MIS HISTORIAS. La alquimia entre la realidad y los sueños. Entre los sueños y la imaginación.







martes, enero 29, 2008

LÁGRIMAS DE CARTAPESTA


El atado de papel de diario es excesivamente pesado para Claudia, pero necesita el material para ponerse a trabajar toda la noche. El comerciante amigo, dueño de una pequeña granja de aves y huevos, le guarda los periódicos que descarta, porque sabe que la chica recicla el papel, para usarlo en cartapesta. Con las artesanías que vende mantiene el pequeño departamento donde vive con su abuela.
-Te guardé los suplementos deportivos del domingo, los clasificados de los principales, y los policiales.
-No sabe cuánto se lo agradezco. Me encargaron mucha cantidad de adornos y cuadritos para un local de decoración. Creo que esta noche me voy a quedar a trabajar hasta tarde. La preparación me lleva tiempo. Hasta mañana y gracias, don Arturo.
-¡Chau, suerte!

Los dedos de Claudia cortan con rapidez y habilidad los trozos de periódicos. Los va poniendo en una bandeja, listos para utilizarlos. Mientras desgarra el papel, lee distraídamente los titulares de la sección policial del matutino, le atrae uno que dice: “La muerte de la joven mujer sigue envuelta en un manto de misterio. No hay rastros dejados por el asesino y se descarta que el móvil haya sido el robo”. “Pobrecita, ojalá que se aclare el caso”, piensa Claudia.
La voz de su abuela la rescata de esos tristes pensamientos:
-¿Querés que tomemos mate? Me quedo despierta un rato más, para no dejarte solita.
Durante poco más de dos horas, mientras escuchan radio, charlan de trivialidades. Hasta que la anciana se despide para ir a dormir, besándola en la frente.
-Gracias, abu, no sé que haría sin tus mates tan ricos.

Claudia prosigue trabajando y creando en cartapesta la base de unos hermosos jarrones que le han pedido. De pronto vuelve a recordar la noticia del diario que había leído horas antes. “¿Quién pudo haberla matado? ¿Qué habrá hecho para merecer una muerte tan espantosa?” No puede quitarla de sus pensamientos. Sus dedos modelan la pasta, pincela, va dando forma a su trabajo, retoca y siente que los párpados le pesan y la espalda se le ha puesto rígida por el cansancio. Sin darse cuenta se queda dormida. Y sueña. En su sueño se ve ella misma caminando por una calle desconocida, nada le es familiar, pero sigue caminando como buscando una casa en particular y se detiene en la puerta. Escucha el grito desgarrador de una mujer y un disparo. Claudia entra y la ve tirada en el suelo. La joven está viva, pero en medio de un charco de sangre. Alguien sale corriendo y escapa. Antes de morir le dice un nombre con agonía en la voz. Luego cierra los ojos y no se mueve más. No entendió el nombre que le dijo antes del último suspiro.

El corazón de Claudia late muy fuerte y está empapada en sudor. Se despierta sobresaltada. El cuello le duele porque estaba inclinada sobre la mesa de trabajo. Por un largo rato no recuerda el terrible sueño, entonces decide tomar una ducha rápida y seguir con el trabajo. Los jarrones están casi secos, listos para otra capa de papel y cola vinílica. La melodía de la radio que había quedado encendida la reconforta, y finaliza la etapa de la tarea. Ya casi amanece. Va a la cocina a prepararse un té y abre el paquete de bizcochos.
El silbido de la pava le parece tan agudo que se tapa un oído. Parece un grito. Y de repente, se toma de la mesada porque se le aflojan las piernas, siente que un sacudón repentino le trae a la memoria un nombre: Pierre Dijon. Ese fue el nombre que decía la joven antes de morir. Ahora sí lo recuerda y lo entiende. Claramente.
Sin hacer ruido para no despertar a la abuela, sale del departamento y se dirige hasta la comisaría de la otra cuadra. Un oficial le dice que espere sentada en el banco de madera. Los minutos pasan y nadie repara en ella, entonces escribe en un pedazo de papel que había en el escritorio del agente:
“El asesino de la chica de Luján se llama Pierre Dijon”. Deja el papel a la vista y se va.

Una semana después, don Arturo espera a Claudia con otra gran cantidad de periódicos, prolijamente atados. Cuando la joven llega a su casa, y apoya el paquete en su mesa de trabajo, lee un titular que la paraliza por un instante:
“Se entregó el asesino de la infortunada mujer de Luján, quedando el caso, esclarecido y cerrado. Su familia ofreció una misa para el descanso de su alma”.
Enciende la radio como de costumbre. Una voz de mujer dice “Gracias”. Pasa un minuto y otra vez la misma voz diciendo “Gracias”. Gira el dial en busca de algún programa musical. Pero no se escucha nada.
-Está desenchufada, Claudia. -Dice la abuela con su rico mate en la mano.


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sábado, enero 26, 2008

EL ERROR DE BLANCA


Blanca toma la azucena, la sacude suavemente contra la palma de la mano, y el polen se le adhiere hasta el interior de los dedos, sin provocarle siquiera una leve caricia, nada.
Toma otra flor de la misma mata y cuando está a punto de hacer lo mismo que antes, aparece el viejo jardinero.
Su ceño fruncido indica que viene la reprimenda:
-Yo en su lugar, no lo haría. No es bueno robar el polen de las azucenas. El polvillo parece tan delicado a simple vista… sin embargo, por más que lo limpie y se lave las manos una y otra vez, ellos lo notarán y le harán la vida imposible. Lo pueden ver fácilmente, así sea de noche o de día. Y no es de ahora que lo hacen. Ocurre desde siempre.
-¿Ellos? ¿Quiénes son “ellos”? – pregunta la muchacha, abriendo aún más los ojos.
El hombre suspira un instante, y con la mirada de los mil metros que posee la raza india, apoya el azadón contra el aljibe, y se prepara para contar lo que guarda en su memoria, desde los cuatro años de edad.
-Los dueños del polen, – contesta simplemente - lo custodian, lo atesoran y lo defienden de personas que como usted, lo derrochan por curiosidad, como si no fuera nada más que una pequeña manchita amarilla que pronto desaparece bajo el más sutil de los soplidos. Todos los niños del mundo deberían aprender desde muy temprana edad la leyenda de los amos del polen.
-Pero, ¿Cómo iba yo a saber que…?
-Señorita Blanca, ya es tiempo de que usted sepa que existe un mundo paralelo al nuestro, en el cual gobiernan seres cuya misión exclusiva es la de proteger el polen y todo el reino vegetal, de la ignorancia de los depredadores. ¿Nunca se puso a pensar en los árboles de los caminos, de las rutas nacionales?, si nadie los riega y nadie los cuida, ¿cómo es que sobreviven?
-¡Yo no soy enemiga de las flores ni de los árboles!
-Para ellos, sí lo es. Mire su mano, ¿para qué vació la bella azucena? ¿qué va a hacer con el polen? Es el origen de la vida de las flores, de las frutas ¿no se da cuenta del desperdicio? El daño está hecho, y ellos no lo van a pasar por alto. Seguramente, en este preciso momento deben estar reunidos deliberando y discutiendo la clase de pena que le corresponderá por vaciar una flor, y casi dos, si yo no llegaba justo a tiempo para impedirlo – y mientras va diciendo la última frase, el jardinero se aleja poniéndose el sombrero de paja, y desaparece detrás de la rosa china amarilla, a la vuelta del sendero de lajas.

Blanca, espantada, mira cada rincón del parque con el creciente temor de encontrarse con los custodios. Se pregunta qué le harían y de qué manera manifestarían su desagrado.
Cavilando y sobresaltándose por cualquier pequeño crujir de hojas, llega hasta la casa. Antes de entrar recorre otra vez con la mirada el paisaje de los jardines, abrigando la leve esperanza de que los amos del polen no se hayan dado cuenta de nada.

El día siguiente amaneció con fuertes lluvias, y los truenos despertaron muy temprano a Blanca, quien se asoma por el ventanal de su dormitorio. El parque luce hermoso bajo la cortina de agua, y el césped, parece más brillante y verde que nunca. Las flores y especialmente las azucenas, a pesar de la intensidad de la tormenta, permanecen erguidas, luciendo más bellas que antes.
Luego de desayunar, feliz al no haber notado nada que hiciera pensar en el enojo de los amos del polen, se pone las botitas de lluvia y sale a caminar por los jardines.
Adora el olor a tierra mojada, de manera que respira profundamente para sentir el placer que le provoca la intensa humedad de la vegetación.
Pero no siente lo mismo que otras veces. Vuelve a respirar y al instante se da cuenta de que algo está pasando a su alrededor. Sus ojos recorren interrogantes todo el paisaje del parque. Pero es al ponerse de cuclillas y apoyar ambas manos sobre la hierba mojada, cuando descubre que cada centímetro de la mullida alfombra verde, es artificial. Sintético. Corre, desesperada, hasta la mata de azucenas y sus dedos vacilantes, al recorrer los tallos y corolas, solo acarician unas patéticas flores de material plástico, que tienen en su interior minúsculas bolitas de telgopor amarillo, imitando el sagrado polen de los custodios del reino vegetal.
Detrás de la falsa rosa china amarilla, alcanza a ver al jardinero con rasgos indígenas, pero esta vez con uniforme de chofer, quien observa la escena meneando la cabeza con profundo pesar.


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lunes, enero 21, 2008

¿QUIÉN ERES?


Sin darme cuenta, tendida sobre la arena, aletargada y dejándome acariciar por las brisas, noté que era la única persona que quedaba en la playa. Algo hizo que abriera mis ojos para ver la figura que salía del mar.

Aunque temerosa, permanecí sentada, y tomando mis rodillas las oprimí cual escudo, dispuesta a esperar. Pero como autómata, me puse de pie, comencé a introducirme en el mar, y salí al encuentro:

-¿Quién eres, que la espuma que llega refulgiendo sobre las olas, no te empapa? La blancura sí corona mis tobillos desnudos, mas, luego, la misma orla es arrastrada por el suave retorno de la ola. Ahora, parada y estática, obedeciendo a la fascinación, te veo acercar hacia mí, como si no vinieras desde lo más hondo del océano. Hasta el mismo mar, salvaje e indomable, respeta la realeza de tu estirpe, y no te moja.


Las aguas te salpican de pies a cabeza. Tus cabellos brillan secos, bajo el rey sol, y flotan al viento. La túnica que cubre tu estampa, rojo pasión, verde esmeralda y amarillo oro, tampoco deslíe por los bordes el agua salada vital. Recortado sobre el cielo del atardecer, por fin te presentas y detienes tu marcha pausada ante mí.


-¿Quién eres?- repito como dueña de las únicas palabras que atino a pronunciar.

-Soy tu faraón, tu rey, tu príncipe, soy lo que quieras que sea. El que soñaste en tu adolescencia, y luego encerraste en el cofre de los deseos que se guardan en hibernación. Hace unos instantes, me volviste a acercar a tu presente, repasando tu vida entera, y aquí estoy.

-No es posible, estoy bien despierta. Quizás formes parte de un colosal espejismo.

-Prueba mis labios y la respuesta vendrá al instante.

-No lo haré, temo que te evapores en forma de nube y te alejes hacia el infinito. Prefiero que sigas viniendo, así, hacia mí, cada vez que te llame. De la mano de mi mejor amiga. La fantasía…

-Entonces, para que al evocarme me reconozcas, ceñiré en tu muñeca la mitad del lazo que también yo llevaré, pero que sólo tus ojos podrán ver y notar.

-Adiós.

-Adiós.


-Vamos, Lucy, te quedaste mucho tiempo bajo el sol. Esta noche no vas a poder dormir por el ardor en tu piel.

-Es verdad, no voy a poder dormir…


Me volví para mirar otra vez hacia el horizonte, y las gaviotas, iluminadas por los últimos rayos de sol, se quedaron picoteando en la arena mojada, justo en el preciso lugar donde quedaron las huellas de dos pares de pies.


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jueves, enero 03, 2008

PENSAMIENTOS EN EL JARDÍN


Todos a los veinte éramos los dueños de nuestras vidas y también de las vidas de los demás. Bueno, eso creíamos.
En nuestro grupo, Cristina y yo éramos las vanguardistas. Abríamos el camino de lo que se usaba, mostrando la novedad en el modelito o en el peinado, y ahí estábamos, las hermanas más lindas del barrio, regodeándonos con orgullo y coquetería.
El pelo largo, lustroso y lacio, eran nuestras armas más preciadas para atraer todas las miradas. Eso sí, a nadie confesábamos las horas de peluquería y la tortura del secador con la “toca” bien apretada en nuestras locas cabezas, que éramos capaces de aguantar. Y tampoco confiábamos a nadie que para lograr los resultados de tanta belleza, contábamos con las monedas que nuestra madre, a escondidas, nos daba para completar nuestros ahorros.
Las minis dejaban ver nuestras piernas bronceadas, perfectas. Claro, otro secreto que no debía saberse jamás era que cortar el césped del inmenso jardín de nuestra casona, al rayo del sol, en bikini, era el pasaporte para lucir doradas y con permiso para ir a bailar hasta tarde. Negocio redondo que celebrábamos con papá. Mérito a cambio de alas.

Hoy, a la distancia, me comparo con mis hijas. El presente me sorprende madre de jóvenes hermosas, que hablan con otros códigos, con sus voces parecidas a la mía a esa edad. Con la misma energía, la misma alegría. De fiesta con la vida, segundo a segundo. Como hacía yo. A los veinte.

Ahora me cuido del sol, me embeleso con la compañía del colibrí vespertino que viene a beber del chorro de la manguera. Descubro brotes en mis plantas que me dan felicidad. Desde el equipo, John Lennon me dice “Imagine…” y yo lo hago.


Observo el perfil de mi marido mientras repara una silla del jardín y lo veo igual a cuando éramos novios. El mismo gesto en la barbilla. La misma mirada que me enamoró.


A esta edad, puedo revivir perfectamente aquel entonces. Puedo apartar lo irreparable. Lo triste. Las ausencias. Trato de ser agradecida. No es fácil. Debo entrenar todos los días.



APL©2008