MIS HISTORIAS. La alquimia entre la realidad y los sueños. Entre los sueños y la imaginación.







martes, marzo 11, 2008

CARRERA DE ÁNGELES


Siempre me hacía el mismo chiste.
-¡Puedo volar más alto que vos! Mis alas son más grandes que las tuyas. ¡Fijate!
Y yo veía como agitaba ese par de alas tan enormes, suaves y muy blancas, llegando hasta lo más alto, en un suspiro apenas, y me moría de rabia. Aunque bien sabía yo que ambos teníamos el mismo tamaño de alas. Porque éramos niños. Pero igual siempre me ganaba en la carrera. Y desde allí se mofaba de mí, delante de todos.
-¡Te gané otra vez, llegué primero hasta arriba!
Todos nos miraban. Los demás chicos nos señalaban con el dedo y seguían con la mirada nuestros juegos, corriendo por todo el inmenso lugar.
-¡Esos dos ángeles están jugándose carreras! – decían, y se detenían para ver nuestra travesura.
Nos encantaba estar allí porque estaba siempre muy iluminado. Lleno de gente que iba y venía, con alegría, felices. Personas mayores, bebés. Familias completas.

-¡Te doy otra oportunidad! – insistía mi hermano. Y yo no podía hacer otra cosa que aceptar el desafío. Agitaba mis alas con toda la fuerza que podía, hasta que sentía que mi rostro debía estar al rojo vivo por el esfuerzo. Y empezaba a elevarme, a volar cada vez más alto, más alto y más alto. Cuando por fin llegaba hasta donde se hallaba mi hermano, esperándome, nos reíamos a mandíbula batiente, para volver a empezar con el juego.
Nos reíamos tanto… A veces nos sentíamos un poco culpables, porque en el fragor de los aleteos se soltaba alguna que otra pluma de nuestras alas. Y a mamá no le gustaba eso.

-¡Ahora te voy a ganar yo! – le dije de pronto a mi hermano. Empecé a batir mis alas con renovadas fuerzas, muy fuerte. Cada vez más fuerte, hasta que casi al emprender vuelo hasta arriba de todo, una voz contrariada me detuvo al instante:
-¡Pero, será posible!¡ Otra vez jugando con los disfraces más caros. Les van a hacer perder todas las plumas a las alas, chicos! ¡Y encima corriendo como locos por las escaleras mecánicas del shopping! Basta, ¡se terminó!
Entonces, mamá, sacudiendo y acomodando los trajes de ángeles, los volvía a colgar en los percheros.
-Si los llegan a romper, nadie los va a querer comprar, para este carnaval… Necesitamos la plata, queridos…






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sábado, marzo 08, 2008

EL ENVIADO


El camino recorrido es tan cambiante como mi ánimo. Como mis fuerzas. Como la certeza de haber perdido el equilibrio que se necesita para sentir que el presente, es cada momento. Y en este momento estoy convencido de que todo lo que intente para cambiar las cosas, ahora, es absolutamente inútil.



Me toca desandar, un sendero bastante árido. Pareciera que a la Madre Naturaleza también le pasó lo mismo que a mí. Coloca flores, enredaderas y caídas de agua, en lugares tan distantes de este suelo pedregoso y reseco, que me convencen de que son reales los vaivenes de su inspiración.


No sé que hago en este lugar. Nada tiene que ver conmigo. Al acercarme al borde del precipicio, veo una mujer, allá abajo, que lava su ropa en las aguas del río. Lo hace tan tranquilamente que parece que fuera la dueña del paraje. Haciendo bocina con mis manos le grito para que se dé vuelta, pero no lo hace. Grito con todas mis fuerzas, varias veces, hasta que desisto, porque no me llega a escuchar. Abandono la idea de hablar con alguien. Según mis cálculos sólo me restan unos diez o doce kilómetros para llegar.


Sé que estuve caminando hacia donde indica mi arrugado mapa, durante horas. No tan lejos, diviso el verdor de un bosque. Mi cuerpo me pide un descanso. Entonces, arranco varias hojas enormes de una planta que se me ofrece al costado del sendero e improviso una cama perfecta, fresca y olorosa. El bosquecito se asemeja a un refugio, del cual tomo algunos frutos parecidos a los damascos y a las uvas. Se hallan picoteados por aves, de manera que son confiables. También bebo agua acumulada en el centro de un tronco ahuecado, que me llega a la altura de las rodillas y del que bebe un tordo que se espanta al acercarme. Me despierta el bullicio de una bandada que vuela velozmente entre las altas copas. Su alegría me hace sonreír sin querer.


Continúo hacia el poniente, con clara orientación, corroborada por la brújula que hallo en un bolsillo trasero de mi pantalón.


Finalmente, llego hasta una colina donde se ve un caserío de chozas bajas pintadas de blanco y techos de hojas trenzadas, de una especie de palmera. Una mujer de tez morena y gesto amable me extiende su mano para saludarme. No me esperaba esa clase de recibimiento, por lo tanto respondo con exagerada algarabía. Al instante me encuentro rodeado de chicos y grandes que me miran con la misma curiosidad con que yo los miro a ellos. Varias manos tocan mi pelo largo y rubio y tironean con gran interés, de los cierres de mi mochila.


Me conducen entre todos, hasta la entrada de una casa más grande que las demás. Por unos momentos no entiendo qué hacemos allí parados. La respuesta la tengo al abrirse una puerta, por donde aparece una mujer un tanto obesa y ataviada con una cantidad de adornos, tocados y atavíos dignos de una reina. El destello de las piedras que luce así lo confirma. Ella me mira, me sonríe y yo la imito, por cortesía.


Me invita a entrar. Me clava la mirada por unos instantes. Nos sentamos ante una enorme y pesada mesa, cubierta por un mantel tejido. Luego le ordena a su sirviente que sirva algo de comer. El joven coloca platos de madera rebosantes de frutas y unos delgados discos como panes. Después, sirve jugos fragantes y dulces de unas botellas de barro cocido.


La conversación es larga y un tanto dificultosa debido a nuestros idiomas tan diferentes. Al terminar de comer, hace una seña a otro sirviente que está parado a mis espaldas, para que descorra una cortina roja por la cual aparece una joven muy bella que me sonríe y se acerca para tomarme de las manos. Está muy hermosa. Los tatuajes del rostro son finos y forman delicados trazos en sus sienes y mejillas. Me pongo de pie y ella me guía hasta un pequeño altar adornado con velas y flores, en la estancia más grande de la casa de la jefa del poblado.


La reina preside la ceremonia y cerrando los ojos, eleva oraciones tendiendo los brazos hacia lo alto. Inclinamos nuestras cabezas para que apoye sus palmas a modo de bendición, y al cabo de un rato, abre un libro grueso y amarillento, con tapas de madera. Nos acerca una rama hueca con carbonilla en la punta. Mientras me dice: “Firme aquí, por favor”, se da por finalizada la ceremonia en medio del estallido de pirotecnia de colores, música de tambores y bailes, para festejar nuestra boda autorizada por los dioses que me enviaron desde el cielo. Estamos casados y no tengo deseos de huir.


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Muy lejos de allí, en varios países civilizados de occidente, los titulares de los diarios más importantes, coinciden, casi simultáneamente, en publicar la noticia más resonante de la semana: “No se hallaron rastros del paracaidista caído en la selva del continente africano. La avioneta que lo transportaba, se destruyó al precipitarse violentamente a tierra, cuyos restos fueron fotografiados desde helicópteros militares.”



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