MIS HISTORIAS. La alquimia entre la realidad y los sueños. Entre los sueños y la imaginación.







domingo, diciembre 06, 2009

ROGER, APICULTOR, OJOS DE CIELO




Roger era apicultor de alma y aún ataviado con su traje blanco y la máscara con mosquitero verde, continuaba pareciéndome un lord inglés.
Era el encargado general de la cría de reinas y de toda la producción de la miel que vendíamos en nuestra finca de Villa La Angostura. Provenía de una familia inglesa, dedicada a la explotación de uno de los alimentos más antiguos de la humanidad y sabía todos los secretos en cuanto a abejas se refería. Hasta podía llegar a saber, por el color y la densidad, de qué flores provenía el noble producto. Y nunca se equivocaba.

Roger amaba el camino de los Siete Lagos de nuestra Patagonia, y más de una vez brillaban sus ojos del mismo color de las frías aguas, añorando su lejana adolescencia transcurrida en suelo británico, parecido, según él, a nuestro sur.

Un día, el peón que lo ayudaba en las tareas de apicultura, nos vino a avisar que no lo había visto dirigirse hacia el sector de los colmenares, como era su diaria rutina.
Cerca del mediodía, después de buscarlo por todos los rincones del campo, lo encontramos debajo de un alerce añoso, de ramas retorcidas. Estaba muerto, sentado contra el tronco, como si se hubiese detenido a descansar por un rato. El silencio que reinaba en la pequeña loma enmarcaba la imagen del hombre. Sólo se escuchaba, el zumbido de las lanchas de algunos turistas, ignorando lo ocurrido, debajo del árbol que había servido de lecho mortal.
Sentimos mucha pena por él. Y por nosotros. Pronto cumpliría setenta años. Tenía una vitalidad asombrosa y ejemplar.

Nadie se animaba a moverlo. Quizás, cada uno de nosotros, en el fondo del alma, deseábamos que sólo estuviese durmiendo una pequeña siesta.
Aún así, lo trasladamos entre todos hasta su pequeña casa, pegada al alambrado, y con gran respeto lo depositamos en su cama. Nos miramos con la tristeza reflejada en nuestros ojos, y nos dimos cuenta de lo solo que estaba Roger en el mundo. Jamás le conocimos familiar o amigo alguno. Lo único que sabíamos era que había aprendido de sus abuelos, a recolectar miel.

Hicimos los arreglos para que sus restos tuvieran un oficio digno. Sería sepultado en un pequeño cementerio junto a la iglesia del pueblo.
Estábamos en plena ceremonia de inhumación, cuando de pronto empezamos a asistir a una escena asombrosa. Enjambres de todas partes comenzaron a llegar para quedarse suspendidos sobre el féretro, mientras el sacerdote, sin inmutarse, continuaba con la oración de difuntos. Las abejas zumbaban, girando sobre la tumba abierta. Algunos de los asistentes estaban inquietos, pero permanecían a los lados, en señal de respeto.
Un viejo labrador, con voz ronca, apenas audible, advirtió:
-Ha comenzado a soplar viento del sur. Eso las pone nerviosas, de manera que no se mueva nadie de su lugar. Pronto se irán.
Efectivamente, cuando los sepultureros terminaron de arrojar las últimas paladas de tierra sobre el féretro, en medio de un enorme torbellino, las abejas se volvieron a encolumnar y se alejaron. Habían realizado una increíble ceremonia de despedida.

Tiempo después, en cada primavera, al ver florecer los cardos, la alfalfa y los tréboles no puedo evitar el recuerdo de la miel clara y liviana que recolectaban las manos sabias de Roger, el apicultor de ojos de cielo.


ALP©2007 - Inspirado en mi papá que fue un gran apicultor.