
La sala Casacuberta del Teatro San Martín rebosa de luces, gente y voces desparejas.
La temporada cultural arranca con un evento esperado por los que amamos la lectura. Tener tan cerca a un famoso escritor es una tentación demasiado fuerte, inevitable.
Miro a mi alrededor tratando de encontrar rostros conocidos y pensando que solamente a mí se me podría haber ocurrido venir sin compañía. Todo el mundo está con alguien. Menos yo.
De pronto, inesperadamente, te veo y pienso que es verdad eso de quedar de una pieza por la sorpresa. Porque, quizás, atraído por el imán de mi mirada, gira tu cabeza hacia donde me encuentro y tus ojos azules me convierten en maniquí de vidriera. Como antes, como hace un año.
La mujer que te acompaña, rompe el sortilegio creado por diez segundos, y te roba la mirada para sí.
Las luces se atenúan, indicando que el momento de la conferencia, se aproxima. La gente y las voces desparejas, también se esfuman.
La voz del orador atrapa mi atención, pero mis ojos van hacia donde estás sentado, todo el tiempo.
Creo que pagaría una fortuna por saber lo que estás pensando. Si al cabo del año que pasó como ráfaga, me ves igual o cambiada. Y me muero por saber si la mujer que está sonriendo a tu derecha, es tu amor, después de mí.
Me consuela comprobar que tus ojos apenas la miran cuando te habla, ocasionalmente.
La conferencia llega a su fin. Las luces, la gente y las voces desparejas, inundan la sala, como al principio.
Permanezco sentada en mi butaca para verte pasar y esperar que tu mirada azul se encuentre con mis ojos ávidos.
Al distinguirte por entre el público, me preparo para ese instante, pero tu mirada no me busca. Tus ojos están fijos hacia la salida, hacia adelante. Hacia la nada. Igual que los míos, que acaban de chocar con tu bastón de color blanco.
La corriente humana te aleja. Y mis pies se clavan en la alfombra.
Y me convierto en maniquí de vidriera. Pero no por tu mirada azul.
La temporada cultural arranca con un evento esperado por los que amamos la lectura. Tener tan cerca a un famoso escritor es una tentación demasiado fuerte, inevitable.
Miro a mi alrededor tratando de encontrar rostros conocidos y pensando que solamente a mí se me podría haber ocurrido venir sin compañía. Todo el mundo está con alguien. Menos yo.
De pronto, inesperadamente, te veo y pienso que es verdad eso de quedar de una pieza por la sorpresa. Porque, quizás, atraído por el imán de mi mirada, gira tu cabeza hacia donde me encuentro y tus ojos azules me convierten en maniquí de vidriera. Como antes, como hace un año.
La mujer que te acompaña, rompe el sortilegio creado por diez segundos, y te roba la mirada para sí.
Las luces se atenúan, indicando que el momento de la conferencia, se aproxima. La gente y las voces desparejas, también se esfuman.
La voz del orador atrapa mi atención, pero mis ojos van hacia donde estás sentado, todo el tiempo.
Creo que pagaría una fortuna por saber lo que estás pensando. Si al cabo del año que pasó como ráfaga, me ves igual o cambiada. Y me muero por saber si la mujer que está sonriendo a tu derecha, es tu amor, después de mí.
Me consuela comprobar que tus ojos apenas la miran cuando te habla, ocasionalmente.
La conferencia llega a su fin. Las luces, la gente y las voces desparejas, inundan la sala, como al principio.
Permanezco sentada en mi butaca para verte pasar y esperar que tu mirada azul se encuentre con mis ojos ávidos.
Al distinguirte por entre el público, me preparo para ese instante, pero tu mirada no me busca. Tus ojos están fijos hacia la salida, hacia adelante. Hacia la nada. Igual que los míos, que acaban de chocar con tu bastón de color blanco.
La corriente humana te aleja. Y mis pies se clavan en la alfombra.
Y me convierto en maniquí de vidriera. Pero no por tu mirada azul.
La revelación me aniquila, y ahora sí, agradezco no estar acompañada. Necesito ordenar mi cabeza y repasar aquellos momentos en que mi vida tenía sentido porque tus ojos azules, eran solo para mí.
Los anteojos oscuros tapa-lágrimas, me contienen. Y mi mirada busca desesperadamente, un taxi. Nunca debí venir. Nunca debí saber.
Los anteojos oscuros tapa-lágrimas, me contienen. Y mi mirada busca desesperadamente, un taxi. Nunca debí venir. Nunca debí saber.
APL©2009

1 comentarios:
Me emociono!
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