EL VIAJE

El tren se detiene por fin. Por unos instantes permanezco en mi asiento. Me gusta ser el último pasajero que desciende al finalizar un viaje, para disfrutar de ese minuto de silencio y quietud.
Recorro con la vista el paisaje nuevo. Mi cargo en una importante firma internacional me lleva por todo el país, hace ya varios años. Es mi primer viaje a este pequeño pueblo.
Sin apuro abandono el tren y me dirijo hacia el final del andén.
Mis pasos hacen crujir de manera especial las brillantes piedritas multicolores del suelo.
El sol del mediodía me obliga a usar el sombrero que llevo en mi mano izquierda. En la derecha llevo mi pequeña maleta, la cual contiene mis máximas esperanzas de concretar muchas ventas. Y también mis mejores y más presentables prendas de vestir.
El andén se corta por una hermosa avenida, ancha y recta, bordeada por verdes árboles, cuyas hojas brillan como si estuvieran mojadas.
La brisa mece las ramas y el destello de sus pequeños frutos llama mi atención. Parecen pepitas de oro. Al tomar una rama para verlos de cerca puedo comprobar que las doradas esferitas que crecen en racimos son nísperos, diferentes a los que estoy acostumbrado a ver en otros lugares, pues son de una textura y perfección que me dejan perplejo.
-Esto es oro!- pienso en voz alta.
-Por supuesto!- contesta la niña que pasa a mi lado y me observa divertida, alejándose en su plateada bicicleta.
La sed que me provoca el calor hace que busque un lugar donde beber algo fresco.
Hallo un bar donde reina una fresca penumbra. El pianista desgrana una suave melodía. Pido gaseosa con hielo y me siento junto a un ventanal.
Comienzo a observar a los transeúntes y de pronto reparo en algo que aunque lo estoy viendo, no lo puedo creer. Todas las mujeres lucen joyas finísimas, toda clase de collares, brazaletes y anillos.
Y los hombres muestran sus alfileres de corbata, encendedores y boquillas, realmente deslumbrantes.
Realmente no puedo disimular mi asombro y se nota tanto mi estupor, que ahora el observado soy yo.
Especialmente por la misma niña que había visto un rato antes con su bicicleta de... de plata!
Me levanto de golpe para ir hacia la barra donde el barman pretendía darle aún más brillo a las delicadas copas de...cristal.
Las preguntas se me agolpan en la garganta y la forma en que me siento observado hace que opte por preguntar solamente por el hotel más cercano.
La calle que separa el bar del hotel es la que más tardo en recorrer en toda mi vida. A cada instante me detengo para admirar boquiabierto los detalles de las magníficas casas del pueblo.
Cada vivienda es un lujoso despliegue de mármoles, vitreaux, y suntuosos cortinados de terciopelos y encajes. Los herrajes son dorados, quizá de oro...
Ni hablar de las plantas y los árboles en veredas y jardines. Cada uno es una obra de arte, perfectos. Parecen colocados en total armonía y absoluto sentido de la proporción.
Todo me parece irreal. Pero al mismo tiempo, normal, porque veo gente paseando, niños jugando y vehículos circulando.
Continúo caminando y al llegar a la esquina me detengo junto al semáforo. No estoy viendo un espejismo. El semáforo es una joya auténtica. El metal del poste parece platino; la luz roja, un bellísimo rubí, enorme y finamente tallado; la luz del medio, un espléndido y gigantesco brillante y la verde, una fabulosa esmeralda! No puedo calcular el valor de tamaña pieza.
Miro a mi alrededor y noto que los transeúntes me espían divertidos.
Analizo la situación y comprendo que lo que para mí en este pueblo, es motivo de arrobamiento, para sus habitantes no significa nada, viven indiferentes a la riqueza que los rodea. Para ellos, todo es sumamente natural.
Por fin diviso el cartel luminoso de un hotel y apuro el paso porque temo seguir observando lo que me rodea. No quiero despertar sospechas y crean que soy un tonto o lo que es peor, un ladrón.
Atravieso el hall del hotel y solicito una habitación.
Vengo por unos pocos días y sólo deseo descansar para después salir a buscar clientes.
Ya en la habitación, me acerco al ventanal que da a la calle.
El panorama es hermoso. El sol queda oculto detrás de los edificios y sus reflejos embellecen aún más el lugar.
Estoy en el sexto piso y desde aquí el centro comercial luce como recamado en piedras preciosas.
Luego de una ducha, me tiendo en la cama y me quedo dormido casi enseguida. Estoy agotado por tantas sorpresas.
De pronto, un suave tintineo me despierta. Presto atención, pero no escucho nada.
Estoy a punto de volver a dormirme y otra vez el tintineo. Convencido de que algo ocurre afuera, me levanto de un salto y voy hacia la ventana.
El reloj de la catedral indica las cuatro de la mañana.
Entonces, veo una caravana de camiones que avanza lentamente por la calle principal, debajo de mi ventana. Los sonidos que me despertaron provienen del interior de los vehículos.
En el otro extremo de la calle, esperándolos, hay gran cantidad de volquetes, donde van colocando la preciosa carga. Es decir, kilos y kilos de joyas!
Así transcurre algo más de una hora, y al pasar el último camión, todo se vuelve oscuro y silencioso.
Vuelvo a mi lecho y ya no puedo dormir.
A las ocho en punto, suena el teléfono. La voz del conserje me da los buenos días y me avisa que el comedor está a mi disposición para desayunar, en la planta baja.
Un poco aturdido por la noche de sobresaltos, me dirijo a una de las mesas. Hay pocos pasajeros. El aroma del café invade el recinto y el sonido de la vajilla, proveniente de la cocina, me recuerda la caravana de camiones, de la noche anterior.
Cuando el mozo trae mi desayuno, le comento lo que había visto. El mozo me mira fijamente y me dice:
-Lo hicieron por la calle principal porque la carga era mucho mayor que otras veces. Pero no se preocupe, la próxima se hará por otra ruta. No volverán a despertarlo.
Lo dice a modo de disculpa y su explicación sólo contribuye a confundirme aún más.
Termino mi café y cuando estoy por salir a la calle, el conserje me entrega un sobre con mi nombre escrito en él. Lo abro y encuentro una tarjeta que dice:
“Ud. está invitado al Simposio Mundial de Joyeros, Orfebres y Artesanos. Lugar: Salón Dorado del Hotel Ambassador. Esta noche, 22 hs”.
La invitación me sorprende, porque nadie sabe que estoy en este pueblo, con excepción de mi jefe.
El conserje despeja mis dudas al decirme que todos los pasajeros del hotel están especialmente invitados al evento.
Llego al lugar indicado, puntualmente, y quedo petrificado ante tanto despliegue de lujo.
Veo los stands de las joyerías más famosas del mundo. El Simposio congrega a personalidades de todos los rincones del mundo, sólo basta con mirar los atuendos hindúes y árabes que lucen algunos.
Me paseo extasiado por los locales, y mis ojos no dan abasto ante tanto lujo y belleza.
La reunión culmina con un cocktail, donde el chocar de las copas indica que se han realizado excelentes negocios.
De pronto, una bella rubia, luciendo joyas que combinaban con su vestido, se me acerca y sonriendo me pregunta si había logrado buenas operaciones.
Cuando le respondo negativamente, porque no vendo joyas, me mira con extrañeza.
Entonces me pregunta en forma directa, qué es lo que vendo.
Y en el preciso instante en que termino de decirle que soy productor de seguros, comienza a sonreirse, luego a reir y después a lanzar sonoras carcajadas.
Empiezan a rodearnos decenas de personas tratando de levantar del suelo a la joven que se cae presa de la risa, provocada por mi respuesta.
Uno de los asistentes, muy preocupado, me pregunta el motivo de semejante tentación de risa que ataca a la chica, quien ya padece un terrible ataque de hipo.
En medio de mi estupor, le repito que represento a una empresa de seguros, esperando que me dijera si eso es tan gracioso, como para hacer reir a alguien de tal manera.
Las paredes del Salón hacen que el eco de la carcajada general, vaya en aumento, de una forma atronadora.
Tapándome los oídos, para no escuchar las burlas, corro hacia la calle, pero las carcajadas me alcanzan.
Me detengo jadeante frente al hotel, subo a buscar mis pertenencias y al llegar a la estación, de un salto trepo al último vagón del tren que se pone en marcha.
Juro que ni una sola vez, volví mis ojos hacia atrás...
APL©2006









