MAÑANA, AL DESPERTAR...

El mozo despeja los restos de nuestro almuerzo y quedamos a solas, vos, lo nuestro, y yo. La mesa que ocupamos está un tanto alejada del gran salón del restaurante. Por lo cual agradezco esta especie de anonimato que me protege y me contiene. Al mirar mi reloj repaso la cuenta regresiva para que te vayas y mis latidos se aceleran cuando compruebo que son sólo treinta los minutos que restan.
También recuerdo que te prometí no llorar cuando después de esta última sobremesa, nos digamos adiós por primera vez.
¿Habrá otras parejas que se dicen adiós muchas veces?
Mis ojos errantes, con insolente autonomía, miran como embobados la bandeja que se acerca con un par de humeantes y aromáticos cafés.
Quisiera apagar la música, que aunque suave y dulce, me impide escuchar lo que pienso. Me resisto a caer en la cuenta de que a partir de ahora me quedaré sola, respirando y existiendo, como si tal cosa.
Todas dicen “no serás ni la primera ni la última mujer que se separa”. Pero hay que estar. “Hay que poner el cuerpo, y seguir”. Las pelotas. Duele.
Mañana, cuando despierte de mi sueño en singular, ¿qué será lo primero que haré en soledad recién estrenada? ¡Dios! Todo igual, pero diferente.
Quisiera tener el poder mental para detener el tiempo. Y cómo ésta, se me ocurren mil ideas idiotas para que esta sobremesa del adiós, dure como mil años más.
Cerraré los ojos, sólo dos segundos, mientras pienso en alguna palabra mágica de mi niñez, para que se produzca el hechizo que logre hacer que te quedes aquí, conmigo, para siempre. Al abrirlos, estás todavía sentado frente a mí, pero lejos, muy lejos ya…
También recuerdo que te prometí no llorar cuando después de esta última sobremesa, nos digamos adiós por primera vez.
¿Habrá otras parejas que se dicen adiós muchas veces?
Mis ojos errantes, con insolente autonomía, miran como embobados la bandeja que se acerca con un par de humeantes y aromáticos cafés.
Quisiera apagar la música, que aunque suave y dulce, me impide escuchar lo que pienso. Me resisto a caer en la cuenta de que a partir de ahora me quedaré sola, respirando y existiendo, como si tal cosa.
Todas dicen “no serás ni la primera ni la última mujer que se separa”. Pero hay que estar. “Hay que poner el cuerpo, y seguir”. Las pelotas. Duele.
Mañana, cuando despierte de mi sueño en singular, ¿qué será lo primero que haré en soledad recién estrenada? ¡Dios! Todo igual, pero diferente.
Quisiera tener el poder mental para detener el tiempo. Y cómo ésta, se me ocurren mil ideas idiotas para que esta sobremesa del adiós, dure como mil años más.
Cerraré los ojos, sólo dos segundos, mientras pienso en alguna palabra mágica de mi niñez, para que se produzca el hechizo que logre hacer que te quedes aquí, conmigo, para siempre. Al abrirlos, estás todavía sentado frente a mí, pero lejos, muy lejos ya…
APL©2007






