
Fui prácticamente despedida de mi trabajo por toser en medio de un ensayo de coristas de la compañía, durante esta pandemia tan temida como increíble. Me di cuenta por el imperceptible rictus que noté en las mejillas de bebote del dueño del cabaret.
Su cara fue el fiel reflejo de lo que pasaba por su mente, porque era de la clase de personas que piensan con la cara. De la misma manera que los pies o las muelas “duelen” en la expresión del rostro, o como cuando nos miramos en un espejo estrenando zapatos, luego de caminar o bailar durante horas. Así de fácil era leerle el pensamiento al hombre.
Bueno, al muy cerdo le dio asco mi tos. ¡Mi tos! ¿Qué tendría que decir yo acerca de sus eructos sin disimulo delante de nosotras, mientras devoramos nuestros magros sandwiches?
Me habían anunciado que el tipo echaría al primero que tosiera, sin usar mascarilla. Pero nadie pensó que iba tan en serio el asunto.
Yo venía capeando heroicamente los embates de las microgotas de Pflüge. Concurría a trabajar con sobredosis de vitamina C, haciendo una vida ejemplar en cuanto a dieta alimentaria, tipo chaleco antibalas interior. Y justo se me viene a escapar una débil tos de mosquito, una sola vez, y el eco fue a parar certeramente, a los super oídos biónicos del muy pusilánime. Nadie la escuchó. Sólo él, con sus cachetes rosados.
Al día siguiente, el asistente me mandó llamar y en ese momento supe que mis horas en la compañía estaban contadas con los dedos de una mano.
-Mi querida Vanessa, es muy incómodo para mí hablar contigo en estas circunstancias, pero como sabrás, las disposiciones establecidas son inamovibles, desde que el nuevo director entró en funciones.
Hundí el pecho con una mezcla de rabia, de indignación y de odio, también, por qué no.
-¿Debo retirarme ya?
-No, al contrario, linda. Te mandé llamar para comunicarte que necesito de tu generosa colaboración, dada la experiencia que posees en prácticamente todas las rutinas sobre el escenario. Debido a la pandemia que nos azota, más de la mitad del plantel se ha retirado a sus casas para cumplir con el auto-aislamiento establecido por el ministerio de salud, y que descuento que ya conocerás, porque han comenzado a manifestarse síntomas de gripe. Además, existe una pequeñísima petición que deseo hacerte.
-Usted dirá- contesto, sin salir de mi enorme asombro por el rumbo inesperado que estaban tomando los acontecimientos.
-Por favor, no vuelvas a toser sin mascarilla, cuídate mucho, porque alguien tiene que poner el pecho a las balas, ¿comprendes? ¡jajaja!
Me comentó Araceli, mi compañera de cuadro, que mis carcajadas se escucharon hasta el segundo subsuelo.
Los días que siguieron en mi trabajo, fueron extraordinariamente tranquilos y sin mayores complicaciones. Los pocos que permanecimos sanos, pudimos cumplir con nuestras obligaciones, y con enorme éxito, de paso.
Los días que siguieron en mi trabajo, fueron extraordinariamente tranquilos y sin mayores complicaciones. Los pocos que permanecimos sanos, pudimos cumplir con nuestras obligaciones, y con enorme éxito, de paso.
Los horarios de descanso eran gratos al punto de parecernos encuentros con verdaderos amigos. Gracias a esta nueva situación, las diez personas que nos veíamos desde hacía años, en los pasillos del recinto, nos habíamos re-descubierto al punto de saber cosas de la vida, uno del otro, como grandes amigos. Por ejemplo, jamás hubiera pensado que llegaría a saber los días de ovulación de Ruby, o la marca de preservativos que lleva siempre en el bolso, la risueña de Ángeles. Tampoco hubiera imaginado que Marcos es adicto al botox, y menos, saber que Tony es gay y vive en pareja con Alex.
El acercamiento afectivo entre el grupo fue creciendo un poco más cada día. Los hechos se fueron sucediendo de manera tal, que casi sin darnos cuenta estábamos planeando un negocio en sociedad a modo de franca competencia con la actual y pujante industria de mascarillas. Todos teníamos ahorros guardados que deseábamos convertirlos en alas propias. Por lo tanto, solamente faltaba presentar la novedad.
Quedaba una semana para que regresaran los del aislamiento forzoso y había que ir ultimando detalles.
El dueño de “Terciopelo Rojo” se reintegró a su puesto con huellas inequívocas en su rostro de que la fiebre por la gripe había hecho estragos. Las ojeras azuladas asomaban por encima de un barbijo inmaculado, enganchado en sus orejas. Una tos caprichosa, que no le permitía hablar más de tres palabras seguidas, le hizo brillar los ojos. Tenía la mirada perdida y pronto se encontró con la mía. La escena era tensa.
Hasta que por fin, inesperadamente, comenzó a aplaudir al ver a cada uno de los integrantes del cabaret, técnicos, iluminadores, bailarines y mozos, luciendo magníficos barbijos de raso de colores diferentes, bordados en pedrería, con interior descartable, a tono con las circunstancias y el lugar.
Pero su fugaz beneplácito duró poco, pronto se apagó su entusiasmo al conocer la noticia de nuestros jugosos ingresos, producto de la venta de esa clase de mascarillas, a todos los teatros del centro de la ciudad de Buenos Aires, mientras él quedaba afuera de nuestro negocio.
Empresa de la que nos aprovecharíamos hasta que el virus de la gripe aflojara, para emprender otro contra el agazapado dengue…
APL©2009

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