MIS HISTORIAS. La alquimia entre la realidad y los sueños. Entre los sueños y la imaginación.







miércoles, abril 30, 2008

ABRIR LOS OJOS


Lo primero que veo al abrir los ojos es la mano sosteniendo mi pulsera de plata. La misma que me acompaña desde que era tan solo una chica con muchos sueños y pocos medios para hacerlos realidad.
La cortina de la pequeña ventana está descorrida y la luz invade la habitación. Desde mi lecho puedo ver los pocos objetos colgados de la pared. Un perol, una cazuela y varios cubiertos de madera.
El viejo se había quedado dormido. Intento incorporarme y el ruido de los flejes de la cama lo despiertan. Me mira un instante, se levanta de la silla y busca algo en el fogón.
Voy recordando, de a poco. Siento calor. La ropa de hilo limita mis movimientos y en vez de sentarme me pongo de pie. El paisaje desde la ventana me muestra la tierra tan seca y cuarteada, como la había visto antes de perder el conocimiento.
-¿Cuánto tiempo pasó? – le pregunto en inglés.
El hombre no me contesta, se vuelve y sin mirarme me extiende una taza humeante con caldo. Después, coloca sobre la mesa una cesta con higos, uvas y almendras. Se va. Lo veo alejarse y al rato escucho el barrito de un elefante. De dos elefantes.
Miro mi reloj. Está roto.
Entra a la casa una mujer que supongo que es la esposa. Por señas me da a entender que debo comer algo para después partir. Se sienta y me espera.
Mientras bebo el caldo de pollo, con la vista reviso mis cosas. La mochila, el sombrero, la cámara de fotos. Me apena bastante el reloj que ya no sirve.
Le señalo mi muñeca para que me devuelvan la pulsera de plata. Sale, la busca y me la coloca ella misma. Me sonríe como si yo fuera una niña a la que se le concedió un capricho. Le doy las gracias, pero intuyo que no entiende lo que le digo. O tal vez es sorda.

Después de comer, un joven al que no había visto antes, y el dueño de la casa donde desperté, me ayudan a subir a uno de los elefantes. Desde allí siento vértigo, no tanto por la altura, sino por el vaivén de la mole que empieza a caminar. Y detrás de mí viene el viejo, quien se adelanta para guiarme hasta el pequeño aeroparque que visualizo a lo lejos, por el brillo de las chapas de los techos.
A mitad de camino, protegido del sol bajo unas palmeras, veo a un joven de piel oscura, camisa blanca y gorro tejido, que elije las mejores manzanas.

Casi al llegar, suena el celular desde el bolsillo de mi chaqueta.
-Estoy en el hall de embarque – me dice la voz de Pablo – te estoy viendo con mis binoculares.
Sonrío y respiro aliviada. Se debe haber enterado del accidente que tuvo la avioneta que me traía, al aterrizar.

Al llegar, varias manos me ayudan a bajar del elefante que se arrodilla para facilitar mi descenso. O para sacarse una molestia de encima. Tanto el animal como el viejo y el ayudante.

En veinte años de fotógrafa, he captado miles de imágenes de cientos de lugares recorridos. Una vida de aventuras, en la cual el peligro estuvo siempre a mi lado, presente, y a veces, rozándome peligrosamente, como esta vez. Pero la pasión se adueñó de mí y no la cambio por nada. Aunque la cercanía de la muerte me obligue a abrir los ojos, alguna que otra vez.


APL©2008

NOCHE DE DESFILE Y GLAMOUR


El párpado de Robertino Piacere había comenzado a latir, síntoma inequívoco de la proximidad del estallido. Sus manos cuidadas y expertas sostenían las pinzas del vestido y sus labios apretaban con fuerza cinco peligrosos alfileres. La modelo, histérica, se miraba en el espejo y meneando la cabeza en un gesto caprichosamente negativo, chillaba:
-¡No me gusta este traje! ¡No lo voy a pasar, es un asco! Rojo pasión, verde esmeralda y gris perla… ¿qué clase de combinación es ésta? ¡Qué alguien me ayude a bajar el cierre! ¡No quiero usarlo! ¡Me veo horrible!

La platea del salón del segundo piso del Hilton estaba cubierta en su totalidad. Ya había pasado un cuarto de la hora anunciada para el inicio del desfile, y por la escena con Marina Arias, la modelo top del momento, se estaba demorando todo lo programado.
Robertino, con la frente cubierta de gotas que se deslizaban hasta el cuello de su fina camisa, hacía esfuerzos denodados por no perder los estribos. Trataba infructuosamente de convencer a la joven:
-Está hecho especialmente para que lo pases vos, los colores hacen resaltar tu belleza, con ese pelo y esos ojos…
-Te dije que este mamarracho no lo voy a desfilar. Que se lo ponga otra. Yo quiero solamente lucir la lencería.

La palabra “mamarracho” sonó a insulto y se escuchó claramente hasta los pasillos. El modisto puso los ojos en blanco. Le subió la presión y cayó al suelo estrepitosamente. Los organizadores y las demás chicas corrieron hasta donde estaba y lo llevaron en andas hasta el consultorio médico del lujoso hotel de Puerto Madero.

Cuando por fin despertó de su desmayo, Robertino comprendió rápidamente lo que había pasado y mirando su reloj pulsera dio un brinco desde el sofá donde estaba recostado, hasta la puerta de la habitación:
- ¡Hay que echarla! ¡Es una bruja! ¡Me insultó, me humilló!¿Quién se cree que es? ¡Pero por favor!
Y al salir hacia el salón para recibir la ovación del público que lo aclamaba, las modelos vestidas con exclusiva lencería, lo escoltaron, mientras sobre la pasarela llovían rosas.
De pronto, un murmullo generalizado hizo enfocar todas las miradas hacia el escenario por donde apareció la modelo top, luciendo el famoso traje de la discordia, que se había negado a pasar momentos antes. Los aplausos, resonaron intensos y nadie los escuchó cuando se hablaron, mientras sonreían con total disimulo:
-¡Al final me lo tuve que poner porque si no te morías de un infarto, mariquita!
-¡Callate, chirusita, qué sabés de moda vos! Este traje cuesta una fortuna y no lo valorás!

Tomados de la mano recorrieron, juntos el camino del éxito. La gente, de pie. Los flashes, interminables. La prensa, toda.
Los nombres de Robertino Piacere y Marina Arias, brillaban sobre el telón, bordados en pailletes importados de Francia, con letras enormes, como su fama. Y como su vanidad.


APL©2008

NORMA DE LA EMPRESA (DÍA DE FURIA)


“LUZ, CÁMARA, … ¡ACCIÓN!”, me dije como para insuflarme coraje, además de hinchar mis fosas nasales para tomar todo el oxígeno posible. Pulso el timbre y espero un siglo de dos minutos.
-¿Quién es?- contesta la voz gangosa e insufrible de Vilma.
-Norma.
- …
-Quiero conversar con vos.
- …
Pulso de nuevo. Ya a estas alturas, estoy hecha un peligroso manojo de nervios. Escucho que descuelga el auricular en silencio.
- ¿Puedo subir?
-Te dije que sí.
Mentirosa. No había dicho nada. Al escuchar la chicharra empujo la puerta con las dos manos, iniciando una violenta y triunfal entrada.
El ascensor tan herméticamente cerrado aumenta mi taquicardia. Se detiene en el octavo. Luego del ¡ding! se abre la puerta y salgo al palier, que luce tan solitario como hostil. Me resbalo, por el lustre del piso y por los nervios, pero como nadie está mirando, no me importa haberme sentido una marioneta despeinada por el sorpresivo surfing. Lanzo unas buenas palabrotas y vuelvo a mis cabales.
Antes de llamar a la puerta del B, me echo un vistazo en el espejo y borro la línea del entrecejo.
Ahora sí, llamo. Una llave que gira y se abre una rendija.
-No tengo mucho tiempo, pero si te…
-No te hagas la estúpida conmigo – le digo, a la vez que le doy un fuerte empellón. Luego miro mi puño relleno con mechones de su melena teñida de rojo y pienso seriamente en arrancarlos – vengo a buscar las cosas que me sacaste del escritorio, sin pedirme permiso. Especialmente mi laptop, que contiene todo mi trabajo, toda mi vida.

El viernes a última hora yo había renunciado al puesto de secretaria ejecutiva del estudio multimedia de moda. El cerdo de Arancibia, el gerente, estaba convencido de que era imprescindible compartir sábanas conmigo, para obtener mayores beneficios económicos, pero como no le alcanzaba con un simple “NO”, palabra que no necesita subtitulado, tuve que utilizar el idioma de señas con el dedo del medio, y fue el fin.
Vilma era la candidata inmediata para ocupar el cargo. Pero la muy oportunista se apareció cerca de una hora antes que yo, en la oficina, para hacer de las suyas.


-¡Me duele, no me tires del pelo, bestia! ¡Voy a llamar a la policía! ¡Te voy a denunciar! ¡Ay!
Ella nunca podría llegar a entender el placer que me produce tomarla del pelo y hacerla arrodillar por el dolor. No solamente por los efectos personales que me había robado sino por las mentiras que había utilizado para quedarse con mi puesto de trabajo.
-¿Quién anduvo haciendo circular mentiras sobre mí en toda la empresa?
-¡Ay!
-¿Quién le dijo al jefe que yo iba a hacer todo lo posible para ocupar su escritorio y borrarlo del mapa?
-¡Aaaay!
-¿Quién va a volver conmigo a la empresa, para confesar todo y después renunciar?
-¡Aaay, yo! ¡Pero no me tires más del pelo que me duele mucho!



Esta mañana renunció Arancibia. Quedaron al descubierto sus turbias maniobras. Y Vilma hizo lo mismo. Pero antes la mandé a buscar mis nuevas tarjetas de Gerente General de la empresa. Pobre, me dio lástima cuando me rogó que la dejara trabajar acá, por lo tanto le di un guardapolvo celeste, la llave del cuarto de limpieza, y rompí su renuncia. Todo es cuestión de conversar. Es norma de la Empresa.


APL© 2008

jueves, abril 24, 2008

EL CONEJO DEL CONVENTILLO


-¡Se cortó la luz! ¡Se cortó la luz!
La voz del Conejo resonaba en los pasillos del conventillo y todos salían a presenciar el juego. Con el mate y la pava cerca, porque el espectáculo duraba un buen rato. Los adultos, porque por un rato salían de las cuatro paredes de sus habitaciones, y cambiaban aburrimiento por carcajadas. Y los chicos, porque saltaban y corrían detrás de él, como ratones del Flautista de Hamelín.

El Conejo era enano. Joven, pero nadie sabía a ciencia cierta qué edad tenía ni cuánto tiempo hacía que vivía en el conventillo. Era bueno por naturaleza. El apodo de Conejo, se lo había ganado por tener un par de incisivos enormes, los cuales se distinguían a una cuadra de distancia, característica que lo hacía parecer siempre sonriente.
Le encantaba hacerle los mandados a todos los vecinos. O cualquier otro favor. Se daba gran maña para cambiar cueritos de canilla, o arreglar goteras. Ni hablar de la electricidad, él entendía de todo. Lo que no se podía hacer, ahí estaba el Conejo para resolverlo.

De vez en cuando se le daba por salir de la piecita donde vivía con su madre, enana también, y en medio del silencio de la siesta estival, llenaba una pistola de agua, en el piletón del patio y empezaba a correr, arrojando chorros hacia todos lados y gritando como un desaforado:
-¡Se cortó la luz! ¡Se cortó la luz! – mientras abría y cerraba los ojos, sacudiendo la modorra de todos y provocando tantas risas que se podían escuchar del otro lado de la vía. Los más pequeñitos, con su enorme inocencia le gritaban:
-¡Conejo, abrí los ojos, así vuelve la luz!
La diversión se terminaba cuando de pronto y sin previo aviso, decía, muy serio y parado en puntas de pie:
-¡Bueno, basta, se terminó! Tengo que ir a trabajar.
Y los dejaba a todos mojados y agitados de tanto reír y correr detrás de él. El Conejo trabajaba en el kiosco de revistas de la esquina. Ayudaba a don Román, cubriéndolo a la hora de ir a tomar un café con los amigos, al barcito de enfrente, y se quedaba hasta que llegaba la hora de cerrar.



Ayer, después de casi cincuenta años, volví a pasar por la puerta del conventillo. El que había sido mi hogar desde chico, y me detuve en la puerta del largo pasillo, con el mismo parral, pero ahora remodelado para el turismo y las visitas guiadas.
Sentí un aleteo en el pecho al recordar, y si afinaba un poco el oído, hasta me parecía escuchar la voz de aquél loco lindo a quien llamábamos Conejo, gritando con todo lo que le daba su diminuta humanidad:
-¡Se cortó la luz, se cortó la luz!

APL© 2008

PREHISTORIA. HOY. SIEMPRE


I)
Pak sintió que su paciencia estaba llegando a su fin. Su retoño lloraba hambriento y le sonaban las tripas desde muy temprano. Las frutas que quedaban en la vasija de barro estaban casi podridas porque Iuk las había dejado bajo ese sol que ya calcinaba las hojas de los árboles, en ese tiempo de los días más largos. En la cueva no quedaban alimentos para meterse en el estómago y el fuego que nunca debía apagarse en el hornillo, mostraba tibias brasas.

De manera decidida y tan rápida como le permitía su vientre cercano al parto, caminó hasta la orilla del río donde estaba segura de encontrar a Iuk, cargando al pequeño sobre sus hombros. Allí estaba él, de espaldas, sentado debajo del sauce que también refrescaba sus ramas en el correntoso río. Lo llamó, gritó su nombre, pero él siguió inmóvil.
Al acercarse, se dio cuenta que estaba dormido, el palo para pescar estaba a punto de ser llevado por las aguas y los pescados habían sido devorados por las enormes aves que la dejaron casi sorda con sus graznidos feroces.

Dejó su criatura en la sombra. Tomó entonces el palo con la filosa punta de piedra y metiéndose en las aguas hasta los muslos empezó a escudriñar hasta donde le permitía la transparencia del río. Al cabo de un rato, en la canasta que había servido de cuna a su pequeño, ya había algo más de media docena de pescados que agitaban sus colas luchando por vivir. Uno de los pescados, de un salto, fue a caer sobre el pecho de Iuk y lo despertó. El hombre, abrió los ojos con desgano y al ver a su mujer en el agua, emitió un sonido gutural que hizo apartar la rapiña que estaba terminando su banquete de mediodía.
Pero Pak no le temía, porque a veces se comportaba como niño, y ella en alguna oportunidad debió castigarlo con la vara de ortiga, para que no se olvide de buscar los alimentos.

Iuk no quería ver a su mujer enojada, y para congraciarse con ella cargó con la cesta repleta de comida y en el camino juntó las frutas más grandes y jugosas que pudo encontrar.
Pak, con las manos chorreadas de zumo fresco, mientras le daba un trozo al hijito que cargaba en su espalda, sonrió a su compañero. Con gusto le convidó con otro pedazo de fruta más grande, como prenda de paz…

Al atardecer, en la cueva, sólo se escuchaban risas. Pak sabía como conducir su vida, para lograr que todo funcione. Su pequeño vástago los miraba, mientras iba aprendiendo a sobrevivir, cada día…

II)
Desde antes que asomara el sol, Iuk había juntado hojas grandes y limpias. Las había puesto en un rincón de la cueva, donde también estaban las pieles limpias, lavadas en el río. Sobre esa cama, Pak, depositaría un nuevo hijo, el hermano de Nek.

La mujer estaba sintiendo dolor en su bajo vientre, y sabía que el momento de parir llegaría antes de que el sol se volviera a ocultar.

Había sido necesario buscar otro hogar más seguro. Iuk había aprendido a cuidar su fuego y su familia. Una buena fogata crepitaba bien alimentada, no muy lejos de los palos con penachos de pasto seco, que usaba como antorchas, en caso de peligro. Ya no estaba solamente en alerta permanente por las fieras, sino por los ladrones de su poderoso fuego.

Miró a Pak, pero el gesto que ella le hizo con la mano, lo tranquilizó. Tenía tiempo todavía de ir en busca de agua. Los cuencos unidos con trenzas de piel, se movían al compás de sus pasos, colgando de un hombro. Tomó el palo corto con la piedra que había afilado durante la madrugada. Con su elemento preferido para cazar, salió a buscar alguna cría de esa especie de jabalí que correteaba libremente entre las malezas.
Su mujer quedaba hambrienta después del parto, y quería llevarle huesos frescos y recién cortados, para que bebiera la médula que brotaba y la saciaba. De alimentar al niño se encargaría ella, que tenía los pechos henchidos y listos para el nacimiento.

Iuk, ya había conseguido todo lo que se iba a necesitar. Se sentó sobre la piedra de la entrada a la cueva. De pronto, la diminuta mano de Nek le tocó la suya. El pequeño notaba que algo estaba por suceder, y a modo de consuelo depositó en la mano callosa de su padre, un huevo que había encontrado en algún nido escondido.

Juntos, muy juntos, estaban como centinelas, apostados en la entrada de su hogar, mientras miraban el cielo surcado por aves enormes, y nubes violáceas, donde reinaba el globo de fuego, sobre el que era imposible fijar la vista. Había que esperar, sólo esperar…

III)
La luna, con su halo de misterio, se instaló sobre el cielo todavía rojizo. Iuk estaba impaciente ante el parto de Pak. Abandonó la piedra de la entrada, donde estaban sentados con su pequeño Nek, y tomó el cráneo de un ave que usaba para beber agua del río. Lo llenó nuevamente en la orilla y se lo llevó a su mujer.

Pak, en su lecho de parto, en cuclillas, estaba pujando con todas sus fuerzas. Su rostro enrojecido lo asustó como la vez anterior. Sabía que esa tarea debía hacerla ella sola. Le pasó su áspera mano por la frente empapada. Las hojas dispuestas debajo de ella empezaban a mojarse con un líquido rosado. Conocía los instantes previos y le aferró la mano. Otra cría estaba por nacer.

Un último grito de Pak y el primer llanto de Tar, una niña robusta cubierta de sangre y fluídos de vida, fueron la música natural que emergió de la cueva.
Otro nacimiento. Un milagro que Iuk no dejaba de mirar, y una gran sonrisa llena de enormes dientes, se dibujó en su cara.

Ya tenía preparada en una mano, la filosa piedra para cortar el cordón, y de un tajo certero y rápido, las separó, a madre e hija.

Iuk atizó la fogata en el hornillo de piedra. Se sentó junto al fuego y agregó otro colmillo al collar de cuero que lucía con orgullo.

De nuevo su frente se arrugó por todo lo que había que hacer cuando saliera un nuevo sol. En el clan alguien había visto una fiera con dientes como sables. Y esa noticia significaba comida y marfil. Alimento y herramientas.

El nuevo día vendría más tarde, cansado, su cuerpo le pedía ahora, un descanso…

Cuatro rostros de rasgos parecidos, tenían los ojos cerrados. Estaban agotados por las emociones. El fuego iluminaba y velaba el sueño. Por ahora, no había nada que temer.

IV)
Los hombres del clan, miraban con total interés lo que Iuk estaba dibujando sobre la pétrea pared de su cueva. Con la escama puntiaguda de una piedra, trazó el contorno de un animal que traspasaba todo lo conocido y temido. Los dientes como sables eran mucho más grandes que la cabeza, y las garras tenían uñas poderosas.
Con su brazo apuntó hacia donde lo había visto merodeando y luego dibujó las armas que iban a ser necesarias para matarlo y traerlo en pedazos, lo más cerca posible de las familias. Varios pares de ojos observaban esos trazos parecidos a hachas, lanzas, sogas de cuero y piedras con punta para clavar donde permitiera la lucha. Lucha que debían afrontar, para vivir o morir.

Pak, su compañera, se unió al grupo de mujeres, y con la ayuda de sus hijos fueron a recolectar la mayor cantidad posible de frutos, huevos y aves pequeñas.
Todo servía para el acarreo: cráneos, cestas, cuencos de troncos, vejigas cosidas.
Cuando el grupo masculino saliera a la caza de la bestia, la espera sería muy larga.

Dos veces la salida del sol, debieron pasar los hombres, antes de llegar al lugar de donde provenían los rugidos del inmenso felino.
Los hombres tenían las armas prestas, afiladas, en sus puños crispados por la tensión del momento.

El eco los confundía. Al aproximarse a la presunta guarida, volvían a escuchar el rugido saliendo de otro rincón. Cayeron en la cuenta de que era una pareja de enormes felinos, con sus crías, la que estaba muy cerca de ellos.

No tardaron en enfrentarse al macho, que enfurecido, pegaba nerviosos latigazos con su cola, contra la tierra reseca. El sol hizo brillar los dientes puntiagudos, y el par de colmillos apuntaron hacia el cielo cuando abrió su bocaza emitiendo un rugido, que al chocar contra las moles de piedra, se repetía por cientos.

Se estaban enfrentando dos especies. Ambas eran comida. Ambas tenían crías que alimentar. Ambas querían vencer. Ambas tenían derecho a vivir en esa tierra que los vió nacer…

El smilodón se defendía de la rueda que lo había cercado y en sus carnes sentía cómo se clavaban las puntas de piedra de las lanzas y hachas de los hombres. Un tajo en su garganta hizo brotar un chorro de sangre y se formó un río rojo, con forma de delta, alrededor de su cuerpo. Sus garras también se clavaron en la carne de sus rivales y el olor de otra sangre le renovó las fuerzas.
La lucha, los gritos, los músculos tensados al máximo, la sangre, la vida… Una danza enloquecida, en la cual, la invitada especial, era la muerte.
El juego consistía en sobrevivir y esta vez le tocó perder a la bestia de los dientes de sable…

No hay diferencias entre la vida de la Prehistoria y la actualidad. Se cubren los mismos roles, se sufren los mismos dolores, se elevan los ojos hacia el mismo cielo y por sobre todos los milenios, se guardan las esperanzas en el mismo lugar. El alma.






APL© 2008

ENSAYO SOBRE UNA MALDITA COSA


Un ensayo que explique por qué no cerrar la puerta con llave.


Llave. Misteriosa la palabrita. La usamos como metáfora, también. La llave de tu corazón. Secretos guardados bajo llave. Cierro la puerta y escondo la llave, para que no te vayas…

Llave de paso. Pasa agua o no pasa. Si pierde, si se rompe, si filtra, si gotea, nos complica la vida.

Llave de tubo. Llave de cruz. La utilidad de estas llaves es inversamente proporcional a la pinchadura de una rueda del auto. El día que ocurre, las olvidamos en el garaje de casa.
Ni hablar de necesitar una llave inglesa y recordar que se la prestamos al vecino que salió de vacaciones.

La llave ganzúa, tan utilizada por los amigos de lo ajeno. Y la llave maestra, con título académico.

Y como última moda, llaves con chip, para automóviles de última generación.

Es extraña la aureola de poder que envuelve a este pequeño pedacito de metal que abre y cierra las puertas, y que se parece tanto a un signo de interrogación.

Una puerta cerrada con llave da como una sensación de enfrentarse a una muralla, a una montaña. Un pequeño objeto que nos impide trasponer las puertas y nos sentimos vencidos, indefensos y vulnerables hasta la desesperación.
Solamente imaginemos que nos urge llegar cuanto antes a un lugar, y descubrimos que las llaves de nuestro auto se encuentran muy tranquilas colocadas en la cerradura de contacto.
¿Qué es lo primero que tenemos ganas de hacer? Romper la ventanilla. ¿Y qué nos detiene hacer eso, si el vehículo es nuestro? Que nos vea un oficial de policía y nos lleve detenidos por sospechosos. Entonces, elegimos quedarnos afuera. Ganó la llave.

Imaginemos la siguiente situación. Estuvimos durante horas realizando trámites por el micro centro. Es verano, cerca del mediodía, mucho calor y de repente, un ratero nos arrebata el bolso donde teníamos la billetera y las llaves, tanto las de casa como las del automóvil. En un instante nos sentimos como un náufrago en el medio del océano, rodeado de tiburones. Y de nuevo, por culpa de las diminutas y esquivas llaves, nos sentimos derrotados.

O imaginemos esta otra. Nuestra hija ha comenzado a salir a bailar con las amigas, y a pesar de nuestro tremendo cansancio y las terribles ganas de dormir, debemos esperar despiertos la hora de ir a buscarla. Entonces, no nos queda otra solución que darle la llave para que se vuelva en taxi. Y ahí sí que no hay vuelta atrás. Nos morimos de miedo a que la rapten, y ya no le podemos quitar la maldita llave.

Y también existe el tema del cartelito en la puerta de entrada de nuestro edificio, que sentencia:
“Esta puerta debe permanecer cerrada con llave, durante las veinticuatro horas”. Qué lindo es vivir en un edificio seguro, pero que molestia terrible es tener que bajar a abrir a las visitas, estés en el segundo piso o en el décimo octavo.

Pensando en todas las cosas negativas que tiene el hecho de cerrar con llave, me doy cuenta por qué existe este famoso mito de no cerrar una puerta con llave.
Me rindo. Nunca más voy a cerrar la puerta con llave.



APL©2008

lunes, abril 07, 2008

SOLEDAD COMPARTIDA


Se cortó la luz. Como estás dormido, no has advertido nada.
Tu sueño se parece al de un niño confiado, cuya madre vela sus noches, con el cansancio pesándole en los párpados, pero firme, como un centinela de guardia.

La luz se fue. Y con ella la ventanita verde del radio-despertador, el punto rojo de la computadora, el punto rojo del televisor, y la sangre roja de mi corazón.
Qué larga será esta otra noche, también. Más aún bajo la capa negra de la medianoche. El silencio se oye cercano, y unos ladridos, lejanos. Un bebé llora. O acaso sea una gata en algún tejado caliente.
Se escucha una moto que pasa. Luego, un automóvil, raudo, despilfarrando música y risas por las ventanillas.

Qué lejos te siento, dormido, a mi lado. Tu respiración acompasada se empareja con la gota de la canilla de la cocina, que encontró el modo de hacerse notar, dentro de la taza que dejé en la pileta.
Qué lejos te siento, dormido, a mi lado. Tus párpados cerrados me esconden tu sueño que adivino con ella. Esa ladrona de sueños, que te secuestra, llevándote lejos, aunque no te hayas movido, de esta cama nuestra.

La luz ha vuelto. Y con ella la ventanita verde del radio-despertador, el punto rojo de la computadora, el punto rojo del televisor, pero no la sangre roja de mi corazón.

Qué lejos te siento, dormido, a mi lado.
Enciendo el televisor, dejándolo mudo, mientras recorro pantallas buscando alejarme, de esta soledad compartida, que hace tanto ya que es mi amiga, y como en cruel letanía, me susurra, "no lo quieras tanto".

APL©2008

SHILPA RAI, UNA MUJER VALIENTE



I)
A poco de comenzar el año 1907, la repentina muerte de su padre, fundador de uno de los más grandes algodonales indios, había sorprendido a Shilpa Rai, como flamante poseedora de un imperio y de un lugar en el mundo del comercio, que nunca había soñado ocupar.
El trabajo de toda la vida de su padre y de su abuelo, no podía dejarlo caer en manos de codiciosos colegas, quienes no tendrían escrúpulos en comprarlo por migajas.
No le fue fácil decidir entre sus avanzados estudios de medicina, o ponerse a cargo de una industria cuyos vericuetos desconocía. Pero tampoco permitiría que el prestigio de su familia cayera estrepitosamente, sumiéndolos en el dolor y la pobreza.

Al cabo del tiempo transcurrido para acomodar los temas legales y universitarios, partió de Bombay junto con su madre y dos hermanos menores. Afortunadamente, pudo conseguir ubicaciones en uno de los mejores trenes que los llevarían hasta Kunyakumari.
El calor insoportable y la enorme cantidad de gente que viajaba, hicieron retrasar unos minutos, la salida del tren eléctrico. El viaje sería largo. Con suerte y sin contratiempos, tal vez en tres días, podrían estar llegando a destino.
Shilpa y su madre ocuparon un camarote con cómodas camas, baño con inodoro, y ventilador con cubeta de hielo, que brindaba frescura al pequeño ambiente. Sus dos hermanos varones, lo hicieron en otro camarote similar, contiguo.
Al iniciar el viaje, por fin, los mozos de primera clase comenzaron a recorrer los pasillos del tren, llevando bandejas con té y bocadillos. El desfile no cesaba debido a la gran cantidad de pasajeros, y a la hora de la cena, las bandejas iban cada vez más repletas.

Para pasar el tiempo, que por momentos se hacía extremadamente tedioso, mientras su madre bordaba y sus hermanos recorrían los pasillos del largo tren, Shilpa leía sus novelas favoritas de Rudyard Kipling.

Deseaba llegar cuanto antes a los algodonales, pero también anhelaba poder volver a los estudios de su amada carrera.
Mientras estaba inmersa en sus pensamientos, escuchó una voz:
-La invito a tomar un delicioso té, hermosa dama, con la simple intención de que pueda comparar ambas clases, india y japonesa, siempre y cuando disculpe mi osadía.
Shilpa abrió los ojos y no podía dar crédito a lo que veía. El propio autor del Libro del Té, la estaba invitando a tomar… té. Okakuro Kakuzo, extendió su mano y la joven no dudó un instante en aceptarla.
Ambos se habían conocido durante la presentación del libro que revolucionó el mundo del té, y se habían sentido atraídos, desde entonces. Pero las respectivas actividades, los habían alejado.

El viaje a Kunyakumari, ahora, había tomado un cariz totalmente diferente. Mientras se hallaban en el vagón comedor del tren, Shilpa miró su taza de té humeante y luego se encontró con un par de ojos orientales que le infundían toda la paz del mundo. Dos jóvenes provenientes de culturas tan diferentes, se habían encontrado en un atestado tren, para apostar, una vez más, a la vida.

II)
La llegada de la familia Rai a uno de los campos algodoneros más grandes de Kunyakumari, se produjo según lo previsto. Shilpa era siempre la encargada de los trámites, tanto para instalarse, como para dejar reorganizada la empresa familiar. El algodón de la India, en esos momentos, era el que mayor demanda presentaba en el mercado mundial. Y había que aprovecharlo con visión de futuro.

El tren elécrico que los había traído, se encontraba todavía en el gigantesco andén. Shilpa se despidió del joven escritor japonés, Okakuro, quien continuaría su viaje hasta Gujarat. La promesa de un pronto reencuentro selló el momento.
Al ponerse en movimiento el tren, la joven alzó su pañuelo rojo despidiéndolo. La figura del escritor, recortada en la ventanilla del camarote, se fue empequeñeciendo cada vez más. Shilpa guardó esa imagen en su corazón.

Transcurridos cuatro días desde la llegada de los Rai, Shilpa viaja nuevamente en tren hasta Rajasthán, para contratar más personal para el campo. Alojada en el hotel, mantiene contacto con su madre y con el joven japonés. Es allí donde recibe un cable proveniente de Gujarat. Okakuro le estaba informando que vigilara que los campos no fueran trabajados por menores de catorce años, porque podría tener problemas con la justicia, corriendo el riesgo del decomiso de la plantación.
Justamente, y advertida de la noticia, pudo ver que la gran mayoría de los que formaban filas buscando trabajo, en el edificio gubernamental, eran niños menores de la edad permitida.
Shilpa contrata una veintena de hombres y otro tanto de mujeres, pero se niega rotundamente a incluir niños. La pobreza que presentaban en sus cuerpecitos y en sus miradas, la conmovieron profundamente. Pero se mantuvo firme.

Dos días después de cumplimentados los trámites, vuelve en tren hasta su nuevo hogar.
Durante el viaje, sus ojos se llenaron de imágenes que quedarían grabadas para siempre.
Familias de granjeros, tejedores y labriegos, compartían el mismo tren donde se encontraban bien diferenciadas, las franjas sociales. Ricos y pobres. Amos y contratados. Tal vez, lo que solamente los igualaba, eran las esperanzas.

Al llegar a Kunyakumari, el abrazo con su madre y sus hermanos, le produjo un largo suspiro de alivio. Había tanto por hacer…

III)
El desarrollo de la gran empresa familiar, sumió a Shilpa en múltiples actividades. La joven y aristocrática india, había tomado conciencia que Inglaterra era el país que mayor competencia ofrecía, ya que el algodón inglés también tenía gran demanda.
Las colonias inglesas de Norteamérica habían copado, también, el mercado. El crecimiento de la explotación de algodón, para exportación y consumo interno, era una de las noticias que recorrían el mundo.

Shilpa viajaba constantemente desde Kunyakumari hasta Gujarat, donde su joven enamorado, Okakuro estaba en los comienzos de la organización de una empresa de explotación de té.
La joven se había insertado y adaptado a la febril rutina de cada viaje, con un pasaje tan compacto como diverso. Sus ojos, ya observaban con un protector desapego, las escenas que se sucedían en los vagones. Mercaderes, mujeres de todas las edades, viejos y niños. Era muy notable la cantidad de niños que viajaban en los trenes... Algunos solos. Otros, con algún familiar. Sólo las criaturas lograban conmover profundamente a Shilpa. Viéndolos, agradecía a la vida que tanto ella como sus hermanos, hubieran podido estudiar y superarse.

Okakuro la estaba esperando en la estación de Gujarat, debajo del inmenso reloj sobre una de las arcadas del andén, como lo habían acordado. El encuentro sería muy importante para ambos, ya que además de reafirmar sus sentimientos encaminados hacia un futuro común, tanto ella como él, aunaron esfuerzos y gestiones para moverse en un mundo mercantil, cada vez más convulsionado.

Luego de unos días, de amor y negocios, Shilpa regresó a su casa y a la actividad de los campos de algodón. Esta vuelta en tren, tal vez fue la que más corta le pareció. No solamente estuvo pasando días muy felices con su amado, sino que también regresaba con la licencia para que sus hermanos instalaran lo que tanto habían soñado: una fábrica de máquinas cosechadoras, de reciente invención, con las cuales la producción se realizaría a pasos agigantados. Sus ojos se inundaban de emoción, pero al mismo tiempo, sonreía recordando a su padre.

La familia Rai le rendía un merecido homenaje al fundador de una gran empresa familiar, con su amoroso recuerdo y el trabajo constante y duro.

La vida de Shilpa, al cabo de un tiempo, transcurría feliz, del brazo de su flamante marido de origen oriental y fuerte empresario del té. Sus hermanos, afianzados, al frente de una pujante industria metalúrgica. Y su madre,transitando una vejez tranquila y serena, pero atenta a los cambios políticos, culturales y económicos que comenzaban a vislumbrarse en su amada y castigada India.


APL©2008