TE CONOZCO...

Lo conoció en la feria del libro, y recordó que cuando cruzaron sus miradas, sintió que entre ambos se creó algo así como un puente, difícil de explicar.
A ella le pareció haberlo visto en alguna clase de bioquímica.
A él le gustaron sus mohines mientras revolvía las mesas de libros, tan disímiles como innecesarios.
-“Te conozco” -dijeron al unísono cuando se vieron.
La excusa para un café ya se había instalado en la escena.
Encontraron una mesa desocupada y se sentaron. La charla sobre la enorme concurrencia y la gran cantidad de stands para visitar, fue declinando hasta que él tomó la palabra y fue desgranando un discurso impregnado de política. Ella había cambiado su rostro amable por una expresión de desconfianza, imposible de disimular. Entonces, decidida, miró su reloj y pegando un respingo, dijo:
- “¡Me voy, me están esperando!”
Sin esperar respuesta, salió de la feria lo más rápido que pudo.
A la mañana siguiente, la cara de él ilustraba la noticia del diario sobre la bomba, y ella, mientras leía se iba empapando en un sudor frío que le heló las manos.
Sus labios entreabiertos por la sorpresa, sólo balbucearon un:
-“No era Gonzalo Peñalba…”
A ella le pareció haberlo visto en alguna clase de bioquímica.
A él le gustaron sus mohines mientras revolvía las mesas de libros, tan disímiles como innecesarios.
-“Te conozco” -dijeron al unísono cuando se vieron.
La excusa para un café ya se había instalado en la escena.
Encontraron una mesa desocupada y se sentaron. La charla sobre la enorme concurrencia y la gran cantidad de stands para visitar, fue declinando hasta que él tomó la palabra y fue desgranando un discurso impregnado de política. Ella había cambiado su rostro amable por una expresión de desconfianza, imposible de disimular. Entonces, decidida, miró su reloj y pegando un respingo, dijo:
- “¡Me voy, me están esperando!”
Sin esperar respuesta, salió de la feria lo más rápido que pudo.
A la mañana siguiente, la cara de él ilustraba la noticia del diario sobre la bomba, y ella, mientras leía se iba empapando en un sudor frío que le heló las manos.
Sus labios entreabiertos por la sorpresa, sólo balbucearon un:
-“No era Gonzalo Peñalba…”
APL©2009



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