MIS HISTORIAS. La alquimia entre la realidad y los sueños. Entre los sueños y la imaginación.







jueves, diciembre 20, 2007

MAÑANA, AL DESPERTAR...


El mozo despeja los restos de nuestro almuerzo y quedamos a solas, vos, lo nuestro, y yo. La mesa que ocupamos está un tanto alejada del gran salón del restaurante. Por lo cual agradezco esta especie de anonimato que me protege y me contiene. Al mirar mi reloj repaso la cuenta regresiva para que te vayas y mis latidos se aceleran cuando compruebo que son sólo treinta los minutos que restan.
También recuerdo que te prometí no llorar cuando después de esta última sobremesa, nos digamos adiós por primera vez.
¿Habrá otras parejas que se dicen adiós muchas veces?

Mis ojos errantes, con insolente autonomía, miran como embobados la bandeja que se acerca con un par de humeantes y aromáticos cafés.
Quisiera apagar la música, que aunque suave y dulce, me impide escuchar lo que pienso. Me resisto a caer en la cuenta de que a partir de ahora me quedaré sola, respirando y existiendo, como si tal cosa.

Todas dicen “no serás ni la primera ni la última mujer que se separa”. Pero hay que estar. “Hay que poner el cuerpo, y seguir”. Las pelotas. Duele.

Mañana, cuando despierte de mi sueño en singular, ¿qué será lo primero que haré en soledad recién estrenada? ¡Dios! Todo igual, pero diferente.

Quisiera tener el poder mental para detener el tiempo. Y cómo ésta, se me ocurren mil ideas idiotas para que esta sobremesa del adiós, dure como mil años más.

Cerraré los ojos, sólo dos segundos, mientras pienso en alguna palabra mágica de mi niñez, para que se produzca el hechizo que logre hacer que te quedes aquí, conmigo, para siempre. Al abrirlos, estás todavía sentado frente a mí, pero lejos, muy lejos ya…


APL©2007

LO QUE HAYA SIDO...


No puedo. Con este barullo no puedo concentrarme en la lectura. ¿Cómo puede ser que alguien disfrute con la locura de escuchar música tan fuerte?
¿No se dan cuenta de la hora que es? Abro la ventana del living y me asomo con toda la bronca, porque me desconcentran y porque me sacan de las casillas.
No veo a nadie frente a mi puerta ni en toda la cuadra. Entonces, azorada, descubro que la música proviene de mi altillo. No puede ser. Debe ser el viento que desvía los sonidos, y seguramente la algarabía pertenece a otra casa.
Cierro la ventana y me dirijo arriba para descartar mi sospecha. Mientras subo los siete escalones, veo la línea de luz debajo de la puerta. Los compases del viejo vals ya empiezan a ensordecerme.
Giro lentamente las dos vueltas de llave y tomo la escopeta del closet contiguo. Al abrir, se detiene abruptamente la música. Siento acúfenos en los oídos. Miro el interior del pequeño cuarto, sin entrar, comprobando que el silencio y la quietud son reales. Como así también la luz encendida. El viejo tocadiscos de mi padre sigue cubierto con la carpeta bordada por la abuela y el polvo acumulado por los años. Los discos están en sus álbumes. No hay aquí otro aparato para escuchar música. Los latidos de mi corazón se hacen tan fuertes que debo sentarme en la mecedora un rato.
Mis pensamientos amontonados no me dejan razonar. No tengo miedo, sólo la sorpresa.
Decido bajar para hacerme un té con miel y terminar de entender lo que acaba de ocurrir. Cierro la puerta nuevamente y al descender, un aire helado agita mi pelo y enfría toda la casa.
La puerta de la entrada está abierta de par en par.


La cierro con llave.

Lo que haya sido, se fue para siempre… Así lo espero.


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LA HERENCIA DE TÍA CLOTILDE


La muerte de tía Clotilde me ha sumido en una especie de círculo en el cual giran como engarzados los recuerdos. Sus fotos, sus objetos personales, su ropa, su casa.
La casa de la tía, la menor de la familia de mi padre, es el símbolo del poder adquisitivo basado en una suculenta herencia. Viuda desde muy joven, sin hijos, llevaba una vida acomodada, con viajes permanentes como única ocupación y preocupación. La mansión, erigida en una esquina del barrio de Palermo Viejo y construida en estilo victoriano, tiene jardín con fuente y estatuas, como corresponde en una casa de ricos.
Una mujer como ella no podía existir sin ese marco dorado que otorga el dinero, sin embargo se cuidaba tanto de las miradas indiscretas, que su vida era un misterio.

Hoy voy a entrar a la casa, por el derecho que me da ser su única heredera. Me pregunto si estando en vida, ella me hubiera permitido conocer su mundo íntimo. Nunca me demostró cariño, ni siquiera un gesto de amabilidad le provocó mi presencia durante las escasas veces en las cuales coincidimos, ya sea por el sepelio o el casamiento de algún integrante de la familia.


Lo primero que ven mis ojos al entrar es la amplitud de la sala. Los muebles están cubiertos con sábanas blancas, al mejor estilo hollywoodense. Los objetos de valor traídos de diferentes países, la cristalería de la vitrina y los pesados cortinados, hablan por sí solos. Me detengo ante el piano, junto al ventanal. Observo los cuadros. Recorro los ambientes y mis pasos suenan distintos en los pisos de madera lustrosa y oscura.

Miro hacia la planta alta, repitiéndome que ahora todo es mío y este hecho, mi cerebro no logra procesarlo, aún. Subo los veintiún escalones, también de madera pero cubiertos por un camino de alfombra verde inglés, y aquí me quedo, parada, pensando qué puerta abrir primero.

Mientras me detengo ante cada cosa que fue ajena, y ahora me pertenece, me siento como si estuviera en un túnel. El túnel del tiempo que debo transitar adivinando el por qué de cada cosa que veo. Para explicarme a mí misma el sentimiento que me invade, se me ocurre compararme a los hijos de los desaparecidos, a quienes cuando se los retorna a su familia biológica les dicen, simplemente “ésta es tu abuela”, o “éste es tu tío”, y el corazón entra en pelea con el cerebro. Son, pero no los reconozco, no los amo, mi cabeza no los registra.

Sí, es verdad, un túnel se abre ante mí, se rinde y me pertenece, por derecho hereditario. Pero el hecho es que, si pudieras oirme tía Clotilde, te diría que nunca fue mi intención.
Mis alas por tu jaula de oro, jamás.

El remate de las pertenencias de mi tía suscita una enorme convocatoria, y no me imaginé que tanta gente rica pudiera concurrir para tratar de obtener cosas de inmenso valor que pertenecieron a otro rico.

El apetito por las posesiones es otro de los grandes alcaloides que tientan al ser humano. Por suerte sólo soy adicta a mi libertad.



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BALANCE NEG... POSITIVO


Nuestra mesa de la cocina abarrotada de folletos, anotadores y lapiceras. De fotos, papeles y un contrato. De tazas, migas en un plato, tu notebook y mi cámara.

El madrugón, los pasaportes, los pasajes y los equipajes. La puerta con llave, el remis y el hall de Ezeiza.

Nuestras manos enlazadas, transpiradas, nerviosas. Los ojos bien abiertos, los oídos muy atentos y la hora de embarque muy cercana.

Un rato para otro café, una revista y el diario para después.

“Bienvenidos”, los asientos y otra espera. La final.

Vuelo perfecto, atención perfecta. Mis ojos en tus ojos, la sonrisa fácil y el beso perfecto.

Túnez. Aterrizaje soñado, cielo distinto, rostros diferentes.

Palmeras, naranjos, playas, edificios, gente, tu oficina. Hablar en inglés, pensar en inglés, amor en argentino.

Nuestro nido, la rutina, el futuro ya, inmediato.



Ascenso merecido, alegría compartida.

Embarazo, un hijo… ¡Padres! Tu primera cana y mi silueta, un redondel.

Ahorros, dólares, dinares, euros. La familia siempre cerca, por internet y la camarita que no se apaga.

Conflictos laborales, huelgas, bomba. Atentado… ¿Qué pasó? ¿Dónde estás? Sola, no…

Mi vuelta, mi dolor, mi pasaporte, mi pasaje, mi vientre, nuestro hijo…

... mis últimos días en Africa.




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AUTODIDACTA




Terminada la tiranía de mi enorme complejo de culpa, me dediqué a planificar de qué forma me cobraría cada una de las afrentas de las que me hiciste objeto, durante tantos años.
Me prometí que una a una, saldarías tus trampas. Una a una, sin dejar para más adelante, ninguna.
Aunque tenía muy en claro que dicha tiranía había nacido por obra y gracia de mi prodigiosa memoria. Las noches con sus insomnios, eran una especie de cátedra a la que yo concurría puntualmente. Sin faltar a una sola clase:
“A mí no me puede pasar ésto.”
“A mí, no.”
“¿Por qué?”
“¿Quién soy yo?”
“¿Qué tengo de especial, para no ser jamás el blanco de semejante pesadilla?”
“¿Cuándo se terminó el amor?”
“¿Cuándo empezó a morir?”
Preguntas sin respuestas.
Indagaba hasta lo más profundo y sincero de mí misma.
Replanteos. Culpas. Y más culpas.

Terminada la tiranía, dije basta. Con todo el coraje junto, acumulado y planeado.


-Los chicos vienen conmigo. Quedate con la casa. Tenemos dónde ir a vivir.

Terminada la tiranía, ya no pienso en cobrar cuentas pendientes. Ya no. Ya no me importa. Porque he vuelto a sonreir cuando suena el timbre de mi casa…




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viernes, noviembre 09, 2007

LOS OJOS DEL CORAZÓN




Desde lejos no se ve.

Pero cuando me acerco a tu cara me veo yo misma en el espejo de cada uno de tus rasgos.

Dejo que tus manos me toquen, que tus dedos se enreden en mi pelo y tironees, jugando con los mechones, mirándolos, como queriéndome retener.

Tus labios se entreabren para decirme algo y luego los cierras.

No te hace falta decir lo que ya sé, desde que apareciste en mi vida.

Lo adivino.

Lo percibo en el brillo de tus ojos, que se achinan en la sonrisa nueva y feliz.

Suspiras confiado a mi lado.

Tu mirada recorre mi cara y compruebas que soy yo y no otra la que te esperaba para compartir la vida, hasta que el cielo lo disponga.

Acaricio tu cuello terso con mis yemas, y a través del tacto me llegan los latidos de tu corazón.

Me contagias alegría.

Me impregnas de felicidad.

Me fortaleces.

Tus manos se abren y se cierran tratando de asirme.

Ojalá entiendas que nunca me iré.

Si recién empezamos a vivir juntos.

Si estoy estrenando la gloria de tenerte en mis brazos.

Si tenerte, así, cerca de mí, es mi sueño cumplido, hijo de mi alma.

Mi dulce y anhelado bebé.


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miércoles, octubre 31, 2007

IMPERATIVO DE UN FUTURO PERFECTO


Siento y me place reconocer que todo mi ser humano es de tu entera propiedad.

Mi cuerpo es un mapa que recorres con las yemas de tus dedos, de día, de noche, con tu mirada en la mía o con los párpados cerrados.

Reconoces de memoria mis contornos, mis lunares, mis centros de conexión instantánea, los mismos centros que fueron creados para hacer que los labios, los suspiros y los latidos, se dibujen alineados en el pentagrama de mi excitación.

En tu abrazo repentino, las monedas del bolsillo de tu chaqueta, al tintinear, marcan el instante en el cual debo respirar otra vez, para no desfallecer.

Erizada, expectante, erguida. Siento que soy la personificación de Praga, la ciudad de las cien torres, porque a medida que acortas las distancias previas al abrazo, mi cabeza se alza para esperar tu beso, y mis manos se elevan en busca de tus mejillas que amo así, con barba de dos días.

Un hombre nos mira y llamando a su perro, se aleja lentamente para no perderse la danza de detalles de nuestro amor…


- ¿Qué me contestas, entonces? ¿Hacemos este viaje? ¿Escuchaste lo que dije? Te quedaste embobada mirando el catálogo…
-Te amo.



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jueves, octubre 11, 2007

SUCEDIÓ EN EL TABLAO


En este mundo púrpura de revoleo de faldas y volados, el tablao parece pintado de furioso rojo, por las luces que lo bañan. Aquí se desatará la pasión flamenca. Esta noche se enfrentarán el Pipi y el Toni, cantaores de raza, y abolengo de guitarra, cajón y castañuelas. El duelo de piernas y talles fibrosos será en lo de Carmen Clavijo, madre de Soraya, la bailaora, y su heredera directa en baile y zapateo.

El patio andaluz tiene un aire distinto esta noche. Las mesas con velas y flores esperan la llegada de los comensales, que buscan embriagarse con música, vino y tapas. Hay duende.

La anfitriona, de largo vestido y mantón color sangre con flecos de seda, y un clavel enredado en el pelo, me recibe con una pequeña copa de jerez y me conduce hasta la mesa reservada. Es temprano y aún no empieza la función.

Recorro el lugar con la mirada. El tablao tiene un pequeño escenario de tablones, que se hará oír en breves instantes. Contra la pared, se ven las seis sillas para los artistas de palos diferentes. Tres para los molineros y tres para los tarantos. Sobre los altos respaldos, varios mantones floridos clavados en la pared, atraen las miradas de los que van llegando.

“Esta noche, el duelo entre el Pipi y el Toni, que se enfrentarán a morir por Soraya, la bailaora con corazón sin dueño. El cante jondo y el cante festero, aquí, para usted, a la medianoche”.

El afiche es un imán y el patio rebosa. Todos quieren ver a quién de los dos elegirá la bailaora flamenca.

De pronto, bajan las luces y distingo las siluetas de los que esta noche harán hervir la sangre con su arte. Un haz rojo, ilumina a los cinco hombres que ya se han ubicado en sus sillas. De un lado, los molineros: una guitarra, la voz del Pipi, y un gitano sobre el cajón, golpeando para caldear el momento. Su pelo largo se agita y aleja el mechón de la frente, con el dorso de la nudosa mano.
Del otro, los tarantos: otra guitarra, el Toni en el cante, y Soraya haciendo palmas junto a las notas que saca el del cajón. Se miran, el Pipi, el Toni y Soraya, como midiendo el desafío en ciernes.

La bailaora abre el fuego como poseída, con un zapateo que hace mover apenas, el escote juvenil, y el público encuentra motivo para un festejo febril. Las guitarras envuelven el cuerpo de la gitana con sus acordes sensuales. De la garganta del molinero, como un lamento se desgrana la historia que cuenta su amor por Soraya. Ella baila luciendo el talle de junco mientras toma el ruedo de sus polleras y dibuja música en el aire. El molinero le canta y le entrega el corazón, que sangra de amor esperando ser el elegido.

Es el turno del taranto. Vestido de negro, libera tres botones de la camisa y su pecho brillante de sudor, se agita mientras canta con sentimiento y las notas agudas dan muestra de su pasión.
La joven baila, sin prestarles atención, coqueteándole al público, que acompaña con aplausos el ir y venir de su danza. Luego se sienta en su silla sin dejar de zapatear y de palmear.
El Pipi y el Toni, a cada lado de la bailaora que aún respira agitada, siguen su duelo canoro, acompañados por las guitarras.
El Toni, dando la espalda al fervoroso público, extrae la navaja escondida en su cintura y la muestra en un paso de baile, hasta que de un giro certero la clava en el costado del Pipi, que cae desplomado a los pies de Soraya. El público aplaude enardecido por la magnífica escena.
Carmen, la dueña del local, que mira desde la barra, se pone de pie y aprieta los labios.
Soraya se arroja junto al cuerpo del Pipi y lanza un sollozo que traspasa los aplausos.
Las voces de a poco se van acallando. No es teatral ni ficticia la sangre que brota del cuerpo del molinero. El duelo ha sido real. Y la bailaora llora de verdad.

Ya todo terminó. No hay nada que aplaudir ni festejar.

Salgo del patio andaluz, sin ganas de ver más. El afiche de la entrada sigue prometiendo placer y alegría. Me hago a un costado para que cierren las puertas de un tablao púrpura, de sangre y dolor.
Oigo a lo lejos el llanto de Soraya que se mezcla con el ulular de una sirena, y miro hacia el cielo estrellado, que está sereno y en paz, como si nada hubiera ocurrido, en esta madrugada fatal.


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martes, octubre 09, 2007

UNA SANTA RITA EN FLOR


-En este mundo púrpura que crea la Santa Rita en flor, sobre este mismo banco de azulejos blancos, bordeados de azul, me sentaba de muy niña a contemplar mis tesoros. La enredadera, recuerdo, se había enseñoreado abarcando casi toda esta pared formando una especie de marco, a veces solo verde, a veces solo púrpura. Ahora está más pequeña y recortada. Claro, a gusto de sus dueños. Y este banco, en el medio, invitaba a sentarse. Hay muchas fotos guardadas, en las que están mis abuelos, mis tíos, mis primos, mi mamá con mi hermana bebé, mis padres, mi hermano y yo. Todos querían sacarse una foto sentados aquí, en medio de la pared vestida de rojo. Desde la calle la gente que pasaba, aminoraba su apuro y se quedaba un instante admirando aquella enredadera increíble, a la cual otras plantas del jardín no le quitaban protagonismo. En serio, eh? Ni siquiera la glicina, del otro lado, que estallaba en racimos para llamar la atención.
Le estaba contando que aquí, en este banco, en el hueco de aquella enredadera florecida, me sentaba a contemplar figuritas con brillantes, a leer las aventuras de Alicia, y a llorar en secreto por Belleza Negra o Chicharrón. Bueno, usted es muy joven y tal vez no sepa de qué estoy hablando. Pero, estar sentada aquí otra vez, hace que afloren todos los recuerdos juntos, y es como si no hubiera pasado tanto tiempo, desde que mis padres decidieron mudarse y la tuvieron que vender. Hoy vine por el aviso, justamente estaba buscando una casa, y me dije: “¿Cómo estará esa casa? ¿La habrán cuidado bien?” Y aquí estoy, aunque parezca mentira, de nuevo en mi hogar. Y la Santa Rita me estaba esperando…
-Entonces, ¿va a dejar una seña hoy mismo?
-Sí. Ya.
-Pasemos al comedor, para hablar de las condiciones…
-Perdone si hablé demasiado…
-Señora, usted está en su casa.
-Es verdad, siento que nunca me fui…


APL©2007

ALERTA ROJO




En este mundo púrpura que has creado, veo que no combina mi estilo masculino, austero y tradicional. Como así tampoco el resto de la casa. Pero sé que arrasarás con tu energía y acabarás con la estructurada vida que he llevado hasta aquí.

He visto pasar como sombras, entre medio de baldes chorreados de pintura y andamios hasta el techo, a mi ama de llaves y al mayordomo.

Cuando bajo a desayunar, la mucama ya no me sonríe y tampoco me da los buenos días, demostrando así su gran contrariedad, ante los cambios que te permito realizar.
Hasta la he visto taparse un oído, con no demasiado disimulo, al escuchar tu música preferida con volumen muy alto, mientras me acerca un café.

Es que las paredes del comedor se han vestido de un rojo tan pecaminoso como exultante. La araña de cristales pasó a cuarteles de invierno para dar paso a dicroicas incrustadas en el cielorraso pintado de negro, que lo transforma en un firmamento privado y poblado de estrellas.

Las cortinas, (¡qué habrá sido de ellas!), otrora de encaje blanco como la nieve, ahora muestran una sensualidad y una caída dignas de una sinfonía erótica. Sus rojos oscuros, diferentes al de las paredes, invitan a correrlas para descorrer la fantasía y dejarla al desnudo.

Las floristas de Rivera, sobre el sofá de pana sangre de buey, crean el espacio ideal para que te acurruques en mis brazos, y me pidas que te mime.

La alfombra que elegiste, ( ¡Oh! ¡Dioses del Olimpo!, ¡qué blandura!), muestran arabescos rojos y sinuosos que invitan a deslizarse y permanecer por largos momentos tendidos a lo largo. Tan suave y mullida, que hasta se pueden percibir nuestros contornos de la madrugada reciente.

Las docenas de rosas púrpura miran todavía, con asombro lozano y fresco, desde su pedestal de agua cristalina.

Si amas el rojo, empurpúralo todo. Vajilla, cubiertos, sábanas y toallas. Lo que quieras. Empurpúrame el alma, y el cuerpo, que te los he regalado, por si no lo sabías.

Sí, preciosa muñeca, haz lo que quieras con esta enorme casa que sólo albergaba a un viejo sombrío, triste y casi muerto. Transfórmalo todo y transfórmame a mí, que ya estoy casi listo para ser un nuevo hombre, el que ya casi siento que soy.
A pesar de mis setenta.
A pesar de tus treinta.
A pesar de las miradas.
A pesar de las ironías.
A pesar del qué dirán.

APL©2007

viernes, octubre 05, 2007

PÚRPURA: EL COLOR DE LA VIDA


En este mundo púrpura que se abre al trasponer tu habitación, siento que en vez de acercarme, me alejo de tu universo adolescente.
Es tu mundo, mi niña. Y yo soy una extraña que al entrar a guardar un juego de sábanas, siente a veces, que ha dejado de pertenecer a esta parte de la casa.

Todo el cuarto se tiñe de ese color al encender la luz. El pañuelo de seda que te regalé alguna vez, para un cumpleaños que ya no recuerdo, cubre la pantalla de la lámpara de Aladino de tu escritorio estudiantil.
Al ver ese retazo de fina tela que se agita levemente con la brisa que entra por la puerta y sale por la ventana que dejaste abierta, me pregunto de nuevo qué te atrajo de él, tan poderosamente, ¿el color? ¿la suavidad al tacto? Tal vez, el efecto mágico que hace que tu cuarto parezca otro al encender o apagar la luz.

En los estantes de la biblioteca, los lomos de los libros muestran matices diferentes, haciendo resaltar los títulos plateados y dorados de las enciclopedias.

En natural desorden, los almohadones parecen copos de azúcar, teñidos de rosa, como los que te compraba en las tardes de juegos, en la placita a espaldas de la estación.

Desde la repisa me miran conejos, osos y dragones rojizos. Les confiaste la vigilancia de tus cosas y veo que acatan lo encomendado, porque me siento observada, de manera casi imperceptible.

Sobre el silloncito junto a la ventana descansan tus jeans y la remera que usaste ayer, y reparo en que no falta mucho para que abandones las prendas por otras de un talle más.

Zapatillas, cuadernos, libros. La alfombra donde tendida lees hasta que los párpados se niegan a mantenerse abiertos, cuando se aproximan los exámenes que aceleran tu corazón. Todo se ha tornado púrpura en infinitas versiones del color, según los objetos que son de tu absoluta pertenencia.

Al salir, apago la luz y se detiene la magia. La misma magia que volverá cuando tu mano, cual inquieto colibrí, la encienda otra vez, a tu regreso de la escuela, en unas horas, no más…


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viernes, septiembre 28, 2007

POBRE MAGDALENA...


-“Es verdad! Por qué no me creen! Desde la pantalla, Humphrey Bogart dijo mi nombre. Es cierto…”

Como parte de la rutina que se llevaba a cabo en la mansión desde hacía un año, lentamente, la voz de Magdalena fue haciéndose inaudible y la respiración fue aquietándose, luego de que le aplicaran una inyección que contenía un poderoso neuroléptico.

Su afección mental había comenzado de a poco. Se aislaba del mundo, perdiendo contacto con la realidad. Escuchaba voces y se asustaba con apariciones que solamente estaban en su mente. La enfermera que velaba su sueño apenas podía controlar su agitado insomnio. Los gritos atravesaban los cuartos de los que pretendían dormir. Durante el día dormía por períodos de dos horas. Se levantaba para sentarse en el silloncito floreado, y se quedaba inmóvil, mirando sin ver, hacia los jardines que estallaban en la plenitud del verano.


Pía, la paciente señora que la cuidaba, la mayor parte de cada difícil jornada, mostraba siempre una leve y dulce sonrisa y trataba a Magdalena como a una hija enferma. Sus manos alejaban el infierno con la eficacia de una madre, y la joven así lo percibía al sentirlas en su frente.


Su padre, el acaudalado magnate hotelero, la miraba descansar y revivía la época en que su esposa, la madre de Magdalena, había padecido la misma enfermedad. La bella mujer, en un descuido de la enfermera de turno, se había arrojado desde el tercer piso de la enorme casona, gritando que la querían asesinar. No podía creer que la vida le estaba haciendo repetir la historia, en su joven hija. Al mínimo gesto, su poder hacía que los mejores especialistas rodearan la cama de Magdalena, pero el resultado sólo eran breves períodos de calma, a fuerza de fármacos. Ya había desistido de imaginar a su única hija casada con un fuerte empresario naviero. Los continuos viajes de negocios lo mantenían lejos, por espacios muy prolongados, pero se mantenía en contacto en forma permanente para conocer el estado de su hija.

Hasta había desistido de casarse nuevamente a causa del espanto reflejado en el rostro de su prometida, en oportunidad de celebrar su cumpleaños y, durante el cual, Magdalena había sufrido uno de sus peores ataques.


Al magnate se le presentaba nuevamente otro largo viaje de negocios por todo el mundo. No deseaba alejarse de su hija, pero se debía a su empresa y a los beneficios que obtenía, en pos de lograr el bienestar de la joven. Haría el viaje con la sombra del suicidio de su esposa, preocupación que le hizo reforzar las recomendaciones para todo el personal asignado en su lujosa casa.


Se sentó junto al silloncito donde Magdalena parecía observar el encanto del atardecer. Tomó las pequeñas manos entre las suyas y se despidió:

-Hija, volveré a tu lado lo antes posible, pero debo ir a cerrar compromisos en varias ciudades. Espérame y házle caso a Pía, que tanto te quiere y se preocupa por ti.

Le dio un beso en la mejilla y volviéndose le hizo una última e innecesaria recomendación a su ama de llaves:

-Cuídela, Pía, más que nunca.


Magdalena vio el auto de su padre, haciéndose cada vez más pequeño, al final del camino bordeado de álamos. Al cabo de largos momentos de habitual silencio, giró su cabeza y fijando su mirada en la de Pía, manifestó con un brillo diferente en los ojos y luciendo una espléndida sonrisa:

- Pía, mi pobre Pía, no temas por mí! Las ampollas contienen agua destilada y las cajas, pastillas de azúcar. No estoy enferma ni escucho voces. Sólo obsesionada por evitar dos cosas, en las que tú me vas a ayudar si me quieres como lo demuestras día a día: no me casaré e impediré que alguna cazafortunas desplume a mi pobre padre… Pía, Pía, oh! Se ha desplomado, qué sensible había resultado. Pobre Pía…!


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domingo, septiembre 23, 2007

DE BOMBAY A SANTO DOMINGO





Safira es oriunda de Mumbai, lugar que suena menos inglés que Bombay, y pertenece a la casta Kshatriya, de la alta sociedad, y gracias a dicha clase social, pudo obtener una licenciatura en microbiología, una maestría en ciencias y un título de ingeniería en tecnología para el control de la contaminación ambiental.


Como muchas jóvenes de su casta, tiene la oportunidad de viajar, instalarse en un punto del mundo a su entera elección y vivir de su trabajo. Las noticias y las posibilidades de trabajar en Centroamérica, son el poderoso imán que la llevan a República Dominicana.


Los primeros seis meses en Santo Domingo, Safira sufre el contraste del sabor de las comidas, el trato con sus colegas y en especial, el idioma. Pero pronto deja de expresarse en inglés, y pasa a dominar el español, sin abandonar la práctica de las otras siete lenguas hindúes que habla desde niña.


Le sorprende que hay menos restricciones sociales en Santo Domingo, como por ejemplo que las parejas se besen en la calle o que sea común que las jóvenes tengan un embarazo antes del matrimonio. Esto no se acepta en la sociedad hindú.

Con el tiempo se va adaptando entre sus alumnos, quienes la consideran demasiado estricta, y sus colegas, demasiado introvertida. Safira había roto su noviazgo con un joven industrial de su misma casta, en la India, porque su vocación fue más fuerte. Y tal vez, al ser una pareja arreglada por los padres, descubrió que el amor nunca existió.

Por fortuna, la joven tiene la oportunidad de elegir a quien será su esposo. Emmanuel es un promisorio comerciante dominicano, que día a día amplía su radio de negocios en el área textil. Están profundamente enamorados y las diferencias étnicas, culturales e idiomáticas, fueron borradas con la fuerza del amor.
Proyectan casarse en poco tiempo más. La joven ansía lucir el vestido de novia tradicional, blanco y puro como en los cuentos de princesas.
Si se casara en la India, la celebración de su boda duraría cuatro o cinco días. Su vestido sería rojo o verde, con finos bordados y muchas joyas. Pero ya no será así, para ella. En su país, la pareja se sienta frente al fuego sagrado mientras el sacerdote dice mantras. El esposo coloca en la novia una especie de collar que se llama mangalsutra y un polvo rojo en la cabeza, el sindoor.


La ceremonia duraría de tres a cuatro horas. Ahora sueña con bailar bachata o merengue en los brazos de Emmanuel, y disfrutar de su fiesta de casamiento, profundamente enamorada.


La muchacha hindú y el joven centroamericano planean una boda sencilla, y sellarán sus destinos en la Parroquia Universitaria Santísima Trinidad. Safira solamente usará un bindi rojo, cuando esté casada. Y ese detalle significará el homenaje a su origen, mientras viva.

Construirán un hogar con la base de la felicidad que los envuelve, y capearán cualquier tormenta que amenace la estabilidad de sus cimientos.


Son fuertes, desafiantes y decididos…alea jacta est.




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martes, septiembre 18, 2007

BIENVENIDOS A SANTA AURELIA




-¿Sigue allí todavía el carancho?

-Sí, y parece que tiene para un rato largo. Pero ahora está sobrevolando otro más grande. Tal vez se peleen. Deben estar muertos de hambre. No sé cuánto más le podrán sacar a esos huesos resecos…

-Pero si nos acercamos, tal vez se espanten y se alejen.

-No, esperemos un rato.

-Se está nublando cada vez más. Se puede desatar la tormenta y nos faltan muchos kilómetros todavía. Yamila guardó los prismáticos en su mochila y al mirarme noté en su expresión algo de inquietud.

-Entonces sigamos. Me temo que las baterías de las linternas no nos van a alcanzar- dijo, mientras tanteaba la lastimadura de su cabeza, asegurándose de que ya no sangraba.


Estábamos a unos cien metros del final del camino. Lo que seguía era una profunda y empinada ladera, la cual debíamos descender, para luego volver a ascender por otro cerro de menor altura. No había otra elección, para acercarnos al pueblo que figuraba en el mapa, antes de que llegara la noche. Nos habíamos detenido junto a un grupo de rocas, porque una de las aves arremetió contra nosotros, produciéndole a Yamila, una herida bastante grande en el cuero cabelludo por el tremendo picotazo. Por el tiempo que tardamos en limpiar la herida y descansar junto al montículo, llevábamos ya, demasiado atraso. Al jeep en el que veníamos, se le había roto el eje delantero. Lo habíamos exigido sin saber que el camino era tan rocoso y desparejo. Por lo tanto, tuvimos que abandonarlo como dos horas antes de toparnos con los pajarracos.


Llegamos al pueblo, finalmente.
La noche que nos había sorprendido poco antes, no había sido tan cerrada como creíamos. La luna iluminó el camino y pronto pudimos distinguir el arco de entrada, sobre el cual se leía BIENVENIDOS A SANTA AURELIA.

El dueño del almacén de ramos generales, parado en la puerta de su negocio, nos miró con curiosidad, cuando pasamos cerca de él. Lo saludamos con la mano y respondió tocándose el sombrero. Le preguntamos por algún hotel para pasar la noche, y luego de recorrernos con la mirada nos ofreció una pieza al fondo, diciendo que en ese momento estaba desocupada porque no venían tantos forasteros a esa altura del año.

Afortunadamente, tenía calefón eléctrico y pudimos bañarnos. Comimos unos sandwiches, bebimos un par de cervezas que le compramos al viejo, y nos desplomamos rendidos por el cansancio.


Por lo profundo de nuestro sueño, no escuchamos cuando llegaron los policías. Nos despertaron los gritos y las patadas a la puerta para derribarla. Dos oficiales corpulentos me retorcieron un brazo y me pegaron contra una pared. Una mujer, también uniformada, la sujetaba a Yamila, que estaba blanca como el papel.

-¿Dónde escondiste la plata?-me gritó uno que sudaba copiosamente y se secaba la cara con la manga.

-¿Qué plata?-le dije confundido y asustado, sintiendo que mis rodillas se aflojaban.

-¿Lo querés por las buenas o por las malas? Te repito, ¿dónde escondieron la plata del banco?- y mirándola a la policía que la tenía inmovilizada a Yamila, le hace un gesto como buscando colaboración en el interrogatorio.

La mujer fue más despiadada.

-¿Y vos? ¿Te quedaste muda o perdiste la memoria?-le preguntó, pegándole una bofetada con el revés de la mano, acercándole la cara y mirándola a los ojos. Mientras, apoyaba su mano en el arma que portaba en la cintura, regodeándose con el poder.


Nos llevaron hasta la pequeña comisaría, poco menos que a la rastra. Allí, nos dejaron solos en una oficina de paredes llenas de manchas de humedad, decoradas con un plano político del país, fotocopias de identikits y un almanaque con una imagen dividida en tres escenas, tan coloridas como absurdas.
Estábamos sentados, con las manos esposadas por detrás. Pasamos el resto de la noche en esa posición. Yamila lloraba, pero dejó de hacerlo en cuanto escuchó las voces que se acercaban.

Un oficial muy delgado y alto entró primero, trayendo dos vasos con café y un pequeño plato con galletas. Luego, detrás de él, otro que parecía el comisario, acompañado por dos hombres de civil, con maletines, nos habló con una amabilidad forzada e inesperada:
-Parece que hubo una pequeña equivocación con ustedes. El señor Parodi, dueño del almacén, los confundió con los que asaltaron el banco del pueblo que está a cincuenta kilómetros de aquí, por esta misma ruta.
Nos quitó las esposas y nos pidió que luego de beber nuestro café, firmáramos al pie de una especie de conformidad o no sé que diablos. Se disculpó en forma ridícula, nos dio la bienvenida al pueblo y nos fuimos a buscar nuestras cosas a la pieza del almacén.


El viejo no estaba, seguramente no había querido enfrentarnos.

-¿Te duele la herida de la cabeza?-le pregunto a Yamila, que ya luce otra expresión en su hermosa carita.

-Para nada. Sólo me quedan las ganas de matar a la polizonte que me pegó. Pero hay una sola cosa que me hará sentir feliz y olvidar todo ésto.

-Entonces, vayamos hacia dónde está.


Debajo de la última piedra del montículo, está el bolso con los trescientos mil. Tal como lo habíamos dejado.

Nos miramos y lanzamos carcajadas de alegría, ahuyentando a un par de aves de rapiña, ocupadas en pelar un esqueleto al que ya no le quedaba casi nada para extraer…


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lunes, septiembre 10, 2007

CUANDO ASALTAN LOS IMPULSOS...


Y por causa del retraso se me ocurrió…No. Lo pensé bien y quise esperar. No fuera la mala suerte que nos desencontráramos… Pero mis malditos impulsos, independientes de mí, como si tuvieran vida propia, me obligaron a tomar las llaves de la camioneta, así vestida como estaba, con jardinero de jean y el pelo felizmente revuelto por la falta del sombrero para el sol.

Bora, mi perra Labrador, me seguía los pasos y se acomodó en el asiento trasero, con gesto de complicidad, como diciendo “yo también voy”.
Abrí la boca para hacerla bajar, pero la dejé. Por mi apuro y porque siempre la llevaba conmigo, a donde fuera.

Salí a la ruta decidida a llegar antes de que Diego pudiera salir. Había la posibilidad de que tomara otro camino, de manera que como los coches que circulaban eran escasos, por ser día de semana, exigí al motor, puse música y me bebí kilómetros y viento, con placer visceral.

Diego es veterinario y la vida con él es siempre así. A los saltos. A las salidas y a la carrera, a toda hora y en todo momento. Pero el trabajo en la granja que teníamos, levantada a pulmón, me ayudaba a acortar las esperas.

Hoy fue uno de esos días agitados. Salió raudo hacia otro parto inminente y en el apuro se olvidó el celular. Me llamó desde una cabina de estación de servicio, para decirme que el coche se le había quedado empacado a un kilómetro de la casa donde era la emergencia, y que no me preocupara si se demoraba, porque en estas cuestiones nunca se sabe.

Promediando la distancia hasta la zona donde estaba yendo, al pasar por la estación de servicio, desde donde me había avisado sobre el inconveniente, veo el inconfundible auto de Diego, y empecé a sonreírme al imaginarme la sonrisa de él cuando me viera, como un ángel salvador.

Cuando detuve el motor de mi camioneta, Bora ya había acudido a saludar a su amo de un salto. Al entrar, sólo vi las patas marcadas en barro sobre la inmaculada chaqueta blanca y el dibujo del café derramado en la falda de la morocha, quien al verme se puso de pié y se quedó petrificada, como yo, que quedé como estampada contra la puerta de la cafetería del amor…

Hoy, inexplicablemente, sigo respirando. Bora, echada a mis pies, espera otro impulso para ir a pasear en camioneta y me mira como presintiendo que pasa algo que no entiende, y se resigna.



-Ya va a pasar, Bora, ya va a pasar...


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sábado, septiembre 08, 2007

MARIETTA


La muchacha tomó la capa de seda negra y con ella dibujó un círculo sobre su cabeza. La hizo girar y girar por el aire, mientras miraba las ondas que se formaban en la rumorosa y mórbida tela. Adoraba el rumor de la seda. Volvió a agitar nuevamente la capa, hasta casi alcanzar el techo de ladrillos. Por el ímpetu, las palomas que la miraban desde la ventana, huyeron sin comprender. Y las velas de la lámpara del techo temblaron a coro por el sedoso viento.
-Marietta! Qué estás haciendo con la capa del signore Paolo!

La joven costurera, sorprendida en su arrebato, rápidamente dobló la capa y la devolvió al estante en donde estaban las demás prendas, que esperaban ser retiradas por sus dueños. Las mejillas encendidas le ardían y no se animó a mirar a su madre a los ojos. El taller de costura rebosaba de trajes que se habían mandado a hacer, los señores ricos y sus esposas.

La joven no cabía en sí de excitación por esos días. Se aproximaban los días de carnaval y Venecia en unos pocos días tornaría los grises de los canales y los verdes del agua, en una fiesta continua de colores, brillos, alegría y música.
La joven había aprendido a fabricar máscaras de media cara en papier machè, las que luego adornaba con esmaltes, oro, plata y pedrerías. Tenía gran habilidad para los diseños, a cual más original. Sabía combinar con refinado gusto los colores de las capas de seda, con los destellos de las máscaras.

En cuanto terminara los trabajos de costura, saldría ella también a mezclarse con todos en el frenesí del carnaval. Los disfraces hacían desaparecer las diferencias entre ricos y pobres. No quedaba nadie fuera de la hermosa locura durante los diez días que duraban los carnavales. Todos se divertían a la par. La alegría contagiaba.

Marietta se había confeccionado, una bella capa de seda violeta para usarla junto con la máscara que hacía juego con el color de sus ojos vivaces. Ojos que irían prontamente en busca de otros, los de su amado Giorgio, los cuales sabría reconocer en medio de tantos rostros escondidos y miradas furtivas.

Al atardecer del primer día de fiesta, se tomó de la húmeda baranda de la escalinata y una mano gentil la condujo con especial cuidado, hasta el banco de la góndola amarrada y adornada con las flores más hermosas que jamás había visto.
O por lo menos eso creyó al verlas, a causa de su desbordada agitación…


Marietta es una más en el desfile de bellezas carnavalescas, y con su gracia natural luce el traje y la capa, que tan solo por unos días, la convertirán en casi una princesa.


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martes, septiembre 04, 2007

EL LEGADO DE SAMOA


-Abuelo, debo decirte algo.

-Te escucho, Tanu.

-Tengo miedo.

El monarca de la isla Upolu, escucha a su nieto, sin apartar la vista de la danza de las olas sobre la playa.

-A tu edad, yo también tuve miedo. Pero te despojarás de él, cuando seas adulto y debas cultivar y cuidar lo que te pertenece.

El diálogo, tradicional en la familia samoana, se hace a solas, en la playa, al atardecer. El día elegido para llevar a cabo esta ceremonia ancestral e íntima, se realiza al día siguiente del décimo tercer cumpleaños del varón mayor de la familia.

-¿Podré hacerlo tan bien como lo hacen mi padre y tú?

-Estoy seguro.

-¿Cómo lo sabes?

-Porque he visto cómo te comportas. En los juegos respetas los reglamentos. Ayudas a tus padres con la huerta y con los trabajos pesados. Respetas a tus mayores. Respetas a la naturaleza. Todo me habla muy bien de tu futuro. Algún día serás un buen cacique, y quizás, un buen rey. Yo ya no estaré presente para ese día. Aunque, tú sabrás que estoy a tu lado. Samoa será tu lugar. Como lo hacen los hombres de otros lugares del mundo. Pero hay que ganarse el amor de la tierra donde se ha nacido.


Tanu escucha a su abuelo con gran atención. Su mirada se detiene en la maravilla de los naranjas, rosas y amarillos del cielo. Observa el disco de fuego que se va ocultando, y sonriendo, recuerda:

-Una vez me consolaste cuando lloré al ver que el sol desaparecía en el horizonte. Me dijiste que al amanecer del día siguiente, lo vería otra vez. Esas pocas palabras hicieron que nunca más me lamentara al ver el ocaso. Ahora quisiera que hagas lo mismo, para hacer desaparecer mi miedo. Lo necesito, abuelo.

El rey Malietoa miró fijamente a los ojos a su nieto y como tantas otras veces, creyó encontrar las palabras justas para el momento:

-¿Ves esas rocas, donde chocan las olas?

-Si, las veo.

-Dime, las olas que más alto llegan, ¿qué rocas embisten?

Tanu observa mientras se da cuenta que su abuelo está probando su inteligencia con una pregunta fácil, en apariencia, y finalmente dice:

-Es evidente que las olas rompen y llegan más alto cuando lo hacen contra las rocas más grandes…

-Así deberás ser tú. Como las olas más altas. Las rocas representan los obstáculos, los problemas, la adversidad. Quiero que recuerdes bien lo que estás viendo. Tú deberás ser más grande y más alto que los obstáculos. No lo olvides nunca, Tanu.


Tanu, ama tanto a su abuelo, que siente que debe seguir sus pasos y no defraudarlo jamás. De pronto, al observar los tatuajes que adornan la espalda del anciano, pregunta:

-¿Cuándo podré ir a la choza de Patu para que me haga un tatuaje como el que llevas en la espalda?

Lanzando una burlona carcajada, el rey le dice:

-¡Tienes demasiado apuro por crecer, ahora, Tanu! Deberás esperar a que seas un poco mayor para someterte a la tortura de los dioses…

-¿Tortura? – pregunta el adolescente con los ojos muy abiertos.

-Los dioses no usaban la escritura, entonces para expresarse usaban dibujos sobre el cuerpo. Pero cuando se hacían tatuar, sus lágrimas eran tan abundantes que formaron los ríos que atraviesan todas las islas de la Polinesia, y que nos brindan los peces que nos alimentan. A esos ríos te gusta mucho ir a pescar, ¿no es verdad?- concluyó, sonriendo con ternura.


Tanu empieza a manifestar cansancio y hambre. El diálogo tradicional está llegando a su fin. La noche, cálida, brinda un nuevo espectáculo que los samoanos no se pierden. Es cuando la luna llena platea el océano, y las estrellas parecen estar apenas encima de las palmeras.


La isla es toda tambores, antorchas, risas, mujeres con flores en las sienes, ropa colorida, gusto a sal en los labios y juegos en los que intervienen todos, sin distinción de edades. Hay clima de festejo. El clan, la familia, sale a recibirlos con muestras de algarabía.


Se ha cumplido la tradición, y en Samoa, sin dudas, es el acontecimiento del día. Upolu tiene un nuevo hombre que debe y quiere madurar.


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martes, agosto 21, 2007

MI AMIGO EL MIEDO



-“La sangre brotaba de la nuca de Carmen. Estábamos en el piso de la celda, detrás de las cuchetas, para protegernos de lo que parecía una verdadera guerra. Su cabeza apoyada en mis piernas, iba dejando una mancha pegajosa, cada vez más grande. Con la palma de mi mano quería parar la hemorragia, sentía que se moría. Estaba con los ojos cerrados y se ponía cada vez más pálida. En los pasillos del penal, el griterío era infernal. Había olor a quemado y mucho humo que hacía picar la garganta, hasta hacernos toser con arcadas.
Me desesperaba, y la guacha de la guardia se hacía la sorda, a pesar de que mis gritos se debían oír hasta el patio.
Por fin, a los gritos logré que dos agentes tomaran a Carmen de los tobillos y de las axilas y se la llevaran a la enfermería. No supe nada más de ella, hasta dos horas después en que se sofocó la revuelta y el incendio.
Mientras me llevaban al despacho del capitán Garrido, miraba el tizne de la mampostería. Sobre las paredes, las huellas de dedos dejadas durante las corridas de las reclusas, formaban dibujos fantasmales. Sentía mucho miedo.”


Los ojos de Estela están fijos, mientras deja que las palabras salgan de su boca, libremente. Las lágrimas le surcan la cara curtida por el rigor a que se vio sometida su alma. Su abogado la escucha. Él necesita saber todo lo ocurrido. La condena de su cliente está por llegar a su fin. La familia de la chica está pendiente y no quiere que se dilate su estadía en la unidad carcelaria, más de lo que le corresponde.
Estela ya integra la estadística de los que atropellan a peatones y salen huyendo, abandonando a su víctima sobre el pavimento. Pero en la cárcel, los casi cinco años que le dieron, le enseñaron, a la fuerza, el verdadero significado de estar viva.

-“Cuando el capitán Garrido me dio la noticia de que Carmen había muerto, sentí que el cuerpo se me endurecía como piedra. Pensé en ir a buscar a Nora para romperle la cara por haber empezado el motín. A ella le faltaba lo mismo que a mí, para salir. Podría haberse aguantado la comida inmunda que nos daban los encargados nuevos de la cocina. Pero no. Ella se tenía que hacer notar siempre. Era lo que más le divertía. Rebelarse contra cada cosa que no le gustaba. Pero sola, jamás lo hacía. Siempre tenía tres o cuatro laderas que le tenían miedo y acataban cualquier cosa que ella les ordenara. Perra estúpida… El capitán se dio cuenta que yo no había tenido nada que ver con las que empezaron ese infierno”.

El abogado insiste en mostrarle que debe mostrar calma y evitar a Nora, tanto en el comedor, como en el patio. Quiere que Estela se convenza que la tienen en la mira, precisamente porque le falta poco para salir. La muerte de su compañera, fue por culpa de la revoltosa Nora, quien en la carrera para escapar de los guardias, le había asestado el golpe mortal con un pedazo de hierro que usó para abrirse paso entre las mujeres que corrían en todas direcciones.

-“Nora sabía que yo la buscaba para ajustar cuentas, y me empezó a tener miedo. Cada vez que nos cruzábamos simulaba que se arreglaba el zapato y se quedaba con la vista en el piso y me espiaba para ver si yo me alejaba. Yo sentía que mi coraje aumentaba igual que su miedo. Las laderas se abrieron, en su mayoría, y prácticamente la dejaron sola. En el comedor se apuraba, tragaba la comida para irse antes que yo. No soportaba mi mirada. Hasta que un día se “enfermó” para evitarme, y yo, aproveché esa circunstancia, y después de comer, me metí los dedos en la garganta para vomitar. Me llevaron a la enfermería, también, pensando que me había indigestado. Ésa fue la gran oportunidad tan esperada por mí. Al fin la tenía a mano para hacerla sufrir con el miedo que yo le daba ahora. Cuando me vio entrar, se puso pálida. Por suerte, la enfermera no me vio cuando me guardé la jeringa más grande. Nora se dio cuenta de mi maniobra y se calló bien la boca. Sabía lo que le pasaba a las buchonas y que yo no iba a desaprovechar la menor oportunidad de hacerla flecos con un pedazo de vidrio, eso se lo podría jurar a cualquiera. Ella solita se encargó de que yo tenga esta fama de dura, y me miren con miedo y respeto en todo el penal…”

El abogado, reunido en el despacho del capitán, junto con el padre y el hermano de Estela, esperan el nuevo dictamen. Estela había vengado a su amiga Carmen, a sabiendas de que matando a Nora, su libertad ahora era solamente un sueño imposible.


Le dieron perpetua. Estela está cambiada. Las cosas son diferentes. Ella es ahora quien decide lo que se hace y lo que se deja de hacer. Las nuevas la escuchan y empiezan a sentir una especie de temor, por lo que se cobijan bajo su "protección".

El miedo que había sentido el primer día que entró al penal, ahora es su mejor amigo.

APL
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EL LADRÓN DEL RÍO DE LA PLATA



A muchos, la sola mención de su nombre producía extrañas reacciones psicosomáticas en sus cuerpos. Pero a mí sólo me despertaba una profunda sensación de rebeldía que apenas podía contener, razonar y controlar.
Francisco Alonso del Valle Santamaría.¡Ja! ¡No le tenía miedo! Ridículo. Su nombre y su aspecto eran ridículos. Altanero, su espalda derecha y rígida hablaba de su enorme complejo de inferioridad. Hasta parecía que caminaba en puntas de pie para parecer más alto. La barbilla, cubierta por una prolija barba, le daba una apariencia de respetabilidad, que ya quisiera poseer.
Al personaje lo completaba una voz aflautada, cuyos matices resonaban en el salón de recepción del Palacio Municipal.
-Don Francisco, no se ofusque usted por las versiones que intentan opacar su probidad ciudadana. Seguramente, algún malentendido, alguna confusión en el banco de datos municipal se debe de haber producido. El sistema informático, usted sabe, las máquinas suelen ser muy crueles, a veces.
-¡¡¡Es que lo último que se podría decir de mí, es acusarme de querer acaparar el agua corriente de Buenos Aires!!! Desde que empecé a construir mi castillo en las Barrancas de Belgrano, hace treinta años, he sufrido el acoso tanto de funcionarios de gobierno como de la prensa amarilla. No me han dejado en paz con el tema del foso que lo rodea, que demasiada agua, que las norias, que los canales…. Pura envidia y poca dedicación al trabajo habéis demostrado en estos años! Como si no tuviérais verdaderos problemas en vuestro país, para dedicarse a mi castillo y al tema del agua, casi con exclusividad y ensañamiento. Válgame Dios…! Pero si salta a la vista que el accidente ocurrió donde los ríos cambian su curso…

Pero esa miradita furtiva que lucía como rasgo más destacado, no me engañaba. Era un perfecto mentiroso, con gran facilidad para el palabrerío que no quiere decir nada.
Yo me había propuesto desenmascararlo. Gracias a la complicidad de buenos pero tímidos compañeros del departamento catastral, había obtenido los planos del castillo de don Francisco. Tenía la corazonada de que su sistema de cañerías para recibir agua corriente, no era el común que poseían los edificios de Buenos Aires. El foso con abundante caudal de agua que rodeaba el edificio, y la enorme cantidad de carpas de colores que nadaban alegremente en él, era un claro indicio que el caballero español no era trigo limpio. Y la escasez del vital elemento en estos últimos meses, era muy notoria, especialmente en el barrio, como así también la débil presión de agua que salía de las canillas de casi toda la capital…

A las doce de una noche de luna llena, estaba yo lista con mi máquina de fotos, mi caja de herramientas, y una pequeña y práctica soldadora, a bordo de mi Volkswagen negro, para emprender lo que me había propuesto: llegarme hasta el castillo, estacionar mi auto en la parte más oscura de la calle, trepar un reja para entrar, subir por los interminables senderos de piedra empotrados en la barranca, que llegan hasta la muralla.
A mitad del sendero elegido apareció el primer torreón que funcionaba como garita, pero al revisar su interior sólo encontré barriles de vino, hormas de quesos, jamones pendiendo de las vigas y vasijas repletas de apetitosos encurtidos.
Cerré cuidadosamente los postigos de madera y continué la recorrida por el siguiente sendero resaltado en el plano, no sin antes tomar fotografías de todo lo que podía. Casi inesperadamente, me topé con otra garita, cuyo cerrojo estaba ya descorrido, de manera que al entrar y pasear la luz de mi linterna por el húmedo recinto, encontré lo que buscaba…la llave de paso que alimentaba al foso, me asomé por la ventanita trepándome a una escalera que parecía puesta a mi disposición y comprobé que mi sospecha tenía fundamento. Sólo me restaba cerrarla y soldarla para siempre. Con las herramientas apropiadas, cerré el paso, la desarmé y soldé el pedazo de caño cortado hasta dejarlo como un muñón de cuarenta centímetros de diámetro, estéril e inútil. Volví a mirar por la ventana y me cercioré de que no saliera más agua por ese canal. El flash de mi cámara iluminó por un instante el lugar, recogí mis cosas y desandé el camino con enorme satisfacción.
Las campanas de la capilla del Colegio del Sagrado Corazón indicaron las tres de la mañana, buena hora para ascender al refugio de mi escarabajo y alejarme cuanto antes de allí. El ostentoso castillo de don Francisco se había rendido ante mí, como un juguete desarmable.

A las siete de la mañana, me despertó la voz del locutor de Radio Rivadavia, diciendo:
-Muy buenos días, queridos oyentes del Rotativo del Aire. Voy a comenzar con la noticia más importante de hoy, ya hay agua en Buenos Aires. Innumerables son los llamados de oyentes que así lo confirman y el problema de la escasez alarmante que nos preocupó durante meses, ha desaparecido. Ampliaremos esta noticia con detalles de la información que seguramente nos brindará algún ente de regulación de nuestro gobierno bonaerense… Ahora los datos del tiempo…

Me levanté de la cama de un salto y lo primero que hice fue abrir mi maravillosa y caliente ducha que estrenó una flor de agua como hacía mucho tiempo que no me regalaba…

APL
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jueves, agosto 09, 2007

EL SUEÑO DE NANCY


“No aguanto más el chasquido del látigo. El sonido punza mis oídos de una manera que me hace sentir bajo la influencia del demonio. Bajo del caballo y corro hacia el maldito gigante sin darle tiempo a ni siquiera esquivar mi golpe con el tridente sobre el medio de su espalda. Gira hacia mí mostrándome su inmunda cara, transpirada, sucia y babeada, por la euforia enfermiza que le provoca castigar a los caballos elegidos para domar y ensillar. Alza el brazo tomando el mango de su largo látigo, crispa el puño y calcula en qué parte de mi cuerpo descargará la violencia. Al ver el ojo del caño de mi escopeta, se queda petrificado. Se lo apoyo en la nariz y lo voy haciendo retroceder hasta llegar a la jaula. Aprovecho el pánico que le tiene a los barrotes y a la escopeta, lo empujo hacia adentro y lo encierro con candado. Se tapa los oídos temiendo el disparo y se arrincona en el suelo, como niño huérfano y perdido.


Monto nuevamente, suelto los caballos y me alejo galopando junto a ellos, hacia el horizonte, hasta que ya no los puedo seguir más. Regreso, doblando el codo del río. Necesito refrescarme. Hace mucho calor. Las patas del alazán producen un delicioso y fresco rumor, al meterse en el agua. Me apeo, me desnudo y cuelgo la ropa en las ramas de un arbusto. Me zambullo cerca del animal y disfrutamos un largo rato de la maravillosa sensación del agua dulce. Los juncos se mecen empujados por los círculos que se forman alrededor de nosotros.


Al empezar a vestirme para volver al casco de la estancia, diviso una silueta escondida detrás de un sauce. Me cubro rápidamente y descubro que no traigo la escopeta conmigo. El gigante del látigo, se pone visible y mostrándome su asquerosa sonrisa se me aproxima con claras intenciones de aprovecharse de la situación.

Rápidamente, busco una piedra, una rama gruesa o algo con qué defenderme. El abominable hombre de los establos se me acerca cada vez más, por lo tanto no me queda otra alternativa que la de tomar el puñal que llevo siempre conmigo.

Es la última opción que conlleva una pelea cuerpo a cuerpo, que siempre trato de eludir. Se abalanza sobre mí, pero no tiene suerte. Él es torpe y yo soy más joven. Además, gozo de la agilidad que me dio la práctica de acrobacias sobre el lomo de los caballos.

A causa de la rabia, redobla su ímpetu para atacarme, pero nuevamente se tropieza y cae aparatosamente. Es muy cómica su cara, porque al caer contra el suelo, se le pega tierra sobre las mejillas y la boca. Monto de un salto y me alejo al galope, muerta de risa, porque el idiota se queda tirado, mirándome, más furioso que antes.”


-Cuando cuente hasta tres, muy lentamente vas a abrir los ojos y vas a respirar, profundamente, tres veces. ¿Cómo te sientes, Nancy?

La paciente, con plácida expresión, abre muy despacio los ojos. Luego se despereza, felina, en el diván de terciopelo gris.

-De maravillas. Esta vez no me pudo atrapar. Creo que lo vencí.

-No abandones las sesiones que te faltan. Me temo que alguna noche, durante tu sueño, podrías olvidarte también el puñal…

-Lo llevo siempre conmigo, doc.

El psiquiatra apaga el grabador. La chica toma su bolso, extrae la billetera y un lustroso puñal con empuñadura calada.

-Muy previsora. Ahora puedes irte. Te espero el jueves…


El doctor Akananda, está acostumbrado a todo tipo de pacientes, con fobias, paranoias y miedos de toda especie. El caso de Nancy es uno de los más fáciles de resolver. La chica es actriz y sin dudas está actuando. Pero como paga más del doble por sesión, seguirle el juego lo divierte y distiende. Sobre todo, lo hace olvidar de otros casos realmente graves y difíciles de curar.


Mientras desayuna, repasa la agenda para la tarde de ese jueves que se presenta lluvioso y frío. Luego, enciende el canal que ofrece el resumen de noticias. Escucha casi sin prestarle demasiada atención. Toma el control remoto para apagarlo, y de pronto se queda inmóvil, mirando fijamente la pantalla, en la que aparece el rostro de Nancy, sonriente, y en el video-graph se lee claramente:

“La joven actriz, asesinada anoche, fue sorprendida mientras dormía. No hay signos de robo ni fue violentada la puerta de entrada. La policía sólo cuenta con el arma que acabó con su vida: un puñal de mango calado.”


-Susana, cancele todos los turnos para esta tarde y páselos para la semana que viene. No me siento bien. Me quedaré en casa por el día de hoy.


El doctor Akananda corre el pesado cortinado de su consultorio y se recuesta, lentamente, en el diván de terciopelo gris. El día no es, precisamente el apropiado, para escuchar más historias. Su cabeza sólo necesita dejar de pensar, aunque sea un momento, nada más…

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jueves, agosto 02, 2007

ANDIA


Andia sabe cuál es su lugar en la sociedad, porque había aprendido desde su nacimiento que las mujeres sólo hablan de cosas del hogar y de los niños, y no se atreven a opinar sobre otras cuestiones, pero ello no significa que no tema por el futuro.

Padece frecuentes pesadillas pobladas de gritos, naves incendiadas y cuerpos diseminados en los campos de batalla.


Ahora, mientras camina bajo la fresca sombra de la pérgola, insiste con la calma que la caracteriza.

-No vayas. Envía a otro. No vayas.

Sus ojos brillan con lágrimas contenidas.

Mardonius parece no escucharla, aunque sabe que su amada sólo deja salir verdades de sus labios.

-Mi rey Jerjes confía en mí y en mis hombres. Es mi destino.

Andia lo escucha y se da cuenta que lo último que puede agregar para que la mire a los ojos es:

-Tu hijo conocerá a su padre a través de mis relatos.

El hombre fuerte de Jerjes, la acaricia con la mirada y con las ásperas manos, que saben de luchas y victorias.

-Cuando regrese, estrecharé a mi hijo contra mi pecho.

Le besa las manos y se aleja con el puño crispado en la montura de su espada, mientras Andia se queda como una estatua, envuelta en la niebla del abandono.


Los hombres de Jerjes parten, en busca de conquistas, con la mente puesta en servir al imperio persa. Mas, con la misma pasión, los oponentes defienden y repelen los ataques.

La derrota en la batalla naval de Salamina, así lo demuestra. De manera que el poderoso rey reorganiza en forma permanente su estrategia.


Con la noticia de la muerte de Mardonius, Andia con su pequeño hijo bajo su entero cuidado, pasa a formar parte del grupo femenino del palacio. Cumple con las actividades que realizan las mujeres de la realeza, y su tiempo transcurre en mantener en forma el santuario del hogar, y reconfortar a los hombres que vuelven de las guerras.


Las mujeres persas acatan los designios que pesan sobre sus espaldas, sus ojos lloran a escondidas bajo las sombras de las pérgolas, y saben que sus hijos varones continuarán con la historia escrita en las lenguas de fuego de los oráculos de los templos…, y sus hijas mujeres aprenderán a esperar, hasta el fin de las guerras.


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martes, julio 31, 2007

JERJES SUEÑA, LA TIERRA TIEMBLA


Darío está muerto.
La tierra tiembla, no desde sus entrañas, sino al paso de este ejército de hombres de sangre nueva y sedienta. El que lo lidera es su hijo Jerjes, aplastando en su escalada, al heredero, cuya figura se desdibuja bajo las huellas de sus crépides claveteadas.
Sabe que su presencia provoca miedo y la resalta usando el himatión que deja su brazo derecho al descubierto, mostrando una musculatura de estatua.
Los jefes de las falanges militares asisten luciendo las corazas de escamas metálicas, que relucen al igual que sus espadas de doble filo. La respiración se agita y hace que los pechos acorazados brillen reflejando las antorchas del recinto.

Nos ha reunido para ultimar los detalles que sumarán a Grecia como final de oro de su conquista.
Mardonio y Gergis despliegan el mapa de las rutas por las que el ejército convertirá en cenizas el mínimo atisbo de resistencia. Masistes, mirando a los ojos a cada uno de los asistentes, pronuncia cada palabra con la vehemencia que posibilita un claro mensaje.
El tramo final del discurso lo toma Jerjes, y lo saborea como copa que contiene el mejor de los vinos.
-Pidan tierra y agua. Y cobren sangre y muerte ante cada negativa. Atenas y Esparta deben ser en sus manos, como dos bueyes que los conduzcan a Grecia. Las flaquezas de la resistencia las encontrarán detrás de las túnicas de los sacerdotes. Que no sean obstáculos ni demoras en su camino final. Además, la riqueza de los templos es una invitación para tomar todo lo que esté al alcance de la vista y del tacto… - y su carcajada sensual y victoriosa resuena contra los mármoles de la sala principal.
De pronto, su rostro se congela y dirigiéndose directamente hacia el lugar donde estoy, remarca:
-Hablando precisamente de estatuas, ya sabes en qué consiste acabar con mi sueño obsesivo de todas las noches…
Y como emisario más cercano del gran Jerjes, no necesito más para entender el significado de sus palabras.
Desvío mi mirada de la suya y la dirijo, a través de la ventana, hacia donde sé que se yergue Babilonia. La estatua de oro de Júpiter sentado, muy pronto yacerá en mi carro, y que conduciré hasta aquí, cumpliendo directivas reales. Complaciendo a mi rey. Esquivando a la monarca de las sombras. La muerte.
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PAPEL PICADO (OJOS MOROS)



¡Al fin vacaciones! El plan para abordar la aventura de viajar a España ya está listo. Quince días respirando otro aire y haciendo visera con la mano bajo la luz de otro sol. Cargando las imágenes en nuestras retinas y en los cuadros. Nuestro equipaje también incluye las telas y los pinceles.

¿Madrid? ¡No! Algún pequeño pueblo de alguna provincia. A ver, veamos desde abajo hacia arriba algo más emocionante. Ya está: ¡Zamora!
-¿Zamora? – pregunta mi hermana Carolina frunciendo la nariz.
-Precisamente a Olleros de Tera – le contesto con determinación.

Llegamos y continúa el espectáculo de la naturaleza más conmovedor que pudiéramos imaginar, el que había comenzado al sobrevolar tierra española.
El pequeño pueblo de aproximadamente doscientos habitantes, está enclavado en pleno camino de Santiago y la hostería es el comité de bienvenida que nos recibe en este mediodía otoñal.

En sus calles palpitan tradición y cultura. Naturaleza y olores distintos. Balcones floridos y portones enjutos. Combinaciones que nos apabullan junto a la riqueza de amabilidades de sus habitantes al aceptarnos en nuestra condición de turistas.

Carolina está muda.
-¡Es hermoso este lugar! – logra susurrar luego de inspirar profundamente.

El mozo del restaurante de la hostería nos comenta que en dos días comienzan los festejos de su santo patrón, San Miguel. Y agrega que unos días antes se había agasajado a su Virgen del Agavanzal, el orgullo del lugar.
Dice que la gente se vuelca a la calle para disfrutar de los juegos en los que no queda nadie sin participar.

Desde el amanecer del veintinueve de Septiembre, fecha de San Miguel, los altavoces nos despiertan y nos hacen salir de la cama raudamente para no perdernos detalle de la fiesta tradicional.
Sentadas sobre un paredón de enormes piedras que bordea la avenida por donde pasará el desfile nos disponemos a esbozar nuestros cuadros, preparando las telas que reflejarán las coloridas celebraciones.

El maravilloso sol se hace sentir y nos obliga a buscar otro lugar con sombra. La dejo a Carolina un instante para comprar bebidas frescas y me dirijo hasta un pequeño almacén que casi me pasa inadvertido.
El dueño me mira con su par de ojos moros y con su simpático gracejo bromea:
-Las veía desde aquí y me preguntaba cuánto más aguantarían bajo el sol para ponerse a pintar como si tal cosa…
Respondo a su impactante sonrisa, diciendo como tonta:
- Hay tanto para admirar que salimos a la apurada…
-Para eso estoy yo, para salvar a las niñas de los olvidos,¡jajaja! Porque veo que no llevas lo más importante…
-¿Lo más importante…? – pregunto sin entender.
-Que no se te olvide, preciosa, que debes arrojar confeti al paso de las carrozas. Es una muestra de admiración, que si la omites Olleros de Tera jamás te lo perdonará…
Me despido del señor “Ojos Moros” y me vuelvo sonriente junto a mi hermana que, casi muerta de sed, me esperaba bajo un amable olivo español.

Nuestros cuadros pintados en plena fiesta popular son la admiración de todos al llegar de vuelta a casa. Ahora están en exposición en una galería de arte.


Salvo el que titulé “Ojos Moros”, que lo guardé para mí…

APL©2007

PAPEL PICADO (EL PAPIRO OCULTO)




La famosa reina egipcia que seducía a los hombres como estrategia política, era muy inteligente y sabía que la naturaleza no había sido benéfica con su belleza. Por lo tanto, los papiros con las listas de cosméticos, que ordenaba anotar al escriba, se alargaban cada año, de acuerdo a su edad. Cuidaba su cuerpo para convertirlo en fuente de placer, dispuesto a la caricia, siempre, especialmente cuando, ante ciertas diferencias políticas, su vehemencia oratoria, no alcanzaba.

La esclava entró en los aposentos reales con los cuencos repletos de elementos extraídos de la propia naturaleza, traídos desde los lugares donde crecían en abundancia. Aceite de oliva, vinagre de manzana, jugo de damascos y óleos florales. Los aromas del arsenal de belleza invadió el aire.

Cleopatra, desnuda y echada boca abajo en la mesa de ébano, dejaba que las manos de la joven masajearan su menudo cuerpo, de pies a cabeza. Mientras tanto, ella acariciaba al cachorro de leopardo que le habían regalado y con fruición devoraba la pulpa transparente del aloe vera recién cortado, reservando el último bocado para deslizarlo por su rostro aún joven.

Cerca de ella, el sumiso escriba volcaba las órdenes impuestas, las cuales debían ser llevadas raudamente hasta las propias manos del jefe de su ejército. El confiable ayudante, muchas veces tenía en sus manos verdaderos secretos de estado y su cabeza pendía del finísimo hilo del acatamiento ciego o el de la traición.
Cierta vez, una misteriosa paga que consistía en un pequeño pero pesado saco con piezas de oro, nubló su razón y entregó el papiro a las manos erróneas.

Las noticias del fracaso de una de las luchas por la conquista de dos pueblos, transformaron el palacio en una locura de gritos y órdenes apresuradas. Cleopatra, vociferando con el rostro alterado, mandó llamar al escriba traidor hasta sus pies.
Tres esclavos lo arrastraron hasta el trono donde la reina, sentada con las manos aferradas y crispadas en los apoya brazos, le mostraba el papiro que nunca había sido entregado, esperando una respuesta que no serviría de nada. No salvaría al maldito del filo de la daga mortal, la misma arma que convirtió en papel picado, el papiro oculto entre las ropas del infeliz.

La reina arrojó los pequeños pedacitos de arrugado papiro, a la lámpara de aceite que enrojecía de muerte la escena. Y los gritos que clamaban piedad, se silenciaron con una justiciera y reglamentaria decapitación.




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PAPEL PICADO (CONTRASTES DE UNA HISTORIA COMÚN)


-Chicos, vamos que se me hace tarde. Levántense.

Griselda agradecía siempre a Dios que sus hijos le habían salido dóciles y parecían comprender lo que ella les explicaba. No tenía necesidad de reprenderlos, porque no habían conocido el capricho, ni se emberrinchaban como los hijos de la señora Gabriela.


Juan, su marido, ya se había ido más temprano hacia la obra, y a sus pibes los veía crecer dormidos. A la noche trabajaba de mozo, y llegaba a la una de la mañana. Sólo jugaba con ellos los domingos y los días de franco en el bar.


Eran las siete y estaba despuntando el día. Griselda levantó el cuello de la campera de Belén y anudó la bufanda de José. Salieron a la calle, y tanto a ella como a los chicos, el viento helado que los empujaba de frente, los obligó a levantar los hombros y bajar las cabezas.


Antes de ir a su trabajo, dejaba a los chicos en el Jardín. Uno a la sala de cinco y el otro a la de cuatro. Después cruzaba Avenida San Juan y se paraba en la cola del colectivo que la dejaba a dos cuadras de la casa del doctor González Márquez.


La noche anterior habían estado de fiesta en la casa de dos pisos donde trabajaba como mucama. La dueña de casa la estaba esperando:

-Griselda, hoy va a tener bastante trabajo. Anoche fue el cumpleaños de los gemelos y hay papel picado por todos los rincones. Mire que mañana nos vamos de vacaciones, así que por favor, déjeme la casa perfecta. Ahora me voy al negocio y cualquier cosa me llama al celular. En las heladeras quedaron muchas cosas ricas. Antes de irse, llévese de lo que guste, a su casa. No se olvide de cortar un buen pedazo de torta para sus chicos.


Su patrona, afortunadamente, era generosa. Además del sueldo, a veces le daba muy buenas propinas.

Se esmeró lo más que pudo en el trabajo y no veía la hora de llegar a su casa y ver las caritas de Belén y José cuando vieran tanta comida junta en la mesa.


Al terminar con las tareas, preparó el envoltorio con las porciones de la fiesta de cumpleaños, sin olvidarse de agregar globos y una bolsita con papel picado, para que los chicos se divirtieran un rato.


Cuando llegó al Jardín, al ver a su mamá con un paquete enorme en sus brazos, Belén le preguntó:

-¿Qué hay en ese paquete tan grande?

-Es una sorpresa, cuando lleguemos, veremos lo que hay… Ahora vamos para casa, se toman de las manitos y se portan bien.


A pesar del viento que los empujaba con fuerza por la espalda, los tres se alejaron sonrientes y apurados. Casi no se les notaba el tiritar de los labios, en esa cruda tarde invernal.


APL© 2007