con la suya. Me sentía una tonta por dejarme convencer tan fácilmente.


Muy temprano, la llamé a mi amiga y fui lo más clara posible.

-Ani, no te enojes, pero cambié de idea. Mi cocina se queda como está. El cambio es tan grande como diferente a nosotros. Te agradezco pero…


Analía se diplomó y se convirtió en profesora y consultora de Feng-Shui. Espero que logre convencer a otros. Porque lo que es a mí, no.

Además, la mesa de la cocina es tan importante en una casa, es el crisol donde se funden todas las cosas que nos pasan, es testigo de lo bueno y lo malo que nos sucede. La mesa de la cocina es sagrada.

Ella carga con el importante bagaje de vivencias que hacen a la familia, literalmente.

No quiero saber más sobre Feng-Shui.

Por ahora, no.


ALP©2009

miércoles, julio 15, 2009

HISTORIAS EN TERCIOPELO ROJO




Fui prácticamente despedida de mi trabajo por toser en medio de un ensayo de coristas de la compañía, durante esta pandemia tan temida como increíble. Me di cuenta por el imperceptible rictus que noté en las mejillas de bebote del dueño del cabaret.


Su cara fue el fiel reflejo de lo que pasaba por su mente, porque era de la clase de personas que piensan con la cara. De la misma manera que los pies o las muelas “duelen” en la expresión del rostro, o como cuando nos miramos en un espejo estrenando zapatos, luego de caminar o bailar durante horas. Así de fácil era leerle el pensamiento al hombre.


Bueno, al muy cerdo le dio asco mi tos. ¡Mi tos! ¿Qué tendría que decir yo acerca de sus eructos sin disimulo delante de nosotras, mientras devoramos nuestros magros sandwiches?


Me habían anunciado que el tipo echaría al primero que tosiera, sin usar mascarilla. Pero nadie pensó que iba tan en serio el asunto.


Yo venía capeando heroicamente los embates de las microgotas de Pflüge. Concurría a trabajar con sobredosis de vitamina C, haciendo una vida ejemplar en cuanto a dieta alimentaria, tipo chaleco antibalas interior. Y justo se me viene a escapar una débil tos de mosquito, una sola vez, y el eco fue a parar certeramente, a los super oídos biónicos del muy pusilánime. Nadie la escuchó. Sólo él, con sus cachetes rosados.


Al día siguiente, el asistente me mandó llamar y en ese momento supe que mis horas en la compañía estaban contadas con los dedos de una mano.


-Mi querida Vanessa, es muy incómodo para mí hablar contigo en estas circunstancias, pero como sabrás, las disposiciones establecidas son inamovibles, desde que el nuevo director entró en funciones.


Hundí el pecho con una mezcla de rabia, de indignación y de odio, también, por qué no.


-¿Debo retirarme ya?


-No, al contrario, linda. Te mandé llamar para comunicarte que necesito de tu generosa colaboración, dada la experiencia que posees en prácticamente todas las rutinas sobre el escenario. Debido a la pandemia que nos azota, más de la mitad del plantel se ha retirado a sus casas para cumplir con el auto-aislamiento establecido por el ministerio de salud, y que descuento que ya conocerás, porque han comenzado a manifestarse síntomas de gripe. Además, existe una pequeñísima petición que deseo hacerte.


-Usted dirá- contesto, sin salir de mi enorme asombro por el rumbo inesperado que estaban tomando los acontecimientos.


-Por favor, no vuelvas a toser sin mascarilla, cuídate mucho, porque alguien tiene que poner el pecho a las balas, ¿comprendes? ¡jajaja!


Me comentó Araceli, mi compañera de cuadro, que mis carcajadas se escucharon hasta el segundo subsuelo.

Los días que siguieron en mi trabajo, fueron extraordinariamente tranquilos y sin mayores complicaciones. Los pocos que permanecimos sanos, pudimos cumplir con nuestras obligaciones, y con enorme éxito, de paso.


Los horarios de descanso eran gratos al punto de parecernos encuentros con verdaderos amigos. Gracias a esta nueva situación, las diez personas que nos veíamos desde hacía años, en los pasillos del recinto, nos habíamos re-descubierto al punto de saber cosas de la vida, uno del otro, como grandes amigos. Por ejemplo, jamás hubiera pensado que llegaría a saber los días de ovulación de Ruby, o la marca de preservativos que lleva siempre en el bolso, la risueña de Ángeles. Tampoco hubiera imaginado que Marcos es adicto al botox, y menos, saber que Tony es gay y vive en pareja con Alex.


El acercamiento afectivo entre el grupo fue creciendo un poco más cada día. Los hechos se fueron sucediendo de manera tal, que casi sin darnos cuenta estábamos planeando un negocio en sociedad a modo de franca competencia con la actual y pujante industria de mascarillas. Todos teníamos ahorros guardados que deseábamos convertirlos en alas propias. Por lo tanto, solamente faltaba presentar la novedad.


Quedaba una semana para que regresaran los del aislamiento forzoso y había que ir ultimando detalles.


El dueño de “Terciopelo Rojo” se reintegró a su puesto con huellas inequívocas en su rostro de que la fiebre por la gripe había hecho estragos. Las ojeras azuladas asomaban por encima de un barbijo inmaculado, enganchado en sus orejas. Una tos caprichosa, que no le permitía hablar más de tres palabras seguidas, le hizo brillar los ojos. Tenía la mirada perdida y pronto se encontró con la mía. La escena era tensa.


Hasta que por fin, inesperadamente, comenzó a aplaudir al ver a cada uno de los integrantes del cabaret, técnicos, iluminadores, bailarines y mozos, luciendo magníficos barbijos de raso de colores diferentes, bordados en pedrería, con interior descartable, a tono con las circunstancias y el lugar.


Pero su fugaz beneplácito duró poco, pronto se apagó su entusiasmo al conocer la noticia de nuestros jugosos ingresos, producto de la venta de esa clase de mascarillas, a todos los teatros del centro de la ciudad de Buenos Aires, mientras él quedaba afuera de nuestro negocio.


Empresa de la que nos aprovecharíamos hasta que el virus de la gripe aflojara, para emprender otro contra el agazapado dengue…


APL©2009

miércoles, julio 08, 2009

¡HUGO EN ACCIÓN!

¡TÍTERES! ARTESANÍA PARA EL ALMA

lunes, junio 29, 2009

¡ELÉCTRICO! ¡INOLVIDABLE!