Mis mejores palabras

Me llamo Alicia, me gusta escribir. De todo. Para todos los gustos. No me preguntes por qué. Pero si algo te gustó, me quiero enterar.

viernes, septiembre 29, 2006

EL VIAJE


El tren se detiene por fin. Por unos instantes permanezco en mi asiento. Me gusta ser el último pasajero que desciende al finalizar un viaje, para disfrutar de ese minuto de silencio y quietud.

Recorro con la vista el paisaje nuevo. Mi cargo en una importante firma internacional me lleva por todo el país, hace ya varios años. Es mi primer viaje a este pequeño pueblo.
Sin apuro abandono el tren y me dirijo hacia el final del andén.
Mis pasos hacen crujir de manera especial las brillantes piedritas multicolores del suelo.

El sol del mediodía me obliga a usar el sombrero que llevo en mi mano izquierda. En la derecha llevo mi pequeña maleta, la cual contiene mis máximas esperanzas de concretar muchas ventas. Y también mis mejores y más presentables prendas de vestir.
El andén se corta por una hermosa avenida, ancha y recta, bordeada por verdes árboles, cuyas hojas brillan como si estuvieran mojadas.
La brisa mece las ramas y el destello de sus pequeños frutos llama mi atención. Parecen pepitas de oro. Al tomar una rama para verlos de cerca puedo comprobar que las doradas esferitas que crecen en racimos son nísperos, diferentes a los que estoy acostumbrado a ver en otros lugares, pues son de una textura y perfección que me dejan perplejo.
-Esto es oro!- pienso en voz alta.
-Por supuesto!- contesta la niña que pasa a mi lado y me observa divertida, alejándose en su plateada bicicleta.

La sed que me provoca el calor hace que busque un lugar donde beber algo fresco.
Hallo un bar donde reina una fresca penumbra. El pianista desgrana una suave melodía. Pido gaseosa con hielo y me siento junto a un ventanal.
Comienzo a observar a los transeúntes y de pronto reparo en algo que aunque lo estoy viendo, no lo puedo creer. Todas las mujeres lucen joyas finísimas, toda clase de collares, brazaletes y anillos.
Y los hombres muestran sus alfileres de corbata, encendedores y boquillas, realmente deslumbrantes.
Realmente no puedo disimular mi asombro y se nota tanto mi estupor, que ahora el observado soy yo.
Especialmente por la misma niña que había visto un rato antes con su bicicleta de... de plata!

Me levanto de golpe para ir hacia la barra donde el barman pretendía darle aún más brillo a las delicadas copas de...cristal.
Las preguntas se me agolpan en la garganta y la forma en que me siento observado hace que opte por preguntar solamente por el hotel más cercano.
La calle que separa el bar del hotel es la que más tardo en recorrer en toda mi vida. A cada instante me detengo para admirar boquiabierto los detalles de las magníficas casas del pueblo.

Cada vivienda es un lujoso despliegue de mármoles, vitreaux, y suntuosos cortinados de terciopelos y encajes. Los herrajes son dorados, quizá de oro...
Ni hablar de las plantas y los árboles en veredas y jardines. Cada uno es una obra de arte, perfectos. Parecen colocados en total armonía y absoluto sentido de la proporción.
Todo me parece irreal. Pero al mismo tiempo, normal, porque veo gente paseando, niños jugando y vehículos circulando.

Continúo caminando y al llegar a la esquina me detengo junto al semáforo. No estoy viendo un espejismo. El semáforo es una joya auténtica. El metal del poste parece platino; la luz roja, un bellísimo rubí, enorme y finamente tallado; la luz del medio, un espléndido y gigantesco brillante y la verde, una fabulosa esmeralda! No puedo calcular el valor de tamaña pieza.

Miro a mi alrededor y noto que los transeúntes me espían divertidos.
Analizo la situación y comprendo que lo que para mí en este pueblo, es motivo de arrobamiento, para sus habitantes no significa nada, viven indiferentes a la riqueza que los rodea. Para ellos, todo es sumamente natural.
Por fin diviso el cartel luminoso de un hotel y apuro el paso porque temo seguir observando lo que me rodea. No quiero despertar sospechas y crean que soy un tonto o lo que es peor, un ladrón.
Atravieso el hall del hotel y solicito una habitación.
Vengo por unos pocos días y sólo deseo descansar para después salir a buscar clientes.

Ya en la habitación, me acerco al ventanal que da a la calle.
El panorama es hermoso. El sol queda oculto detrás de los edificios y sus reflejos embellecen aún más el lugar.
Estoy en el sexto piso y desde aquí el centro comercial luce como recamado en piedras preciosas.
Luego de una ducha, me tiendo en la cama y me quedo dormido casi enseguida. Estoy agotado por tantas sorpresas.
De pronto, un suave tintineo me despierta. Presto atención, pero no escucho nada.
Estoy a punto de volver a dormirme y otra vez el tintineo. Convencido de que algo ocurre afuera, me levanto de un salto y voy hacia la ventana.
El reloj de la catedral indica las cuatro de la mañana.

Entonces, veo una caravana de camiones que avanza lentamente por la calle principal, debajo de mi ventana. Los sonidos que me despertaron provienen del interior de los vehículos.
En el otro extremo de la calle, esperándolos, hay gran cantidad de volquetes, donde van colocando la preciosa carga. Es decir, kilos y kilos de joyas!
Así transcurre algo más de una hora, y al pasar el último camión, todo se vuelve oscuro y silencioso.

Vuelvo a mi lecho y ya no puedo dormir.
A las ocho en punto, suena el teléfono. La voz del conserje me da los buenos días y me avisa que el comedor está a mi disposición para desayunar, en la planta baja.
Un poco aturdido por la noche de sobresaltos, me dirijo a una de las mesas. Hay pocos pasajeros. El aroma del café invade el recinto y el sonido de la vajilla, proveniente de la cocina, me recuerda la caravana de camiones, de la noche anterior.
Cuando el mozo trae mi desayuno, le comento lo que había visto. El mozo me mira fijamente y me dice:
-Lo hicieron por la calle principal porque la carga era mucho mayor que otras veces. Pero no se preocupe, la próxima se hará por otra ruta. No volverán a despertarlo.
Lo dice a modo de disculpa y su explicación sólo contribuye a confundirme aún más.

Termino mi café y cuando estoy por salir a la calle, el conserje me entrega un sobre con mi nombre escrito en él. Lo abro y encuentro una tarjeta que dice:
“Ud. está invitado al Simposio Mundial de Joyeros, Orfebres y Artesanos. Lugar: Salón Dorado del Hotel Ambassador. Esta noche, 22 hs”.
La invitación me sorprende, porque nadie sabe que estoy en este pueblo, con excepción de mi jefe.
El conserje despeja mis dudas al decirme que todos los pasajeros del hotel están especialmente invitados al evento.

Llego al lugar indicado, puntualmente, y quedo petrificado ante tanto despliegue de lujo.
Veo los stands de las joyerías más famosas del mundo. El Simposio congrega a personalidades de todos los rincones del mundo, sólo basta con mirar los atuendos hindúes y árabes que lucen algunos.
Me paseo extasiado por los locales, y mis ojos no dan abasto ante tanto lujo y belleza.

La reunión culmina con un cocktail, donde el chocar de las copas indica que se han realizado excelentes negocios.
De pronto, una bella rubia, luciendo joyas que combinaban con su vestido, se me acerca y sonriendo me pregunta si había logrado buenas operaciones.
Cuando le respondo negativamente, porque no vendo joyas, me mira con extrañeza.
Entonces me pregunta en forma directa, qué es lo que vendo.
Y en el preciso instante en que termino de decirle que soy productor de seguros, comienza a sonreirse, luego a reir y después a lanzar sonoras carcajadas.

Empiezan a rodearnos decenas de personas tratando de levantar del suelo a la joven que se cae presa de la risa, provocada por mi respuesta.
Uno de los asistentes, muy preocupado, me pregunta el motivo de semejante tentación de risa que ataca a la chica, quien ya padece un terrible ataque de hipo.
En medio de mi estupor, le repito que represento a una empresa de seguros, esperando que me dijera si eso es tan gracioso, como para hacer reir a alguien de tal manera.
Las paredes del Salón hacen que el eco de la carcajada general, vaya en aumento, de una forma atronadora.

Tapándome los oídos, para no escuchar las burlas, corro hacia la calle, pero las carcajadas me alcanzan.
Me detengo jadeante frente al hotel, subo a buscar mis pertenencias y al llegar a la estación, de un salto trepo al último vagón del tren que se pone en marcha.

Juro que ni una sola vez, volví mis ojos hacia atrás...
APL©2006

domingo, septiembre 17, 2006

MARIÓN, REPORTERA DEL AÑO


Se había ganado el título de “Reportera del Año”, por su reportaje al Presidente estrenando la banda sobre el pecho.
Era jefa del Departamento de Noticias Nacionales e Internacionales del diario capitalino de más renombre.
Su nombre producía escozor en colegas masculinos y femeninos: Marión.
Sus fuentes de información eran impermeables a los hocicos más feroces. Era imposible filtrarse.
Marión era poderosa.
Su imagen de frágil mujer engañó a más de uno que intentó arrebatarle la noticia del día. El ejército de colaboradores que le cuidaban las espaldas, sus discípulos, amaban el periodismo porque ella los había moldeado a su manera. Sin discursos, con incentivos. Con su ejemplo.
Si por las calles del centro se veía pasar el trailer azul de Marión, estaba cerca el hecho importante del día. Era el primer medio de prensa que llegaba con ventaja sobre el resto.
...
El gerente de programación del canal la mandó llamar. Estaba cansada. Pero respiró hondo, enderezó los hombros y se encaminó hacia el despacho de Richards.
A Marión no le agradaba ir a ese salón. Allí era imposible hablar dos palabras seguidas sin ser interrumpidos.
Richards estaba parado junto al ventanal. La miraba tomándose su tiempo antes de comenzar a hablar. Su expresión denotaba algo “grosso”, como decía uno de sus camarógrafos. Por un instante temió que se tratara de algo relacionado con los muchachos. Algún error de uno de ellos, tal vez. Empezaba a impacientarse cuando, señalando uno de los sillones, el hombre comenzó:
-Marión, deberás hacer esta nota con tu equipo completo. A las siete de la tarde en punto. Lo dejo en tus manos.
Cuando Richards daba órdenes acostumbraba a hacerlo mientras firmaba papeles, miraba videos, o estaba frente a su laptop. Precisamente por ese detalle se dio cuenta que esta vez se trataba de algo...especial.
-... siempre respeté tu ateísmo y supe de tu tolerancia hacia los credos de todo el mundo.
La joven contuvo la respiración, para escuchar el final del discurso, pero fue al choque:
-Vamos, Richards, quién es el famoso esta vez...?
-...dentro de la Catedral Metropolitana apareció la imagen corporizada de María, madre de Jesús...nos eligió, y yo te elegí para que hagas la mejor tarea de tu vida...

Cuándo, cómo y dónde, eran palabras que se le agolpaban en la garganta mientras trataba de ordenar la cabeza.
Richards la tomó suavemente de un brazo, la llevó hasta el mismo ventanal desde donde antes contemplaba él, y con la vista le indicó que mirara hacia la Catedral. Lo que vio contestó todas sus preguntas. Una ciudad en la que habían dejado de circular los vehículos y se habían apagado los carteles y marquesinas. De la puerta y las ventanas de la Catedral emanaba una luz que no enceguecía a pesar de su intensidad, y era imposible dejar de mirarla.
...
La vida cotidiana de la ciudad ya había dejado de serlo. Pasó a ser, entonces, Buenos Aires, la ciudad más importante del mundo.
Marión llegó en el preciso instante en que el Presidente, sus ministros y unos pocos colegas suyos se aprestaban a acercarse a la imagen. Llamó su atención el orden y el respeto de los tiempos para acercarse y preguntar, por parte de todos, en forma natural.
Ansiaba hablar con ella, hablar de su hijo Jesús, quien había perdido la vida por amor a su Padre. Decirle que a la Plaza de Mayo, iba un grupo de madres, quienes como ella, habían perdido a sus hijos a causa de otra clase de lucha...
Llegó su turno, miró el rostro de María, el más dulce jamás visto y se encontró con su mirada, la más tierna del mundo...
De pronto, un ruido sordo le hizo perder primero el equilibrio y le pareció que unos brazos la elevaban por el aire...
...
Lo primero que llamó su atención cuando abrió los ojos, fueron las rosas sobre la mesita.
Después escuchó bocinazos que llegaban desde afuera.
Quiso incorporarse y al llevar una mano a la nuca, porque le dolía, notó el vendaje. Se encontró en una cama de hospital.
De a poco fue recordando y pronto vino a su mente el rostro de María. Se preguntaba qué había ocurrido, por qué estaba ahí, sola.
De pronto se abrió la puerta y apareció Carlos, uno de los fotógrafos del equipo. Se acercó junto a ella con timidez y le preguntó cómo se sentía. Marión le respondió que le dolía la cabeza. Carlos trató de tranquilizarla diciéndole que el médico aseguró que no le quedarían secuelas del golpe.
-Golpe? No entiendo nada – le dijo – y María? Qué pasó?
Carlos pensó que desvariaba a raíz del accidente.
-Marión, esta mañana, cuando ibas hacia el despacho de Richards, se desprendió un foco de la parrilla del estudio, y cayó sobre tu cabeza. Te salvaste por milagro, porque sólo te pegó de costado, rozándote...
...
Una semana de reposo y otra vez al ruedo. El gerente de programación del canal la mandó llamar. Estaba cansada. Pero respiró hondo, enderezó los hombros y se encaminó hacia el despacho de Richards.
A Marión no le agradaba ir a ese salón. Allí era imposible hablar dos palabras seguidas sin ser interrumpidos.
Richards estaba parado junto al ventanal. . La miraba tomándose su tiempo antes de comenzar a hablar. Su expresión denotaba algo “grosso”, como decía uno de sus camarógrafos. Por un instante temió que se tratara de algo relacionado con los muchachos. Algún error de uno de ellos, tal vez. Cuando Richards daba órdenes acostumbraba a hacerlo mientras firmaba papeles, miraba videos, o estaba frente a su laptop. Precisamente por ese detalle se dio cuenta que esta vez se trataba de algo...especial. Empezaba a impacientarse cuando, señalando uno de los sillones, el hombre comenzó:
-Marión, deberás hacer esta nota con tu equipo completo. A las siete de la tarde en punto. Lo dejo en tus manos. Se cumplieron treinta años del golpe. Necesito que te luzcas como siempre lo hiciste y entrevistes a la Presidenta de Las Madres de Plaza de Mayo y a la ex Presidente derrocada por el golpe, ambas frente a frente...

APL©2006

sábado, septiembre 16, 2006

Vive como quieras..!

Esta historia me la envió mi querida amiga Livier...


Había una vez un matrimonio con un hijo de doce años y un burro.

Decidieron viajar, trabajar y conocer mundo. Así, se fueron los tres con su burro.

Al pasar por el primer pueblo, la gente comentaba:
"Mira ese chico mal educado! Él arriba del burro y los pobres padres, ya grandes, llevándolo de las riendas!".

Entonces, la mujer le dijo a su esposo:
"No permitamos que la gente hable mal del niño." El esposo lo bajó y se subió él.

Al llegar al segundo pueblo, la gente murmuraba:
"Mirá qué sinvergüenza ese tipo! Deja que la criatura y la pobre mujer tiren del burro, mientras él va muy cómodo encima!".

Entonces, tomaron la decisión de subirla a ella al burro mientras padre e hijo tiraban de las riendas.

Al pasar por el tercer pueblo, la gente comentaba:
"¡Pobre hombre! Después de trabajar todo el día, debe llevar a la mujer sobre el burro! Y pobre hijo! ¡Qué le espera con esa madre!".

Se pusieron de acuerdo y decidieron subir al burro los tres para comenzar nuevamente su peregrinaje.

Al llegar al pueblo siguiente, escucharon que los pobladores
decían:
"¡Son unas bestias, más bestias que el burro que los lleva, van a partirle la columna!"

Por último, decidieron bajarse los tres y caminar junto al burro.

Pero al pasar por el pueblo siguiente no podían creer lo que
las voces decían sonrientes:
"¡Mirá a esos tres idiotas: caminan, cuando tienen un burro que podría llevarlos!"


Reflexión::

Siempre te criticarán, hablarán mal de vos y será difícil que
encuentres alguien a quien le conformen tus actitudes.
Entonces: ¡vive como creas!, haz lo que te parezca correcto a VOS, lo que te dicte tu conciencia y tu corazón.


Gracias, Livier!

sábado, septiembre 09, 2006

LAS CEREZAS DE MI ABUELA GILDA


Cuando la abuela colocaba en el centro de la mesa, la frutera de cristal con las cerezas elegidas, sabíamos que faltaba poco para las doce.
La abuela Gilda hacía de ese acto de amor, toda una ceremonia.
Durante el día entero de cada veinticuatro de diciembre, estaba peinada con rodete, se perfumaba con agua de colonia inglesa y lucía el mismo delantal de encaje blanco, que usaba sólo para dicha oportunidad.

Después de cenar, levantaba de la mesa familiar, todos los platos, cubiertos y copas.
Cambiaba todo el juego por otro, también de primorosa porcelana, para los postres.
Distribuía las nueces, las castañas y demás frutas secas, para que cualquier comensal los pudiera alcanzar.
Los budines glaseados, cortados en finas y tentadoras rodajas, eran una invitación. Especialmente para los que éramos más chicos, quienes le robábamos los higos y los confites de adorno.
Las velas de los candelabros dibujaban estrellitas en los bordes de las copas.
El árbol de Navidad, en un extremo del comedor, nos guiñaba en complicidad con los paquetes apilados a sus pies.

-“A ver, un lugarcito en el medio, que quiero poner las cerezas...”
Salía de la cocina con la frutera colmada de dulzuras rojas y brillantes, llenas de gotitas de frescura de la heladera. Casi una veintena de manos se estiraban para tomar una. O dos. Nadie se podía resistir.

Todavía no sé si para cada Navidad, íbamos a su casa, por ella o por las cerezas que nos ofrecían sus manos blancas como palomas...

En las temporadas en que abundan estas deliciosas frutas, me detengo en la frutería de mi barrio, para comprarlas y ponerlas en el centro de mi mesa... como lo hacía mi abuela Gilda. APL©2006

jueves, septiembre 07, 2006

CINCO AÑOS, CINCO SIGLOS



Acostado en la cama de su celda, Homero recordaba con nostalgia cómo era su otra vida, la que alguna vez llevó del lado opuesto de las rejas. Hacía cinco años, ya, que la mala suerte lo había arrastrado hasta lo que era, un número que semana tras semana esperaba la carta que le daba sentido a todo.

Su mujer había dejado de visitarlo. Se había mudado a Mar del Plata, con los chicos. Para trabajar de cocinera en un hotel caro, dijo, pero en realidad para alejarse de él. Alejarlo de los chicos, que era lo que más lo desgarraba.

Lo condenaron porque mató al socio traidor. El tipo le estaba robando y el preso era él. No escuchó las palabras de quienes le advirtieron que algo no olía bien en la empresa. Le creyó. No quiso averiguar. Así le fue.

La sociedad había nacido después de recibir el dinero por la sucesión. Y como se sabe que el dulce atrae a las moscas, de la nada apareció el ideólogo del negocio perfecto.

Muy pronto, sus sueños, sus planes de salir de la malaria, se deslizaron por el tobogán de las cuentas que no cierran y se estrellaron contra el piso.

El tipo se esfumó con toda la plata, pero como su Talón de Aquiles era la pelirroja, la del departamentito del centro, lo vio entrar y lo esperó en el estacionamiento donde estaba su auto. Fue fácil. A la madrugada no había nadie, con el silenciador y el ruido de la avenida, nadie escuchó el disparo. Como dicen los que saben, la noche tiene mil ojos y lo agarraron.

La voz del guardia lo sacó de lo profundo de sus pensamientos. Había llegado otra carta, abierta, pero entera, hasta su celda.

Le habían dado permiso para escribir a una revista para publicar su aviso. Le contestó Ana María, una chica que estaba trabajando en una casa de familia rica. La piba le había devuelto las ganas de esperar algo. Sin querer, sus cartas, con recortes de revistas, dibujos y palabras de esperanza, estaban provocando nuevos suspiros a su pecho hundido por la tristeza...
Además, en cinco años más, ella lo va a estar esperando en la puerta del penal.

Creyó que nunca más iba a creer en nada. Las marcas en la pared de su celda indican que empezó a contar los días que restan para salir...
APL©2006

lunes, septiembre 04, 2006

EMBRUJO


Caty se trepa hasta el borde de la piscina y su cuerpo mojado resplandece bajo el sol de la tarde. Insiste con su invitación diciendo que el agua está deliciosa. Eduardo sigue leyendo bajo la sombrilla. Los papeles que le acercó el empleado del hotel, le hacen olvidar por unos momentos, de su luna de miel en Roma, como lo había soñado.

Por las calles desparejas del pequeño pueblo griego se empiezan a ver grupos de campesinos que bajan hasta la plaza. Las viejas susurran y los chicos preguntan sin que nadie les conteste. Algunos labriegos se acercan con una azada o una pala en la mano, y se quedan parados, esperando...

La joven decide salir del agua. Se cubre con la toalla y acercándose hasta su marido quiere saber la causa del ceño fruncido. El hombre, diez años mayor que Caty, es un conocido empresario griego y dueño de la cadena de hoteles más lujosos de Italia. La alianza en la mano de la joven contrasta con el pelo oscuro de Eduardo, mientras lo acaricia, intentando disipar ese gesto. Ama su sonrisa y le preocupa ese silencio.

En la plaza, alguien alza un poco la voz y en un minuto todos empiezan a gritar. En la alcaidía, Irene tiembla y sus ojos están desorbitados por el miedo. Antonio ya no la puede ayudar. El joven, el amor de su vida, fue arrancado de la isla y llevado a Roma. Su padre, alertado de esa relación, mandó encerrar a la muchacha, acusada de bruja. La brujería es condenada a muerte, en ese pueblo sin alma...

Eduardo junta los papeles diseminados entre los vasos que están en la mesa. Le pide a su mujer que se cambie para ir a cenar más tarde, mientras él va hasta las oficinas a arreglar algunos asuntos. Caty se resigna, comprende y sabe que se casó con un hombre comprometido con su imperio. Ya en la habitación, sube el volumen de la música. Vivaldi siempre le borra el mal humor. Elige el vestido de seda blanca, ese que Eduardo siempre le pide que luzca, para destacar las líneas de su cuerpo tostado y terso. Deja que el negro pelo le caiga como al descuido sobre la frente, se mira segura al espejo por última vez, y baja hasta el salón.

Irene llora en su celda. No le creen cuando dice que no es una bruja. Que ama a Antonio con toda su alma. Ruega a los gritos que la dejen ir junto a sus padres. El guardia pierde la paciencia, entra y la golpea con el mango del látigo. La joven se desmaya, cae al suelo y el pelo oculta su rostro bañado en sudor y lágrimas. En la plaza la gente se impacienta, quiere ver cómo cuelgan a la bruja.

Caty está sentada de espaldas a la calle. Bebe un refresco con hielo mientras mira su reloj. El tránsito va aumentando a cada instante. Piensa en su marido, mientras hojea con desgano una de las revistas que están debajo de la mesita del lobby. Por eso no ve al hombre que entra velozmente al hotel. El conserje lo quiere detener y cae alcanzado por un disparo. Caty sólo ve una silueta que se le acerca y siente un golpe en la cabeza que la derriba. Primero le zumban los oídos y después va recobrando de a poco el conocimiento. Se incorpora y los gritos de la calle le dan miedo.

Alguien carga a la rastra con Irene, hasta la tarima donde la van a colgar. No tiene más fuerzas para implorar. Se encomienda a Dios mientras le cubren el rostro con un trapo que huele a cerdos.

Caty quiere alcanzar el teléfono para llamar al celular de su marido. Unas manos ásperas le tapan la cabeza con un trapo que huele a cerdos. Sólo puede gritar el nombre de su marido, y se pregunta dónde está en ese momento. Se siente arrastrada hacia afuera. La escupen, le gritan y quieren que la cuelguen. Una cuerda muy gruesa le lastima la piel del cuello. Un chirrido de metales le paraliza el corazón y el piso desaparece bajo sus pies. No puede respirar. Se siente morir.

El cuerpo de Irene pende de lo alto del madero, está muerta. Su cuerpo, apenas cubierto por la seda de su vestido blanco, parece más pequeño. Alguien lleva el cadáver hasta un carro tirado por un caballo, para enterrarlo en el pequeño cementerio.

Eduardo acelera para no hacer esperar a su esposa. En el camino se cruza con un carro tirado por un viejo caballo y un escalofrío le sacude todo el cuerpo, a pesar del calor de ese atardecer romano...
APL©2006

sábado, septiembre 02, 2006

PALABRAS Y SILENCIOS


Entrábamos a tu casa mientras ibas diciendo que los griegos adoraban la palabra y los filósofos elogiaban el silencio.
Me decías que cuidara mis pensamientos porque ellos se convertían en palabras y que cuidara mis palabras porque ellas podrían marcar mi destino.
Yo te escuchaba arrobada y mis ojos recorrían la profusa biblioteca de tu sala.
Continuabas diciendo que las vivencias más importantes de tu vida las ibas volcando en papeles, y luego los papeles los convertías en libros.
A través de nuestras tazas humeantes, me mirabas a los ojos. Estabas por decir lo que yo anhelaba. Abundabas en silencios y tus palabras me inquietaban.
Escribir? El escritor eras vos. Yo sólo acostumbraba a leer. Comenzaba a entender. Decías que me buscabas, que colmaba tus aspiraciones más secretas...
Y después, el momento se iba desnudando y nos dejaba al descubierto. En mi cabeza danzaba un torbellino.
Por fin, convertida en una hoja en blanco, tus palabras escribieron claramente tu deseo, mi deseo.
-Te quiero en mi vida. Dejame escribir en tus páginas nuevas...
-Besame.
Fue el prólogo...

APL©2006

ABC de mi dolor...


Analía eligió el tobogán. Balanceó su cuerpito al subir porque los escalones eran muy altos para ella. Cuando llegó arriba me sonrió. Después de subir y bajar cien veces, se sentó a mi lado, agitada.
Entonces le pregunté si tenía sed y la ayudé a beber del surtidor. Firmemente, se aferró al borde, para ver el chorrito de agua.
-“Gracias!”, me dijo con dulzura.
-“Hasta cuándo nos quedamos?”, preguntó. Iba a responderle, pero callé.
-“Jugamos a las escondidas?”, propuso.
Kilométricas me parecieron las corridas buscando escondites. La cuenta que hacía era de lo más tramposa. Mentía al contar, y salteaba los números.
-“No vale, después del seis viene el siete!”, reclamé yo fingiendo enojo.
-“Ñandú, te encontré!”, le dije sorprendiéndola con su cabeza metida en el arbusto y el cuerpo al descubierto.
- “Otra vez, otra vez!”, pidió con inagotable entusiasmo. Parecía no cansarse nunca.
-“Qué linda remera tenés”, le dije tratando de que descansara un rato. Rápidamente busqué charlar.
-“Sofía me la regaló”. “Te gusta?”.
-“Uy, qué linda!”, le comenté. Volví mi cara y lloré.
Willy no mencionó a Sofía cuando le telefoneé.
- “Xuxa se llama ésta!” y posó el dedito en la foto de su remerita.
-“Ya es hora, mi amor”, le dije ocultando mi dolor.
-“Zácate!, ya nos vamos...”, murmuró y la tomé de la manito para regresar.
APL©2006