MIS HISTORIAS. La alquimia entre la realidad y los sueños. Entre los sueños y la imaginación.







domingo, septiembre 28, 2008

DOS CUENTOS SOBRE EL MUNDO DE LAS CARRERAS


SIMÓNIDES, EL CAMPEÓN


Diocles tiene doce años. Ingresa a la palestra para desarrollar músculos y disciplinar nervios. Quiere tener su carro tirado por una yunta de alazanes árabes, para competir en los Juegos Olímpicos.
Simónides mira a su hijo con orgullo. Como él es campeón de carreras de bigas, lo comprende y accede. Su destreza como auriga, es arrolladora. Su orgullo deportivo sólo permitirá que su propio hijo ocupe el lugar del que goza hoy.
Diocles ve a su padre competir. Admira la fuerza de esas piernas. Observa el puño izquierdo que sostiene las riendas con fuerza, y el látigo en la derecha, que silba rasgando los aires. El par de frisones, su raza preferida de corceles, reluce bajo el sol. Las tribunas aúllan coreando el nombre de su padre, y Diocles aprieta las mandíbulas por empatía natural.
Las trompetas gritan la largada. “Zeus está a tu lado, padre”, piensa, emocionado, sin quitar la vista de su biga.
Luego de la séptima vuelta, encarnizada y peligrosa, Simónides gana la carrera y el pueblo lo vuelve a endiosar.
“Honraré su lugar”. La lágrima rebelde cae y estampa una medalla en el pecho agitado de Diocles.

“Cuando cumpla veinte años, seré como él”.


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VELOZ COMO RAYO


Rayo corre hasta alcanzar setenta kilómetros por hora. Tiene todas las características del galgo ideal. Es delgado, y la estructura aerodinámica de su cuerpo lo hace veloz para competir … y ganar.
Lo llevo por todo el mundo. Se conoce los principales galgódromos de memoria. Y tiene perfectamente en claro que debe correr detrás de esa maldita liebre electrónica, aunque le cueste la vida.


Sólo tiene una pequeña debilidad que se llama Regia, una galgo tan veloz como mi can. Y por su culpa, ha perdido dos carreras. El muy bobo, se pega detrás de ella y se olvida de la competencia.

Son vanos mis gritos y mis órdenes para que deje esas pavadas para otro momento. Regia lo vuelve loco con sus encantos.
Hoy corre en España, y por suerte no veo a Regia en la lista de corredores.
Está a punto de largarse la carrera. La liebre electrónica, en el carril correspondiente, atrae las miradas caninas y humanas.

Suena la corneta y noto que Rayo se pega detrás de otro galgo.

“¡No, no puede ser! ¡Es Regia!”

Sin ganas de ver el final, me dirijo al bar, mientras dejo perder mi mirada en los picos nevados de los Pirineos…


APL©2008

sábado, septiembre 27, 2008

TRES BREVES CUENTOS SOBRE ESPÍAS DE LOS AÑOS '20


JAIME, MI AMOR

-“Me gusta verte así, bajo la parra,

resguardada del sol del mediodía,

risueñamente audaz, gentil, bizarra,

como una evocación de Andalucía.”

Jaime recitaba las estrofas de Carriego y esperaba mi reacción.

-¡Carriego! ¿Cómo sabías que amo los poemas de Evaristo?

Puso el libro en mis manos, enlazado con moño rojo, y me besó con pasión.
Jaime era perfecto. Hacía morir de envidia a las chicas de la orquesta.

-¿Es alemán? Es muy buen mozo, parece actor de cine.

Noches atrás me había llevado a ver la última película de Rodolfo Valentino, y al verlo de reojo pude notar el parecido con el actor. Lo había hecho adrede, pensé sonriendo.

-Debo viajar a Alemania. Cuando regrese, nos casamos.

Jaime trabajaba en el Banco Alemán Transatlántico. Mis padres lo adoraban, porque parecía tener una sólida posición económica y porque me había regalado un acordeón, el cual yo había estrenado en la orquesta de señoritas.

Un día, mientras leía la tapa de “Crítica”, al ver una fotografía, dejé de respirar:

-Se llama Hans, no Jaime. Es espía alemán. Lo ejecutaron en la cámara de gas… - murmuré espantada.


Entonces, enloquecida, arrojé al fuego del hogar, un libro y un acordeón. Y mi corazón.
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LA LISTA

El bar bullía de soldados. Brillaban los botones militares, y también los rostros, por los efectos del alcohol. Se festejaba el centenario de la triunfal caza de los decembristas, y desde las mesas surgían los gritos eufóricos. "¡Daj Bog ne v poslednij raz!" ("¡Que no sea ésta la última vez que bebemos juntos!”). "¡Za udachu!" ("¡Por la buena suerte!").

Olga iba de mesa en mesa con la bandeja llena de vasos con vodka. Su marido la urgía con insultos.


-¡Olga, maldita mujer! ¡Apura esos tragos, torpe!

Estaba harta de todo. Del olor a sudor, de los insultos de Iván, de las palmadas anónimas en sus nalgas y de las miradas lascivas de la soldadesca.
El oficial le hizo una seña y la mujer asintió, levemente. Simulando acercarle otra copa, Olga le extendió la lista de algunos traidores buscados. Había aprendido a escuchar, pero había agregado otro nombre.

El hombre la escudriñaba, y preguntó, desconfiado:

-¿Iván, tu marido?

Luego, convencido, le entregó el paquete de rublos en chervonets.

Olga escondió su tesoro debajo del piso. Estaba comenzando a olvidar, porque ya no le importaban ni el último insulto conyugal proferido, ni la última palmada en sus nalgas. Su mente viajaba hacia América.
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TOPAZIO

Mireille observaba a su hija frente al tocador. El corte a lo garçon y la clochè de terciopelo, enmarcaban su rostro aniñado. Se había convertido en una bella mujer, que vestía a la moda parisina.
Afuera, junto a la acera, aguardaba la flamante Bugatti verde inglés de su compañero de universidad.

-Ivi, se dice que las universidades son semilleros de espías. Temo por ti.

-Sólo voy a estudiar, madre. No te inquietes.
La joven, había elegido el profesorado de Filosofía.

A Mireille, le alarmaba el enorme interés de su hija, por los debates políticos que se llevaban a cabo en la sala Magna de la casa de estudios. Los universitarios admiraban a Lenin, mientras todavía conmovía la noticia del fusilamiento de la espía holandesa Mata Hari, cinco años antes.

El creciente temor de que su hija cayera en las redes del espionaje, no la dejaba dormir. Hasta que una noche, mientras Ivonne estaba ausente, encontró entre sus apuntes la evidencia de que pertenecía al grupo Topazio.


Por ese motivo, cuando el grupo de hombres llamó a su puerta, preguntando por Ivonne, vistió con ropas de su hija y no dudó en entregarse, diciendo:

-Yo soy Ivonne. Vivo sola en París.


(Cuento mención en el Foro de Cuentos de La Nación, 25 de Septiembre de 2008)
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martes, septiembre 16, 2008

VIENE DEL OCÉANO




-Tenés las manos mojadas.
-Vengo del océano.
-Pero, ¿vivís en un barco?
-No, ya te dije, en el mar, ¿me acompañás? Te quiero mostrar.

No puedo resistirme. Mientras vamos caminando hasta la playa, me cuenta sobre su casa de corales, sus sillas de caracoles, sus faroles de anguilas, y de sus padres. Me dice que tienen colas cubiertas con escamas. Y que él también tiene cola, pero en la superficie se le transforma en un par de piernas, con pies y todo. Y me habla de su hermana, que todavía es una sirena menor de edad como para subir y andar caminando con piernas, por todos lados.

Apenas nos sumergimos me insufla aire con su boca sobre la mía y empezamos a nadar hacia el fondo. En ningún momento siento miedo de no respirar. Los peces pasan a mi lado y al darme vuelta para mirarlos, mi pelo ondulante, me tapa la cara.

Seguimos descendiendo. Está oscuro, entonces toma un ramo de algas fosforescentes que iluminan todo.
-Tienen bacterias luminíferas – explica.
Yo sigo mirando, absorta, como embobada.
-Tengo que volver - le digo sin ganas.
-Como quieras, mañana venimos más temprano.
-¿Puedo contarle a alguien?
-Nadie te va a creer.






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ROMANCE BAJO LAS ESTRELLAS


La obra abandonada había propiciado hermosas leyendas, y una de ellas es que como en su interior se forma una inexplicable cámara de aire que permite respirar normalmente, la idea de pasar un día debajo del mar, es tan atractiva como insoslayable.

El Gobierno de la provincia de Buenos Aires había aprobado la construcción de un túnel subfluvial en la Bahía de Samborombón, desde Punta Rasa hasta Punta Piedras. Ciento treinta y cinco kilómetros de longitud, con ventanales que permiten disfrutar de la belleza del fondo del mar, ya que tiene diez metros más de profundidad, que el Hernandarias.

Preparamos nuestro equipo de camping y nos vamos en el jeep de Ariel.

La entrada de la solitaria construcción consta de una curva que desemboca en una cámara de acostumbramiento para la visión, y luego, en línea recta, descendemos por el túnel, que nos invita a presenciar la vista más maravillosa. A unos cuarenta metros de profundidad, tenemos ante nosotros un espectáculo que nos fascina y nos impide pestañear.


Nuestra cámara capta imágenes del fondo de nuestro Mar Argentino, hasta que advertimos que estamos abrazados bajo las estrellas de mar, adheridas al techo transparente, y a nuestras retinas, definitivamente...



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LA LIBERTAD DE AUGUSTO




Augusto no cabía en sí de la euforia contenida durante largos meses. A escondidas de su familia, había terminado de construir su batiscafo secreto, sin escatimar en materiales, como acero y cristal de cuarzo, por una cuestión de seguridad.

-¡Soy libre! – murmuró emocionado, mientras se lanzaba al mar del Caribe mexicano, durante una serena madrugada.

Lo maravillaba la sensación de estar rodeado por agua, flotando lentamente entre bancos de peces, macizos de anémonas ondulantes, pequeñas grutas por las que entraban y salían congrios, morenas, pulpos y pequeñas rayas. Un mundo silencioso, pletórico de vida, se abría ante los ojos desmesuradamente abiertos de Augusto, quien mientras vigilaba la telecámara, el oxígeno y la profundidad, sonreía al recordar la leyenda de las sirenas envueltas en perlas que mencionaba Jacques en sus crónicas.

Al cabo de unas horas, luego de merendar pan, queso y frutas que había cargado en una pequeña caja, buscó un hueco para estacionar su vehículo submarino y se durmió agotado, pero feliz.

***

Noticias del mediodía:
-“No se hallaron rastros, aún, del ex profesor de buceo, que escapó del hogar para ancianos, hace ya casi seis meses. Según testigos que lo vieron caminar hacia el mar, se trataría de un suicidio”



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martes, septiembre 02, 2008

CORAZÓN DE PIEDRA


Elisa volvió a llenar su vaso de licor, y mientras simulaba peinarse y retocarse el lápiz labial, observaba a Ricardo por el espejo.
-Prometiste que antes de Navidad me obsequiarías lo que te pedí en tantas oportunidades.
Los ojos de color violeta de la bella mujer, tenían el fulgor asesino de alguien que se siente capaz de todo, con tal de lograr sus caprichos.
-No tengo tiempo de llegarme hasta Cartier. Pero me garantizaron que La Peregrina será tuya. Deberías calmarte y comprender que los ensayos en el teatro no…
El estallido del vaso contra la pared del cuarto, le pasó tan cerca al elegante galés, que su inmovilidad duró varios segundos. La aparente indiferencia ocultó el sobresalto.
Elisa volvió a contemplarse en el espejo. Ricardo sabía del poder afrodisíaco que ejercían las joyas, sobre su mujer. Amaba su codicia salvaje. Por lo tanto ocultó una leve sonrisa, luego de esquivar el arrebato.
-No me dirás que treinta y siete mil dólares arruinaron tus finanzas. Esa perla anduvo balanceándose por los escotes de mujeres que no la merecieron jamás – dijo Elisa, con desprecio.

Elisa no aparentaba los espléndidos cuarenta años que estaba a punto de cumplir, según su partida de nacimiento. Ricardo conocía su ardor en el lecho matrimonial, posterior al acto de entregarle un estuche de terciopelo, como promesa de amor. Valía la pena pagar cualquier cifra, tan sólo para disfrutar de su mujer, convertida en una fierecilla, bajo los efectos del champán y los caros destellos de una joya.

Tiempo atrás, Ricardo había adquirido la famosa perla en una subasta. La joya tenía sobre sí una leyenda capaz de ablandar el corazón de cualquier mujer. Según le contaron, la habría descubierto un esclavo, en Panamá, hacía unos cuatrocientos años. Tenía forma de lágrima, enorme, y un brillo iridiscente, incomparable. La joya vintage y perfecta había deslumbrado a Elisa desde el primer momento en que la vio en la exposición de joyas a rematar. Además, el sólo hecho de saber que la Peregrina había pasado por varias manos reales, hacía que su obsesión por tenerla y mostrarla, creciera día a día. La perla se la había confiado a Cartier para hacerla incorporar a una gargantilla de rubíes y diamantes, que Elisa adoraba.

Elisa y Ricardo, en esos momentos, estaban abocados a sus respectivas tareas actorales. La fama los había comenzado a marear, levemente. En medio de los ensayos de una superproducción por demás de ambiciosa, para la que habían sido contratados con suculentos dividendos, asistían a cuanto estreno o cena benéfica se les cruzaba por el camino. Y también se hacían un tiempo para ir a contemplar las vidrieras de Van Cleef, Arpels y Bulgari, para saciar la sed patológica de Elisa por poseer las joyas más caras y hermosas del mundo.

Durante un viaje relámpago a Budapest, para festejar los cuarenta años de Elisa, Ricardo la sorprendió regalándole el famoso diamante Krupp, de treinta y tres quilates. La hermosa actriz no cabía en sí de felicidad, olvidándose, por unos minutos de que en Nueva York la esperaba su Peregrina.
-Pareciera que me murmura “quiero compartir contigo mi magia” – murmuraba Elisa, mientras deslizaba la espectacular joya por su mejilla.

Más. Cada vez más parecía exigir Elisa a su marido. Así, logró poseer el diamante con forma de pera de sesenta y nueve quilates, y más tarde, obtuvo un diamante amarillo con forma de corazón, el cual, había sido dejado de lado, cuatrocientos años atrás, para ser reemplazado por un Taj Mahal.

Todo era insuficiente, nada la saciaba. Elisa gozaba ante la contemplación de sus piedras y perlas. El zafiro cabuchon que le había obsequiado como anillo de compromiso, algún lejano pretendiente, también se guardaba celosamente en medio de la colección.

Los años se sucedieron, moderando los ímpetus pasionales de la pareja. Los contratos también habían comenzado a espaciarse. Cada vez con menos asiduidad. Ya se habían transformado en una pareja aburrida y sus fulgores millonarios ya no encandilaban a nadie.
Elisa, eclipsada por estrellas más jóvenes, ya no figuraba en los castings de las empresas filmográficas.

Menos ahora, que se ha convertido en una rica septuagenaria, sola, tras la muerte de Ricardo.

Elisa mira sus joyas, elige al otrora amado Krupp, y arrojándolo contra ese espejo que se burla mostrándola tal cual es, balbucea con voz ronca:
-¡Para qué necesito ahora esa piedra maldita!
El ruido de los cristales rotos, sólo asustó al pequeño pekinés blanco, que acompaña sus insomnios.


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LA GORGUERA DE PERLAS Y ENCAJE




Jerónima tomó la capa negra de paño y con ella dibujó un círculo sobre su cabeza. La hizo girar y girar por el aire, mientras miraba las ondas que se formaban en la rumorosa y mórbida prenda. Adoraba el rumor de la tela. Volvió a agitar nuevamente la capa, hasta casi alcanzar el cielorraso de ladrillos.


Por el ímpetu, las palomas que la miraban desde la ventana, huyeron sin comprender. Y las velas de la lámpara del techo temblaron a coro por el sedoso viento.


-¡Jerónima! ¿Qué estás haciendo con la capa del caballero de Silva? La joven, sorprendida en su arrebato, rápidamente dobló la capa, y la devolvió al estante en donde estaban la gorguera y los puños bordados totalmente en perlas. Las prendas esperaban ser usadas por el caballero que posaría para Doménikos, el artista de moda.


Las mejillas encendidas le ardían a Jerónima, quien no se animó a mirar a su esposo a los ojos. El atelier estallaba por la cantidad de cuadros y retratos que le habían mandado a hacer, los señores ricos y sus esposas. En medio de un severo silencio, entre los dos acomodaron los pliegues del cortinado que serviría de fondo para el retrato. La alfombra, espesa, lucía arabescos de pálidos matices, así como también manchas de óleo, de diferentes colores, como resultado de salpicaduras de los pinceles.


Horas antes, Jerónima había lustrado con fervor, la bruñida empuñadura de la espada que tomaría en su mano, el caballero de Silva.


Junto a la ventana, la mujer había colocado una jofaina con la jarra llena de agua fresca, y la servilleta almidonada, sobre la mesita vestida.


También el vaso con la vara de nardos, estaba listo como todos los días. El caballero que estaba por acudir a la cita del retrato, así lo había solicitado, ya que el viaje desde su finca, era largo y agotador, y gustaba refrescarse, antes de posar por una larga hora, que a veces llegaban a ser dos.




A las cuatro de la tarde en punto, apareció en la puerta del estudio, una doncella al servicio doméstico del artista, acompañando al elegante caballero Juan de Silva, dispuesto a someterse a las indicaciones, como un vulgar modelo.


Jerónima, con algo de rubor en su rostro, disimulando apenas el impacto que le producía la proximidad de tan elegante caballero, lo saludó inclinando su talle levemente, y fue a pararse junto al pliegue del telón de fondo, para observar el trabajo de su esposo, pero a decir verdad, lo que más le impresionaba era la mirada profunda y melancólica de don Juan.


Por lo tanto, como convidada de piedra, se quedaba muy quieta, cruzando de a ratos, furtivas miradas con el caballero.


A medida que avanzaba la tarde, Jerónima fue colocando más velas a los candelabros, ya que algunas se habían consumido hasta el final de sus pabilos.


Los hombres bebieron cognac durante el intervalo y conversaron de trivialidades, para amenizar la lánguida jornada.


Continuando con otra sesión de pintura, el caballero acomodó su capa nuevamente para posar otro rato más, dejando ver levemente su gruesa cadena de oro, colgando sobre el pecho.




Jerónima, fiel a su condición de mujer curiosa, no dudó en preguntar qué contenía el gran relicario que apenas se distinguía entre las ropas de don Juan. El caballero, con una suave sonrisa le mostró el mechón rubio de su amada, atado con una cinta de color rojo, objeto que gozaba del privilegio de ser el más lucido por él. Casi lo único que usaba, como hombre comprometido con su futura esposa.




Los días se fueron sucediendo. El retrato del caballero recibía los últimos retoques en los detalles. Jerónima sentía una nostalgia anticipada porque se acercaba el día de la despedida. Don Juan de Silva, en algún momento se iría, con su retrato terminado, y las tardes ya no serían las mismas, sin la ceremonia de posar y pintar, en el atelier de su esposo.




Por fin, la despedida concluyó con el pago acordado, los saludos de rigor y la promesa de alguna vez volver para hacer retratar a la futura esposa del caballero.


Jerónima, antes de que se alejara, tomó coraje y cumplió su sueño de pedirle la gorguera de encaje y perlas, para guardarla de recuerdo. El artista miró sorprendido a su mujer por semejante atrevimiento.


Pero Don Juan, haciendo caso omiso al gesto de Domenikos, le entregó la prenda mientras oprimía con suavidad las manos temblorosas de Jerónima. El caballero la miraba con esa misma mirada que tanto le había impresionado, y que quedó plasmada en la tela, para siempre.




Al llegar la primavera, los jardines lucían esplendorosos. Al atardecer, durazneros, ciruelos y perales competían mostrando sus copas floridas, perfumando el aire húmedo y fresco.


Un carruaje se divisaba a lo lejos, acercándose a la casa del matrimonio Theotokopoulos.


El artista recibió con beneplácito a su mejor cliente, quien preguntó por doña Jerónima, ante la sorpresa del dueño de casa.


Don Juan de Silva en persona, había atravesado la comarca para traerle a la joven, los puños que hacían juego con la famosa gorguera de encaje y perlas. La situación, por demás de extraña, sólo lo fue para el artista, ya que el caballero y doña Jerónima, cumpliendo un tácito deseo, volvieron a encontrar sus miradas, coronando el momento del reencuentro, completando el juego de las prendas.


La excusa ofrecida al gesto de intriga de Domenikos, fue que dichos accesorios de vestir, deberían estar juntos, ya que separados y distantes, perdían todo su valor.




Don Juan y Doña Jerónima, nunca hubieran encontrado un mejor motivo, y tan valedero, para volver a verse, aunque sea un breve y significativo instante, más allá de un magnífico retrato.




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CARMEN, JOSÉ Y UNA ROSA BLANCA

“Es tan bella mi Carmen, es tan bella,

que si el cielo la atmósfera vacía

dejase de su luz, dice una estrella

que en el alma de Carmen la hallaría”.

María del Carmen de Zayas-Bazán e Hidalgo leyó la estrofa y suspiró, cerrando los ojos. Estaba locamente enamorada de José y hacía verdaderos malabarismos para esconder los poemas que él le enviaba, escritos en pequeñas esquelas.

Al escuchar la voz de su madre, dobló rápidamente el papel y lo escondió en los pliegues del lazo de su vestido.

-Te estamos esperando, Carmen. El coche ya está listo y no queremos llegar tarde a misa. La voz de doña Isabel resonó en la galería de la residencia. Su tercera hija le estaba dando más trabajo que las otras.

Los varones ya se habían adelantado, yendo en otro coche, junto con su esposo, Don Francisco, rumbo a la Iglesia de San Juan de Dios.

La numerosa familia Zayas-Bazán e Hidalgo, hacía honor a su linaje, ya que todos los jóvenes disfrutaban del privilegio de cursar estudios universitarios.

Don Francisco, abogado y dueño del ingenio Monte Grande de Puerto Príncipe, era un férreo opositor de la independencia de Cuba. Durante sus incursiones en la agitada política cubana, tuvo fuertes enfrentamientos con comandantes influyentes, hasta que fue apresado.

Para colmo de males, José Martí, el hombre de quien estaba enamorada Carmen, tenía ideas políticas, diametralmente opuestas a él. Por lo cual, durante mucho tiempo fue un idilio oculto a los ojos paternos.

Los continuos disgustos a que sometía a su esposa, por persecuciones políticas, y el empecinamiento de Carmen por defender su amor, causaron la muerte de doña Isabel, tempranamente.

El estado bélico de la isla, más la viudez que lo había sumido en una gran tristeza, hicieron que don Francisco emigrara a México, con sus hijos. En ese país, las familias exiliadas estaban muy unidas. Se reunían con frecuencia y durante las tertulias se realizaban dilatadas partidas de ajedrez, a las que concurría José, durante los continuos viajes que realizaba, tanto por política como para ver a su amada.

Martí ya empezaba, al mismo tiempo, a hacerse de un nombre muy importante en las letras. Terminó sus estudios y le propuso casamiento a una Carmen radiante y soñadora. Cuando ambos tenían veinticuatro años de edad se casaron muy enamorados, en la Catedral de México. Viajaron por un tiempo por varios países. Carmen acompañaba a su esposo a las ciudades que lo invitaban a dar sus famosas conferencias, tan llenas de elocuencia, y regresaron por fin, a su añorada Cuba.

Carmen deseaba tener a su marido más tiempo junto a ella, más aún, con el anuncio de la llegada del primer hijo de ambos. José se ausentaba con frecuencia y por períodos tan largos que casi no había disfrutado del pequeño José Francisco Martí. La presencia de Martí en Cuba se había hecho sumamente peligrosa. Carmen trataba por todos los medios de persuasión posibles, de que abandonara las reuniones conspirando contra España. Su vida corría peligro. Él sólo contestaba haciéndole llegar poemas dedicados a ella y al pequeño José:
Cultivo una rosa blanca
En Junio como en Enero,

Para el amigo sincero,

Que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca

El corazón con que vivo,

Cardo ni ortiga cultivo

cultivo una rosa blanca.

Carmen, entendía perfectamente el mensaje encerrado en el poema. Lloraba en silencio y soportaba las hostilidades a que la sometían quienes estaban en contra de las ideas de su esposo. Se había instalado entre ambos, un distanciamiento difícil de sortear y subsanar.

Martí protestaba porque Carmen no entendía su pasión por Cuba, pero él tampoco comprendía la pasión de una madre por su hijo y su deseo de formar un hogar estable y tranquilo. En un intento por salvar a su familia del dolor de una separación, Carmen viajó a Nueva York con el pequeño, para reunirse con su esposo. Pero pasaban apremios económicos durante largos meses. Carmen, entonces, abandona definitivamente a Martí, regresando a Cuba, donde las hostilidades, cada vez mayores, se habían instalado en el seno familiar. Nadie quería vivir cerca de ella. Se había tornado en un peligro para todos, por haberse casado con un enemigo del gobierno español.

Martí mientras tanto, acrecentaba su carrera política, ocupando cargos importantes en varios países de América. El tiempo que pasaban separados, atentaba mortalmente, contra el matrimonio. Carmen había perdido el amor de su marido.

Los chismes crueles y certeros, le destrozaban el alma. Martí tenía amoríos con una joven que lo acompañaba en sus idas y venidas por el continente. José se había convertido en el anti imperialista más tenaz de Latinoamérica, y había alcanzado el grado de Delegado del Partido Revolucionario Cubano.

En el combate de Dos Ríos, la muerte le arrebató definitivamente a Carmen la última posibilidad de recuperar a su tan amado y poco comprendido esposo. El Apóstol cubano había sido herido en el rostro y en el pecho. Solamente tuvo el consuelo de poder ver a su hijo José, tan parecido a su padre, guardar una rosa blanca a modo de íntimo homenaje, entre las páginas de los poemas dedicados a ellos dos, los seres que Martí más amó. Más que a su querida Cuba.

Carmen y José se amaron intensamente, aunque fueron dos almas que nunca se entendieron.


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LA LLEGADA DEL DON


Todos los viernes, a la hora del Ángelus, los animales anunciaban, de manera inequívoca, la proximidad de la llegada del Don. Los gatos desaparecían huyendo sobre los tejados. Los caballos estiraban sus orejas hacia atrás, mientras sacudían las crines del cogote y de la cola. Los perros se incorporaban, oteando el aire distinto de ese momento especial.


Las viejas y las niñas casaderas ya estaban sentadas en los primeros bancos de la capilla de estilo irlandés, desde media hora antes, para el rezo acostumbrado. En realidad, las que lo hacían con devoción y temor eran las viejas. Las niñas sólo tenían ojos para observar la imponente estampa del hombre, a punto de aparecer puntualmente en el paisaje de los días viernes, cuya influencia ejercía el poder del imán, sobre sus almas nuevas y sus corazones anhelantes.


Thomas Ryan era el personaje más influyente del pequeño pueblo enclavado cerca de los acantilados, en suelo patagónico. Había llegado al caserío, envuelto en el misterio más absoluto. Lo que no dejaba lugar a dudas era que todos habían dejado atrás la miseria y las privaciones desde que el Don había aparecido en sus vidas. Todos habían logrado increíbles progresos económicos. Tenían un trabajo tan próspero como rentable y fructífero, y nadie se preguntaba, ni siquiera en sueños, los por qué de los milagros. Porque la coincidencia podía verse sin darle más vueltas a la cuestión. Y muchos pensaban lo que nadie se animaba a decir, que era un ángel con apariencia humana.


Vivía en una casa con frente de piedras redondas, sobre una colina. Las ventanas lucían cortinas que demarcaban una privacidad a la que aspiraba su dueño. Nadie había tenido la oportunidad de entrar a esa morada tan distinta a las demás. Ni siquiera el casero que habitaba en un extremo de su propiedad. El viejo, cuidaba de sus dos caballos y le hacía las compras de los víveres mensuales yendo hasta pueblos aledaños. Mantener el orden y la limpieza de sus dominios era los únicos requisitos exigidos por su patrón. La chimenea de la casa baja y ancha humeaba desde las primeras horas del día, hasta llegada la medianoche.


Nadie sabía mucho acerca del hombre, pero conocían de memoria cada uno de sus hábitos y horarios. Las seis campanadas habían empezado a anunciar la hora religiosa. Los murmullos fueron apagándose de a poco. Los pasos de Ryan eran inconfundibles. La capa negra que lo envolvía se agitaba al compás de su paso lento y temerario. La empuñadura del látigo que pendía a su derecha, lanzaba destellos provocados por los últimos rayos de un sol moribundo.


Lo llamaban el Don. Jamás lo hacían por su nombre. Los pobladores acostumbraban a llamarse entre ellos por los apellidos, a pesar de conocerse desde niños. Pero a Ryan, nadie lo llamaba de manera diferente, era el Don. No hacían falta más explicaciones ni preguntas. Desde su llegada, había tomado la costumbre de acercarse hasta la capilla, todos los viernes a las seis de la tarde. Para rezar. Los vecinos ya habían agotado toda suerte de conjeturas. “Es viudo”. “Huye de la justicia”. “Es un pirata retirado”. “Está buscando esposa”. Esta última suposición era la que más había tomado cuerpo en las tertulias.


Las damiselas no ahorraban artilugios a la hora de acicalarse. Las cintas de seda flotaban en los peinados juveniles al girar las cabezas para verlo entrar, lentamente, hasta el primer banco de la derecha, muy cerca del púlpito tallado en roble. La capilla iluminada con más velas que de costumbre parecía teñida de un ocre tan extraño que hacía resaltar los vitreaux laterales, y muy especialmente, el de la cúpula. La ceremonia del Ángelus culminó con los saludos acostumbrados.


El Don tenía el hábito de ser el último en retirarse, pero cierta vez sorprendió a todos cuando luego de terminado el servicio, se acercó al reverendo y le dijo unas pocas palabras al oído. El ministro, primero enrojeció y luego extendió los brazos hacia los feligreses, en ademán de que volvieran a sentarse un momento, antes de retirarse, para escuchar una noticia muy importante. -Queridos hermanos, el señor Thomas… ¿puedo llamarlo así?-dijo, mirándolo, pero sin esperar respuesta- me ha hecho un pedido muy especial. El Don, sin asentir, recorrió con la mirada al grupo que se había quedado estático como si fuera una gran fotografía. El reverendo continuó hablando con rubor en sus mejillas, y la frente, llamativamente transpirada:

-El señor Thomas anuncia que quisiera tener con él muy pronto a su familia. A su mujer y a sus hijos. En un hogar como Dios manda, aquí mismo, en nuestro pequeño y honorable pueblo…

La desazón se leyó en el rostro de todas las mujeres del lugar que albergaban una especie de sentimiento parecido a la esperanza de conocerlo más íntimamente.

-… para ello, solicita permiso a todas las respetables familias aquí presentes, para visitarlas, para conocer a sus hijas, conversar con ellas, con la posibilidad de encontrar a esa mujer que elegirá como esposa y madre de los muchos hijos que ansía tener, entre las jóvenes de este pueblo…

El silencio instalado parecía no tener fin en el recinto, pero un murmullo creciente demostró que la sorpresa había sido mayor de lo que se esperaba. El Don, agradeció con un leve toque en el ala de su sombrero, esbozando un “gracias” apenas perceptible y se alejó dejando un tendal de reacciones y sensaciones.


Con el correr de los días, el pedido de Thomas se fue concretando en tiempo y forma pautados. Visitaba a las familias, mantenía encuentros a solas con cada una de las candidatas y luego se retiraba, prometiendo una respuesta definitiva, a corto plazo. Al cabo de un tiempo, al finalizar el servicio acostumbrado de un viernes, el reverendo anunció a la congregación que el señor Thomas realizaría un pequeño viaje para pensar y determinar a cuál de las damas con las que tuvo el placer de un agradable acercamiento, convertiría en su esposa.


Los días se sucedían. Los meses transcurrieron. Al cabo de un año, el tiempo hablaba de lo que ya nadie quería ni siquiera mencionar. El Don jamás regresaría. Tal vez había muerto. O realmente fue alguien especial, sobrenatural, que los envolvió con su halo de misterio.

Algunos pequeños grupos de jovencitas se aventuraban llegándose hasta la casa donde vivía el Don. Sólo reinaban allí el abandono, el silencio y la soledad. Ni siquiera estaba ya en su casita, el viejo casero que trabajaba para Thomas. Había desaparecido y nadie conocía indicio alguno sobre su paradero.


El pueblo fue apagándose poco a poco. En la pequeña capilla ya no se celebraban bodas. Las niñas se habían convertido en enjutas solteronas. El reverendo había muerto y lo reemplazaron por otro. Era un pueblo gris, silencioso y triste. Los viernes al atardecer, a la hora del Ángelus, no se veían más animales inquietos. Ni gatos huyendo sobre los tejados, ni caballos sacudiendo las crines ni perros oteando el aire, en estado de alerta, como cuando se producía la llegada del Don. Nunca más.


APL©2008