MIS HISTORIAS. La alquimia entre la realidad y los sueños. Entre los sueños y la imaginación.







viernes, marzo 27, 2009

LO QUE HAYA SIDO



Son las dos de la mañana y alguien sube el volumen de la música.
¿Cómo puede ser que alguien disfrute al escucharla tan alta y a estas horas?
Abro la ventana del living y furiosa, me asomo a la calle.
No veo ni escucho a nadie. Entonces, descubro que la música proviene de mi altillo. Decido subir para descartar mi sospecha. Mientras subo los doce escalones, veo la línea de luz debajo de la puerta. Un viejo vals empieza a ensordecerme.
Tomo la escopeta del closet contiguo y giro lentamente dos vueltas de llave. Al abrir, se detiene abruptamente la música. Siento acúfenos en los oídos.
Miro el interior del cuarto. La luz está encendida, y compruebo que reinan silencio y quietud.
El viejo tocadiscos familiar sigue cubierto con la carpeta bordada por la abuela y con bastante polvo acumulado por los años. Los discos están en sus álbumes.
Los pensamientos se amontonan en mi cabeza, mi corazón late rápido, y siento miedo.
Cierro la puerta nuevamente. Al descender, una corriente de aire agita mi pelo, enfría toda la casa y deja la puerta de calle entreabierta.

Lo que haya sido, se fue, quizás, para siempre.


APL©2009


(Cuento distinguido con MENCIÓN, en la consigna semanal del Foro de Cuentos de lanacion.com, “Cuento de suspenso sobrenatural”, del 26 de marzo de 2009).

martes, marzo 03, 2009

SIMPLE, FÁCIL, DULCE


Lorena sabía que su permanencia en la oficina dependía del delgado hilo de la casualidad. Lo sabía porque había visto el nombre de su ex marido en la libreta de contactos de la cuenta del servidor de la empresa, de su jefe. Pero no porque lo haya buscado expresamente, sino porque su jefe tuvo que salir corriendo cuando lo llamaron de la clínica donde su mujer estaba por parir su segundo hijo, y le dijo a ella que enviara el mail con varias copias, que él había empezado a redactar, con carácter de urgencia.



Lorena, en ese preciso momento, comprobó el grado de confianza que le tenía su jefe. Pero ese detalle, en vez de enorgullecerla, la aterró. Cuándo, y en qué circunstancias se relacionaron ambos, eran preguntas que le hacían tener pesadillas cada maldita noche.



A partir de la instancia en que vio el nombre de Rodrigo en esa lista, se torturaba pensando, cada mañana, que al ingresar a su oficina, ese día sería el último.



Hasta que ese día llegó y fue despedida por un error suyo en las cuentas que manejaba. Ínfimo. Salvable. Solucionable. Su jefe la citó en su oficina y le explicó los motivos. Hasta fue cortés y amable con ella, pero de todos modos no podía sentirse bien. Nadie se siente bien en estos casos.



El sabor de la derrota era muy amargo. Conteniendo las lágrimas salió de la oficina del jefe, arregló sus cosas delante de sus compañeros de trabajo y salió de la empresa. La tarde preciosa que la esperaba afuera le sirvió de consuelo, mientras en el camino a casa, en la misma vieja camioneta de todos los días, pensaba quién diablos la iba a contratar ahora. La situación en el país estaba jodida. Como siempre había estado y estará.



Al día siguiente, Lorena tuvo que regresar a la empresa a buscar el cheque de su liquidación. Ya le había pasado la bronca del día anterior y con cortesía y serenidad pidió a la secretaria para entrar a hablar con su ahora ex jefe, quien la recibió en su oficina.



-Doctor, antes de irme quisiera decirle algo, si me lo permite. El error lo cometí por ser una tonta, pero nunca hubo mala intención. Yo sólo quise hacer las cosas un poco más rápido, pero me salió mal, lo acepto. Ahora estoy metida en graves problemas, usted bien sabe lo difícil que es ahora conseguir empleo. Mi nena de seis años me dice que no me haga problema, que sólo tengo que sacar dinero del cajero automático y listo, ya ve lo inocente que es. Piensa que estamos salvadas. Sólo vine a decirle que usted cometió un grave error, despidió a una persona que ama su trabajo, a una persona que sabe lo sagrado que es tener la confianza de los demás. No sé si usted pensó realmente mal de mí, pero si así es, lo perdono, de todo corazón –el hombre abrió los ojos más grandes aún -si el destino nos junta de nuevo, quiero decirle que yo trabajaré como si nada hubiese ocurrido. Será la oportunidad de demostrarle que yo soy alguien que vale, algo más que un código de barras en la oficina de recursos humanos, un ser humano con errores, pero sin rencores y siempre con vocación de servicio hacia los demás. Hasta siempre, doctor.



Lorena se puso de pie, saludó a su jefe sin esperar respuesta y salió de la oficina. No le tenía miedo al futuro. Le iba a presentar batalla. Y su mente apuntó al blanco perfecto: Rodrigo. Los testigos eran por demás de suficientes para terminar de darle forma al trámite del juicio de pérdida de Patria Potestad. Hacía rato que el padre de su hija no aportaba ni dinero ni presencia paterna, pero aún así amenazaba con arrebatarle a la hijita de ambos, cada vez que las cuestiones familiares los obligaba a verse de nuevo. De manera que había llegado el momento de actuar. Se trataba de devolver la estocada, en momentos en que la supervivencia se parecía bastante a la venganza. Su abogado la tenía al tanto de las instancias. Pero lo que más anhelaba saber era el momento en que Rodrigo firmara el acuse de recibo de la demanda.






A menos de una hora de haber recibido el llamado de su letrado confirmándole que el juicio estaba en marcha, Lorena recibió la carta documento por la cual se la reintegraba a su puesto de trabajo. La noticia la sorprendió en calma. Seguidamente, abrió las puertas del placard para elegir el atuendo que vestiría para presentarse a trabajar, al día siguiente.



El artificio del cual dependía su permanencia en su empleo estaba empezando a desaparecer, para convertirse en un mal recuerdo. Así de simple. Así de fácil. Así de dulce era el sabor del retorno a la normalidad.



Su hijita tenía razón, si necesitaban dinero, podrían ir al cajero automático a retirarlo. Juntas.


APL©2008