MIS HISTORIAS. La alquimia entre la realidad y los sueños. Entre los sueños y la imaginación.







domingo, mayo 03, 2009

TRUDI


A Trudi la encontramos recostada junto al trigo maduro. La vimos de casualidad, cuando uno de los perros la olió y empezó a mover la cola por la alegría de verla.
Ni se inmutó cuando la rodeamos. Parecía no importarle nada de lo que pasaba a su alrededor. Se quedó en silencio mirando algo que nosotros no podíamos ver, y no contestó nuestro aluvión de preguntas.
Los aritos de cristal de roca cintilaron en sus orejas como pequeños rayos, y en ese momento la vieja Consuelo dijo lo que no queríamos oir: “Ya la besó el Pombero, me parece que la preñó, hay olor a jazmín. Seguro que la dejó preñada ”.

La llevamos hasta la choza. Le saqué el delantal y le tapé los pies helados. La vieja nos hizo salir:
-“Quédense afuera. Si ven algo que no conocen, toquen la campana sin parar, para que no se acerque. El Pombero no aguanta las campanas”.
A las cinco de la tarde, se abrió la puerta del rancho y apareció Trudi sonriendo y saludando como si nada.
Al preguntarle por doña Consuelo respondió indiferente:
-“Se fue con el caballero del sulky ¿Vieron con qué elegancia hablaba el señor?”


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A LA SOMBRA DE UN GRAN ABANICO DE PLUMAS




La enorme pantalla de plumas de pavo real y faisán, abanicaba el cuerpo acalorado de la esposa del emperador. El esclavo que le brindaba el aire fresco, parecía un autómata que sólo sabía hacer esa única tarea. La sombra en las gradas imperiales del Coliseo, no era suficiente. Las primeras horas de la tarde, ardientes de sol y algarabía, acrecentaban la sed insaciable de sangre. El momento era el marco del gran espectáculo que se avecinaba.

El público, muy pronto comenzó a disfrutar de lo prometido. Un mancebo que portaba una cesta de panes y manzanas, comenzó a arrojar el contenido hacia las tribunas enfervorizadas.

La aparición de los gladiadores luciendo brillantes armas y escudos, fue la antesala del clímax.

Los vítores que aullaban los fanáticos, se dejaban oír notoriamente diferentes, al llamar a los luchadores favoritos.

Era una tarde con olor a muerte. Y en cada alma reunida en ese festival salvaje, reinaba un deseo que las igualaba: alguien deberá morir, en esa tarde febril.

La primera contienda arrojó al primer gladiador vencido, sobre la arena teñida, que disimuló la mano de una doncella, al clavar una pluma de faisán, envenenada, en el cuello real de la emperatriz.




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EL ANIMAL



A los cuarenta años, el Animal se había convertido en un maestro en las artes de la lucha en la arena. Las contiendas y ese goce de alcanzar el estado óptimo, para competir, ya no los disfrutaba con su propio cuerpo, sino que volcaba lo aprendido en los pupilos que tenía a su cargo.

Los miraba esquivando sacos, corriendo vueltas con espada, red y lanza en mano, para obligar al músculo y al espíritu. Se veía a sí mismo cuando a los doce años salió por primera vez a la arena.
Pronto detuvo sus recuerdos al ver a Julia, la doncella más piadosa de palacio, quien se acercaba hacia él.
-Aquí tienes la paga – le dijo, extendiéndole una pequeña bolsa con monedas – mi padre Lucullus te espera mañana, al amanecer.
Al Animal, le dolía esa presencia, que le hacía pensar que su hija sería de esa edad. Desde aquella lejana y dolorosa separación, nunca más supo de su mujer y su niña recién nacida.

La leyenda viva de la historia de los luchadores romanos, había soportado sin mella, los terribles golpes y heridas recibidos durante su vida. Sin embargo, Julia, en unos segundos, hizo brillar la mirada curtida del Animal.



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EL ERROR DE LAVINIA


Lavinia era más afortunada que el resto de las doncellas de la nobleza. El general Plinius le había encomendado la especial tarea de preparar los alimentos que componían la dieta del gladiador Marco Valerio.

El atleta que la hacía suspirar de amor, era propiedad del recio militar y se lo cuidaba como lo que era: el mejor.
El gladiador gozaba del trato diferente que le brindaba la joven. Sesiones de masajes con óleos aromáticos, baños de infusiones y una alimentación basada en cereales, higos, leche de cabra, pan y carne de cerdo.
Plinius, había consultado con viejos médicos romanos sobre las comidas que favorecían el desarrollo de la masa corporal, y en especial, la protección y limpieza de la sangre.
Introdujo en la rutina dietaria, abundante consumo de perejil, para fortalecer las venas de brazos y piernas del enorme luchador.

Una mañana, Lavinia fue a recolectar un manojo de dicha hierba a una huerta cercana. Seguidamente, lavó y picó las hojas verdes, para esparcir sobre la comida humeante.
Marco Valerio devoró el suculento cuenco, y al rato cayó muerto.
Lavinia, inexperta, había confundido perejil con hiedra venenosa.


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