MIS HISTORIAS. La alquimia entre la realidad y los sueños. Entre los sueños y la imaginación.







domingo, diciembre 28, 2008

MONEDA CORRIENTE


India, época colonial. La corona británica se apodera del país.


Seema es mitad niña y mitad mujer. A sus nueve años ya sabe más de la vida que cualquier niña de otra latitud.
En el gesto de espantar moscas de su cara, se nota bien, ese contraste. Muestra una mano pequeña, junto a unos ojos cansados.

El cipayo la observa mientras Seema va y viene cumpliendo los mandados de su madre enferma. Y la pequeña comienza a temblar como una hoja a punto de caer de la rama, cuando percibe esa mirada densa como el aceite de la tinaja.
El miedo no se comparte. Y ella no puede ni respirar.

Nadie escucha los gritos de Seema.
La encuentran dos chicos de su edad, al costado de un camino, detrás de las piedras.
Su cabeza está sobre el suelo polvoriento, su cuerpito yace denigrado y en los ojos, el pánico muerto.

El ejército convierte a los hombres en animales, que roban hasta las almas de sus mismos compatriotas.

El terror ha comenzado a derramar sus tentáculos sobre los caseríos, cobrando en moneda corriente. Debilidad y sumisión en la joya de la corona…


APL©2008

EL MITO DE LU GU LEI


Poco antes del mediodía, Lu Gu Lei había dispuesto las mesas en forma de semicírculo, de manera que comenzando desde la izquierda, al entrar a la sala de la Gran Casa, los visitantes podrían observar cada manjar preparado, deteniéndose ante los platos servidos, tomar el o los elegidos a su gusto, y luego proseguir hasta el final de esa medialuna de exquisiteces, donde estaba la salida.
Ya en el jardín, los que habían adquirido los platos de su preferencia, podían sentarse en las mesas arregladas y adornadas, para degustar lo que habían seleccionado.

Las sombrillas de junco tejido, reparaban de los rayos del sol polinesio, brindando una sombra fresca y deliciosa.

Para esa fecha, el pueblo revivía con el constante desfile de turistas que desembarcaban en el amarradero. Las lanchas depositaban ramilletes de pasajeros, atraídos por la tradición que ponía a la isla de fiesta, una vez al año.

Lu Gu Lei no parecía tener cincuenta años, sino muchos más. Toda su vida había fomentado el mito de las puertas sin llave, en todo ese hermoso lugar compuesto de pequeñas islas.

Mucha gente desconocía esa parte de la tradición. La diminuta y aparentemente frágil mujer, relataba a cuanta persona quisiera escucharla, que las puertas de las casas de las jóvenes de la isla, que supieran cocinar, no debían cerrarse jamás con llave, si es que deseaban que los dioses les prodigaran favores especiales.

Las muchachas de piel dorada y cabellos renegridos, se encargaban de que los turistas probaran cada una de las comidas que ofrecían. Para ello, se paseaban entre las mesas, sonriendo y ofreciendo en grandes bandejas, pequeños platitos con delicias de toda clase, mariscos y aderezos, elaborados por ellas mismas.

Al promediar la tarde, ya casi nadie podía probar un bocado más. Entonces, era el momento en que prestaban la mayor atención, al aparecer sobre la tarima adornada con guirnaldas de flores, la propia Lu Gu Lei dando la bienvenida oficial y relatando el motivo de la ancestral tradición.
Desde hacía cientos de años, las mujeres de la aldea habían decidido no cerrar las puertas con llave, pero sí hacerlo con una traba de madera, que no quedara demasiado ajustada contra la puerta. El propósito de dicha condición, era, simplemente, para que cuando las jóvenes portaran bandejas cargadas de manjares, y no tuvieran libres las manos para quitar las cerraduras, podrían abrir los portones de par en par, con un firme y certero puntapié.
El aplauso, el murmullo de asombro y luego las risas por tal revelación, se escuchaban a bastante distancia del lugar de la fiesta, e indicaba otra jornada exitosa, de pingües ganancias.

APL©2008