LA PROFESORA DE HISTORIA

Con tanto conocimiento enloqueció al punto de querer abandonar los estudios a partir de la segunda mitad de octubre. Los decibeles de la euforia colectiva por la proximidad de la finalización del quinto año del secundario, subían notablemente, en el colegio. Parecía un código tácito entre todo el estudiantado. Pero, a Gastón no le alcanzaron los decimales para eximirse. Hubiera deseado no quedarse como un paria, por los pasillos del Nacional, repasando y repasando bolillas, para rendir examen y aprobar aunque sea con un cuatro… Mientras tanto, se moría de envidia viendo cómo los que se salvaban de rendir, andaban por los alrededores del colegio, disfrutando de la libertad propiciada durante el año.
Romina y María del Rosario habían empezado desde hacía una semana, a prestar sus trabajos de Historia, para que los que tenían promedios más menesterosos, se actualizaran y presentaran a la mesa examinadora, carpetas completas al momento de rendir las materias.
- Te agregan puntos si presentás una carpeta perfecta. – decía Romina, con cara de “traga” superada y solidaria.
La otra tarde, después de clase, Gastón fue a la biblioteca del colegio. Hacía calor, a pesar de la penumbra, de los techos altos y del ventilador.
Desconocía en él esta creciente voluntad para buscar la pila de libros sobre Historia de la Instituciones a partir de 1810, y dedicarse a preparar un buen examen.
Empezó a concentrarse en la lectura y a elaborar como método, una especie de croquis con apuntes, para que le fuera más fácil meterse en la cabeza tantos nombres, fechas y batallas de la época.
Al cabo de un par de horas, se desperezó largamente en la silla, haciendo crujir las maderas del respaldo y la rafia del asiento. Se sentía entumecido, pero contento, le había resultado fácil memorizar el mapa histórico que se había fabricado.
-¿En cuál te quedaste?- le preguntó la mujer que estaba sentada en el extremo opuesto de la larga mesa.
-En Historia. Pero parece que estudiar me está resultando más fácil de lo que pensaba.
-Te va a ir bien, vas a ver – afirmó, con total convicción.
-¿Usted es profesora? ¿O viene a buscar apuntes para su hijo… o hija?
-Soy profesora de Historia – respondió. Y volviendo la cabeza hacia la ventana por la que se veían los canteros de calas, la mujer se quedó pensativa, callada.
Gastón se sumergió nuevamente en el otro texto que había sacado del estante, y completó el apunte que había iniciado para estudiar.
Al cabo de otra hora, en el lugar, que ya empezaba a llenarse de rincones oscuros, por el atardecer que se hacía presente, escuchó la voz de Romina que se estaba aproximando hasta donde estaba sentado:
-Mirá que más de diez no ponen, ¿eh? Dale, seguís repasando mañana. ¡Te vas a enfermar!- bromeaba.
Mientras bajaban por la escalera de mármol que daba al patio, le comentó el encuentro en la biblioteca con una profesora, que le había dicho, con total seguridad, que le iba a ir bien en el examen de mañana.
Romina lo miró sorprendida y dijo:
-¿Profesora? ¡Qué extraño! Si en el plantel no hay profesoras. Son todos hombres los profesores de Historia… ¿Cómo era?
Entonces iba a describirla, pero sobre una pared vio una vieja foto de esa profesora, sentada en un banco debajo de la enorme araucaria del patio, y señalándola con el dedo, le dijo:
-Es ésta la que estuvo hoy conmigo en la biblioteca.
-¡No puede ser!
-¡Te juro por Dios que era ésta!
Romina y María del Rosario habían empezado desde hacía una semana, a prestar sus trabajos de Historia, para que los que tenían promedios más menesterosos, se actualizaran y presentaran a la mesa examinadora, carpetas completas al momento de rendir las materias.
- Te agregan puntos si presentás una carpeta perfecta. – decía Romina, con cara de “traga” superada y solidaria.
La otra tarde, después de clase, Gastón fue a la biblioteca del colegio. Hacía calor, a pesar de la penumbra, de los techos altos y del ventilador.
Desconocía en él esta creciente voluntad para buscar la pila de libros sobre Historia de la Instituciones a partir de 1810, y dedicarse a preparar un buen examen.
Empezó a concentrarse en la lectura y a elaborar como método, una especie de croquis con apuntes, para que le fuera más fácil meterse en la cabeza tantos nombres, fechas y batallas de la época.
Al cabo de un par de horas, se desperezó largamente en la silla, haciendo crujir las maderas del respaldo y la rafia del asiento. Se sentía entumecido, pero contento, le había resultado fácil memorizar el mapa histórico que se había fabricado.
-¿En cuál te quedaste?- le preguntó la mujer que estaba sentada en el extremo opuesto de la larga mesa.
-En Historia. Pero parece que estudiar me está resultando más fácil de lo que pensaba.
-Te va a ir bien, vas a ver – afirmó, con total convicción.
-¿Usted es profesora? ¿O viene a buscar apuntes para su hijo… o hija?
-Soy profesora de Historia – respondió. Y volviendo la cabeza hacia la ventana por la que se veían los canteros de calas, la mujer se quedó pensativa, callada.
Gastón se sumergió nuevamente en el otro texto que había sacado del estante, y completó el apunte que había iniciado para estudiar.
Al cabo de otra hora, en el lugar, que ya empezaba a llenarse de rincones oscuros, por el atardecer que se hacía presente, escuchó la voz de Romina que se estaba aproximando hasta donde estaba sentado:
-Mirá que más de diez no ponen, ¿eh? Dale, seguís repasando mañana. ¡Te vas a enfermar!- bromeaba.
Mientras bajaban por la escalera de mármol que daba al patio, le comentó el encuentro en la biblioteca con una profesora, que le había dicho, con total seguridad, que le iba a ir bien en el examen de mañana.
Romina lo miró sorprendida y dijo:
-¿Profesora? ¡Qué extraño! Si en el plantel no hay profesoras. Son todos hombres los profesores de Historia… ¿Cómo era?
Entonces iba a describirla, pero sobre una pared vio una vieja foto de esa profesora, sentada en un banco debajo de la enorme araucaria del patio, y señalándola con el dedo, le dijo:
-Es ésta la que estuvo hoy conmigo en la biblioteca.
-¡No puede ser!
-¡Te juro por Dios que era ésta!
-¡Te repito que no puede ser! Leé las fechas escritas debajo de la foto!
Cuando leyó “Lía Castro, 1935-1965”, se le heló la sangre.
Romina y Gastón se miraron y comprendieron al instante que la leyenda del fantasma de la profesora de Historia, era totalmente cierta y no pavadas que contaban algunos de sus compañeros bromistas.
Algo cambió en la forma de ser de Gastón. No solamente él mismo notaba ese cambio, sino que todos sus compañeros se lo decían.
Cada vez que pasaba junto a la foto de la profesora misteriosa, la miraba con un dejo de complicidad y volvía a pensar en el encuentro que había tenido con ella en la biblioteca.
Gastón se había vuelto sumamente estudioso de golpe. No sea cosa que le quedara alguna materia por rendir y tuviera que ir a la biblioteca a estudiar, otra vez…
Cuando leyó “Lía Castro, 1935-1965”, se le heló la sangre.
Romina y Gastón se miraron y comprendieron al instante que la leyenda del fantasma de la profesora de Historia, era totalmente cierta y no pavadas que contaban algunos de sus compañeros bromistas.
Algo cambió en la forma de ser de Gastón. No solamente él mismo notaba ese cambio, sino que todos sus compañeros se lo decían.
Cada vez que pasaba junto a la foto de la profesora misteriosa, la miraba con un dejo de complicidad y volvía a pensar en el encuentro que había tenido con ella en la biblioteca.
Gastón se había vuelto sumamente estudioso de golpe. No sea cosa que le quedara alguna materia por rendir y tuviera que ir a la biblioteca a estudiar, otra vez…
APL©2007



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