MIS HISTORIAS. La alquimia entre la realidad y los sueños. Entre los sueños y la imaginación.







domingo, diciembre 28, 2008

MONEDA CORRIENTE


India, época colonial. La corona británica se apodera del país.


Seema es mitad niña y mitad mujer. A sus nueve años ya sabe más de la vida que cualquier niña de otra latitud.
En el gesto de espantar moscas de su cara, se nota bien, ese contraste. Muestra una mano pequeña, junto a unos ojos cansados.

El cipayo la observa mientras Seema va y viene cumpliendo los mandados de su madre enferma. Y la pequeña comienza a temblar como una hoja a punto de caer de la rama, cuando percibe esa mirada densa como el aceite de la tinaja.
El miedo no se comparte. Y ella no puede ni respirar.

Nadie escucha los gritos de Seema.
La encuentran dos chicos de su edad, al costado de un camino, detrás de las piedras.
Su cabeza está sobre el suelo polvoriento, su cuerpito yace denigrado y en los ojos, el pánico muerto.

El ejército convierte a los hombres en animales, que roban hasta las almas de sus mismos compatriotas.

El terror ha comenzado a derramar sus tentáculos sobre los caseríos, cobrando en moneda corriente. Debilidad y sumisión en la joya de la corona…


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EL MITO DE LU GU LEI


Poco antes del mediodía, Lu Gu Lei había dispuesto las mesas en forma de semicírculo, de manera que comenzando desde la izquierda, al entrar a la sala de la Gran Casa, los visitantes podrían observar cada manjar preparado, deteniéndose ante los platos servidos, tomar el o los elegidos a su gusto, y luego proseguir hasta el final de esa medialuna de exquisiteces, donde estaba la salida.
Ya en el jardín, los que habían adquirido los platos de su preferencia, podían sentarse en las mesas arregladas y adornadas, para degustar lo que habían seleccionado.

Las sombrillas de junco tejido, reparaban de los rayos del sol polinesio, brindando una sombra fresca y deliciosa.

Para esa fecha, el pueblo revivía con el constante desfile de turistas que desembarcaban en el amarradero. Las lanchas depositaban ramilletes de pasajeros, atraídos por la tradición que ponía a la isla de fiesta, una vez al año.

Lu Gu Lei no parecía tener cincuenta años, sino muchos más. Toda su vida había fomentado el mito de las puertas sin llave, en todo ese hermoso lugar compuesto de pequeñas islas.

Mucha gente desconocía esa parte de la tradición. La diminuta y aparentemente frágil mujer, relataba a cuanta persona quisiera escucharla, que las puertas de las casas de las jóvenes de la isla, que supieran cocinar, no debían cerrarse jamás con llave, si es que deseaban que los dioses les prodigaran favores especiales.

Las muchachas de piel dorada y cabellos renegridos, se encargaban de que los turistas probaran cada una de las comidas que ofrecían. Para ello, se paseaban entre las mesas, sonriendo y ofreciendo en grandes bandejas, pequeños platitos con delicias de toda clase, mariscos y aderezos, elaborados por ellas mismas.

Al promediar la tarde, ya casi nadie podía probar un bocado más. Entonces, era el momento en que prestaban la mayor atención, al aparecer sobre la tarima adornada con guirnaldas de flores, la propia Lu Gu Lei dando la bienvenida oficial y relatando el motivo de la ancestral tradición.
Desde hacía cientos de años, las mujeres de la aldea habían decidido no cerrar las puertas con llave, pero sí hacerlo con una traba de madera, que no quedara demasiado ajustada contra la puerta. El propósito de dicha condición, era, simplemente, para que cuando las jóvenes portaran bandejas cargadas de manjares, y no tuvieran libres las manos para quitar las cerraduras, podrían abrir los portones de par en par, con un firme y certero puntapié.
El aplauso, el murmullo de asombro y luego las risas por tal revelación, se escuchaban a bastante distancia del lugar de la fiesta, e indicaba otra jornada exitosa, de pingües ganancias.

APL©2008

domingo, noviembre 30, 2008

CUANDO HABLA EL CORAZÓN


Se hundió sin saber como emerger del océano de su gran dolor. Me dí cuenta.
La encontré muy diferente a la mujer altiva, orgullosa y despiadada que era ayer, que se había ido, luego de saber que la silla de ruedas serían mis piernas, para siempre.

Entró al estudio intempestivamente.
Con los ojos inundados, abrió el corazón, y derramó su contenido:

-“Sería muy fácil para mí imaginar historias de heroínas lejanas, que viven en países exóticos, rodeadas de lujos y riquezas deslumbrantes.
Leyendas sobre mujeres hermosas, con tanto poder como para hacer hincar de rodillas al mundo entero.
Bodas de princesas paseadas en carrozas cubiertas de azucenas blancas y encajes de filigrana.
Salones de palacios encantados, con parejas danzando y girando sin cesar, al compás de los valses más románticos del mundo.
Pero me resulta imposible imaginar el primer día del resto de mi vida, sin tenerte conmigo.
Imposible.”

La escritora de best sellers más famosa y mediática que tanto amo, me mostró su verdadero rostro, y la perdoné.


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viernes, noviembre 21, 2008

PAPEL, LIBROS Y SUEÑOS


Mariquita Gutiérrez del Valle heredó aquel don de las mujeres de Barichara. En su familia, no hubo mujer que no supiera el secreto de elaborar papel con fibra de fique. La cabuya, de color “verde Colombia”, crecía espontáneamente en su tierra. Y la joven sabía cómo trabajarla...
Sus manos eran ásperas por la cal que se usaba para tratar la fibra. Pero sabían obtener el más maravilloso papel...
Con la ayuda de su padre, había transformado una vieja prensa para moler uvas, perteneciente a la bodega familiar, en una especie de “imprenta Gutenberg”, con la cual realizaba hermosos libros artesanales.

Éstos fueron los eslabones de la cadena que llevaron los pasos de Mariquita hasta la puerta de José Asunción Silva.
El joven escritor, tentado por la fama del papel y la belleza de la trigueña, mandó buscarla para negociar. Después, llegó el amor...

José rubricó ese romance regalándole una copia del manuscrito de su flamante “Juntos los dos”. Pero un día se marchó prometiendo regresar.

El suicidio de José marcó el principio del fin. Mariquita nunca más se volvió a enamorar.
Sólo creaba libros artesanales...


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miércoles, noviembre 12, 2008

CUENTO POLICIAL FUTURISTA




Clave secreta

Los que lo conocían decían que Isaías había nacido policía. Los métodos utilizados en sus patrullajes por el corredor azul, desde Marte a la Tierra, siempre daban resultados positivos. Ese trayecto era el camino obligatorio del tránsito vehicular interplanetario, y las naves decomisadas, tras habérseles encontrado drogas alucinógenas, quedaban a disposición del Departamento Policial Terráqueo a la que pertenecía el joven, con base en el Río de la Plata.
Claro que sus métodos no eran ortodoxos, precisamente. Lorna, su compañera de patrulla, era la clave del éxito de cada misión que se les confiaba.
Experta en programación y hacker habilidosa, había adoptado un sistema de detección de drogas prohibidas, inconfesable. El programa que había inventado actuaba como el más temible de los virus: se introducía hasta los discos duros más protegidos y llegaba hasta los más ocultos puntos de distribución de las sustancias no permitidas. Tanto en la Tierra como en el planeta rojo.
Al guardar en sus archivos fórmulas químicas en desuso, la escultural y bella policía había descubierto que la antiquísima fórmula del dulce de leche, programada especialmente, permitía dar con los diminutos estuches con droga, escondidos en el interior de los asientos de las naves interplanetarias.

Noche de Casino y copas

Isaías estaba terminando de vestirse con otro uniforme limpio, luego de la sesión reparadora en el spa obligatorio del Departamento Policial, y se preguntaba si Lorna estaría de humor para ir a beber y jugar al casino de moda en Calisto. La patrulla había sido positiva en cuanto a la cuantiosa captura de delincuentes en el corredor azul, y esa hora de relax les llegó como un regalo ansiado. Ambos necesitaban y se merecían un rato de esparcimiento. Su trayectoria era impecable.
El apuesto oficial ajustó el cinturón que sostenía la pistola de rayos Klug y fue en busca de su hermosa compañera.
-¿Qué pasa contigo? ¿Eres adicta a las enciclopedias virtuales? ¡Ja, ja, ja! Vamos, preciosa, te llevo a pasear.
Lorna abandonó su Personal Computer y accedió.
-Espera que retoco mi make-up, hombre.
Se colocó el coqueto yelmo de maquillaje instantáneo y al quitárselo provocó el espontáneo silbido de aprobación de Isaías.
Al llegar, estacionaron la nave policial e ingresaron al salón del casino Kant-Laplace, maravillándose con sus pisos transparentes que permitían ver las estrellas.
Calisto era todavía, uno de los satélites más pacíficos de Júpiter. Faltaba mucho para otra jornada febril, pensaron los jóvenes policías interestelares, sonriendo felices.

Objetivo: Calisto

El casino de Calisto rebosaba de gente. La mezcla de civiles de Ganímedes, Io y Europa, más habitantes locales, y policías de diferentes corredores, era notoria.
Jonathan, ascendente oficial del corredor verde entre la Tierra y Venus, se acercó a la mesa en la cual Lorna estaba a punto de apostar a la letra gamma de la ruleta virtual.
-Lorna, el universo es un pañuelo, dirían mis ancestros ¡Me alegro de verte!
-¡Jon! No lo puedo creer, yo también…
Pero la explosión en la entrada del casino dejó a todos paralizados por unos segundos.
Isaías, con la pistola de rayos desenfundada, tomó a su compañera de un brazo y la cubrió con su cuerpo, bajo la lluvia de cristales rotos. La confusión era general. Las comisiones policiales de diferentes sedes interplanetarias, actuaron en consecuencia, y retornó la calma, al detenerse rápidamente a los terroristas.
La inmediata reparación de los daños propició que el casino volviera a funcionar enseguida.
Lorna buscó con la mirada a su ex compañero.
Un grupo de paramédicos, atendía a los caídos, entre los que se hallaba Jon. Estaba malherido.
Isaías y Lorna permanecieron junto a él hasta que fuera trasladado hasta el Hospital General de Calisto.

Esperar y confiar

Los oficiales de policía Lorna e Isaías, escoltaron la nave ambulancia hasta el Hospital General de Calisto que transportaba a su compañero Jonathan, grave, pero fuera de peligro.
El atentado al casino estaba claramente dirigido a la plana superior de la fuerza policial, ya que la concurrencia estaba mayoritariamente compuesta por hombres de altos grados. Los delincuentes advirtieron el flamante nombramiento del oficial herido, quien conocía de memoria los planes de la organización, gracias a la pericia de sus informantes camouflados en casi todo el sistema solar.
Al llegar al nosocomio de alta complejidad, se reforzaron las medidas de seguridad.
Jonathan era uno de los oficiales especializados en Fuerzas de Choque contra terroristas interestelares y pieza clave para desmembrar la red delictiva. El tráfico de drogas ilegales requería la constante actualización en cuanto a los métodos de detección, a causa de la sofisticada elaboración clandestina que asolaba a la mayoría de los planetas.
Isaías y Lorna acompañaron a Jonathan, mientras era llevado hasta la cápsula de cirugía, donde lo someterían al tratamiento robotizado correspondiente. No había que correr riesgos aplicando maniobras por humanos.
Ya en su piso, Lorna liberó las lágrimas contenidas, mientras pulsaba el comando para cenar.

Redoble mancomunado

Luego de las prácticas de tiro con su raygun personal, en la plataforma volante orbital, Isaías integró la comisión de escolta interestelar para traer de vuelta a Jonathan al Río de la Plata. Su pronta recuperación, luego del atentado en Calisto, alegró profundamente a sus amigos.
La policía del sistema solar en su totalidad, ordenó la rápida fabricación de armamento, que sumaría soldados de la justicia, al ejército apostado en satélites orbitales. Se redoblaron las prácticas con látigos neuronales, escudos blindados y catapultas electromágnéticas.
La tarea policial consistía en tomar el control absoluto de los corredores de tránsito obligatorio, ya que registrar vehículos en forma permanente para atrapar delincuentes, debilitaba el accionar de los traficantes de drogas ilegales.
Isaías y Lorna cumplían con las intensas prácticas en el manejo del sofisticado armamento y culminaban las jornadas extenuados. Recobraban la plenitud de su energía, concurriendo al spa obligatorio del Departamento.
El atentado contra Jon había establecido un marcado antes y después, en cuanto a la metodología del accionar policial galáctico, en todo el sistema solar.
Lorna sumaba esfuerzos con su experiencia tecnológica en informática.
En poco tiempo más, los tres amigos vivirán jornadas de verdadera demostración de lealtad a su fuerza.

Lealtad policial

Recuperado del atentado al casino de Calisto, Jonathan retomó con ejemplar dedicación, la estrategia policial preparada para acabar con una de las células narcotraficantes más grande del sistema solar.
Isaías inspeccionaría el corredor azul y Lorna reemplazaría a Jon, vigilando el corredor verde.
Las muñequeras parlantes formaban parte obligada en los uniformes antiflama de cada miembro de las brigadas, y los mensajes codificados se cruzaban durante las veinticuatro horas del día terrestre.
Sobre el gran mapa hológráfico instalado en el Departamento Central, los leds intermitentes indicaban las guaridas espaciales. Sobre éstas podían verse las fotografías y los datos completos digitalizados, de los subjefes narcotraficantes.
Lorna reemplazaba su hora de spa estudiando el plan y fijando en su memoria cada detalle preparado por Jon. Inadvertidamente, se encontró con la pared virtual de un archivo encriptado, pero su pericia la derribó sin mayor esfuerzo.
Cuál no fue su sorpresa al descubrir que sus dos compañeros más cercanos formaban parte de la red delictiva. Jonathan e Isaías pensaban traicionar a toda la Policía del sistema solar.
Su lealtad policial venció al dolor del descubrimiento e inmediatamente, denunció a los corruptos.
Ni remotamente se le había ocurrido imaginar tal fin. Y semejante principio.






APL©2008




domingo, noviembre 09, 2008

AMORES Y RETRATOS AL ÓLEO



El momento del encuentro debía ser siempre el atardecer, cuando los últimos rayos de sol entraran por el ventanal.
Así se lo había indicado la misteriosa dama.

Laura regresó de la Facultad con una leve sonrisa en sus labios y se dirigió, sin prisa, hasta el cuadro.
Le encantaba este ritual en la galería de arte de su madre. Sin hacer ruido se sentó en un sillón frente al inmenso retrato. Cada vez que lo miraba pensaba que quizás al cabo de unos años, luciría como esa mujer a quien se le parecía en los rasgos, notablemente.

Percibió el rumor de la seda, tan conocido. En cuanto el sol iluminó el cuadro, la dama del retrato cobró vida y comenzó a moverse. Acomodó su vestido, tanteó su peinado y dirigiendo la mirada hacia Laura, le sonrió.
La joven se puso de pie y con voz emocionada le dijo:
-Señora, estaba ansiosa por hablar con usted y preguntarle…
-Todo saldrá bien mañana. Aprobarás el examen.
Laura sabía que era muy afortunada al poder contar con alguien que tenía todas las respuestas a sus interrogantes. La dama conocía su destino a la perfección. Era maravilloso.
-Hay algo más, querida niña - agregó con tristeza – te espera un desencanto con respecto al hombre que amas. Debes dejarlo cuanto antes.
-Señora, voy a casarme con él dentro de dos meses…
Bajó la mirada hasta el piso con los ojos inundados. Al mirar nuevamente hacia el retrato, la dama estaba quieta, inmóvil. El sol había abandonado el salón.

A la mañana siguiente, desayunó con su madre.
-Laurita, no has dormido bien?
-Mamá, quién es la dama del retrato?
-No sé, es una pintura muy misteriosa. Te disgusta?
-Esa mujer me…

Se contuvo de seguir hablando por temor a que su madre no le creyera si le contaba acerca de las conversaciones que mantenía con la misteriosa mujer.
Se despidió rápidamente y salió a la calle, alterada.

Al regresar, por la tarde, se dirigió rápidamente hasta el retrato. El sol ya estaba enviando sus rayos a través de los cristales y al mirar la pintura quedó paralizada por la sorpresa. En lugar de la dama, se encontró con la figura de un caballero rubio, de grandes bigotes y ataviado con traje azul. El hombre se parecía, increíblemente, a su novio, pero algo mayor.
Laura se sentó de golpe en el sillón, presa de estupor, quiso hablar, pero el caballero se le adelantó:
-Ella debió marcharse. Dijo que ya no tendría el valor de continuar prediciéndote las instancias de tu vida. Deberás aprender a vivir como el resto. Sin saber nada de antemano.
Laura se tomó el rostro y sollozando dijo:
-Pero ella tenía que decirme algo muy importante…
Se interrumpió cuando repentinamente su madre, aproximándose con expresión de alegría, y señalando el nuevo retrato, le explicó:
-Lo trajeron hace un rato. Te gusta este óleo? Esta mañana me pareció que el otro te perturbaba, por suerte se vendió. Te contaré algo curioso que me dijeron los compradores. La dama se llamaba Laura, también, y el caballero, Marcelo, como tu novio. Ambos retratos, tan hermosos, nunca lograron estar juntos. Ellos vivieron un gran amor, hace mucho tiempo, pero debieron separarse. No se sabe quien los retrató. Lo asombroso es que cuando se vende una de las pinturas al poco tiempo aparece la otra, en su lugar, como si ambos estuvieran buscándose…



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domingo, octubre 12, 2008

DOS CUENTOS SOBRE GIGANTES...



MIRANDA Y LOS GIGANTES

-No vas a poder con ellos, Miranda.
-Sí, voy a poder, y doblegaré este mundo lleno de gigantes. Los haré danzar a mi alrededor. Ya verás.

El pliegue en la comisura de su boca era la muestra cabal de que Miranda hablaba en serio, pensaba en serio y actuaba en serio. Pero solo era la secretaria del director de la empresa de pasta dentífrica más vendida en el mundo, y competía con un detestable gerente que deseaba, muy a las claras y sin pizca de disimulo, que Miranda abandonara la firma. Tan sólo por envidia y algo de temor, pues por escalafón, le correspondería suceder al director, a punto de jubilarse.

“Las oportunidades nos rozan a cada momento. Sólo hay que asirlas”. Y eso fue lo que hizo Miranda en una reunión general, durante la cual, todo el personal, desde el primero al último, podían aportar ideas para elevar las alicaídas ventas.
Desfilaron las ideas más diversas. Hasta que una serena Miranda pronunció una frase que dejó helados a los gigantes:



-Para duplicar las ventas de pasta dentífrica se debería agrandar el orificio del envase. La pasta se terminaría antes de lo previsto, y el público compraría de a dos…




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GIGANTE O ENANA

Sólo basta que tengamos una pequeña introspección durante nuestro diario acontecer, para que, según la circunstancia y pompa, nos consideremos gigantes o enanos. Partamos de recuerdos de nuestra niñez, obviamente, donde está la raíz de algunos de nuestros actuales problemas:

-“No juegues con agua. Te vas a mojar la ropa limpia. Estás recién vestida, para salir”.
He aquí un ejemplo de metamensaje fijo de una madre que perpetraba su tarea específica, hasta convertirla en una tortura de por vida, ya que ella formaba parte del mundo de los gigantes que nos limitaban y nos conducían en nuestro desarrollo. Ella no lo sabe, pobrecita. Pero ¡cómo he llegado a odiarla durante los carnavales!
-“¿Vamos a jugar con agua?”
-“No puedo, mi mamá se va a enojar si me mojo la ropa.”
Adiós diversión, para siempre.
-“¿Puedo comer un turrón?”
-“¡Ni se te ocurra! Falta poco para cenar, además, se te pican todos los dientes.”
Cuando veo turrones sobre la mesa navideña, lloro…
-“Quiero figuritas con brillantes.”
-“No, las vas a perder.”
Nunca más pedí figuritas.


Ahora que también soy un gigante, a veces me pregunto… ¿cómo deberé criar a mis hijos, para que no se sientan enanos, como su madre antaño?


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viernes, octubre 03, 2008

NOCHE DE ESPÍRITUS




La concurrencia permanecía inmóvil mientras subía el telón.
El haz de luz daba sobre la cabeza del actor como si fuera un manto de gasa transparente. La gelatina violácea colocada en el foco, le bañaba el cuerpo y agigantaba su impronta hasta transformarlo en el personaje aguardado con impaciencia.
Al público sediento y hambriento había que darle todo. Y darle todo significaba olvidarse de sí mismo.

Sin ser advertida, disimulada entre uno de los pliegues de la utilería, la máquina de humo bajo lanzaba el chorro blanco directamente hacia la columna luminosa y así se amaban frente al público. El cuadro era tan inquietante como necesario en esa inmensa alcoba con forma de escenario. Los acordes de Berlioz agregaban morbidez de sedas a la escena.

Por fin, el nigromante Fausto que todos deseaban ver, bebió el aire con ansia sensual para desplegar su monólogo blasfemo y pecaminoso, mientras cada palabra que salía libre de su boca permanecía sobrevolando la platea durante instantes:

“Te voy a decir algo.
La culpa es como una bolsa llena de ladrillos, todo lo que tienes que hacer es soltarla.
¿Para quién cargas esa bolsa de ladrillos de todos modos? ¿Dios? ¿Éso es todo? ¿Dios?
Déjame darte información de primera mano sobre Dios.
A Dios le gusta mirar... Es un bromista...
Piénsalo...
Le da al hombre... Instintos.
Le da ese extraordinario regalo y entonces ¿qué hace?
Lo juro... Es para su propio entretenimiento. Su propio circo cósmico privado...
Pone las reglas en oposición... Es la broma más grande de todos los tiempos...
Mira, pero no toques...
Toca, pero no pruebes...
Prueba, pero no tragues...
Y mientras estás saltando de un pie al otro ¿qué hace él?
¡Se está riendo como un enfermo!
¡Es un cínico! ¡Es un sádico!
¡Es un terrateniente ausente!
¿Adorar eso? ¡Nunca!
Estoy acá, en la tierra, con la nariz metida en ella, desde que la cosa empezó...
He alimentado cada sensación que el hombre estuvo inspirado a tener...
Me preocupé por lo que quería y nunca lo juzgué...
¿Por qué? Porque nunca lo rechacé...
A pesar de todas sus imperfecciones, ¡soy un fanático del hombre!
Soy un humanista... Tal vez el último humanista.
¿Quién en su sano juicio puede negar que el siglo XX fue enteramente mío?
¡Todo mío! ¡Todo! ¡Mío!
Estoy en llamas... Es mi tiempo ahora... Es mi turno...” *

Era el éxtasis. El cerrado y apasionado aplauso, demostraba una vez más que el espíritu de Goethe se regocijaba como un niño travieso cada vez que subía el telón de color verde veneno.

Desde mi butaca, yo imaginaba que el haz de luz llegaba desde el mismo averno…


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* Discurso de Al Pacino en el film “Devil´s Advocate”. Cuento adaptado para la consigna de La Nación.

domingo, septiembre 28, 2008

DOS CUENTOS SOBRE EL MUNDO DE LAS CARRERAS


SIMÓNIDES, EL CAMPEÓN


Diocles tiene doce años. Ingresa a la palestra para desarrollar músculos y disciplinar nervios. Quiere tener su carro tirado por una yunta de alazanes árabes, para competir en los Juegos Olímpicos.
Simónides mira a su hijo con orgullo. Como él es campeón de carreras de bigas, lo comprende y accede. Su destreza como auriga, es arrolladora. Su orgullo deportivo sólo permitirá que su propio hijo ocupe el lugar del que goza hoy.
Diocles ve a su padre competir. Admira la fuerza de esas piernas. Observa el puño izquierdo que sostiene las riendas con fuerza, y el látigo en la derecha, que silba rasgando los aires. El par de frisones, su raza preferida de corceles, reluce bajo el sol. Las tribunas aúllan coreando el nombre de su padre, y Diocles aprieta las mandíbulas por empatía natural.
Las trompetas gritan la largada. “Zeus está a tu lado, padre”, piensa, emocionado, sin quitar la vista de su biga.
Luego de la séptima vuelta, encarnizada y peligrosa, Simónides gana la carrera y el pueblo lo vuelve a endiosar.
“Honraré su lugar”. La lágrima rebelde cae y estampa una medalla en el pecho agitado de Diocles.

“Cuando cumpla veinte años, seré como él”.


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VELOZ COMO RAYO


Rayo corre hasta alcanzar setenta kilómetros por hora. Tiene todas las características del galgo ideal. Es delgado, y la estructura aerodinámica de su cuerpo lo hace veloz para competir … y ganar.
Lo llevo por todo el mundo. Se conoce los principales galgódromos de memoria. Y tiene perfectamente en claro que debe correr detrás de esa maldita liebre electrónica, aunque le cueste la vida.


Sólo tiene una pequeña debilidad que se llama Regia, una galgo tan veloz como mi can. Y por su culpa, ha perdido dos carreras. El muy bobo, se pega detrás de ella y se olvida de la competencia.

Son vanos mis gritos y mis órdenes para que deje esas pavadas para otro momento. Regia lo vuelve loco con sus encantos.
Hoy corre en España, y por suerte no veo a Regia en la lista de corredores.
Está a punto de largarse la carrera. La liebre electrónica, en el carril correspondiente, atrae las miradas caninas y humanas.

Suena la corneta y noto que Rayo se pega detrás de otro galgo.

“¡No, no puede ser! ¡Es Regia!”

Sin ganas de ver el final, me dirijo al bar, mientras dejo perder mi mirada en los picos nevados de los Pirineos…


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sábado, septiembre 27, 2008

TRES BREVES CUENTOS SOBRE ESPÍAS DE LOS AÑOS '20


JAIME, MI AMOR

-“Me gusta verte así, bajo la parra,

resguardada del sol del mediodía,

risueñamente audaz, gentil, bizarra,

como una evocación de Andalucía.”

Jaime recitaba las estrofas de Carriego y esperaba mi reacción.

-¡Carriego! ¿Cómo sabías que amo los poemas de Evaristo?

Puso el libro en mis manos, enlazado con moño rojo, y me besó con pasión.
Jaime era perfecto. Hacía morir de envidia a las chicas de la orquesta.

-¿Es alemán? Es muy buen mozo, parece actor de cine.

Noches atrás me había llevado a ver la última película de Rodolfo Valentino, y al verlo de reojo pude notar el parecido con el actor. Lo había hecho adrede, pensé sonriendo.

-Debo viajar a Alemania. Cuando regrese, nos casamos.

Jaime trabajaba en el Banco Alemán Transatlántico. Mis padres lo adoraban, porque parecía tener una sólida posición económica y porque me había regalado un acordeón, el cual yo había estrenado en la orquesta de señoritas.

Un día, mientras leía la tapa de “Crítica”, al ver una fotografía, dejé de respirar:

-Se llama Hans, no Jaime. Es espía alemán. Lo ejecutaron en la cámara de gas… - murmuré espantada.


Entonces, enloquecida, arrojé al fuego del hogar, un libro y un acordeón. Y mi corazón.
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LA LISTA

El bar bullía de soldados. Brillaban los botones militares, y también los rostros, por los efectos del alcohol. Se festejaba el centenario de la triunfal caza de los decembristas, y desde las mesas surgían los gritos eufóricos. "¡Daj Bog ne v poslednij raz!" ("¡Que no sea ésta la última vez que bebemos juntos!”). "¡Za udachu!" ("¡Por la buena suerte!").

Olga iba de mesa en mesa con la bandeja llena de vasos con vodka. Su marido la urgía con insultos.


-¡Olga, maldita mujer! ¡Apura esos tragos, torpe!

Estaba harta de todo. Del olor a sudor, de los insultos de Iván, de las palmadas anónimas en sus nalgas y de las miradas lascivas de la soldadesca.
El oficial le hizo una seña y la mujer asintió, levemente. Simulando acercarle otra copa, Olga le extendió la lista de algunos traidores buscados. Había aprendido a escuchar, pero había agregado otro nombre.

El hombre la escudriñaba, y preguntó, desconfiado:

-¿Iván, tu marido?

Luego, convencido, le entregó el paquete de rublos en chervonets.

Olga escondió su tesoro debajo del piso. Estaba comenzando a olvidar, porque ya no le importaban ni el último insulto conyugal proferido, ni la última palmada en sus nalgas. Su mente viajaba hacia América.
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TOPAZIO

Mireille observaba a su hija frente al tocador. El corte a lo garçon y la clochè de terciopelo, enmarcaban su rostro aniñado. Se había convertido en una bella mujer, que vestía a la moda parisina.
Afuera, junto a la acera, aguardaba la flamante Bugatti verde inglés de su compañero de universidad.

-Ivi, se dice que las universidades son semilleros de espías. Temo por ti.

-Sólo voy a estudiar, madre. No te inquietes.
La joven, había elegido el profesorado de Filosofía.

A Mireille, le alarmaba el enorme interés de su hija, por los debates políticos que se llevaban a cabo en la sala Magna de la casa de estudios. Los universitarios admiraban a Lenin, mientras todavía conmovía la noticia del fusilamiento de la espía holandesa Mata Hari, cinco años antes.

El creciente temor de que su hija cayera en las redes del espionaje, no la dejaba dormir. Hasta que una noche, mientras Ivonne estaba ausente, encontró entre sus apuntes la evidencia de que pertenecía al grupo Topazio.


Por ese motivo, cuando el grupo de hombres llamó a su puerta, preguntando por Ivonne, vistió con ropas de su hija y no dudó en entregarse, diciendo:

-Yo soy Ivonne. Vivo sola en París.


(Cuento mención en el Foro de Cuentos de La Nación, 25 de Septiembre de 2008)
APL©2008

martes, septiembre 16, 2008

VIENE DEL OCÉANO




-Tenés las manos mojadas.
-Vengo del océano.
-Pero, ¿vivís en un barco?
-No, ya te dije, en el mar, ¿me acompañás? Te quiero mostrar.

No puedo resistirme. Mientras vamos caminando hasta la playa, me cuenta sobre su casa de corales, sus sillas de caracoles, sus faroles de anguilas, y de sus padres. Me dice que tienen colas cubiertas con escamas. Y que él también tiene cola, pero en la superficie se le transforma en un par de piernas, con pies y todo. Y me habla de su hermana, que todavía es una sirena menor de edad como para subir y andar caminando con piernas, por todos lados.

Apenas nos sumergimos me insufla aire con su boca sobre la mía y empezamos a nadar hacia el fondo. En ningún momento siento miedo de no respirar. Los peces pasan a mi lado y al darme vuelta para mirarlos, mi pelo ondulante, me tapa la cara.

Seguimos descendiendo. Está oscuro, entonces toma un ramo de algas fosforescentes que iluminan todo.
-Tienen bacterias luminíferas – explica.
Yo sigo mirando, absorta, como embobada.
-Tengo que volver - le digo sin ganas.
-Como quieras, mañana venimos más temprano.
-¿Puedo contarle a alguien?
-Nadie te va a creer.






APL©2008

ROMANCE BAJO LAS ESTRELLAS


La obra abandonada había propiciado hermosas leyendas, y una de ellas es que como en su interior se forma una inexplicable cámara de aire que permite respirar normalmente, la idea de pasar un día debajo del mar, es tan atractiva como insoslayable.

El Gobierno de la provincia de Buenos Aires había aprobado la construcción de un túnel subfluvial en la Bahía de Samborombón, desde Punta Rasa hasta Punta Piedras. Ciento treinta y cinco kilómetros de longitud, con ventanales que permiten disfrutar de la belleza del fondo del mar, ya que tiene diez metros más de profundidad, que el Hernandarias.

Preparamos nuestro equipo de camping y nos vamos en el jeep de Ariel.

La entrada de la solitaria construcción consta de una curva que desemboca en una cámara de acostumbramiento para la visión, y luego, en línea recta, descendemos por el túnel, que nos invita a presenciar la vista más maravillosa. A unos cuarenta metros de profundidad, tenemos ante nosotros un espectáculo que nos fascina y nos impide pestañear.


Nuestra cámara capta imágenes del fondo de nuestro Mar Argentino, hasta que advertimos que estamos abrazados bajo las estrellas de mar, adheridas al techo transparente, y a nuestras retinas, definitivamente...



APL©2008

LA LIBERTAD DE AUGUSTO




Augusto no cabía en sí de la euforia contenida durante largos meses. A escondidas de su familia, había terminado de construir su batiscafo secreto, sin escatimar en materiales, como acero y cristal de cuarzo, por una cuestión de seguridad.

-¡Soy libre! – murmuró emocionado, mientras se lanzaba al mar del Caribe mexicano, durante una serena madrugada.

Lo maravillaba la sensación de estar rodeado por agua, flotando lentamente entre bancos de peces, macizos de anémonas ondulantes, pequeñas grutas por las que entraban y salían congrios, morenas, pulpos y pequeñas rayas. Un mundo silencioso, pletórico de vida, se abría ante los ojos desmesuradamente abiertos de Augusto, quien mientras vigilaba la telecámara, el oxígeno y la profundidad, sonreía al recordar la leyenda de las sirenas envueltas en perlas que mencionaba Jacques en sus crónicas.

Al cabo de unas horas, luego de merendar pan, queso y frutas que había cargado en una pequeña caja, buscó un hueco para estacionar su vehículo submarino y se durmió agotado, pero feliz.

***

Noticias del mediodía:
-“No se hallaron rastros, aún, del ex profesor de buceo, que escapó del hogar para ancianos, hace ya casi seis meses. Según testigos que lo vieron caminar hacia el mar, se trataría de un suicidio”



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martes, septiembre 02, 2008

CORAZÓN DE PIEDRA


Elisa volvió a llenar su vaso de licor, y mientras simulaba peinarse y retocarse el lápiz labial, observaba a Ricardo por el espejo.
-Prometiste que antes de Navidad me obsequiarías lo que te pedí en tantas oportunidades.
Los ojos de color violeta de la bella mujer, tenían el fulgor asesino de alguien que se siente capaz de todo, con tal de lograr sus caprichos.
-No tengo tiempo de llegarme hasta Cartier. Pero me garantizaron que La Peregrina será tuya. Deberías calmarte y comprender que los ensayos en el teatro no…
El estallido del vaso contra la pared del cuarto, le pasó tan cerca al elegante galés, que su inmovilidad duró varios segundos. La aparente indiferencia ocultó el sobresalto.
Elisa volvió a contemplarse en el espejo. Ricardo sabía del poder afrodisíaco que ejercían las joyas, sobre su mujer. Amaba su codicia salvaje. Por lo tanto ocultó una leve sonrisa, luego de esquivar el arrebato.
-No me dirás que treinta y siete mil dólares arruinaron tus finanzas. Esa perla anduvo balanceándose por los escotes de mujeres que no la merecieron jamás – dijo Elisa, con desprecio.

Elisa no aparentaba los espléndidos cuarenta años que estaba a punto de cumplir, según su partida de nacimiento. Ricardo conocía su ardor en el lecho matrimonial, posterior al acto de entregarle un estuche de terciopelo, como promesa de amor. Valía la pena pagar cualquier cifra, tan sólo para disfrutar de su mujer, convertida en una fierecilla, bajo los efectos del champán y los caros destellos de una joya.

Tiempo atrás, Ricardo había adquirido la famosa perla en una subasta. La joya tenía sobre sí una leyenda capaz de ablandar el corazón de cualquier mujer. Según le contaron, la habría descubierto un esclavo, en Panamá, hacía unos cuatrocientos años. Tenía forma de lágrima, enorme, y un brillo iridiscente, incomparable. La joya vintage y perfecta había deslumbrado a Elisa desde el primer momento en que la vio en la exposición de joyas a rematar. Además, el sólo hecho de saber que la Peregrina había pasado por varias manos reales, hacía que su obsesión por tenerla y mostrarla, creciera día a día. La perla se la había confiado a Cartier para hacerla incorporar a una gargantilla de rubíes y diamantes, que Elisa adoraba.

Elisa y Ricardo, en esos momentos, estaban abocados a sus respectivas tareas actorales. La fama los había comenzado a marear, levemente. En medio de los ensayos de una superproducción por demás de ambiciosa, para la que habían sido contratados con suculentos dividendos, asistían a cuanto estreno o cena benéfica se les cruzaba por el camino. Y también se hacían un tiempo para ir a contemplar las vidrieras de Van Cleef, Arpels y Bulgari, para saciar la sed patológica de Elisa por poseer las joyas más caras y hermosas del mundo.

Durante un viaje relámpago a Budapest, para festejar los cuarenta años de Elisa, Ricardo la sorprendió regalándole el famoso diamante Krupp, de treinta y tres quilates. La hermosa actriz no cabía en sí de felicidad, olvidándose, por unos minutos de que en Nueva York la esperaba su Peregrina.
-Pareciera que me murmura “quiero compartir contigo mi magia” – murmuraba Elisa, mientras deslizaba la espectacular joya por su mejilla.

Más. Cada vez más parecía exigir Elisa a su marido. Así, logró poseer el diamante con forma de pera de sesenta y nueve quilates, y más tarde, obtuvo un diamante amarillo con forma de corazón, el cual, había sido dejado de lado, cuatrocientos años atrás, para ser reemplazado por un Taj Mahal.

Todo era insuficiente, nada la saciaba. Elisa gozaba ante la contemplación de sus piedras y perlas. El zafiro cabuchon que le había obsequiado como anillo de compromiso, algún lejano pretendiente, también se guardaba celosamente en medio de la colección.

Los años se sucedieron, moderando los ímpetus pasionales de la pareja. Los contratos también habían comenzado a espaciarse. Cada vez con menos asiduidad. Ya se habían transformado en una pareja aburrida y sus fulgores millonarios ya no encandilaban a nadie.
Elisa, eclipsada por estrellas más jóvenes, ya no figuraba en los castings de las empresas filmográficas.

Menos ahora, que se ha convertido en una rica septuagenaria, sola, tras la muerte de Ricardo.

Elisa mira sus joyas, elige al otrora amado Krupp, y arrojándolo contra ese espejo que se burla mostrándola tal cual es, balbucea con voz ronca:
-¡Para qué necesito ahora esa piedra maldita!
El ruido de los cristales rotos, sólo asustó al pequeño pekinés blanco, que acompaña sus insomnios.


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LA GORGUERA DE PERLAS Y ENCAJE




Jerónima tomó la capa negra de paño y con ella dibujó un círculo sobre su cabeza. La hizo girar y girar por el aire, mientras miraba las ondas que se formaban en la rumorosa y mórbida prenda. Adoraba el rumor de la tela. Volvió a agitar nuevamente la capa, hasta casi alcanzar el cielorraso de ladrillos.


Por el ímpetu, las palomas que la miraban desde la ventana, huyeron sin comprender. Y las velas de la lámpara del techo temblaron a coro por el sedoso viento.


-¡Jerónima! ¿Qué estás haciendo con la capa del caballero de Silva? La joven, sorprendida en su arrebato, rápidamente dobló la capa, y la devolvió al estante en donde estaban la gorguera y los puños bordados totalmente en perlas. Las prendas esperaban ser usadas por el caballero que posaría para Doménikos, el artista de moda.


Las mejillas encendidas le ardían a Jerónima, quien no se animó a mirar a su esposo a los ojos. El atelier estallaba por la cantidad de cuadros y retratos que le habían mandado a hacer, los señores ricos y sus esposas. En medio de un severo silencio, entre los dos acomodaron los pliegues del cortinado que serviría de fondo para el retrato. La alfombra, espesa, lucía arabescos de pálidos matices, así como también manchas de óleo, de diferentes colores, como resultado de salpicaduras de los pinceles.


Horas antes, Jerónima había lustrado con fervor, la bruñida empuñadura de la espada que tomaría en su mano, el caballero de Silva.


Junto a la ventana, la mujer había colocado una jofaina con la jarra llena de agua fresca, y la servilleta almidonada, sobre la mesita vestida.


También el vaso con la vara de nardos, estaba listo como todos los días. El caballero que estaba por acudir a la cita del retrato, así lo había solicitado, ya que el viaje desde su finca, era largo y agotador, y gustaba refrescarse, antes de posar por una larga hora, que a veces llegaban a ser dos.




A las cuatro de la tarde en punto, apareció en la puerta del estudio, una doncella al servicio doméstico del artista, acompañando al elegante caballero Juan de Silva, dispuesto a someterse a las indicaciones, como un vulgar modelo.


Jerónima, con algo de rubor en su rostro, disimulando apenas el impacto que le producía la proximidad de tan elegante caballero, lo saludó inclinando su talle levemente, y fue a pararse junto al pliegue del telón de fondo, para observar el trabajo de su esposo, pero a decir verdad, lo que más le impresionaba era la mirada profunda y melancólica de don Juan.


Por lo tanto, como convidada de piedra, se quedaba muy quieta, cruzando de a ratos, furtivas miradas con el caballero.


A medida que avanzaba la tarde, Jerónima fue colocando más velas a los candelabros, ya que algunas se habían consumido hasta el final de sus pabilos.


Los hombres bebieron cognac durante el intervalo y conversaron de trivialidades, para amenizar la lánguida jornada.


Continuando con otra sesión de pintura, el caballero acomodó su capa nuevamente para posar otro rato más, dejando ver levemente su gruesa cadena de oro, colgando sobre el pecho.




Jerónima, fiel a su condición de mujer curiosa, no dudó en preguntar qué contenía el gran relicario que apenas se distinguía entre las ropas de don Juan. El caballero, con una suave sonrisa le mostró el mechón rubio de su amada, atado con una cinta de color rojo, objeto que gozaba del privilegio de ser el más lucido por él. Casi lo único que usaba, como hombre comprometido con su futura esposa.




Los días se fueron sucediendo. El retrato del caballero recibía los últimos retoques en los detalles. Jerónima sentía una nostalgia anticipada porque se acercaba el día de la despedida. Don Juan de Silva, en algún momento se iría, con su retrato terminado, y las tardes ya no serían las mismas, sin la ceremonia de posar y pintar, en el atelier de su esposo.




Por fin, la despedida concluyó con el pago acordado, los saludos de rigor y la promesa de alguna vez volver para hacer retratar a la futura esposa del caballero.


Jerónima, antes de que se alejara, tomó coraje y cumplió su sueño de pedirle la gorguera de encaje y perlas, para guardarla de recuerdo. El artista miró sorprendido a su mujer por semejante atrevimiento.


Pero Don Juan, haciendo caso omiso al gesto de Domenikos, le entregó la prenda mientras oprimía con suavidad las manos temblorosas de Jerónima. El caballero la miraba con esa misma mirada que tanto le había impresionado, y que quedó plasmada en la tela, para siempre.




Al llegar la primavera, los jardines lucían esplendorosos. Al atardecer, durazneros, ciruelos y perales competían mostrando sus copas floridas, perfumando el aire húmedo y fresco.


Un carruaje se divisaba a lo lejos, acercándose a la casa del matrimonio Theotokopoulos.


El artista recibió con beneplácito a su mejor cliente, quien preguntó por doña Jerónima, ante la sorpresa del dueño de casa.


Don Juan de Silva en persona, había atravesado la comarca para traerle a la joven, los puños que hacían juego con la famosa gorguera de encaje y perlas. La situación, por demás de extraña, sólo lo fue para el artista, ya que el caballero y doña Jerónima, cumpliendo un tácito deseo, volvieron a encontrar sus miradas, coronando el momento del reencuentro, completando el juego de las prendas.


La excusa ofrecida al gesto de intriga de Domenikos, fue que dichos accesorios de vestir, deberían estar juntos, ya que separados y distantes, perdían todo su valor.




Don Juan y Doña Jerónima, nunca hubieran encontrado un mejor motivo, y tan valedero, para volver a verse, aunque sea un breve y significativo instante, más allá de un magnífico retrato.




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CARMEN, JOSÉ Y UNA ROSA BLANCA

“Es tan bella mi Carmen, es tan bella,

que si el cielo la atmósfera vacía

dejase de su luz, dice una estrella

que en el alma de Carmen la hallaría”.

María del Carmen de Zayas-Bazán e Hidalgo leyó la estrofa y suspiró, cerrando los ojos. Estaba locamente enamorada de José y hacía verdaderos malabarismos para esconder los poemas que él le enviaba, escritos en pequeñas esquelas.

Al escuchar la voz de su madre, dobló rápidamente el papel y lo escondió en los pliegues del lazo de su vestido.

-Te estamos esperando, Carmen. El coche ya está listo y no queremos llegar tarde a misa. La voz de doña Isabel resonó en la galería de la residencia. Su tercera hija le estaba dando más trabajo que las otras.

Los varones ya se habían adelantado, yendo en otro coche, junto con su esposo, Don Francisco, rumbo a la Iglesia de San Juan de Dios.

La numerosa familia Zayas-Bazán e Hidalgo, hacía honor a su linaje, ya que todos los jóvenes disfrutaban del privilegio de cursar estudios universitarios.

Don Francisco, abogado y dueño del ingenio Monte Grande de Puerto Príncipe, era un férreo opositor de la independencia de Cuba. Durante sus incursiones en la agitada política cubana, tuvo fuertes enfrentamientos con comandantes influyentes, hasta que fue apresado.

Para colmo de males, José Martí, el hombre de quien estaba enamorada Carmen, tenía ideas políticas, diametralmente opuestas a él. Por lo cual, durante mucho tiempo fue un idilio oculto a los ojos paternos.

Los continuos disgustos a que sometía a su esposa, por persecuciones políticas, y el empecinamiento de Carmen por defender su amor, causaron la muerte de doña Isabel, tempranamente.

El estado bélico de la isla, más la viudez que lo había sumido en una gran tristeza, hicieron que don Francisco emigrara a México, con sus hijos. En ese país, las familias exiliadas estaban muy unidas. Se reunían con frecuencia y durante las tertulias se realizaban dilatadas partidas de ajedrez, a las que concurría José, durante los continuos viajes que realizaba, tanto por política como para ver a su amada.

Martí ya empezaba, al mismo tiempo, a hacerse de un nombre muy importante en las letras. Terminó sus estudios y le propuso casamiento a una Carmen radiante y soñadora. Cuando ambos tenían veinticuatro años de edad se casaron muy enamorados, en la Catedral de México. Viajaron por un tiempo por varios países. Carmen acompañaba a su esposo a las ciudades que lo invitaban a dar sus famosas conferencias, tan llenas de elocuencia, y regresaron por fin, a su añorada Cuba.

Carmen deseaba tener a su marido más tiempo junto a ella, más aún, con el anuncio de la llegada del primer hijo de ambos. José se ausentaba con frecuencia y por períodos tan largos que casi no había disfrutado del pequeño José Francisco Martí. La presencia de Martí en Cuba se había hecho sumamente peligrosa. Carmen trataba por todos los medios de persuasión posibles, de que abandonara las reuniones conspirando contra España. Su vida corría peligro. Él sólo contestaba haciéndole llegar poemas dedicados a ella y al pequeño José:
Cultivo una rosa blanca
En Junio como en Enero,

Para el amigo sincero,

Que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca

El corazón con que vivo,

Cardo ni ortiga cultivo

cultivo una rosa blanca.

Carmen, entendía perfectamente el mensaje encerrado en el poema. Lloraba en silencio y soportaba las hostilidades a que la sometían quienes estaban en contra de las ideas de su esposo. Se había instalado entre ambos, un distanciamiento difícil de sortear y subsanar.

Martí protestaba porque Carmen no entendía su pasión por Cuba, pero él tampoco comprendía la pasión de una madre por su hijo y su deseo de formar un hogar estable y tranquilo. En un intento por salvar a su familia del dolor de una separación, Carmen viajó a Nueva York con el pequeño, para reunirse con su esposo. Pero pasaban apremios económicos durante largos meses. Carmen, entonces, abandona definitivamente a Martí, regresando a Cuba, donde las hostilidades, cada vez mayores, se habían instalado en el seno familiar. Nadie quería vivir cerca de ella. Se había tornado en un peligro para todos, por haberse casado con un enemigo del gobierno español.

Martí mientras tanto, acrecentaba su carrera política, ocupando cargos importantes en varios países de América. El tiempo que pasaban separados, atentaba mortalmente, contra el matrimonio. Carmen había perdido el amor de su marido.

Los chismes crueles y certeros, le destrozaban el alma. Martí tenía amoríos con una joven que lo acompañaba en sus idas y venidas por el continente. José se había convertido en el anti imperialista más tenaz de Latinoamérica, y había alcanzado el grado de Delegado del Partido Revolucionario Cubano.

En el combate de Dos Ríos, la muerte le arrebató definitivamente a Carmen la última posibilidad de recuperar a su tan amado y poco comprendido esposo. El Apóstol cubano había sido herido en el rostro y en el pecho. Solamente tuvo el consuelo de poder ver a su hijo José, tan parecido a su padre, guardar una rosa blanca a modo de íntimo homenaje, entre las páginas de los poemas dedicados a ellos dos, los seres que Martí más amó. Más que a su querida Cuba.

Carmen y José se amaron intensamente, aunque fueron dos almas que nunca se entendieron.


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LA LLEGADA DEL DON


Todos los viernes, a la hora del Ángelus, los animales anunciaban, de manera inequívoca, la proximidad de la llegada del Don. Los gatos desaparecían huyendo sobre los tejados. Los caballos estiraban sus orejas hacia atrás, mientras sacudían las crines del cogote y de la cola. Los perros se incorporaban, oteando el aire distinto de ese momento especial.


Las viejas y las niñas casaderas ya estaban sentadas en los primeros bancos de la capilla de estilo irlandés, desde media hora antes, para el rezo acostumbrado. En realidad, las que lo hacían con devoción y temor eran las viejas. Las niñas sólo tenían ojos para observar la imponente estampa del hombre, a punto de aparecer puntualmente en el paisaje de los días viernes, cuya influencia ejercía el poder del imán, sobre sus almas nuevas y sus corazones anhelantes.


Thomas Ryan era el personaje más influyente del pequeño pueblo enclavado cerca de los acantilados, en suelo patagónico. Había llegado al caserío, envuelto en el misterio más absoluto. Lo que no dejaba lugar a dudas era que todos habían dejado atrás la miseria y las privaciones desde que el Don había aparecido en sus vidas. Todos habían logrado increíbles progresos económicos. Tenían un trabajo tan próspero como rentable y fructífero, y nadie se preguntaba, ni siquiera en sueños, los por qué de los milagros. Porque la coincidencia podía verse sin darle más vueltas a la cuestión. Y muchos pensaban lo que nadie se animaba a decir, que era un ángel con apariencia humana.


Vivía en una casa con frente de piedras redondas, sobre una colina. Las ventanas lucían cortinas que demarcaban una privacidad a la que aspiraba su dueño. Nadie había tenido la oportunidad de entrar a esa morada tan distinta a las demás. Ni siquiera el casero que habitaba en un extremo de su propiedad. El viejo, cuidaba de sus dos caballos y le hacía las compras de los víveres mensuales yendo hasta pueblos aledaños. Mantener el orden y la limpieza de sus dominios era los únicos requisitos exigidos por su patrón. La chimenea de la casa baja y ancha humeaba desde las primeras horas del día, hasta llegada la medianoche.


Nadie sabía mucho acerca del hombre, pero conocían de memoria cada uno de sus hábitos y horarios. Las seis campanadas habían empezado a anunciar la hora religiosa. Los murmullos fueron apagándose de a poco. Los pasos de Ryan eran inconfundibles. La capa negra que lo envolvía se agitaba al compás de su paso lento y temerario. La empuñadura del látigo que pendía a su derecha, lanzaba destellos provocados por los últimos rayos de un sol moribundo.


Lo llamaban el Don. Jamás lo hacían por su nombre. Los pobladores acostumbraban a llamarse entre ellos por los apellidos, a pesar de conocerse desde niños. Pero a Ryan, nadie lo llamaba de manera diferente, era el Don. No hacían falta más explicaciones ni preguntas. Desde su llegada, había tomado la costumbre de acercarse hasta la capilla, todos los viernes a las seis de la tarde. Para rezar. Los vecinos ya habían agotado toda suerte de conjeturas. “Es viudo”. “Huye de la justicia”. “Es un pirata retirado”. “Está buscando esposa”. Esta última suposición era la que más había tomado cuerpo en las tertulias.


Las damiselas no ahorraban artilugios a la hora de acicalarse. Las cintas de seda flotaban en los peinados juveniles al girar las cabezas para verlo entrar, lentamente, hasta el primer banco de la derecha, muy cerca del púlpito tallado en roble. La capilla iluminada con más velas que de costumbre parecía teñida de un ocre tan extraño que hacía resaltar los vitreaux laterales, y muy especialmente, el de la cúpula. La ceremonia del Ángelus culminó con los saludos acostumbrados.


El Don tenía el hábito de ser el último en retirarse, pero cierta vez sorprendió a todos cuando luego de terminado el servicio, se acercó al reverendo y le dijo unas pocas palabras al oído. El ministro, primero enrojeció y luego extendió los brazos hacia los feligreses, en ademán de que volvieran a sentarse un momento, antes de retirarse, para escuchar una noticia muy importante. -Queridos hermanos, el señor Thomas… ¿puedo llamarlo así?-dijo, mirándolo, pero sin esperar respuesta- me ha hecho un pedido muy especial. El Don, sin asentir, recorrió con la mirada al grupo que se había quedado estático como si fuera una gran fotografía. El reverendo continuó hablando con rubor en sus mejillas, y la frente, llamativamente transpirada:

-El señor Thomas anuncia que quisiera tener con él muy pronto a su familia. A su mujer y a sus hijos. En un hogar como Dios manda, aquí mismo, en nuestro pequeño y honorable pueblo…

La desazón se leyó en el rostro de todas las mujeres del lugar que albergaban una especie de sentimiento parecido a la esperanza de conocerlo más íntimamente.

-… para ello, solicita permiso a todas las respetables familias aquí presentes, para visitarlas, para conocer a sus hijas, conversar con ellas, con la posibilidad de encontrar a esa mujer que elegirá como esposa y madre de los muchos hijos que ansía tener, entre las jóvenes de este pueblo…

El silencio instalado parecía no tener fin en el recinto, pero un murmullo creciente demostró que la sorpresa había sido mayor de lo que se esperaba. El Don, agradeció con un leve toque en el ala de su sombrero, esbozando un “gracias” apenas perceptible y se alejó dejando un tendal de reacciones y sensaciones.


Con el correr de los días, el pedido de Thomas se fue concretando en tiempo y forma pautados. Visitaba a las familias, mantenía encuentros a solas con cada una de las candidatas y luego se retiraba, prometiendo una respuesta definitiva, a corto plazo. Al cabo de un tiempo, al finalizar el servicio acostumbrado de un viernes, el reverendo anunció a la congregación que el señor Thomas realizaría un pequeño viaje para pensar y determinar a cuál de las damas con las que tuvo el placer de un agradable acercamiento, convertiría en su esposa.


Los días se sucedían. Los meses transcurrieron. Al cabo de un año, el tiempo hablaba de lo que ya nadie quería ni siquiera mencionar. El Don jamás regresaría. Tal vez había muerto. O realmente fue alguien especial, sobrenatural, que los envolvió con su halo de misterio.

Algunos pequeños grupos de jovencitas se aventuraban llegándose hasta la casa donde vivía el Don. Sólo reinaban allí el abandono, el silencio y la soledad. Ni siquiera estaba ya en su casita, el viejo casero que trabajaba para Thomas. Había desaparecido y nadie conocía indicio alguno sobre su paradero.


El pueblo fue apagándose poco a poco. En la pequeña capilla ya no se celebraban bodas. Las niñas se habían convertido en enjutas solteronas. El reverendo había muerto y lo reemplazaron por otro. Era un pueblo gris, silencioso y triste. Los viernes al atardecer, a la hora del Ángelus, no se veían más animales inquietos. Ni gatos huyendo sobre los tejados, ni caballos sacudiendo las crines ni perros oteando el aire, en estado de alerta, como cuando se producía la llegada del Don. Nunca más.


APL©2008

jueves, agosto 28, 2008

LETRAS DE ORO 2008


LETRAS DE ORO 2008, es la primera Antología en la que participo. Esta vez lo hice con tres cuentos que se encuentran en este querido blog:

-EMBRUJO, pág. 173

-SUCEDIÓ EN EL TABLAO, pág. 175

-MARINA Y LAS VAINILLAS, pág. 177


Me enorgullece, tímidamente, y me incentiva para seguir escribiendo, como siempre, con inmenso amor.
Gracias a todos los que transitan los senderos de este blog.
Los abraza
Alicia.


lunes, julio 28, 2008

LEGADO PATERNO


Ahora el mar es sólo un pozo. La gigantesca mano toma el lápiz transparente como el aire, y tacha el último ítem del orden universal.
Debe completarse la lista de tareas a realizar. La mayor explosión demográfica ha desbordado los límites establecidos. Cincuenta años de edad promedio es una buena etapa para resistir los tramos finales de una ancianidad, debilitada por las carencias.
El último huevo del último nido se ha transformado en la última golosina de la última ave sobre la faz de la Tierra.
El fondo de los océanos, mares, ríos y lagos, muestran su desnudez. Caracoles, anclas, botellas con mensajes, esqueletos sin procedencia, edad o naturaleza, cofres, arena candente, aparecen de nuevo, después de las aguas.
Los caminos, vacíos de todo y llenos de nada. Sólo rectas y curvas que ascienden y descienden. Ni una molécula de agua ha quedado en todo el contorno del planeta.
Ni un milimétrico pedacito de nada. Los colores abandonados emigran hacia otros mundos, montados en remolinos de hojas amarillentas. En plumas perdidas y errantes. En ecos lejanos de voces olvidadas.
El silencio es corpóreo, ruidoso, agudo. Los refugios subterráneos guardan latidos cada vez más débiles. Afuera no existe ya más la vida. Debajo, ya casi tampoco. Falta poco. Todos duermen, se empequeñecen, desaparecen.
La gigantesca mano retoma el lápiz transparente como el aire y escribe sobre la hoja de nebulosa, un nuevo renglón de un nuevo orden.
Un óvulo recién creado alberga un espermatozoide recién diseñado. En un crisol de estrellas, un rayo de otro sol, más joven, se posa sobre el embrión.
Y la mano anota, con prolijidad eterna, el momento preciso en que el hombre recibe lo que se ha establecido como una nueva oportunidad. La segunda. La última.
Los brazos humanos se extienden para recibir el legado paterno.
Y surge nuevamente la vida.
Nuevamente el agua.
Nuevamente el aire.
Nuevamente, ser.


APL© 2008

miércoles, julio 16, 2008

EL LIBRO DE PETER PAN


La clase de lectura es la que más ansío que llegue, de todas las actividades curriculares del Jardín. Nada se compara con el placer que me producen las caritas de mis oyentes, expectantes, asombrados, sentaditos en círculo sobre la alfombra del salón de música.

La salita verde cuenta con un numeroso y bullicioso grupo de nenas y nenes, que al saberse los “más grandes” del jardín, se comportan como dando el ejemplo a los más chiquitos.

Matías es mi ayudante durante esta semana. Mientras preparo el atril con el libro de cuentos, él va a buscar a sus compañeros hasta la salita. Le toca ser la locomotora del tren, de manera que tomados de los hombros, los vagones van llegando en fila y se van ubicando, adoptando posiciones confortables, para escuchar mejor.

Inicio la lectura de Peter Pan y la suave música del equipo propicia el clima deseado. La hora mágica ha comenzado, como les digo siempre, y en verdad es así, porque los personajes de turno nos llevan de viaje por todo el mundo. Inclusive a mí, que me sé de memoria cada renglón del libro.

Ángeles, apoyada en sus codos, se toma la carita y mientras pellizca una galletita dulce, su mirada me dice que le gusta lo que escucha. José, muy atento, hace redondeles invisibles con un dedo, sobre la alfombra.

Federico, tiene los ojitos cerrados pero no se pierde un detalle de mi relato. Cada tanto, asiente con la cabeza y sonríe, como si lo tuviera a Peter Pan delante de él.

El resto de los chicos, en actitud similar, disfrutan del cuento hasta el momento en que digo “…y colorín, colorado, este cuento se ha acabado”.

Mientras se van poniendo de pie, dando forma nuevamente al tren que los trajo hasta el salón, vuelvo el libro a su lugar del estante, y de repente, una especie de tarjeta postal se desliza de la solapa del mismo. Matías, al verla me la extiende.

La visión de la tarjeta de colores vivos y siluetas tan conocidas, me desgarra el alma mientras la miro, reavivando recuerdos que creí que ya no volvería a sentir. Sin darme cuenta, mis ojos se van desbordando.

-Seño, ¿te dio lástima Peter Pan? ¿Por qué estás llorando?
-Estoy emocionada, Matu, pero ya va a pasar.

La tarjeta invitaba a tu debut como bajista. Era el inicio de tu carrera con el grupo, y las giras por el país. Al dorso, quedó plasmado el final de nuestra historia, con un demoledor “Adiós”. En el Jardín, donde fuimos algo más que buenos colegas, nos unió la música. Y la música, también, se encargó de separarnos.

-¿Dónde guardo esta tarjeta, Seño?
-Guardala en la solapa del libro de Peter Pan, tesoro. Es mejor que quede allí. (En el País de Nunca Jamás...)


APL© 2008

jueves, julio 03, 2008

CICATRICES

Por primera vez observó el Sol, el exterior no era como lo imaginaba la pálida y bella diosa.


Nunca había visto a su hermano Sol, así, con forma de disco incandescente. Aletargado, él no advirtió que Selene había decidido pasear su imponente presencia, fuera del reino.


La bella, había decidido bajar a la tierra porque, ignorando la pasión que había desatado en el nieto de Zeus, lo había estado observando desde la nube en que se hallaba asentado su trono de oro, y había descubierto que el hermoso pastor le provocaba inquietud, una deliciosa inquietud.


Endimión se había refugiado en el monte, se dedicaba al campo y a los astros, y renegaba de su origen divino.


Selene sentía que algo le ocurría en su interior, cuanto más cerca se encontraba de la tierra. Y por ende, de Endimión. Pero no reprimió sus impulsos. Por el contrario, arrastrada por la fuerza de su pasión, no podía frenar el deseo de saber si era correspondida.
Sabía que el joven pastor acostumbraba a dormir dentro de una cueva que le servía de morada, cuando dejaba las tareas diarias.


Que también descansaba desnudo en la entrada, al aire libre, cuando el tiempo lo permitía. Y que antes de dormirse evocaba a Selene, nutriendo su corazón de un amor en silencio. Luego, caía rendido, internándose en el mundo de los sueños.


La primera vez que Selene observó lo que hacía, comenzó a visitarlo cada noche. Descendía lentamente desde su trono hasta la cueva, deslizándose sobre un haz de estrellas pulverizadas y fulgurantes, tratando de no salpicar con las frías partículas, el cuerpo de su amado, y muy especialmente, tratando de no interrumpir su sueño confiado y profundo.


Se recostaba a su derecha y permanecía así, junto al dueño de su amor, toda la noche.


Poco antes del amanecer, con una gran pena en su corazón, Selene desandaba el camino hacia el cielo, nuevamente.
Durante mucho tiempo se amaron así, de esa manera tan particular. Endimión la adoraba y la amaba en cuanto divisaba su brillo plateado en lo alto. Y Selene acudía a él en cuanto notaba que el sueño lo había vencido, conduciendo un carro de plata tirado por un yugo de bueyes blancos, a través del sendero de estrellas.
Pero cierta noche, Endimión despertó. Y en ese mismo momento ambos se vieron envueltos por una gran felicidad. Sin embargo, esa felicidad se vio ensombrecida por una duda que asaltaba a Endimión. Era el temor creciente de perder a Selene, el cual tenía su explicación. Al haber transcurrido el tiempo, el cuerpo del pastor había comenzado a acusar deterioro y a marchitarse. Entonces le pidió a Selene que le concediera juventud eterna con su poder divino. Ella recurrió a Zeus y éste decidió que Endimión no sufriría el paso del tiempo mientras estuviese dormido; sólo envejecería durante la vigilia.


Endimión le hizo prometer a Selene que lo acompañase siempre mientras él estuviera dormido. Los amantes decidieron que Selene lo despertara apasionadamente, cada vez que descendiera de su trono, para encontrarse con él. Tan bella era Selene, vestida con túnicas blancas y etéreas que Endimión no terminaba de creer que su sueño era tan real como maravilloso.
Mas, la sombra del infortunio se hizo presente. El Sol, hermano de Selene, ya no consentía que ella descendiera hasta la tierra. No era digno de una diosa de su estirpe, rebajarse a tener amores con un pastor. De manera que cierta vez discutieron tanto, que ya no había posibilidad de entendimiento. El Sol, enfurecido, pensó y pensó en una forma de hacer que algo opacara la belleza de Selene, para que nadie volviera a fijarse en ella. Y mucho menos, enamorarse. Entonces, en un ademán desesperado arrancó de su superficie un puñado de brasas candentes y las arrojó en pleno rostro de la diosa. Los trozos se pegaron a su pálida tez, provocándole quemaduras tan dolorosas como enormes.


Selene, horrorizada, se refugió en el punto más alto de los cielos, para nunca más volver. Su rostro, desfigurado por las cicatrices, ya no era el de antes. En cambio, su amor por el pastor era cada día más profundo.


Endimión, no pudo seguir gozando del amor de su Selene. No se explicaba la repentina ausencia. Permanecía todas las noches entristecido, esperándola, mirando hacia lo alto y jamás reconoció en la cara de la luna llena, el rostro de quien amaba tanto. Jamás.




APL©2008

viernes, junio 27, 2008

EL BOTÓN NUEVO


Por primera vez observó el sol, el exterior no era como lo imaginaba.


Sin embargo, la brisa húmeda del amanecer invitaba a desperezarse, poco a poco.


Otra sensación más, se acopló al instante. Eran aves que cantaban. Irguió aún más su breve cuello, para mirarlas.


La rama más alta del árbol de paltas hacía las veces de balcón y el cuarteto de zorzales competía entre sí componiendo una melodía vital, estridente, nueva y feliz.


Miró a su alrededor y se encontró con que algunos eran semejantes a él. Henchidos de vida como promesas. Otros, más abiertos, ya esperaban desde antes. Entre todos daban una forma redonda a la copa, pintada de delicado color.


El perfume, acentuado por el calor solar, llamaba silenciosamente a las zumbantes abejas de la estación.


Sinfonía en rosa para vestir al duraznero más hermoso de la huerta.


El botón, lentamente, con toda la fuerza de que era capaz, comenzó a abrir los sépalos, luego los delicados pétalos y al fin, desplegando una belleza única multiplicada por cientos, se abrió en toda su plenitud, para recibir del exterior, la nueva vida para la que había sido parido.



APL© 2008

jueves, junio 19, 2008

LAURA, MI DULCE GUERRERA



PARA LAURA, MI DULCE GUERRERA, HOY HERMOSA MUJER.



COMETAS AZULES (Poema elegido especialmente para ella)


Un pájaro de agua brota desde el mar

los grillos mis sueños adormecen

un velo de plumas transparentes

me abraza en su manto de nieblas

helechos, guayabas y alelíes

en susurros me despiertan

y mi pájaro de agua se eleva

meciéndome en el viento.


(Rayen Kvyeh, Directora de Mapu Ñuke Kimce Wejiñ )


Lo bello, lo dulce, lo hermoso, se concentra

A la hora del día que prefieras.

Un hada moderna aparece

Rozando en silencio la casa,

A la manera de una laboriosa abeja...



Poema acróstico de Alicia, su madre, para su pimpollito de alelí.

lunes, junio 16, 2008

EL SILENCIO DE LOS JARDINES

-¿Por qué nosotras? ¿Por qué cada jornada, cada atardecer, debemos sufrir la tortura de adivinar si hoy es el día de nuestro sacrificio, de nuestra muerte?


El sol, tan bello, tan poderoso, nos da la vida y luego permite que manos que se dicen expertas conviertan nuestro hogar en un lugar triste, vacío…


Veo a mis hermanas menores tan hermosas, luciendo cual promesas, suaves y perfumadas exquisitamente.


Esbeltas, erguidas, desafiantes. Muestran su belleza al mundo, meneándose al compás de la brisa, sin advertir que con tanta coquetería sólo están acortando su durabilidad, nada menos que su existencia.


No escuchan mis ruegos. Con voz desesperada les aconsejo que permanezcan inclinadas, que no llamen la atención del esclavo.


Él tiene la orden de arrancar y matar, para llenar su cesta de racimos de miles de nosotras. Pido a los dioses que no nos elija esta vez.


En esta parcela he visto muchas otras especies, parecidas a nosotras, pero he podido escuchar que la reina, tan veleidosa, nos prefiere, porque esta noche en su aposento esperará a su amante.


Esta noche, en la recámara real, Cleopatra hará el amor con Marco Antonio sobre un lecho de treinta centímetros de alto de pétalos de rosas, los cuales….. podrían ser de nosotras.

APL©2008

viernes, mayo 23, 2008

AL MENOS, HOY


Decidí podar la enredadera. Y llenar de floreros con campanillas azules, toda la casa. Y también decidí hacer unas cuantas cosas más.
No atender el teléfono.
Abrir todas las ventanas para que las cortinas bailen como locas. Como nunca antes.
Saludar a todo el que pase por la vereda.
Poner la música bien fuerte y bailar griego, descalza.
Vaciar los cajones y tirar un montón de cosas en bolsas negras. Salvo los jabones de violetas y mi túnica blanca, comprados durante algún veraneo en Brasil.
Poner el regador del jardín girando al máximo para que lo empape todo.
Juntar menta del cantero, para prepararme una enorme taza de té.
Cocinar un bizcochuelo de chocolate y otro con manzanas verdes. Para acompañar el té.
Dejarme el pelo suelto todo el día.
Andar por la casa con los ojos cerrados. Para verla distinta.
No barrer las hojas del patio, porque me gustan sus ocres variados.
Subir hasta la terraza para cortar un ramito del jazmín celeste del vecino, para mezclarlos con las campanillas.
Poner el colchón en el suelo y dormir una siesta con mi perra mestiza, en el medio de la galería del frente.
Es increíble las ideas que surgen y las cosas que hay para hacer, cuando se decide por fin, podar una enredadera y entender que se puede ser feliz. Es cuestión de empezar… Al menos, hoy.


APL©2008

miércoles, abril 30, 2008

ABRIR LOS OJOS


Lo primero que veo al abrir los ojos es la mano sosteniendo mi pulsera de plata. La misma que me acompaña desde que era tan solo una chica con muchos sueños y pocos medios para hacerlos realidad.
La cortina de la pequeña ventana está descorrida y la luz invade la habitación. Desde mi lecho puedo ver los pocos objetos colgados de la pared. Un perol, una cazuela y varios cubiertos de madera.
El viejo se había quedado dormido. Intento incorporarme y el ruido de los flejes de la cama lo despiertan. Me mira un instante, se levanta de la silla y busca algo en el fogón.
Voy recordando, de a poco. Siento calor. La ropa de hilo limita mis movimientos y en vez de sentarme me pongo de pie. El paisaje desde la ventana me muestra la tierra tan seca y cuarteada, como la había visto antes de perder el conocimiento.
-¿Cuánto tiempo pasó? – le pregunto en inglés.
El hombre no me contesta, se vuelve y sin mirarme me extiende una taza humeante con caldo. Después, coloca sobre la mesa una cesta con higos, uvas y almendras. Se va. Lo veo alejarse y al rato escucho el barrito de un elefante. De dos elefantes.
Miro mi reloj. Está roto.
Entra a la casa una mujer que supongo que es la esposa. Por señas me da a entender que debo comer algo para después partir. Se sienta y me espera.
Mientras bebo el caldo de pollo, con la vista reviso mis cosas. La mochila, el sombrero, la cámara de fotos. Me apena bastante el reloj que ya no sirve.
Le señalo mi muñeca para que me devuelvan la pulsera de plata. Sale, la busca y me la coloca ella misma. Me sonríe como si yo fuera una niña a la que se le concedió un capricho. Le doy las gracias, pero intuyo que no entiende lo que le digo. O tal vez es sorda.

Después de comer, un joven al que no había visto antes, y el dueño de la casa donde desperté, me ayudan a subir a uno de los elefantes. Desde allí siento vértigo, no tanto por la altura, sino por el vaivén de la mole que empieza a caminar. Y detrás de mí viene el viejo, quien se adelanta para guiarme hasta el pequeño aeroparque que visualizo a lo lejos, por el brillo de las chapas de los techos.
A mitad de camino, protegido del sol bajo unas palmeras, veo a un joven de piel oscura, camisa blanca y gorro tejido, que elije las mejores manzanas.

Casi al llegar, suena el celular desde el bolsillo de mi chaqueta.
-Estoy en el hall de embarque – me dice la voz de Pablo – te estoy viendo con mis binoculares.
Sonrío y respiro aliviada. Se debe haber enterado del accidente que tuvo la avioneta que me traía, al aterrizar.

Al llegar, varias manos me ayudan a bajar del elefante que se arrodilla para facilitar mi descenso. O para sacarse una molestia de encima. Tanto el animal como el viejo y el ayudante.

En veinte años de fotógrafa, he captado miles de imágenes de cientos de lugares recorridos. Una vida de aventuras, en la cual el peligro estuvo siempre a mi lado, presente, y a veces, rozándome peligrosamente, como esta vez. Pero la pasión se adueñó de mí y no la cambio por nada. Aunque la cercanía de la muerte me obligue a abrir los ojos, alguna que otra vez.


APL©2008

NOCHE DE DESFILE Y GLAMOUR


El párpado de Robertino Piacere había comenzado a latir, síntoma inequívoco de la proximidad del estallido. Sus manos cuidadas y expertas sostenían las pinzas del vestido y sus labios apretaban con fuerza cinco peligrosos alfileres. La modelo, histérica, se miraba en el espejo y meneando la cabeza en un gesto caprichosamente negativo, chillaba:
-¡No me gusta este traje! ¡No lo voy a pasar, es un asco! Rojo pasión, verde esmeralda y gris perla… ¿qué clase de combinación es ésta? ¡Qué alguien me ayude a bajar el cierre! ¡No quiero usarlo! ¡Me veo horrible!

La platea del salón del segundo piso del Hilton estaba cubierta en su totalidad. Ya había pasado un cuarto de la hora anunciada para el inicio del desfile, y por la escena con Marina Arias, la modelo top del momento, se estaba demorando todo lo programado.
Robertino, con la frente cubierta de gotas que se deslizaban hasta el cuello de su fina camisa, hacía esfuerzos denodados por no perder los estribos. Trataba infructuosamente de convencer a la joven:
-Está hecho especialmente para que lo pases vos, los colores hacen resaltar tu belleza, con ese pelo y esos ojos…
-Te dije que este mamarracho no lo voy a desfilar. Que se lo ponga otra. Yo quiero solamente lucir la lencería.

La palabra “mamarracho” sonó a insulto y se escuchó claramente hasta los pasillos. El modisto puso los ojos en blanco. Le subió la presión y cayó al suelo estrepitosamente. Los organizadores y las demás chicas corrieron hasta donde estaba y lo llevaron en andas hasta el consultorio médico del lujoso hotel de Puerto Madero.

Cuando por fin despertó de su desmayo, Robertino comprendió rápidamente lo que había pasado y mirando su reloj pulsera dio un brinco desde el sofá donde estaba recostado, hasta la puerta de la habitación:
- ¡Hay que echarla! ¡Es una bruja! ¡Me insultó, me humilló!¿Quién se cree que es? ¡Pero por favor!
Y al salir hacia el salón para recibir la ovación del público que lo aclamaba, las modelos vestidas con exclusiva lencería, lo escoltaron, mientras sobre la pasarela llovían rosas.
De pronto, un murmullo generalizado hizo enfocar todas las miradas hacia el escenario por donde apareció la modelo top, luciendo el famoso traje de la discordia, que se había negado a pasar momentos antes. Los aplausos, resonaron intensos y nadie los escuchó cuando se hablaron, mientras sonreían con total disimulo:
-¡Al final me lo tuve que poner porque si no te morías de un infarto, mariquita!
-¡Callate, chirusita, qué sabés de moda vos! Este traje cuesta una fortuna y no lo valorás!

Tomados de la mano recorrieron, juntos el camino del éxito. La gente, de pie. Los flashes, interminables. La prensa, toda.
Los nombres de Robertino Piacere y Marina Arias, brillaban sobre el telón, bordados en pailletes importados de Francia, con letras enormes, como su fama. Y como su vanidad.


APL©2008

NORMA DE LA EMPRESA (DÍA DE FURIA)


“LUZ, CÁMARA, … ¡ACCIÓN!”, me dije como para insuflarme coraje, además de hinchar mis fosas nasales para tomar todo el oxígeno posible. Pulso el timbre y espero un siglo de dos minutos.
-¿Quién es?- contesta la voz gangosa e insufrible de Vilma.
-Norma.
- …
-Quiero conversar con vos.
- …
Pulso de nuevo. Ya a estas alturas, estoy hecha un peligroso manojo de nervios. Escucho que descuelga el auricular en silencio.
- ¿Puedo subir?
-Te dije que sí.
Mentirosa. No había dicho nada. Al escuchar la chicharra empujo la puerta con las dos manos, iniciando una violenta y triunfal entrada.
El ascensor tan herméticamente cerrado aumenta mi taquicardia. Se detiene en el octavo. Luego del ¡ding! se abre la puerta y salgo al palier, que luce tan solitario como hostil. Me resbalo, por el lustre del piso y por los nervios, pero como nadie está mirando, no me importa haberme sentido una marioneta despeinada por el sorpresivo surfing. Lanzo unas buenas palabrotas y vuelvo a mis cabales.
Antes de llamar a la puerta del B, me echo un vistazo en el espejo y borro la línea del entrecejo.
Ahora sí, llamo. Una llave que gira y se abre una rendija.
-No tengo mucho tiempo, pero si te…
-No te hagas la estúpida conmigo – le digo, a la vez que le doy un fuerte empellón. Luego miro mi puño relleno con mechones de su melena teñida de rojo y pienso seriamente en arrancarlos – vengo a buscar las cosas que me sacaste del escritorio, sin pedirme permiso. Especialmente mi laptop, que contiene todo mi trabajo, toda mi vida.

El viernes a última hora yo había renunciado al puesto de secretaria ejecutiva del estudio multimedia de moda. El cerdo de Arancibia, el gerente, estaba convencido de que era imprescindible compartir sábanas conmigo, para obtener mayores beneficios económicos, pero como no le alcanzaba con un simple “NO”, palabra que no necesita subtitulado, tuve que utilizar el idioma de señas con el dedo del medio, y fue el fin.
Vilma era la candidata inmediata para ocupar el cargo. Pero la muy oportunista se apareció cerca de una hora antes que yo, en la oficina, para hacer de las suyas.


-¡Me duele, no me tires del pelo, bestia! ¡Voy a llamar a la policía! ¡Te voy a denunciar! ¡Ay!
Ella nunca podría llegar a entender el placer que me produce tomarla del pelo y hacerla arrodillar por el dolor. No solamente por los efectos personales que me había robado sino por las mentiras que había utilizado para quedarse con mi puesto de trabajo.
-¿Quién anduvo haciendo circular mentiras sobre mí en toda la empresa?
-¡Ay!
-¿Quién le dijo al jefe que yo iba a hacer todo lo posible para ocupar su escritorio y borrarlo del mapa?
-¡Aaaay!
-¿Quién va a volver conmigo a la empresa, para confesar todo y después renunciar?
-¡Aaay, yo! ¡Pero no me tires más del pelo que me duele mucho!



Esta mañana renunció Arancibia. Quedaron al descubierto sus turbias maniobras. Y Vilma hizo lo mismo. Pero antes la mandé a buscar mis nuevas tarjetas de Gerente General de la empresa. Pobre, me dio lástima cuando me rogó que la dejara trabajar acá, por lo tanto le di un guardapolvo celeste, la llave del cuarto de limpieza, y rompí su renuncia. Todo es cuestión de conversar. Es norma de la Empresa.


APL© 2008