
Jerónima tomó la capa negra de paño y con ella dibujó un círculo sobre su cabeza. La hizo girar y girar por el aire, mientras miraba las ondas que se formaban en la rumorosa y mórbida prenda. Adoraba el rumor de la tela. Volvió a agitar nuevamente la capa, hasta casi alcanzar el cielorraso de ladrillos.
Por el ímpetu, las palomas que la miraban desde la ventana, huyeron sin comprender. Y las velas de la lámpara del techo temblaron a coro por el sedoso viento.
-¡Jerónima! ¿Qué estás haciendo con la capa del caballero de Silva? La joven, sorprendida en su arrebato, rápidamente dobló la capa, y la devolvió al estante en donde estaban la gorguera y los puños bordados totalmente en perlas. Las prendas esperaban ser usadas por el caballero que posaría para Doménikos, el artista de moda.
Las mejillas encendidas le ardían a Jerónima, quien no se animó a mirar a su esposo a los ojos. El atelier estallaba por la cantidad de cuadros y retratos que le habían mandado a hacer, los señores ricos y sus esposas. En medio de un severo silencio, entre los dos acomodaron los pliegues del cortinado que serviría de fondo para el retrato. La alfombra, espesa, lucía arabescos de pálidos matices, así como también manchas de óleo, de diferentes colores, como resultado de salpicaduras de los pinceles.
Horas antes, Jerónima había lustrado con fervor, la bruñida empuñadura de la espada que tomaría en su mano, el caballero de Silva.
Junto a la ventana, la mujer había colocado una jofaina con la jarra llena de agua fresca, y la servilleta almidonada, sobre la mesita vestida.
También el vaso con la vara de nardos, estaba listo como todos los días. El caballero que estaba por acudir a la cita del retrato, así lo había solicitado, ya que el viaje desde su finca, era largo y agotador, y gustaba refrescarse, antes de posar por una larga hora, que a veces llegaban a ser dos.
A las cuatro de la tarde en punto, apareció en la puerta del estudio, una doncella al servicio doméstico del artista, acompañando al elegante caballero Juan de Silva, dispuesto a someterse a las indicaciones, como un vulgar modelo.
Jerónima, con algo de rubor en su rostro, disimulando apenas el impacto que le producía la proximidad de tan elegante caballero, lo saludó inclinando su talle levemente, y fue a pararse junto al pliegue del telón de fondo, para observar el trabajo de su esposo, pero a decir verdad, lo que más le impresionaba era la mirada profunda y melancólica de don Juan.
Por lo tanto, como convidada de piedra, se quedaba muy quieta, cruzando de a ratos, furtivas miradas con el caballero.
A medida que avanzaba la tarde, Jerónima fue colocando más velas a los candelabros, ya que algunas se habían consumido hasta el final de sus pabilos.
Los hombres bebieron cognac durante el intervalo y conversaron de trivialidades, para amenizar la lánguida jornada.
Continuando con otra sesión de pintura, el caballero acomodó su capa nuevamente para posar otro rato más, dejando ver levemente su gruesa cadena de oro, colgando sobre el pecho.
Jerónima, fiel a su condición de mujer curiosa, no dudó en preguntar qué contenía el gran relicario que apenas se distinguía entre las ropas de don Juan. El caballero, con una suave sonrisa le mostró el mechón rubio de su amada, atado con una cinta de color rojo, objeto que gozaba del privilegio de ser el más lucido por él. Casi lo único que usaba, como hombre comprometido con su futura esposa.
Los días se fueron sucediendo. El retrato del caballero recibía los últimos retoques en los detalles. Jerónima sentía una nostalgia anticipada porque se acercaba el día de la despedida. Don Juan de Silva, en algún momento se iría, con su retrato terminado, y las tardes ya no serían las mismas, sin la ceremonia de posar y pintar, en el atelier de su esposo.
Por fin, la despedida concluyó con el pago acordado, los saludos de rigor y la promesa de alguna vez volver para hacer retratar a la futura esposa del caballero.
Jerónima, antes de que se alejara, tomó coraje y cumplió su sueño de pedirle la gorguera de encaje y perlas, para guardarla de recuerdo. El artista miró sorprendido a su mujer por semejante atrevimiento.
Pero Don Juan, haciendo caso omiso al gesto de Domenikos, le entregó la prenda mientras oprimía con suavidad las manos temblorosas de Jerónima. El caballero la miraba con esa misma mirada que tanto le había impresionado, y que quedó plasmada en la tela, para siempre.
Al llegar la primavera, los jardines lucían esplendorosos. Al atardecer, durazneros, ciruelos y perales competían mostrando sus copas floridas, perfumando el aire húmedo y fresco.
Un carruaje se divisaba a lo lejos, acercándose a la casa del matrimonio Theotokopoulos.
El artista recibió con beneplácito a su mejor cliente, quien preguntó por doña Jerónima, ante la sorpresa del dueño de casa.
Don Juan de Silva en persona, había atravesado la comarca para traerle a la joven, los puños que hacían juego con la famosa gorguera de encaje y perlas. La situación, por demás de extraña, sólo lo fue para el artista, ya que el caballero y doña Jerónima, cumpliendo un tácito deseo, volvieron a encontrar sus miradas, coronando el momento del reencuentro, completando el juego de las prendas.
La excusa ofrecida al gesto de intriga de Domenikos, fue que dichos accesorios de vestir, deberían estar juntos, ya que separados y distantes, perdían todo su valor.
Don Juan y Doña Jerónima, nunca hubieran encontrado un mejor motivo, y tan valedero, para volver a verse, aunque sea un breve y significativo instante, más allá de un magnífico retrato.
APL©2008