El tipo había desechado lujos, clase V.I.P. y cuanto privilegio le ofrecían, para tomarse unas vacaciones normales. “Normales”, había dicho, y el rostro de Moneypenny abandonó la expresión de devoción hacia Bond, para reflejar un total desconcierto.
También despreció la oferta de usar el Aston Martin, el Lotus o el Audi. Pidió un Citroën 3CV, para emprender sus vacaciones.
Las sales aromáticas surtieron su efecto. Moneypenny, repuesta del desmayo, tomó el teléfono, la guía comercial y ordenó a uno de los secretarios privados que antes del mediodía deberá estar estacionado en el garage, un Citroën 3CV de color gris.
-¡No! ¡Dije gris metalizado! – tronó Bond desde su sillón.
Luego, el 007 eligió el lugar turístico de su preferencia. Otra vez el rostro femenino viró al pálido mortal. Bond, poniéndose de pie lentamente, tomó con suave firmeza la mano de la joven, cuyo índice, al deslizarse por el plano de hoteles, se había detenido en Grecia.
-Honey, dije B A R I L O C H E.
La voz del agente denotaba una paciencia a punto de agotarse. Sin soltar la juvenil mano, apoyó el dedo hasta donde se leía claramente Bariloche.
-¿Su…Su…Sudamérica..? – balbuceó la chica.
-Exactamente. Muy buena tu pregunta. Veo que tus días de estudiante no han sido en vano. Haz por favor la reserva pertinente…
Con todo lo necesario para iniciar el largo camino que le esperaba, Bond tomó un último café a la turca y se sentó al volante. Los anteojos oscuros reflejaron las ventanas, donde veía a una absorta Moneypenny esbozando un tímido “good bye”. James captó el mensaje de esos labios, sonrió y encendió el motor.
Bariloche amaneció con cielo despejado. El 3CV cero kilómetro había respondido perfectamente a la exigencia del conductor. Bond jamás había conducido a tan baja velocidad, pero el disfrute de sus vacaciones incluía esa condición. El Dr. Kingsley le había aconsejado que no le pidiera tanto a su corazón. Y acató la orden a pie juntillas.
El hotel de tres estrellas distaba a una cuadra del centro comercial de San Carlos. El paisaje era idéntico al documental que había visto en Londres. Se enamoró del panorama lacustre a primera vista.
El botones, cargando con el escaso equipaje, lo condujo al lobby. El conserje, detrás del mostrador, le sonrió mecánicamente y le tomó los datos:
-¿Nombre?
-Eeeeh…Fleming, Ian Fleming - mintió Bond.
-¿Placer o negocios?
-Sólo placer.
-¿Viaja sólo o espera a alguien más?
-Depende. ¿Necesita saberlo ya?
-No, pero es por la cama. ¿Simple o doble?
-Doble, no podría hacerlo en una pequeña cama, aunque…
-Comprendo. Lo haré conducir hasta la suite especial.
-No. Deseo habitación común. Lo mismo que el menú. Tradicional, simple. ¿Muchos pasajeros?
-No, hasta ahora uno sólo. Parece que ambos vinieron hasta aquí a buscar el verdadero placer…
-¿Es alguien famoso?
-No, es un tal James Bond…
También despreció la oferta de usar el Aston Martin, el Lotus o el Audi. Pidió un Citroën 3CV, para emprender sus vacaciones.
Las sales aromáticas surtieron su efecto. Moneypenny, repuesta del desmayo, tomó el teléfono, la guía comercial y ordenó a uno de los secretarios privados que antes del mediodía deberá estar estacionado en el garage, un Citroën 3CV de color gris.
-¡No! ¡Dije gris metalizado! – tronó Bond desde su sillón.
Luego, el 007 eligió el lugar turístico de su preferencia. Otra vez el rostro femenino viró al pálido mortal. Bond, poniéndose de pie lentamente, tomó con suave firmeza la mano de la joven, cuyo índice, al deslizarse por el plano de hoteles, se había detenido en Grecia.
-Honey, dije B A R I L O C H E.
La voz del agente denotaba una paciencia a punto de agotarse. Sin soltar la juvenil mano, apoyó el dedo hasta donde se leía claramente Bariloche.
-¿Su…Su…Sudamérica..? – balbuceó la chica.
-Exactamente. Muy buena tu pregunta. Veo que tus días de estudiante no han sido en vano. Haz por favor la reserva pertinente…
Con todo lo necesario para iniciar el largo camino que le esperaba, Bond tomó un último café a la turca y se sentó al volante. Los anteojos oscuros reflejaron las ventanas, donde veía a una absorta Moneypenny esbozando un tímido “good bye”. James captó el mensaje de esos labios, sonrió y encendió el motor.
Bariloche amaneció con cielo despejado. El 3CV cero kilómetro había respondido perfectamente a la exigencia del conductor. Bond jamás había conducido a tan baja velocidad, pero el disfrute de sus vacaciones incluía esa condición. El Dr. Kingsley le había aconsejado que no le pidiera tanto a su corazón. Y acató la orden a pie juntillas.
El hotel de tres estrellas distaba a una cuadra del centro comercial de San Carlos. El paisaje era idéntico al documental que había visto en Londres. Se enamoró del panorama lacustre a primera vista.
El botones, cargando con el escaso equipaje, lo condujo al lobby. El conserje, detrás del mostrador, le sonrió mecánicamente y le tomó los datos:
-¿Nombre?
-Eeeeh…Fleming, Ian Fleming - mintió Bond.
-¿Placer o negocios?
-Sólo placer.
-¿Viaja sólo o espera a alguien más?
-Depende. ¿Necesita saberlo ya?
-No, pero es por la cama. ¿Simple o doble?
-Doble, no podría hacerlo en una pequeña cama, aunque…
-Comprendo. Lo haré conducir hasta la suite especial.
-No. Deseo habitación común. Lo mismo que el menú. Tradicional, simple. ¿Muchos pasajeros?
-No, hasta ahora uno sólo. Parece que ambos vinieron hasta aquí a buscar el verdadero placer…
-¿Es alguien famoso?
-No, es un tal James Bond…
-¿¿¿Quién?????????
ALP© 2006
(Consigna de La Nación: "Las vacaciones de James Bond")

1 comentarios:
Dos James Bond en Bariloche, es como mucho, verdad? ajajaaaa
Pero conste que uno Bond, James Bond en Citroen 3CV gris metalizado, solo uno!! (?) ajajjaaaa
Besotes!
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