MIS HISTORIAS. La alquimia entre la realidad y los sueños. Entre los sueños y la imaginación.







jueves, diciembre 20, 2007

MAÑANA, AL DESPERTAR...


El mozo despeja los restos de nuestro almuerzo y quedamos a solas, vos, lo nuestro, y yo. La mesa que ocupamos está un tanto alejada del gran salón del restaurante. Por lo cual agradezco esta especie de anonimato que me protege y me contiene. Al mirar mi reloj repaso la cuenta regresiva para que te vayas y mis latidos se aceleran cuando compruebo que son sólo treinta los minutos que restan.
También recuerdo que te prometí no llorar cuando después de esta última sobremesa, nos digamos adiós por primera vez.
¿Habrá otras parejas que se dicen adiós muchas veces?

Mis ojos errantes, con insolente autonomía, miran como embobados la bandeja que se acerca con un par de humeantes y aromáticos cafés.
Quisiera apagar la música, que aunque suave y dulce, me impide escuchar lo que pienso. Me resisto a caer en la cuenta de que a partir de ahora me quedaré sola, respirando y existiendo, como si tal cosa.

Todas dicen “no serás ni la primera ni la última mujer que se separa”. Pero hay que estar. “Hay que poner el cuerpo, y seguir”. Las pelotas. Duele.

Mañana, cuando despierte de mi sueño en singular, ¿qué será lo primero que haré en soledad recién estrenada? ¡Dios! Todo igual, pero diferente.

Quisiera tener el poder mental para detener el tiempo. Y cómo ésta, se me ocurren mil ideas idiotas para que esta sobremesa del adiós, dure como mil años más.

Cerraré los ojos, sólo dos segundos, mientras pienso en alguna palabra mágica de mi niñez, para que se produzca el hechizo que logre hacer que te quedes aquí, conmigo, para siempre. Al abrirlos, estás todavía sentado frente a mí, pero lejos, muy lejos ya…


APL©2007

LO QUE HAYA SIDO...


No puedo. Con este barullo no puedo concentrarme en la lectura. ¿Cómo puede ser que alguien disfrute con la locura de escuchar música tan fuerte?
¿No se dan cuenta de la hora que es? Abro la ventana del living y me asomo con toda la bronca, porque me desconcentran y porque me sacan de las casillas.
No veo a nadie frente a mi puerta ni en toda la cuadra. Entonces, azorada, descubro que la música proviene de mi altillo. No puede ser. Debe ser el viento que desvía los sonidos, y seguramente la algarabía pertenece a otra casa.
Cierro la ventana y me dirijo arriba para descartar mi sospecha. Mientras subo los siete escalones, veo la línea de luz debajo de la puerta. Los compases del viejo vals ya empiezan a ensordecerme.
Giro lentamente las dos vueltas de llave y tomo la escopeta del closet contiguo. Al abrir, se detiene abruptamente la música. Siento acúfenos en los oídos. Miro el interior del pequeño cuarto, sin entrar, comprobando que el silencio y la quietud son reales. Como así también la luz encendida. El viejo tocadiscos de mi padre sigue cubierto con la carpeta bordada por la abuela y el polvo acumulado por los años. Los discos están en sus álbumes. No hay aquí otro aparato para escuchar música. Los latidos de mi corazón se hacen tan fuertes que debo sentarme en la mecedora un rato.
Mis pensamientos amontonados no me dejan razonar. No tengo miedo, sólo la sorpresa.
Decido bajar para hacerme un té con miel y terminar de entender lo que acaba de ocurrir. Cierro la puerta nuevamente y al descender, un aire helado agita mi pelo y enfría toda la casa.
La puerta de la entrada está abierta de par en par.


La cierro con llave.

Lo que haya sido, se fue para siempre… Así lo espero.


APL©2007

LA HERENCIA DE TÍA CLOTILDE


La muerte de tía Clotilde me ha sumido en una especie de círculo en el cual giran como engarzados los recuerdos. Sus fotos, sus objetos personales, su ropa, su casa.
La casa de la tía, la menor de la familia de mi padre, es el símbolo del poder adquisitivo basado en una suculenta herencia. Viuda desde muy joven, sin hijos, llevaba una vida acomodada, con viajes permanentes como única ocupación y preocupación. La mansión, erigida en una esquina del barrio de Palermo Viejo y construida en estilo victoriano, tiene jardín con fuente y estatuas, como corresponde en una casa de ricos.
Una mujer como ella no podía existir sin ese marco dorado que otorga el dinero, sin embargo se cuidaba tanto de las miradas indiscretas, que su vida era un misterio.

Hoy voy a entrar a la casa, por el derecho que me da ser su única heredera. Me pregunto si estando en vida, ella me hubiera permitido conocer su mundo íntimo. Nunca me demostró cariño, ni siquiera un gesto de amabilidad le provocó mi presencia durante las escasas veces en las cuales coincidimos, ya sea por el sepelio o el casamiento de algún integrante de la familia.


Lo primero que ven mis ojos al entrar es la amplitud de la sala. Los muebles están cubiertos con sábanas blancas, al mejor estilo hollywoodense. Los objetos de valor traídos de diferentes países, la cristalería de la vitrina y los pesados cortinados, hablan por sí solos. Me detengo ante el piano, junto al ventanal. Observo los cuadros. Recorro los ambientes y mis pasos suenan distintos en los pisos de madera lustrosa y oscura.

Miro hacia la planta alta, repitiéndome que ahora todo es mío y este hecho, mi cerebro no logra procesarlo, aún. Subo los veintiún escalones, también de madera pero cubiertos por un camino de alfombra verde inglés, y aquí me quedo, parada, pensando qué puerta abrir primero.

Mientras me detengo ante cada cosa que fue ajena, y ahora me pertenece, me siento como si estuviera en un túnel. El túnel del tiempo que debo transitar adivinando el por qué de cada cosa que veo. Para explicarme a mí misma el sentimiento que me invade, se me ocurre compararme a los hijos de los desaparecidos, a quienes cuando se los retorna a su familia biológica les dicen, simplemente “ésta es tu abuela”, o “éste es tu tío”, y el corazón entra en pelea con el cerebro. Son, pero no los reconozco, no los amo, mi cabeza no los registra.

Sí, es verdad, un túnel se abre ante mí, se rinde y me pertenece, por derecho hereditario. Pero el hecho es que, si pudieras oirme tía Clotilde, te diría que nunca fue mi intención.
Mis alas por tu jaula de oro, jamás.

El remate de las pertenencias de mi tía suscita una enorme convocatoria, y no me imaginé que tanta gente rica pudiera concurrir para tratar de obtener cosas de inmenso valor que pertenecieron a otro rico.

El apetito por las posesiones es otro de los grandes alcaloides que tientan al ser humano. Por suerte sólo soy adicta a mi libertad.



APL©2007

BALANCE NEG... POSITIVO


Nuestra mesa de la cocina abarrotada de folletos, anotadores y lapiceras. De fotos, papeles y un contrato. De tazas, migas en un plato, tu notebook y mi cámara.

El madrugón, los pasaportes, los pasajes y los equipajes. La puerta con llave, el remis y el hall de Ezeiza.

Nuestras manos enlazadas, transpiradas, nerviosas. Los ojos bien abiertos, los oídos muy atentos y la hora de embarque muy cercana.

Un rato para otro café, una revista y el diario para después.

“Bienvenidos”, los asientos y otra espera. La final.

Vuelo perfecto, atención perfecta. Mis ojos en tus ojos, la sonrisa fácil y el beso perfecto.

Túnez. Aterrizaje soñado, cielo distinto, rostros diferentes.

Palmeras, naranjos, playas, edificios, gente, tu oficina. Hablar en inglés, pensar en inglés, amor en argentino.

Nuestro nido, la rutina, el futuro ya, inmediato.



Ascenso merecido, alegría compartida.

Embarazo, un hijo… ¡Padres! Tu primera cana y mi silueta, un redondel.

Ahorros, dólares, dinares, euros. La familia siempre cerca, por internet y la camarita que no se apaga.

Conflictos laborales, huelgas, bomba. Atentado… ¿Qué pasó? ¿Dónde estás? Sola, no…

Mi vuelta, mi dolor, mi pasaporte, mi pasaje, mi vientre, nuestro hijo…

... mis últimos días en Africa.




APL©2007

AUTODIDACTA




Terminada la tiranía de mi enorme complejo de culpa, me dediqué a planificar de qué forma me cobraría cada una de las afrentas de las que me hiciste objeto, durante tantos años.
Me prometí que una a una, saldarías tus trampas. Una a una, sin dejar para más adelante, ninguna.
Aunque tenía muy en claro que dicha tiranía había nacido por obra y gracia de mi prodigiosa memoria. Las noches con sus insomnios, eran una especie de cátedra a la que yo concurría puntualmente. Sin faltar a una sola clase:
“A mí no me puede pasar ésto.”
“A mí, no.”
“¿Por qué?”
“¿Quién soy yo?”
“¿Qué tengo de especial, para no ser jamás el blanco de semejante pesadilla?”
“¿Cuándo se terminó el amor?”
“¿Cuándo empezó a morir?”
Preguntas sin respuestas.
Indagaba hasta lo más profundo y sincero de mí misma.
Replanteos. Culpas. Y más culpas.

Terminada la tiranía, dije basta. Con todo el coraje junto, acumulado y planeado.


-Los chicos vienen conmigo. Quedate con la casa. Tenemos dónde ir a vivir.

Terminada la tiranía, ya no pienso en cobrar cuentas pendientes. Ya no. Ya no me importa. Porque he vuelto a sonreir cuando suena el timbre de mi casa…




APL©2007