MIS HISTORIAS. La alquimia entre la realidad y los sueños. Entre los sueños y la imaginación.







lunes, julio 28, 2008

LEGADO PATERNO


Ahora el mar es sólo un pozo. La gigantesca mano toma el lápiz transparente como el aire, y tacha el último ítem del orden universal.
Debe completarse la lista de tareas a realizar. La mayor explosión demográfica ha desbordado los límites establecidos. Cincuenta años de edad promedio es una buena etapa para resistir los tramos finales de una ancianidad, debilitada por las carencias.
El último huevo del último nido se ha transformado en la última golosina de la última ave sobre la faz de la Tierra.
El fondo de los océanos, mares, ríos y lagos, muestran su desnudez. Caracoles, anclas, botellas con mensajes, esqueletos sin procedencia, edad o naturaleza, cofres, arena candente, aparecen de nuevo, después de las aguas.
Los caminos, vacíos de todo y llenos de nada. Sólo rectas y curvas que ascienden y descienden. Ni una molécula de agua ha quedado en todo el contorno del planeta.
Ni un milimétrico pedacito de nada. Los colores abandonados emigran hacia otros mundos, montados en remolinos de hojas amarillentas. En plumas perdidas y errantes. En ecos lejanos de voces olvidadas.
El silencio es corpóreo, ruidoso, agudo. Los refugios subterráneos guardan latidos cada vez más débiles. Afuera no existe ya más la vida. Debajo, ya casi tampoco. Falta poco. Todos duermen, se empequeñecen, desaparecen.
La gigantesca mano retoma el lápiz transparente como el aire y escribe sobre la hoja de nebulosa, un nuevo renglón de un nuevo orden.
Un óvulo recién creado alberga un espermatozoide recién diseñado. En un crisol de estrellas, un rayo de otro sol, más joven, se posa sobre el embrión.
Y la mano anota, con prolijidad eterna, el momento preciso en que el hombre recibe lo que se ha establecido como una nueva oportunidad. La segunda. La última.
Los brazos humanos se extienden para recibir el legado paterno.
Y surge nuevamente la vida.
Nuevamente el agua.
Nuevamente el aire.
Nuevamente, ser.


APL© 2008

miércoles, julio 16, 2008

EL LIBRO DE PETER PAN


La clase de lectura es la que más ansío que llegue, de todas las actividades curriculares del Jardín. Nada se compara con el placer que me producen las caritas de mis oyentes, expectantes, asombrados, sentaditos en círculo sobre la alfombra del salón de música.

La salita verde cuenta con un numeroso y bullicioso grupo de nenas y nenes, que al saberse los “más grandes” del jardín, se comportan como dando el ejemplo a los más chiquitos.

Matías es mi ayudante durante esta semana. Mientras preparo el atril con el libro de cuentos, él va a buscar a sus compañeros hasta la salita. Le toca ser la locomotora del tren, de manera que tomados de los hombros, los vagones van llegando en fila y se van ubicando, adoptando posiciones confortables, para escuchar mejor.

Inicio la lectura de Peter Pan y la suave música del equipo propicia el clima deseado. La hora mágica ha comenzado, como les digo siempre, y en verdad es así, porque los personajes de turno nos llevan de viaje por todo el mundo. Inclusive a mí, que me sé de memoria cada renglón del libro.

Ángeles, apoyada en sus codos, se toma la carita y mientras pellizca una galletita dulce, su mirada me dice que le gusta lo que escucha. José, muy atento, hace redondeles invisibles con un dedo, sobre la alfombra.

Federico, tiene los ojitos cerrados pero no se pierde un detalle de mi relato. Cada tanto, asiente con la cabeza y sonríe, como si lo tuviera a Peter Pan delante de él.

El resto de los chicos, en actitud similar, disfrutan del cuento hasta el momento en que digo “…y colorín, colorado, este cuento se ha acabado”.

Mientras se van poniendo de pie, dando forma nuevamente al tren que los trajo hasta el salón, vuelvo el libro a su lugar del estante, y de repente, una especie de tarjeta postal se desliza de la solapa del mismo. Matías, al verla me la extiende.

La visión de la tarjeta de colores vivos y siluetas tan conocidas, me desgarra el alma mientras la miro, reavivando recuerdos que creí que ya no volvería a sentir. Sin darme cuenta, mis ojos se van desbordando.

-Seño, ¿te dio lástima Peter Pan? ¿Por qué estás llorando?
-Estoy emocionada, Matu, pero ya va a pasar.

La tarjeta invitaba a tu debut como bajista. Era el inicio de tu carrera con el grupo, y las giras por el país. Al dorso, quedó plasmado el final de nuestra historia, con un demoledor “Adiós”. En el Jardín, donde fuimos algo más que buenos colegas, nos unió la música. Y la música, también, se encargó de separarnos.

-¿Dónde guardo esta tarjeta, Seño?
-Guardala en la solapa del libro de Peter Pan, tesoro. Es mejor que quede allí. (En el País de Nunca Jamás...)


APL© 2008

jueves, julio 03, 2008

CICATRICES

Por primera vez observó el Sol, el exterior no era como lo imaginaba la pálida y bella diosa.


Nunca había visto a su hermano Sol, así, con forma de disco incandescente. Aletargado, él no advirtió que Selene había decidido pasear su imponente presencia, fuera del reino.


La bella, había decidido bajar a la tierra porque, ignorando la pasión que había desatado en el nieto de Zeus, lo había estado observando desde la nube en que se hallaba asentado su trono de oro, y había descubierto que el hermoso pastor le provocaba inquietud, una deliciosa inquietud.


Endimión se había refugiado en el monte, se dedicaba al campo y a los astros, y renegaba de su origen divino.


Selene sentía que algo le ocurría en su interior, cuanto más cerca se encontraba de la tierra. Y por ende, de Endimión. Pero no reprimió sus impulsos. Por el contrario, arrastrada por la fuerza de su pasión, no podía frenar el deseo de saber si era correspondida.
Sabía que el joven pastor acostumbraba a dormir dentro de una cueva que le servía de morada, cuando dejaba las tareas diarias.


Que también descansaba desnudo en la entrada, al aire libre, cuando el tiempo lo permitía. Y que antes de dormirse evocaba a Selene, nutriendo su corazón de un amor en silencio. Luego, caía rendido, internándose en el mundo de los sueños.


La primera vez que Selene observó lo que hacía, comenzó a visitarlo cada noche. Descendía lentamente desde su trono hasta la cueva, deslizándose sobre un haz de estrellas pulverizadas y fulgurantes, tratando de no salpicar con las frías partículas, el cuerpo de su amado, y muy especialmente, tratando de no interrumpir su sueño confiado y profundo.


Se recostaba a su derecha y permanecía así, junto al dueño de su amor, toda la noche.


Poco antes del amanecer, con una gran pena en su corazón, Selene desandaba el camino hacia el cielo, nuevamente.
Durante mucho tiempo se amaron así, de esa manera tan particular. Endimión la adoraba y la amaba en cuanto divisaba su brillo plateado en lo alto. Y Selene acudía a él en cuanto notaba que el sueño lo había vencido, conduciendo un carro de plata tirado por un yugo de bueyes blancos, a través del sendero de estrellas.
Pero cierta noche, Endimión despertó. Y en ese mismo momento ambos se vieron envueltos por una gran felicidad. Sin embargo, esa felicidad se vio ensombrecida por una duda que asaltaba a Endimión. Era el temor creciente de perder a Selene, el cual tenía su explicación. Al haber transcurrido el tiempo, el cuerpo del pastor había comenzado a acusar deterioro y a marchitarse. Entonces le pidió a Selene que le concediera juventud eterna con su poder divino. Ella recurrió a Zeus y éste decidió que Endimión no sufriría el paso del tiempo mientras estuviese dormido; sólo envejecería durante la vigilia.


Endimión le hizo prometer a Selene que lo acompañase siempre mientras él estuviera dormido. Los amantes decidieron que Selene lo despertara apasionadamente, cada vez que descendiera de su trono, para encontrarse con él. Tan bella era Selene, vestida con túnicas blancas y etéreas que Endimión no terminaba de creer que su sueño era tan real como maravilloso.
Mas, la sombra del infortunio se hizo presente. El Sol, hermano de Selene, ya no consentía que ella descendiera hasta la tierra. No era digno de una diosa de su estirpe, rebajarse a tener amores con un pastor. De manera que cierta vez discutieron tanto, que ya no había posibilidad de entendimiento. El Sol, enfurecido, pensó y pensó en una forma de hacer que algo opacara la belleza de Selene, para que nadie volviera a fijarse en ella. Y mucho menos, enamorarse. Entonces, en un ademán desesperado arrancó de su superficie un puñado de brasas candentes y las arrojó en pleno rostro de la diosa. Los trozos se pegaron a su pálida tez, provocándole quemaduras tan dolorosas como enormes.


Selene, horrorizada, se refugió en el punto más alto de los cielos, para nunca más volver. Su rostro, desfigurado por las cicatrices, ya no era el de antes. En cambio, su amor por el pastor era cada día más profundo.


Endimión, no pudo seguir gozando del amor de su Selene. No se explicaba la repentina ausencia. Permanecía todas las noches entristecido, esperándola, mirando hacia lo alto y jamás reconoció en la cara de la luna llena, el rostro de quien amaba tanto. Jamás.




APL©2008