miércoles, julio 08, 2009
martes, junio 30, 2009
lunes, junio 29, 2009
jueves, junio 18, 2009
TU MIRADA AZUL

La sala Casacuberta del Teatro San Martín rebosa de luces, gente y voces desparejas.
La temporada cultural arranca con un evento esperado por los que amamos la lectura. Tener tan cerca a un famoso escritor es una tentación demasiado fuerte, inevitable.
Miro a mi alrededor tratando de encontrar rostros conocidos y pensando que solamente a mí se me podría haber ocurrido venir sin compañía. Todo el mundo está con alguien. Menos yo.
De pronto, inesperadamente, te veo y pienso que es verdad eso de quedar de una pieza por la sorpresa. Porque, quizás, atraído por el imán de mi mirada, gira tu cabeza hacia donde me encuentro y tus ojos azules me convierten en maniquí de vidriera. Como antes, como hace un año.
La mujer que te acompaña, rompe el sortilegio creado por diez segundos, y te roba la mirada para sí.
Las luces se atenúan, indicando que el momento de la conferencia, se aproxima. La gente y las voces desparejas, también se esfuman.
La voz del orador atrapa mi atención, pero mis ojos van hacia donde estás sentado, todo el tiempo.
Creo que pagaría una fortuna por saber lo que estás pensando. Si al cabo del año que pasó como ráfaga, me ves igual o cambiada. Y me muero por saber si la mujer que está sonriendo a tu derecha, es tu amor, después de mí.
Me consuela comprobar que tus ojos apenas la miran cuando te habla, ocasionalmente.
La conferencia llega a su fin. Las luces, la gente y las voces desparejas, inundan la sala, como al principio.
Permanezco sentada en mi butaca para verte pasar y esperar que tu mirada azul se encuentre con mis ojos ávidos.
Al distinguirte por entre el público, me preparo para ese instante, pero tu mirada no me busca. Tus ojos están fijos hacia la salida, hacia adelante. Hacia la nada. Igual que los míos, que acaban de chocar con tu bastón de color blanco.
La corriente humana te aleja. Y mis pies se clavan en la alfombra.
Y me convierto en maniquí de vidriera. Pero no por tu mirada azul.
La temporada cultural arranca con un evento esperado por los que amamos la lectura. Tener tan cerca a un famoso escritor es una tentación demasiado fuerte, inevitable.
Miro a mi alrededor tratando de encontrar rostros conocidos y pensando que solamente a mí se me podría haber ocurrido venir sin compañía. Todo el mundo está con alguien. Menos yo.
De pronto, inesperadamente, te veo y pienso que es verdad eso de quedar de una pieza por la sorpresa. Porque, quizás, atraído por el imán de mi mirada, gira tu cabeza hacia donde me encuentro y tus ojos azules me convierten en maniquí de vidriera. Como antes, como hace un año.
La mujer que te acompaña, rompe el sortilegio creado por diez segundos, y te roba la mirada para sí.
Las luces se atenúan, indicando que el momento de la conferencia, se aproxima. La gente y las voces desparejas, también se esfuman.
La voz del orador atrapa mi atención, pero mis ojos van hacia donde estás sentado, todo el tiempo.
Creo que pagaría una fortuna por saber lo que estás pensando. Si al cabo del año que pasó como ráfaga, me ves igual o cambiada. Y me muero por saber si la mujer que está sonriendo a tu derecha, es tu amor, después de mí.
Me consuela comprobar que tus ojos apenas la miran cuando te habla, ocasionalmente.
La conferencia llega a su fin. Las luces, la gente y las voces desparejas, inundan la sala, como al principio.
Permanezco sentada en mi butaca para verte pasar y esperar que tu mirada azul se encuentre con mis ojos ávidos.
Al distinguirte por entre el público, me preparo para ese instante, pero tu mirada no me busca. Tus ojos están fijos hacia la salida, hacia adelante. Hacia la nada. Igual que los míos, que acaban de chocar con tu bastón de color blanco.
La corriente humana te aleja. Y mis pies se clavan en la alfombra.
Y me convierto en maniquí de vidriera. Pero no por tu mirada azul.
La revelación me aniquila, y ahora sí, agradezco no estar acompañada. Necesito ordenar mi cabeza y repasar aquellos momentos en que mi vida tenía sentido porque tus ojos azules, eran solo para mí.
Los anteojos oscuros tapa-lágrimas, me contienen. Y mi mirada busca desesperadamente, un taxi. Nunca debí venir. Nunca debí saber.
Los anteojos oscuros tapa-lágrimas, me contienen. Y mi mirada busca desesperadamente, un taxi. Nunca debí venir. Nunca debí saber.
APL©2009
jueves, junio 11, 2009
LA PROFESORA DE HISTORIA

Con tanto conocimiento enloqueció al punto de querer abandonar los estudios a partir de la segunda mitad de octubre. Los decibeles de la euforia colectiva por la proximidad de la finalización del quinto año del secundario, subían notablemente, en el colegio. Parecía un código tácito entre todo el estudiantado. Pero, a Gastón no le alcanzaron los decimales para eximirse. Hubiera deseado no quedarse como un paria, por los pasillos del Nacional, repasando y repasando bolillas, para rendir examen y aprobar aunque sea con un cuatro… Mientras tanto, se moría de envidia viendo cómo los que se salvaban de rendir, andaban por los alrededores del colegio, disfrutando de la libertad propiciada durante el año.
Romina y María del Rosario habían empezado desde hacía una semana, a prestar sus trabajos de Historia, para que los que tenían promedios más menesterosos, se actualizaran y presentaran a la mesa examinadora, carpetas completas al momento de rendir las materias.
- Te agregan puntos si presentás una carpeta perfecta. – decía Romina, con cara de “traga” superada y solidaria.
La otra tarde, después de clase, Gastón fue a la biblioteca del colegio. Hacía calor, a pesar de la penumbra, de los techos altos y del ventilador.
Desconocía en él esta creciente voluntad para buscar la pila de libros sobre Historia de la Instituciones a partir de 1810, y dedicarse a preparar un buen examen.
Empezó a concentrarse en la lectura y a elaborar como método, una especie de croquis con apuntes, para que le fuera más fácil meterse en la cabeza tantos nombres, fechas y batallas de la época.
Al cabo de un par de horas, se desperezó largamente en la silla, haciendo crujir las maderas del respaldo y la rafia del asiento. Se sentía entumecido, pero contento, le había resultado fácil memorizar el mapa histórico que se había fabricado.
-¿En cuál te quedaste?- le preguntó la mujer que estaba sentada en el extremo opuesto de la larga mesa.
-En Historia. Pero parece que estudiar me está resultando más fácil de lo que pensaba.
-Te va a ir bien, vas a ver – afirmó, con total convicción.
-¿Usted es profesora? ¿O viene a buscar apuntes para su hijo… o hija?
-Soy profesora de Historia – respondió. Y volviendo la cabeza hacia la ventana por la que se veían los canteros de calas, la mujer se quedó pensativa, callada.
Gastón se sumergió nuevamente en el otro texto que había sacado del estante, y completó el apunte que había iniciado para estudiar.
Al cabo de otra hora, en el lugar, que ya empezaba a llenarse de rincones oscuros, por el atardecer que se hacía presente, escuchó la voz de Romina que se estaba aproximando hasta donde estaba sentado:
-Mirá que más de diez no ponen, ¿eh? Dale, seguís repasando mañana. ¡Te vas a enfermar!- bromeaba.
Mientras bajaban por la escalera de mármol que daba al patio, le comentó el encuentro en la biblioteca con una profesora, que le había dicho, con total seguridad, que le iba a ir bien en el examen de mañana.
Romina lo miró sorprendida y dijo:
-¿Profesora? ¡Qué extraño! Si en el plantel no hay profesoras. Son todos hombres los profesores de Historia… ¿Cómo era?
Entonces iba a describirla, pero sobre una pared vio una vieja foto de esa profesora, sentada en un banco debajo de la enorme araucaria del patio, y señalándola con el dedo, le dijo:
-Es ésta la que estuvo hoy conmigo en la biblioteca.
-¡No puede ser!
-¡Te juro por Dios que era ésta!
Romina y María del Rosario habían empezado desde hacía una semana, a prestar sus trabajos de Historia, para que los que tenían promedios más menesterosos, se actualizaran y presentaran a la mesa examinadora, carpetas completas al momento de rendir las materias.
- Te agregan puntos si presentás una carpeta perfecta. – decía Romina, con cara de “traga” superada y solidaria.
La otra tarde, después de clase, Gastón fue a la biblioteca del colegio. Hacía calor, a pesar de la penumbra, de los techos altos y del ventilador.
Desconocía en él esta creciente voluntad para buscar la pila de libros sobre Historia de la Instituciones a partir de 1810, y dedicarse a preparar un buen examen.
Empezó a concentrarse en la lectura y a elaborar como método, una especie de croquis con apuntes, para que le fuera más fácil meterse en la cabeza tantos nombres, fechas y batallas de la época.
Al cabo de un par de horas, se desperezó largamente en la silla, haciendo crujir las maderas del respaldo y la rafia del asiento. Se sentía entumecido, pero contento, le había resultado fácil memorizar el mapa histórico que se había fabricado.
-¿En cuál te quedaste?- le preguntó la mujer que estaba sentada en el extremo opuesto de la larga mesa.
-En Historia. Pero parece que estudiar me está resultando más fácil de lo que pensaba.
-Te va a ir bien, vas a ver – afirmó, con total convicción.
-¿Usted es profesora? ¿O viene a buscar apuntes para su hijo… o hija?
-Soy profesora de Historia – respondió. Y volviendo la cabeza hacia la ventana por la que se veían los canteros de calas, la mujer se quedó pensativa, callada.
Gastón se sumergió nuevamente en el otro texto que había sacado del estante, y completó el apunte que había iniciado para estudiar.
Al cabo de otra hora, en el lugar, que ya empezaba a llenarse de rincones oscuros, por el atardecer que se hacía presente, escuchó la voz de Romina que se estaba aproximando hasta donde estaba sentado:
-Mirá que más de diez no ponen, ¿eh? Dale, seguís repasando mañana. ¡Te vas a enfermar!- bromeaba.
Mientras bajaban por la escalera de mármol que daba al patio, le comentó el encuentro en la biblioteca con una profesora, que le había dicho, con total seguridad, que le iba a ir bien en el examen de mañana.
Romina lo miró sorprendida y dijo:
-¿Profesora? ¡Qué extraño! Si en el plantel no hay profesoras. Son todos hombres los profesores de Historia… ¿Cómo era?
Entonces iba a describirla, pero sobre una pared vio una vieja foto de esa profesora, sentada en un banco debajo de la enorme araucaria del patio, y señalándola con el dedo, le dijo:
-Es ésta la que estuvo hoy conmigo en la biblioteca.
-¡No puede ser!
-¡Te juro por Dios que era ésta!
-¡Te repito que no puede ser! Leé las fechas escritas debajo de la foto!
Cuando leyó “Lía Castro, 1935-1965”, se le heló la sangre.
Romina y Gastón se miraron y comprendieron al instante que la leyenda del fantasma de la profesora de Historia, era totalmente cierta y no pavadas que contaban algunos de sus compañeros bromistas.
Algo cambió en la forma de ser de Gastón. No solamente él mismo notaba ese cambio, sino que todos sus compañeros se lo decían.
Cada vez que pasaba junto a la foto de la profesora misteriosa, la miraba con un dejo de complicidad y volvía a pensar en el encuentro que había tenido con ella en la biblioteca.
Gastón se había vuelto sumamente estudioso de golpe. No sea cosa que le quedara alguna materia por rendir y tuviera que ir a la biblioteca a estudiar, otra vez…
Cuando leyó “Lía Castro, 1935-1965”, se le heló la sangre.
Romina y Gastón se miraron y comprendieron al instante que la leyenda del fantasma de la profesora de Historia, era totalmente cierta y no pavadas que contaban algunos de sus compañeros bromistas.
Algo cambió en la forma de ser de Gastón. No solamente él mismo notaba ese cambio, sino que todos sus compañeros se lo decían.
Cada vez que pasaba junto a la foto de la profesora misteriosa, la miraba con un dejo de complicidad y volvía a pensar en el encuentro que había tenido con ella en la biblioteca.
Gastón se había vuelto sumamente estudioso de golpe. No sea cosa que le quedara alguna materia por rendir y tuviera que ir a la biblioteca a estudiar, otra vez…
APL©2007
miércoles, junio 10, 2009
LA TORRE VOLADORA DE ISABELLE
En un castillo inglés construido sobre un cabo rocoso, habitó una doncella de nombre Isabelle, a quien se la recordó durante muchos años, en tertulias y banquetes.La joven había sido víctima del encantamiento.
La corte del Rey Arturo, por esos días, disfrutaba de las competencias de gentiles caballeros adiestrados para el lucimiento con sus lanzas.
Las jóvenes casaderas tenían la oportunidad de conseguir pretendientes, pero Isabelle no la tuvo, por culpa de su fervorosa inclinación a leer en demasía.
Fue forzada al encierro al manifestar, que tenía el poder de volar sobre bosques y campiñas, permaneciendo en su habitación.
El horror se instaló en el rostro de cuanta persona había alcanzado a escucharla y fue considerada un pésimo ejemplo para sus congéneres, cercano a la brujería.
En realidad, Isabelle, solamente quiso significar, que al leer historias fantásticas, con su prodigiosa imaginación, podía estar en otros sitios, sin trasponer los sólidos muros donde habitaba.
Para salvar su reputación, las Hadas de Avalón, temidas y respetadas, arrancaron de su base la torre que servía de cárcel a Isabelle, y delante de toda la concurrencia presente en los torneos, sobrevolaron las arenas, mientras la doncella los saludaba desde el balcón.
APL©2009
domingo, mayo 03, 2009
TRUDI

A Trudi la encontramos recostada junto al trigo maduro. La vimos de casualidad, cuando uno de los perros la olió y empezó a mover la cola por la alegría de verla.
Ni se inmutó cuando la rodeamos. Parecía no importarle nada de lo que pasaba a su alrededor. Se quedó en silencio mirando algo que nosotros no podíamos ver, y no contestó nuestro aluvión de preguntas.
Los aritos de cristal de roca cintilaron en sus orejas como pequeños rayos, y en ese momento la vieja Consuelo dijo lo que no queríamos oir: “Ya la besó el Pombero, me parece que la preñó, hay olor a jazmín. Seguro que la dejó preñada ”.
La llevamos hasta la choza. Le saqué el delantal y le tapé los pies helados. La vieja nos hizo salir:
-“Quédense afuera. Si ven algo que no conocen, toquen la campana sin parar, para que no se acerque. El Pombero no aguanta las campanas”.
A las cinco de la tarde, se abrió la puerta del rancho y apareció Trudi sonriendo y saludando como si nada.
Al preguntarle por doña Consuelo respondió indiferente:
-“Se fue con el caballero del sulky ¿Vieron con qué elegancia hablaba el señor?”
Ni se inmutó cuando la rodeamos. Parecía no importarle nada de lo que pasaba a su alrededor. Se quedó en silencio mirando algo que nosotros no podíamos ver, y no contestó nuestro aluvión de preguntas.
Los aritos de cristal de roca cintilaron en sus orejas como pequeños rayos, y en ese momento la vieja Consuelo dijo lo que no queríamos oir: “Ya la besó el Pombero, me parece que la preñó, hay olor a jazmín. Seguro que la dejó preñada ”.
La llevamos hasta la choza. Le saqué el delantal y le tapé los pies helados. La vieja nos hizo salir:
-“Quédense afuera. Si ven algo que no conocen, toquen la campana sin parar, para que no se acerque. El Pombero no aguanta las campanas”.
A las cinco de la tarde, se abrió la puerta del rancho y apareció Trudi sonriendo y saludando como si nada.
Al preguntarle por doña Consuelo respondió indiferente:
-“Se fue con el caballero del sulky ¿Vieron con qué elegancia hablaba el señor?”
APL©2009
A LA SOMBRA DE UN GRAN ABANICO DE PLUMAS
La enorme pantalla de plumas de pavo real y faisán, abanicaba el cuerpo acalorado de la esposa del emperador. El esclavo que le brindaba el aire fresco, parecía un autómata que sólo sabía hacer esa única tarea. La sombra en las gradas imperiales del Coliseo, no era suficiente. Las primeras horas de la tarde, ardientes de sol y algarabía, acrecentaban la sed insaciable de sangre. El momento era el marco del gran espectáculo que se avecinaba.
El público, muy pronto comenzó a disfrutar de lo prometido. Un mancebo que portaba una cesta de panes y manzanas, comenzó a arrojar el contenido hacia las tribunas enfervorizadas.
La aparición de los gladiadores luciendo brillantes armas y escudos, fue la antesala del clímax.
Los vítores que aullaban los fanáticos, se dejaban oír notoriamente diferentes, al llamar a los luchadores favoritos.
Era una tarde con olor a muerte. Y en cada alma reunida en ese festival salvaje, reinaba un deseo que las igualaba: alguien deberá morir, en esa tarde febril.
La primera contienda arrojó al primer gladiador vencido, sobre la arena teñida, que disimuló la mano de una doncella, al clavar una pluma de faisán, envenenada, en el cuello real de la emperatriz.
El público, muy pronto comenzó a disfrutar de lo prometido. Un mancebo que portaba una cesta de panes y manzanas, comenzó a arrojar el contenido hacia las tribunas enfervorizadas.
La aparición de los gladiadores luciendo brillantes armas y escudos, fue la antesala del clímax.
Los vítores que aullaban los fanáticos, se dejaban oír notoriamente diferentes, al llamar a los luchadores favoritos.
Era una tarde con olor a muerte. Y en cada alma reunida en ese festival salvaje, reinaba un deseo que las igualaba: alguien deberá morir, en esa tarde febril.
La primera contienda arrojó al primer gladiador vencido, sobre la arena teñida, que disimuló la mano de una doncella, al clavar una pluma de faisán, envenenada, en el cuello real de la emperatriz.
APL©2009
EL ANIMAL

A los cuarenta años, el Animal se había convertido en un maestro en las artes de la lucha en la arena. Las contiendas y ese goce de alcanzar el estado óptimo, para competir, ya no los disfrutaba con su propio cuerpo, sino que volcaba lo aprendido en los pupilos que tenía a su cargo.
Los miraba esquivando sacos, corriendo vueltas con espada, red y lanza en mano, para obligar al músculo y al espíritu. Se veía a sí mismo cuando a los doce años salió por primera vez a la arena.
Pronto detuvo sus recuerdos al ver a Julia, la doncella más piadosa de palacio, quien se acercaba hacia él.
-Aquí tienes la paga – le dijo, extendiéndole una pequeña bolsa con monedas – mi padre Lucullus te espera mañana, al amanecer.
Al Animal, le dolía esa presencia, que le hacía pensar que su hija sería de esa edad. Desde aquella lejana y dolorosa separación, nunca más supo de su mujer y su niña recién nacida.
La leyenda viva de la historia de los luchadores romanos, había soportado sin mella, los terribles golpes y heridas recibidos durante su vida. Sin embargo, Julia, en unos segundos, hizo brillar la mirada curtida del Animal.
Los miraba esquivando sacos, corriendo vueltas con espada, red y lanza en mano, para obligar al músculo y al espíritu. Se veía a sí mismo cuando a los doce años salió por primera vez a la arena.
Pronto detuvo sus recuerdos al ver a Julia, la doncella más piadosa de palacio, quien se acercaba hacia él.
-Aquí tienes la paga – le dijo, extendiéndole una pequeña bolsa con monedas – mi padre Lucullus te espera mañana, al amanecer.
Al Animal, le dolía esa presencia, que le hacía pensar que su hija sería de esa edad. Desde aquella lejana y dolorosa separación, nunca más supo de su mujer y su niña recién nacida.
La leyenda viva de la historia de los luchadores romanos, había soportado sin mella, los terribles golpes y heridas recibidos durante su vida. Sin embargo, Julia, en unos segundos, hizo brillar la mirada curtida del Animal.
APL©2009
EL ERROR DE LAVINIA

Lavinia era más afortunada que el resto de las doncellas de la nobleza. El general Plinius le había encomendado la especial tarea de preparar los alimentos que componían la dieta del gladiador Marco Valerio.
El atleta que la hacía suspirar de amor, era propiedad del recio militar y se lo cuidaba como lo que era: el mejor.
El gladiador gozaba del trato diferente que le brindaba la joven. Sesiones de masajes con óleos aromáticos, baños de infusiones y una alimentación basada en cereales, higos, leche de cabra, pan y carne de cerdo.
Plinius, había consultado con viejos médicos romanos sobre las comidas que favorecían el desarrollo de la masa corporal, y en especial, la protección y limpieza de la sangre.
Introdujo en la rutina dietaria, abundante consumo de perejil, para fortalecer las venas de brazos y piernas del enorme luchador.
Una mañana, Lavinia fue a recolectar un manojo de dicha hierba a una huerta cercana. Seguidamente, lavó y picó las hojas verdes, para esparcir sobre la comida humeante.
Marco Valerio devoró el suculento cuenco, y al rato cayó muerto.
Lavinia, inexperta, había confundido perejil con hiedra venenosa.
El atleta que la hacía suspirar de amor, era propiedad del recio militar y se lo cuidaba como lo que era: el mejor.
El gladiador gozaba del trato diferente que le brindaba la joven. Sesiones de masajes con óleos aromáticos, baños de infusiones y una alimentación basada en cereales, higos, leche de cabra, pan y carne de cerdo.
Plinius, había consultado con viejos médicos romanos sobre las comidas que favorecían el desarrollo de la masa corporal, y en especial, la protección y limpieza de la sangre.
Introdujo en la rutina dietaria, abundante consumo de perejil, para fortalecer las venas de brazos y piernas del enorme luchador.
Una mañana, Lavinia fue a recolectar un manojo de dicha hierba a una huerta cercana. Seguidamente, lavó y picó las hojas verdes, para esparcir sobre la comida humeante.
Marco Valerio devoró el suculento cuenco, y al rato cayó muerto.
Lavinia, inexperta, había confundido perejil con hiedra venenosa.
APL©2009


