Mis mejores palabras

Me llamo Alicia, me gusta escribir. De todo. Para todos los gustos. No me preguntes por qué. Pero si algo te gustó, me quiero enterar.

domingo, abril 22, 2007

LA MUJER IDEAL


El enigmático profesor Quispe, figuró en los titulares de casi todos los diarios. Por eso no dudé en buscarlo, para hallarlo y conocer en persona a semejante eminencia, una especie de leyenda viva, en pleno siglo XXI.

Siento que a bordo de mi camioneta estoy integrado al paisaje. Junto al camino de esta vieja ruta, las piedras muestran fugaces destellos y los cactus parecen figuras humanas detenidas por un encantamiento de vaya a saberse qué pócima ingerida.
Me detengo bajo el follaje bondadoso de un espinillo, para consultar el mapa por décima vez.
El sol, aprovechando la brisa que mueve las ramas, apoya un rayo caliente sobre mi cabeza y dibuja una cómica sombra bajo mis borceguíes cubiertos de polvo.
Confirmo que la gran peña del lado izquierdo de la ruta, coincide con la loma que sirve de base al enorme y patriarcal ombú, sobre el lado derecho. Entonces, con ambas referencias constatadas y confiables, prosigo mi viaje hasta la casa del viejo amerindio, el famoso doctor Quispe. Respiro hondo. La vista del silencioso paisaje del altiplano me infunde respeto.

- Es verdad. Él tiene el secreto. Se sabe que ya casi había finalizado un prototipo, cuando se enteraron unos forasteros que llegaron del norte. Casi muere el pobre hombre, después de la paliza que le propinaron, cuando entraron furtivamente a su laboratorio – me habían comentado en la cátedra de biología, convirtiendo mi curiosidad en obsesión – pero no se lo pudieron arrebatar. Entonces, desapareció.

Hasta aquí yo sé de la existencia de un anciano que posee la fórmula secreta para fabricar una mujer perfecta, ideal.
El objetivo de semejante empresa es perpetuar la raza de mujeres nativas, hijas de la madre tierra, que pudieran reunir las máximas condiciones de guerreras, amantes, labriegas, amazonas y en forma rotundamente especial, que parieran hijos saludables para defender su suelo de nacimiento.

Sólo tengo que presentarme ante el científico, explicarle en aymara que soy su colega, y que deseo en principio, con su fórmula, fabricar el cuerpo de una mujer.
Después, ya se vería, en forma conjunta, con qué aditamentos habríamos de perfeccionarla para llegar a denominarla “Mujer Ideal”. Primero debo ganarme su total confianza.

El doctor Quispe me está esperando junto a la tranquera pintada de blanco.
Desciendo de mi vehículo y esbozo un saludo en su idioma natal, mientras me sonrojo con pudor ante la mirada penetrante. Me contesta en perfecto castellano. Se sonríe levemente con un aire de simpatía, mezclado con picardía.

Lo invito a subir a mi lado, emprendiendo el trayecto hasta la casa, distante a unos trescientos metros desde donde estaba esperándome. El sinuoso y empinado camino está bordeado de grandes piedras blancas, entre medio de las cuales asoman matas con flores.

Al aproximarnos a la casa, que parecía más pequeña desde lejos, veo dos jóvenes tocando instrumentos musicales. Me presenta a la joven del siqu:
-Ella es mi hija Achank’aray, está estudiando biología.
Luego hace lo mismo con el joven del charango:
-Este es mi hijo Achokalla, estudia medicina.
Mientras me conduce al interior de la vivienda me explica que sus hijos están muy entusiasmados con el mismo proyecto por el cual me encuentro en estos parajes tan distantes de mi círculo habitual.

Luego de compartir con ellos una sabrosa comida a base de quinoa, harina de maíz y carne de llama, la sobremesa es el marco adecuado para hablar del tema del proyecto en cuestión.

Al amanecer del día siguiente, el doctor Quispe está en su laboratorio junto a un enorme crisol de granito, en el que veo la materia prima del experimento.
-No hace falta que le diga qué es esto – dice mientras introduce un mano hasta el fondo del lodo y la vuelve a sacar aproximándola hasta mi nariz – es barro fresco, recién hecho, al que habré de adicionarle las esencias vegetales naturales que he ido acopiando a lo largo de veinte años. Son fundamentales y originales, ya que la fusión de sus óleos combinados dan origen a la vida.

Enjuaga su mano embarrada y comenzamos con la tarea. Se acerca hasta la hilera de estantes que contienen concentrados extraídos de la tierra misma.
Mientras lo observo medir las proporciones y colocar las pipetas sobre bandejas de metal, trato de no pestañear, para no perderme detalle de la ceremonia.
Va tomando, con delicada precisión, porciones de la masa oscura y las coloca sobre una camilla, dándole forma de cuerpo humano, es decir, de mujer.
Me consulta con la mirada si estoy de acuerdo con la forma. Retoco la línea de las caderas y los muslos, y luego agrego un poco más a la zona de los senos. Nos alejamos un poco de la mesa de operaciones para apreciar desde varios ángulos, ese cuerpo femenino que parecía dormir su último sueño desde las entrañas de la tierra, a punto de vivir como ser humano completo. Ambos coincidimos en que ya es el momento de encender la pantalla que está sobre nuestras cabezas, la cual dará vida a la obra terminada.
El haz violeta ilumina el cuerpo en su totalidad, tornando suavemente en carne humana lo que hasta hacía unos momentos era solamente barro y esencias vegetales. Con la cadencia de los breves minutos que se me antojaron eternos, la mujer de piel morena y cabellos renegridos, abrió los ojos al mundo. Mundo que para ella, por ahora, era este recinto.

El doctor elevó una plegaria posando su mano derecha en la cabeza de la joven.
De pronto, ese clima perfecto se rompió como una pompa de jabón. El científico no pudo frenar a tiempo el impulso de la hermosa mujer por ir a contemplarse en el espejo colgado sobre una pared. La nativa se desplomó al verse reflejada de cuerpo entero, se desintegró, y en el piso quedó una mancha de barro, oscuro e inerte.

La obra era perfecta, pero sucumbió ante la tentación. Su condena a muerte fue la coquetería innata de la naturaleza femenina.

El proyecto secreto tenía una sola condición para vivir. No mirarse jamás, en un espejo que no sea de agua…

APL©2007

miércoles, abril 11, 2007

LA LEYENDA DE LA PRIMAVERA DE VIVALDI


Con la punta del dedo índice de la mano izquierda, pulsó el botón redondo y negro del equipo de música, y en ese instante comprobé que la verdad de la leyenda estaba ante mis ojos. Las transformaciones comenzaban en ese preciso momento, a la par de la primera nota de La Primavera de Antonio Vivaldi.
Un trozo de pared se desprendió en forma prolija y silenciosa, para ir a posarse junto al jarrón chino donde cómodamente podría caber yo, en toda mi extensión.
El pedazo de cielorraso esperó un breve silencio de la melodía y emprendió su camino hasta ubicarse justo debajo de la ventana.
Yo no quería perder un solo detalle de la forma paulatina en que se iba desarmando la habitación. Al compás de las notas de los violines, las flores se despojaban de los pétalos. El agua del florero subió su nivel y al desbordarse caía hasta el piso de lustrosa madera, en forma de gotas enormes y perfectas.

Los pétalos, atraídos por un misterioso imán guardado en el corazón de cada gota, formaban collares de colores que ascendían hasta el techo y bajaban hasta quedar colgados del marco de la ventana, para simplemente dejarse hamacar por la brisa. Las cortinas, estiradas al ras del piso, eran tan mullidas al caminar, que quedaban mis huellas marcadas por espacio de un minuto o dos.
El piano abría y cerraba la tapa, pero se detuvo cuando toqué dos teclas blancas y una negra.
Los trozos de la pared se fueron acomodando como piezas de dominó, mientras el jarrón continuaba soportando todo el peso, estoicamente.

Lo mismo hacían los pedazos de cielorraso, debajo de la ventana, hasta parecer un inmenso pastel de pionono. Por los agujeros que resultaban de los desprendimientos, pude ver que el jardín terminaba en una suave barranca.

El jardinero se había quedado parado, escuchando y mirando, pero luego se alejó, rascándose la cabeza en un gesto de resignación.
Los cuadros, se descolgaban quedando apoyados por un vértice, en perfecto equilibrio, sobre las paredes. Con timidez, me aproximé para observar el punto de apoyo, el cual debía medir tres o cuatro milímetros.

No me importaba saber como lo hacían, solo quería ver, nada más.
La biblioteca se fue desnudando, los libros de los estantes empezaron a volar en perfecta hilera, y quedaron suspendidos en el aire como columnas, ordenados por tamaño y por color. Cada columna, giraba sobre sí misma, mientras los libros agitaban sus hojas como mariposas.

La profesora, en un costado observaba la danza y de vez en cuando nuestras miradas se encontraban y sonreíamos cómplices del espectáculo maravilloso que se desataba, inexorablemente, cada atardecer, en cuanto comenzaban los primeros acordes de una de Las Cuatro Estaciones, de Vivaldi.

Al cabo de diez minutos y veintiún segundos, todo lo que se hallaba en el interior del mágico salón, lenta y armoniosamente volvió a su antiguo lugar. El silencio sólo fue quebrado por los espontáneos aplausos que no pudimos evitar, ante la increíble leyenda de La Primavera, de Vivaldi.

-Recuerda, lo que has visto aquí no lo deberás contar jamás, porque nadie te va a creer.

Y nunca se lo conté a nadie, hasta el día de hoy, que es mi cumpleaños número ochenta.

APL©2007