MIS HISTORIAS. La alquimia entre la realidad y los sueños. Entre los sueños y la imaginación.







domingo, diciembre 26, 2010

ESPÍRITUS NAVIDEÑOS




Sólo me bastó tocar el timbre una sola vez para que abrieran la puerta. Y me alcanzó una ojeada para darme cuenta de que quien apareció ante mí era un desconocido al que no había visto en mi vida.
-No lo puedo creer. Estás igual a aquel día en que nos despedimos en este mismo lugar - dijo, señalando el piso - Te hubiera reconocido en cualquier lugar del mundo.
Mi cabeza comenzó a elaborar conexiones con este hombre que hablaba como si me conociera desde siempre. Pero por más que pensara, mi incertidumbre crecía hasta producirme una nube de amnesia.
-Sabrás disculparme pero no te he visto en mi vida. Creo que hay una gran confusión, y creo que será mejor que me vaya, debo haberme equivocado de calle. Yo sólo pasaba para ver si…
El desconocido se puso a un lado de la puerta y me invitó a pasar. Por la gentileza inesperada con que lo hizo, acepté, y mi disgusto del principio fue dando lugar a una creciente curiosidad.
La casa se mostraba diferente. Las paredes estaban como recién pintadas de un color alegre, lo mismo en cuanto al resto de la decoración. Los muebles no parecían haber tenido uso alguno. La palabra exacta para definirla sería… impecable.
Nos sentamos en la sala en la que había una pantalla donde se proyectaba una película familiar casera. En la misma reconocí a mis padres, a mis hermanos, a mí, a mis tíos y a mis primos. Calculé en el aire que esa filmación tendría unos veinte años. Miré al desconocido y él señaló con su índice a un niñito que se asomaba apenas por el costado del sofá.
-Éste soy yo. No me gustaba para nada la idea de que me tomaran fotografías o peor aún, que me filmaran.
Se rió muy divertido al hacer este comentario. Y yo sentí que mi cabeza buscaba una explicación al hecho de que ese pequeño primo estuviera aquí, hablando animadamente conmigo, y saber que durante años habíamos crecido con la noticia de que el más pequeño de los ocho primos que éramos para jugar, se había perdido.
Como respondiendo a mis interrogantes, el desconocido se tomó unos minutos para contar su historia y me preguntó si deseaba beber o comer algo.
Luego de disponer un par de limonadas y un plato con snacks sobre la mesita de cristal, mirando hacia el ventanal y como ensimismado habló durante largos minutos sobre detalles familiares que yo ya sabía de memoria. El humo del cigarrillo que encendió danzaba sobre nosotros y recordé el aroma del tabaco que fumaba mi tío. Su padre. Porque al final del relato no tuve más remedio que creerle. Este desconocido era mi primo.
Pero aún me faltaban algunas piezas para completar este enigma. Piezas, preguntas, porqués, lo que fuera.
Víctor, tal el nombre de mi supuesto primo, parecía eludir el instante de la historia en el cual “desapareció”, se “perdió”, como nos habían hecho creer a nosotros, los niños de la familia, tan fácilmente, y con tanta firmeza, que lo creímos por siempre.
El reloj de péndulo en el cual no había reparado cuando entré, me recordó que ya era tiempo de irme. El atardecer pronto dejaría de serlo y no me agradaba la idea de andar de noche cruzando la capital, aunque lo hiciera en mi propio automóvil.
Nos despedimos con la promesa de retomar la conversación y fijamos otro encuentro en un par de días más, ya que por motivos de mi trabajo debía viajar a otra provincia.

La voz femenina al otro lado del teléfono me sorprendió pero luego no tanto, ya que debo admitir que mi primo Víctor se había convertido en un hombre guapísimo.
-¿Con quién dijo usted?
-Con Víctor. Mire, yo soy su prima y hace un par de días estuvimos charlando allí mismo. Por lo tanto le agradecería si me pasa con él o me indica en qué momento podría volver a llamar.
El clac en el auricular del teléfono no era el mismo clac que suena cuando se termina de conversar. Fue un clac como de sorpresa imprevista, de indignación, de…
Tomé la cartera y las llaves de mi auto. En el trayecto trataba de que mis pensamientos no me distrajeran del intenso tránsito de las seis de la tarde.
Los cuarenta minutos del viaje finalizaron cuando pulsé el timbre de la casa. Era la segunda vez en pocos días que llamaba a esta puerta. Esta vez fueron necesarias cinco las veces en que sonó hasta que abrieran.
Los ojos de la joven mostraron lágrimas reprimidas y su abrazo me sorprendió dejándome dura como una estatua. Su llanto y el temblor de su cuerpo delgado me apenaron mucho. Cuando por fin se repuso se disculpó y mientras secaba sus lágrimas me hizo pasar al interior de la casa.
Todo estaba igual. Hasta la misma película familiar se estaba proyectando en la pantalla, donde días antes Víctor había apoyado su índice señalándose y riéndose de sí mismo.
Todo estaba igual.
La joven, más calmada se levantó del sillón, me preguntó si deseaba beber o comer algo. Luego de disponer un par de limonadas y un plato con snacks sobre la mesita de cristal, mirando hacia el ventanal y como ensimismada habló durante largos minutos sobre detalles familiares que yo ya sabía de memoria. Luego, lentamente se acercó a la
pantalla y con su índice señaló a la más joven de mis tías, a la madre de Víctor.
- Ésta soy yo. No me gustaba para nada la idea de que me tomaran fotografías o peor aún, que me filmaran.

Lo dijo sin tristeza, tal vez con un dejo de nostalgia. Y no necesité más piezas para armar mi rompecabezas.
El reloj de péndulo en el cual ya había reparado cuando entré, me recordó que era tiempo de irme. El atardecer pronto dejaría de serlo y no me agradaba la idea de andar de noche cruzando la capital, aunque lo hiciera en mi propio automóvil.

Al salir, cerré con cuidado la puerta con ausencia total de temor o de espanto. Por qué habría de tenerlo, si al fin y al cabo se trataba de Víctor, mi primo, el mismo que se había perdido siendo pequeño. Me lo acaba de confirmar su propia madre. Mi tía.

“En vísperas de Navidad todo puede pasar”, me había dicho alguien esta mañana. Y al recordarlo, un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, a pesar de que mañana comenzará el verano en este hemisferio sur...


ALP© 2010

viernes, diciembre 03, 2010

A los lectores que pasen por mi blog...

Por favor, si tienen dificultad para leer, hagan click en HERRAMIENTAS y luego click en VISTA DE COMPATIBILIDAD. Se han quejado muchos lectores de que no se lee bien. Pero creo que es la solución para visualizar mejor mi blog. Y de paso...

¡¡¡MUCHAS GRACIAS POR PASAR!!!

jueves, noviembre 25, 2010

MI CAMPO VISUAL





La concurrencia permanecía inmóvil. La homilía del sacerdote llegaba hasta lo más profundo de los corazones reunidos en la capilla para recordar a nuestros queridos ausentes, y como mi familia había tomado la amorosa costumbre de reunirse a comer en las fechas de cumpleaños de los que no estaban vivos pero que permanecían en el recuerdo, esa vez la reunión se realizaba en la casa de campo de mi octogenaria tía abuela Teté, viuda reciente, jueza de paz jubilada y dueña de las manos que mejor amasan pan casero. Claro está que solamente amasa cuando viene su sobrino nieto favorito, pero que obviamente lo disfrutamos todos.

En la larga mesa, los platos variados eran obra de las habilidades de las mujeres de la familia, salvo las niñas. Ellas eran las encargadas de empujar la carretilla con sandías que elegía en la huerta el casero de la finca. La escena era divertidísima y las risas generales nos hacían muy bien a todos.
La tía abuela Teté era la encargada de repartir tajadas de sandía. Podría asegurar que era el postre indicado para reírnos unos de otros.

La fruta estaba deliciosa, desparramaba zumo y dulzor en cada mordisco que le dábamos. Las gotas caían sobre el césped y se demoraban un instante antes de ser absorbidas por la tierra. El disfrute era general, por lo que podía ver de reojo. Bocas riendo y chorreando. Las barbas del tío Fito y el delantal de la tía abuela acusaban recibo del festín.

Les pedí que no tiraran las semillas y las depositaran en el cuenco de loza donde sólo quedaban migas de pan, que estaba en el medio de la mesa.
Al cabo del postre rojiverde que mitigó el calor del mediodía, me hice de una gran cantidad de semillas negras que me alcanzaban para elaborar lo que tenía in mente desde que mi padre había calado la primera de las opulentas frutas.
Deseaba tener un collar y una pulsera hechas con semillas como las que había visto en una revista de línea aérea, que siempre me traen los que viajan y saben que miro con especial interés.

Después de colaborar con las demás mujeres de la familia en las tareas de levantar la mesa y lavar la vajilla, me dispuse con empeño y prolijidad de joyero a lavar muy bien las futuras cuentas. Las extendí sobre una toalla absorbente y esperé que se secaran al sol, completamente.
Más tarde, en el cuarto de herramientas busqué barniz y les di el acabado justo, esperando con paciencia la segunda etapa de secado necesaria.
Ya listas, mis semillas parecían de cristal negro y mi satisfacción dio lugar a la impaciencia por empezar el enhebrado, luego de practicarles un orificio con la mecha más fina que había encontrado en un estuche.
El fino cordón de seda, también negro, se iba poblando y ya casi se estaba pareciendo al collar que imaginaba. Un metro y medio de largo, una vez anudado, ya me permitía obtener un collar de varias vueltas.
Para la pulsera, lo mismo pero con menos longitud.

Al fin, terminé mi obra. Me sentía feliz porque me habían salido idénticos a los de las fotografías de la revista.
Más tarde, llegó la hora del té. El sol de la tarde plena dotó de esplendoroso brillo a la vajilla antigua y señorial de la tía abuela Teté, quien estaba en su salsa brindando una merienda como “las de antes”, a sus invitados.

La noche arribó a la finca, bellísima y olorosa. La luna bañaba el lugar y el asado planeado estaba en sus comienzos, según los preparativos y las tareas llevadas a cabo por todos con gran dedicación.
Yo estaba emocionada especialmente esa noche porque sabía que estaba invitado Juan, un compañero de universidad de mi primo, y que me estaba gustando cada vez más. Habíamos empezado a salir. Sin compromiso y en forma “casual” tomábamos café o buscábamos la excusa de alguna conferencia interesante para asistir juntos, cada vez que se daba la ocasión.
Me arreglé con esmero y el sol de primavera me había encendido la piel. Me puse mis joyas y me encantó el contraste sobre la blancura de la blusa.

La cena familiar fue maravillosa. Al momento del café, Juan y yo nos fuimos a sentar sobre unos troncos llevando las tazas con nosotros, para disfrutar de una noche espléndida.
Yo esperaba que me dijera ese algo que anhelaba mi corazón. Y de pronto me miró acercando su cara a la mía:
-No sé si tus ojos brillan más que tu collar y tu pulsera o ellos superan el brillo de tu mirada. Son hermosos.
-¿El collar y la pulsera te parecen hermosos?
-No, tus ojazos. Aunque espero que no estén hechos también de semillas de sandía.
Acto seguido me besó en la boca dejándome casi sin aliento y luego nos reímos de buena gana por la ocurrencia.

Las carcajadas nuestras, escuchadas por todos los que permanecían de sobremesa, hicieron que nos llamaran para compartir el motivo. La tía abuela Teté blandía en alto un plato con torta de chocolate a modo de anzuelo para hacernos acercar a la gran mesa.

Pero no respondimos al reclamo familiar.
Yo necesitaba otro beso más.


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viernes, julio 02, 2010

NADA MÁS



Noche de cine. Finaliza el film y se encienden las luces. Somos casi los últimos en abandonar el hall. Con gesto idéntico nos arrebujamos las solapas, tironeándolas sin éxito. Derrotados por el frío nuestras manos libres y heladas se buscan y se encuentran.
-¿A mi casa o a tu apartamento?
La pregunta te sorprende y finges indefensión.
-A donde prefieras.
Cobarde. No es la respuesta esperada.
En la esquina nos espera un remolino de hojas secas que aumenta nuestras ganas de llegar. Cruzamos la avenida ancha y luminosa guiados por mi preferencia. Eso te gusta. Y a mi también. Uno ordena y el otro obedece.
-Muero por un café.
-Y yo por un cognac.
El clac de la puerta de entrada al cerrarse marca la primera nota de nuestra privacidad.
El tiempo se detiene. Del frío al calor dos pasan a ser uno. El ambiente se inunda de ahora y nos devoran las llamas.
No urge nada más.


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domingo, abril 18, 2010

LILI, MI NENA


Mariano y Esteban habían compartido la escuela secundaria. Se conocían de memoria. Además se odiaban. No sabían bien por qué, pero no se podían ver desde el primer año. Quizás por alguna nimiedad entre jóvenes que están asomando a la vida. O por envidia. Los dos eran atractivos y explotaban las mismas posibilidades con las chicas.

El padre de Mariano tenía mucho dinero. En cambio, Esteban, de familia modesta, nunca tenía una moneda en el bolsillo.

Después de terminar el bachillerato, Mariano empezó Medicina y Esteban, el profesorado de piano. Las carreras de un cirujano plástico exitoso y un maestro de teoría y solfeo de barrio, no tenían nada en común. Por lo tanto sus vidas tomaron rumbos muy diferentes.

Mariano se instaló en Europa, conoció una francesa, se casó con ella y tuvieron una hija. Esteban se quedó en el barrio, se casó, pero se separó porque la mujer odiaba el piano.

Mariano volvió al país. Un accidente lo dejó viudo y con una hija jovencita que no podía caminar más.

Esteban, un día vio el aviso que puso Mariano, y fue. Por lo que fuera. Ya casi no tenía para vivir.

Mariano y Esteban se vieron y volvió el pasado. Pero se necesitaban mutuamente.
-Ella es Lili, mi nena. Mañana estamos de fiesta, cumple veintiuno...

Esteban se quedó a vivir en la casa de Mariano para darle clases de piano a la hija en silla de ruedas.

Las clases de piano, con el profesor viviendo en casa, era un sueño hecho realidad. Se los veía dichosos a los dos. La alumna aprendiendo y el maestro cobrando.

Mariano viajó a España para presidir un congreso mundial de medicina. Se fue tranquilo, al pensar que Lili había vuelto a sonreir.

Cuando regresó, a los quince días, el que ya no sonreía era él.

Las palabras del comisario, descarnadas, convirtieron su dolor en furia:

-No hay delito, doctor. Están casados y de luna de miel en Europa, además, una de las cuentas, la del banco en Suiza, está a nombre de su hija. No hay delito.
Si lo mata, el que va preso es usted...


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jueves, marzo 11, 2010

DE ELVIS A BERLIOZ


Renata, Patricia y Eugenia eran tres hermanas pertenecientes a una de las tantas familias acomodadas que elegían el tranquilo barrio de Belgrano de la década del ´50, para fijar su residencia.
Apenas se mudaron comenzaron a estudiar música por indicación de sus severos padres, en una de las mejores academias que existían en esa época, la cual hacía unos días que había abierto sus puertas.

El profesor, perfeccionista y exigente, convertía en toda una ceremonia, cada una de las clases.
Por unos minutos, se paraba delante del alumnado para observar y corregir cualquier postura desaliñada, especialmente en la forma de portar los instrumentos.
Era rara la vez que debía dirigirse a las hermanas. El maestro se desplazaba por entre los alumnos, con los pulgares enganchados en los bolsillos de su chaleco, lentamente.
Renata, sosteniendo el arpa de palisandro y marfil por la columna, con ambas manos, esperaba su turno de inspección.
Patricia se mantenía muy derecha en la butaca, sosteniendo sobre su falda, el violín y el arco.
Eugenia, inquieta, trataba de no temblar y se aferraba a su clarinete de ébano con llaves de plata.
Cumplida esa rutina de los lunes, miércoles y jueves, el resto de la clase se desarrollaba con normalidad, y las jóvenes hermanas parecían disfrutar mientras ejecutaban los instrumentos, con notable aplicación.

En honor a la verdad, las chicas hubieran preferido estudiar música moderna.
Cuando sus padres se ausentaban por algún compromiso social, y sabían que iban a estar solas por largas horas, el combinado del comedor reproducía, uno tras otro sin cesar, la pila de discos long playing de furioso rock and roll, que fueron comprando a escondidas.
Parecían enloquecer al escuchar los temas de Elvis Presley, Chubby Checker o Bill Halley con sus Cometas.
Bailaban enloquecidas practicando los pasos de rock que habían aprendido en un programa de televisión, durante el cual, un descarado Elvis movía su pelvis y sonreía sensual mirando a la cámara.
Eugenia era la más entusiasta, haciendo notar a sus hermanas el gran parecido físico entre el profesor de música y la movediza nueva estrella del rock. Además, a nadie había contado que su corazoncito latía desenfrenadamente durante las clases de música. Así como tampoco mostraba las fotos de Elvis, que recortaba de las revistas, y guardaba entre las páginas de sus libros.

Cierta noche, los padres de las chicas, invitaron a cenar al severo profesor de música, conforme a la fluida relación que mantenían ambas familias. El padre, como para ir preparando el ambiente, puso en el tocadiscos la Sinfonía Fantástica de Berlioz, en la que se destaca un solo de arpa.

Al llegar el invitado, todo transcurrió en un clima de absoluta cordialidad, y en las conversaciones siempre estaba el tema de la música. El profesor comentaba los adelantos de las chicas, y lo aplicadas que demostraban ser, clase tras clase.
Luego de los postres, el maestro se acercó hasta los estantes donde se guardaban los discos y al ver la tapa del Disco de Oro de Elvis, el cual las hermanas se habían olvidado de esconder, mirando a las chicas, preguntó:
-¿Podemos escucharlo?
Ellas miraron a su padre, quien atónito, respondió un “sí” apenas audible, ya que desconocía su existencia. Los primeros compases de “Love me tender”, cantado con sugestivo acento, distendió el clima almidonado de la reunión. El maestro invitó a bailar a Renata mientras los demás no daban crédito a sus ojos. El segundo tema, “It´s now or never” , lo bailó con Patricia, y los padres observaban ya, con una tímida sonrisa en sus labios.
La explosión surgió cuando “Jailhouse Rock” inundó el aire y el profesor, tomando a Eugenia de un brazo, comenzó a sacudirse como poseído, contagiándola con los frenéticos pasos, quien lo seguía con maravillosa gracia. Ambos dieron rienda suelta a sus habilidades con los pasos del ritmo de moda. La pollera de la joven parecía tener vida propia por las vueltas en el aire cuando el profesor, con gran destreza, la revoleaba y conducía en el loco baile.
El joven maestro totalmente despeinado y agitado, tomando repentinamente a Eugenia en sus brazos, comenzó a hacer la mímica del final de la canción, ante el espanto incipiente de los padres. Parecía el mismísimo Elvis allí presente, que sonreía con aire seductor y se inclinaba ante los aplausos y grititos histéricos de las chicas. Realmente, estaban todos pasando una noche inolvidable. La personalidad del profesor había mostrado una faceta desconocida, que a todos había complacido.
Bueno, a casi todos. Porque dos días después, las jóvenes habían comenzado a concurrir a las clases de música de un nuevo profesor, que no se parecía a ningún astro del rock.
A decir verdad, se parecía al mismísimo Berlioz…


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(Consigna de La Nación: un relato que refleje la llegada al barrio de un vecino nuevo.)

MISTERIOSA CRISTINA


Cristina Weishaupt se mudó al barrio de Florida, y en el local que se alquilaba en la esquina de Güemes y Valle Grande, instaló su peluquería. Su aparición fue tan impactante, que el tema se convirtió en una especie de obsesión, que no sólo envolvió a todos los vecinos, sino que ya se perfilaba como una pseudo cacería por la cual todos se empezaron a creer detectives, policías o sabios.
Se había desatado una especie de competencia para ver quien sabía más sobre ella, y en las conversaciones vecinales abundaban toda clase de tonterías. Y también verdades, por qué no.
Las vecinas, inmediatamente, acudieron a someterse a los servicios del pequeño Salón de Belleza, en fila india, lo que fue engrosando paulatinamente, la cuenta corriente de la estilista. Pero no iban tanto como para embellecerse, sino como para averiguar todo lo que pudiera cambiar el aburrimiento de un barrio demasiado tranquilo, a veces.

Al principio, las comidillas apuntaban al parecido físico de la mujer, con Greta Garbo. Después, la semejanza ya apuntaba a Rita Hayworth y finalmente, quizás para acercarla a un perfil decididamente más pecaminoso, le habían puesto el sobrenombre de “Marilyn”. Tiempo después, descubrieron que el apellido de Cristina, de origen alemán, le otorgaba el halo de misterio apropiado, para recaer en la creencia generalizada de que tal vez se trataba de la descendiente directa del creador de la secta Illuminati, Adam Weishaupt. Y mencionar tan sólo el nombre de dicha orden, era como adentrarse al mundo de los enigmas, leyendas y misterios, que se originan en torno a esta sociedad secreta, también conocida como la Orden de los Perfictibilistas o Iluminados de Baviera.
O sea, que a la pobre peluquera Cristina, ya la habían emparentado con los cultos precristianos y masonerías del mundo antiguo y medieval. Y todo por llevar el apellido Weishaupt, de lo cual, efectivamente, la rubia no tenía la más mínima culpa.

Los más persistentes y tenaces vecinos del barrio habían averiguado también que el fundador de los Illuminati, había sembrado una simbología cuasi subliminal en todo el mundo. Como por ejemplo, el famoso “Ojo que todo lo ve”, en los billetes de un dólar norteamericano, y el Búho de Minerva, la diosa de la sabiduría, cerca de la cara de George Washington, a una escala minúscula.
Rosita, la mamá de Beto, fue la que completó y dio un acabado remate a la historieta fabricada sobre la rubia peluquera, al escuchar de boca de la propia alemana, que era descendiente del creador de la Coca-Cola, John Pemberton.
Ahí sí que la cosa se puso bien fea. Desde lavado de dinero hasta integrante de una familia de brujos, las especulaciones se sucedían y parecían no tener fin. Carlitos, el sabihondo del barrio, empezó a desgranar las historias y los mitos que se habían difundido sobre la fórmula de la popular bebida.
-La fórmula está escondida en una caja fuerte de Atlanta. Es secreta. La compañía colaboró con los nazis. Financia cuerpos paramilitares y corruptos. Papá Noel fue inventado por Coca-Cola – seguía desparramando Carlitos, haciendo que los resquemores hacia Cristina, ya alcanzaran un cariz dramático: la conjura mancomunada para hacer que se vaya del barrio.

Muy pronto, las vecinas empezaron a espaciar sus idas a la peluquería. El boicot femenino estaba tomando cuerpo con doña Rosita a la cabeza. Cristina, ni lerda ni perezosa, cambió el cartel de Salón de Belleza, por Peluquería Unisex, redoblando la apuesta. Los maridos y solteros del barrio pisaron el palito, y se invirtieron los papeles. Mejor dicho, se cambiaron los motivos para odiar a la rubia. Ellos la defendían y ellas la aborrecían.
Mientras tanto, la peluquera agigantaba su fama y su clientela, ya que su leyenda se esparcía por todas las localidades del Partido de Vicente López, enriqueciendo su marketing.

Muy atrás quedaron las acusaciones e injurias que pretendían desprestigiarla. Salieron a relucir a la palestra, entonces, las desavenencias conyugales y súbitos divorcios, tornando la temática de los chismes de barrio, en una sola cuestión y en una feroz sentencia digna de estudio:
" La rubia es una destruye-hogares y una roba-maridos, como todas las rubias alemanas." Rosita dixit.


ALP©2010

(Consigna de La Nación: un relato que refleje la llegada al barrio de un vecino nuevo.)

LEGADO PATERNO


Ahora el mar es sólo un pozo.

La gigantesca mano toma el lápiz transparente como el aire, y tacha el último ítem del orden universal.
Debe completarse la lista de tareas a realizar. La mayor explosión demográfica ha desbordado los límites establecidos.
Cincuenta años de edad promedio es una buena etapa para resistir los tramos finales de una ancianidad, debilitada por las carencias.

El último huevo del último nido se ha transformado en la última golosina de la última ave sobre la faz de la Tierra.
El fondo de los océanos, mares, ríos y lagos, muestran su desnudez. Caracoles, anclas, botellas con mensajes, esqueletos sin edad o naturaleza, cofres y arena candente aparecen de nuevo, después de las aguas.

Los caminos están vacíos de todo y llenos de nada. Son solo rectas y curvas que ascienden y descienden.
La nada enseñoreada está abarcando un nuevo todo.

Los colores abandonados emigran hacia otros mundos, montados en remolinos de hojas amarillentas. En plumas perdidas y errantes. En ecos lejanos de voces olvidadas.
El silencio es corpóreo, ruidoso, agudo.
Los refugios subterráneos guardan latidos cada vez más débiles. Sobre la superficie no existe ya más vida. Por debajo, ya casi tampoco. Todos duermen, se empequeñecen, desaparecen. Falta poco.
La gigantesca mano retoma el lápiz transparente como el aire y escribe sobre la hoja de nebulosa, un nuevo renglón de un nuevo orden.

Un óvulo recién creado alberga un espermatozoide recién diseñado. En un crisol de estrellas, un rayo de otro sol, más joven, se posa sobre el embrión.
Y la mano anota, con prolijidad eterna, el momento preciso en que el hombre recibe lo que se ha establecido como una nueva oportunidad. La segunda. La última.

Los brazos humanos se extienden para recibir el legado paterno.

Y surge nuevamente la vida.

Nuevamente el agua.

Nuevamente el aire.

Nuevamente, ser.



ALP©2010


(Consigna de La Nación: relato basado en fotografía de paisaje lacustre hostil. El cuento lo escribí en 2007 y encajó en dicha consigna)

miércoles, marzo 10, 2010

PURIFICACIÓN




No puedo dejar de observar sus manos. Juega con el racimo de moscatel y cuenta cada uva, una y otra vez, mientras habla con pausas teatrales. Sus manos frescas y juveniles dicen claramente que las mismas jamás acariciaron ni realizaron bordado o tejido alguno. Tiene manos de catálogo de belleza. Impersonales y frías.

Purificación abandona el racimo sobre la fuente de donde lo tomó y prosigue con su discurso.
Su propuesta nos parece caída del cielo, y ambos, Jorge y yo, estamos a punto de aceptar la posibilidad de convertirnos en caseros de una de sus mansiones para evitar que fuera ocupada por intrusos.
Pero preferimos preguntar y escuchar más.
Puri ha quedado viuda y rica de forma tan repentina como escandalosa. Hermana mayor de mi padre, fallecido también, no es una pariente con la cual pudimos contar en momentos críticos. Ni antes ni ahora.
Bueno, ahora es diferente, porque es ella la que viene a nuestro encuentro y es ella la que en estos momentos nos está tentando con una propuesta que pinta como un ruego disimulado.
-Podemos ir a ver la casa ya mismo. Mi coche espera afuera y mi chofer hace lo que yo le digo. La vivienda está impecable y lista para habitar. Además, seguirían residiendo en la misma ciudad. Sin alejarse dramáticamente de sus ocupaciones. Y en forma gratuita, que es la parte de mi proposición que seguramente les conviene más.

La tía sabe que pronunciando la palabra gratis nos tiene amarrados a su voluntad. Jorge y yo nos miramos y con los ojos nos preguntamos lo que nuestros labios no dicen. Nuestra cuenta bancaria está en pañales y la posibilidad de tener techo propio es un sueño bastante lejano aún, pero con la ventaja de eliminar la sombra de nuestro actual alquiler y acrecentar los números del saldo de la cuenta, no nos parece tan remoto ese acariciado sueño.

Purificación nos convence. Buscamos nuestros abrigos y accedemos, cosa que automáticamente provoca una amplia y bella sonrisa en su cara. Parece otra, feliz de poder contar con sus sobrinos.
Al vernos, el chofer pone en marcha el lujoso vehículo de la tía, se apea de manera servicial y nos saluda rozando la visera de su gorra. Luego de escuchar las instrucciones de su jefa, nos mira por el espejo retrovisor y mientras sonríe nos pregunta qué clase de música nos gustaría escuchar. Nos pareció un exceso de cortesía pero como ni Jorge ni yo estamos acostumbrados a estos lujos lo dejamos a gusto de Purificación.

Partimos envueltos en la melodía de un Vivaldi primaveral que nos predispone a iniciar un camino promisorio, nuevo y sobre todo, inesperado.

Al cabo de un rato nos detenemos a cargar combustible en una estación y Puri nos invita a tomar café acompañado de porción de gâteau de chocolate y crema. Ella se abstiene, coqueta, obedeciendo a una dieta impuesta por su personal trainer.

Proseguimos viaje y apenas nos sentamos en el asiento trasero del automóvil Jorge se queda profundamente dormido. Purificación lo mira y sonríe dulcemente mientras dice:
-Debe estar tan cansado de trabajar que su cuerpo le pide una pequeña siesta.
Intento contestarle pero no puedo articular palabra porque el cansancio me vence a mí también y antes de caer dormida recuerdo la sonrisa de la tía que me mira con indulgencia.

……………………………

Siento mucho frío y me duele la espalda. Las piedras del suelo se clavan en mi cuerpo y noto que la ropa se me pega al cuerpo por la humedad del agua que me rodea. No puedo pensar con claridad. No entiendo lo que me ocurre. El sol del atardecer ilumina el paisaje y el silencio es tremendamente imperante. La mano de Jorge me roza el brazo. Me encuentro con su mirada que me interroga. Su ropa también está empapada. Mira hacia todos lados y tampoco comprende por qué estamos tendidos en la orilla de ese lago helado.
Su mirada me interroga y no tengo respuestas.
A nuestro alrededor se despliega un paisaje hostil y no se ven ni casas ni nadie cerca de donde estamos. Nos incorporamos con dificultad y mientras nos tomamos de la mano, instintivamente, comenzamos a caminar y luego a correr, en la medida en que nuestros cuerpos se van despabilando hacia una realidad que tiene visos de pesadilla.

Los rayos de un sol que agoniza manchan de rojos diferentes todo lo que conforma el extraño lugar. Nos miramos de a ratos, sin deseos de hablar. Sabemos que cada pregunta que nos hacemos, no tiene respuesta. Todas las preguntas tendrán sus respuestas más adelante. Mientras tanto, sólo nos resta andar.
La prueba de vida en la que estamos inmersos es nuestro presente. Y sé que de ella saldremos diferentes, puros, íntegros. Sólo nos resta andar...



ALP©2010
(Consigna de La Nación: Un relato a partir de una imagen lacustre y hostil)

viernes, febrero 19, 2010

CUSTODIA


Primero la escultura en nogal se encontró con mi mirada. Mi vista cubrió el cuerpo de la india desnuda, sin pausas.
Después, la voz enronquecida de soledades y licor del artesano, me llegó justificando su arte.
Con una mano enredada en el cerco y con la otra recibiendo lo convenido, me miró en azul tiempo y con pizca de ruego me entregó la custodia.
Hoy tengo en mi casa algo que por primera vez siento que no es mío.
A pesar de haberlo comprado.


ALP ©2010
(Consigna de La Nación: relato a partir de la foto de una mano tomando un cerco de alambre)

CONFABULACIÓN


No lograba concentrarse en el libro. Era inútil cerrar las ventanas de su departamento, ya que el bullicio del mediodía atentaba contra cualquier intención de estar en silencio. La avenida se mostraba vibrante de gente y de motores.
Decidió bajar y buscar un sitio alejado y tranquilo. Comenzó a caminar las cuadras que la conducían hasta la plazoleta redonda y encontró un banco debajo de un ceibo que parecía estar esperándola.

Se sentó y se dispuso a reabrir el libro comenzando a leer de nuevo y a conciencia, el prólogo.
Al cabo de un buen rato, un leve destello la distrajo e hizo que levantara la vista hasta el lugar de donde provenía. Contó siete pisos del edificio de enfrente y vio una ventana que se abría y se cerraba, como si alguien jugara a reflejar los rayos de sol sobre cualquier desprevenido, por el solo hecho de divertirse, gratuitamente. El encandilamiento fue breve, pero bastó para que se desconcentrara.
Miró a su alrededor y buscó otro banco que estuviera a cubierto del travieso anónimo. Divisó uno libre pasando el cantero de rosales y se apresuró a cambiar de ubicación.
Retomó la lectura desde la solapa del libro y leyó la biografía del autor, la cual había omitido. Con creciente interés leyó hasta el final, la obra y los premios de su escritor favorito.

Luego de unos quince o veinte minutos, ya enfrascada en la lectura del primer capítulo, un nuevo destello la arrancó de la aventura en la sabana africana. “No lo puedo creer”, pensó. “Otro idiota que se divierte molestando con los reflejos del sol”. Levantó la mirada hasta las terrazas de otro edificio, distante a unos veinte metros del anterior, justo en el momento en que los rayos apuntaban hacia ella. Quedó encandilada y otra vez más perdió el rumbo de la lectura.

A esas alturas, el interés por el libro ya no tenía la misma potencia, de manera que lo cerró, lo guardó en el bolso y abandonando la plazoleta enfiló hacia su casa. El calor, a esa hora, había trepado notoriamente, y era agobiante. Decidió pasar por la heladería de su cuadra y gratificarse a modo de consuelo ante tanta adversidad, con un pote refrescante de vainilla y chocolate.


El cartel le supo a bofetada. No era justo. “¿A quién se le ocurre realizar refacciones a una heladería en pleno verano? No es justo. Yo solamente deseaba leer mi libro, tranquila y en silencio”.

Al pasar por la librería donde había adquirido el ejemplar del best seller más leído de la temporada, no pudo menos que lanzar una carcajada al ver en la vidriera el anuncio que decía “Lea la última novela del exitoso escritor y lo convertirá en su autor favorito”.

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(Consigna de La Nación: relato que comience con la frase "No lograba concentrarse en el libro")

EL DESTINO DE AKIKO


Akiko era de la clase guerrera. Había nacido en el seno de una familia campesina, donde ya en los juegos infantiles denotaba habilidades con el arco, la flecha y la espada de madera.
Su padre no podía mantenerlo y mucho menos, educarlo. Su esposa, muerta en el parto, tal vez hubiera decidido aceptar la misma dolorosa pero necesaria elección. Por lo tanto, entregó esa vida pujante, a los brazos de una escuela que lo recibiría con generoso tratamiento, adueñándose de la misma y sellando un contrato firmado solamente con la palabra empeñada por el progenitor.
El niño, pronto formó parte del ejército de pequeños samurais de cinco años de edad, en permanente transformación castrense y humana.

El pequeño y su padre se miraron largamente, el día de la despedida. El secreto que ambos guardaban quedaba oculto, bajo el candado de sus labios apretados, infranqueables.

Akiko se había convertido en samurai, casi sin sentir las constantes oleadas de conocimientos que su maestro Yoshii le impartía diariamente. El cuerpo del joven era un campo listo para sembrar, la sangre de sus venas y los músculos de sus miembros parecían pedir a gritos la disciplina para la cual había nacido, hacía ya casi quince años.
El joven gozaba del trato especial que recibía del shogun. Soñaba con llegar a ser maestro de samurais, como Yoshii. Sentimiento que se vio reforzado el día que le fueron entregados el sable con filo de verdad y el yori, esa armadura que lo engrandecía, desde adentro hacia afuera. Su padre ya había partido hacia las tierras eternas, y no lo pudo ver ungido.


Durante los enfrentamientos entre los señores feudales que estaban en permanente disputa por sus dominios y posesiones, el joven integraba el grupo de bushis de élite, cada vez que el shogun señalaba a los más diestros y concentrados en el arte de la guerra y sus códigos de honor.
Debía defender los bienes del señor a custodiar, con su propia vida. Cabía una sola meta en la cabeza de un samurai, y el shogun respondía por esa meta con la subordinación y obediencia de sus mejores guerreros.

Akiko había cumplido dieciocho años, y su sueño de ser maestro de samurais se había esfumado al despertar a la cruda realidad de las revueltas y las rebeliones. Las circunstancias y los apremios en la toma de decisiones, casi sin darse cuenta lo colocaron ante la posibilidad de convertirse en shogun.
Akiko sentía que se aproximaba el momento de desaparecer para siempre de los escenarios bélicos y políticos, los cuales, en vez de atraerlo debido a sus aptitudes como guerrero, lo urgían a dejarlo todo de la noche a la mañana. Pasar de un instante al otro, con la misma rapidez con que su sable rasgaba el aire y sesgaba una vida.
Sentía que la verdad, su verdad que era su cuerpo, se aproximaba inexorablemente. El rostro de su padre ocupaba la mayoría de sus alterados sueños nocturnos y le decía que no debería seguir ocultando el secreto que los unía más allá de la muerte. El convertirse en shogun no era para lo cual había nacido.
Tsumoto, su compañero más fiel compartía el inmenso peso del secreto y estaba dispuesto a huir con Akiko. No estaba solo. No estaban solos.
Nadie había sospechado jamás que Akiko estaba lejos de ser el joven samurai que acostumbraban a ver actuar con la precisión de un maestro.
Akiko era mujer. Su alma siempre se escondió a la perfección debajo de las ocasionales prácticas y vestiduras bushis. Y solamente el fruto de un amor, también escondido, pondría punto final a la carrera hacia un shogunato inminente.


Akiko tomó firmemente la mano de Tsumoto. Montados en sendos corceles, y muy juntas sus almas, iniciaron el camino tan diferente que ya estaba demarcando un ser que aún no estaba naciendo.
Nadie se inmutó al ver pasar a la pareja saliendo de Kyoto. Ella, una joven con vestiduras oscuras y el pelo sujeto en la nuca, con la naginata pendiendo del lado derecho. Y él, a su lado en actitud protectora. Ambos con sombreros you li, cónicos, sombreándoles las miradas.

Alguno, quizás, habrá pensado que la pareja iría en busca de su destino.
Estaría completamente en lo cierto.

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(Consigna de La Nación: Cuento ambientado en el Japón de la época de los samurais)

MAÑANA OLVIDARÁS, CARMEN


-Abuelo, no quiero que me saquen de la escuela. Tengo muchas amigas y la maestra dice que mi letra es muy linda. No quiero que me saquen, abuelo. Pasaré a cuarto grado.
El hombre, sin bajar la vista que traspasa el alambrado, se aferra al tejido y se le crispa la mano.
-Así debe ser, mi Carmen, así debe ser. Tus tías y tus primas mayores te enseñarán lo que te falta saber. Y más todavía. Verás que sin darte cuenta, te irás olvidando de la escuela.
La niña comprende y no quiere que su abuelo sepa que sabe. Y llora con todas las ganas y la rabia en un último intento de poder romper con las leyes que aún desconoce, pero que pesan ya, tanto, y duele en sus ojos grandes y negros, el llanto. Y comprende pero no quiere que nadie sepa que sabe. No quiere crecer, no quiere pensar en dejar la escuela, las rondas y las páginas rayadas del cuaderno nuevo. Dejar de mostrarle a su maestra, lo bien que escribe y cómo progresa en ortografía.
-¿Qué quieres ser cuando seas grande, Carmen?
-Maestra, como usted.
-Tienes letra de maestra, de manera que lo serás.

El abuelo de Carmen quita la mano del alambre, pero los ojos vivaces de la niña, ya vieron.
-Te quitaste los anillos, y tampoco llevas la cadena con el corazón de marfil, abuelo. Siempre que me traes a la escuela o me buscas a la salida, te quitas todo, ¿por qué?

Ambos apuran el paso. Están cerca del campamento. Les van llegando aromas mezclados y apetitosos. El potaje de cerdo y garbanzos está a punto. El café espera hasta la sobremesa y la ropa colgada en los pasillos baila con pasos multicolores. Diálogos a viva voz, en romanés, hablan sobre que mañana muy temprano partirán. Otra vez.

-Abuelo, no me respondes, ¿por qué debo dejar la escuela?
-Porque somos gitanos, mi Carmen, así debe ser. Mañana olvidarás.

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(Consigna de La Nación: relato basado en la foto de una mano tomando un cerco de alambre)

El CORTEJO


No lograba concentrarse en el libro. Creyó que la soledad del camposanto permitiría el camino hacia las profundidades de las páginas nuevas, rígidas y fragantes de tinta. Amaba despojarse de las vestiduras de su presente real para ataviarse con las galas de fantasía de un libro virginal. Una buena lectura era el salvoconducto para huir durante un apacible lapso, de su trabajo como administrador del cementerio del condado. Pero enseguida maldijo su frágil y corta memoria cuando la banda de músicos irrumpió con sus tachines y pumpunes. Parecían muñecos accionados a cuerda. Detrás de ellos, el cortejo fúnebre caminaba lento y con pesar.
Había olvidado el entierro del director del coro de la iglesia. Sin quitar la vista de aquel grupo de músicos vestidos con camisas de satin azul, fue cerrando suavemente la tapa del libro. Su dedo índice recorrió con resignación el camafeo en bajorrelieve que decoraba esa antiquísima edición.
Los observó sin pena. Sin nada por qué entristecerse. Ni los conocía siquiera. La viuda del difunto tenía el rostro semioculto por el velo, vestía de negro y sus hombros se sacudían por los sollozos. El grupo de jovencitas y mozuelos, también de negro, caminaban mirando al suelo y de a ratos secaban sus ojos con pañuelos blancos y arrugados.
Desde temprano, una brisa suave y agradable acariciaba las copas de los cipreses. Pasado el mediodía el viento había crecido y tenía la fuerza suficiente para delinear redondeles de polvo marrón sobre los senderos que demarcaban las tumbas.
Y al momento del entierro, las ráfagas huracanadas y amenazantes maltrataban a empujones al doliente grupo reunido para despedir los restos.
El viento aullaba y se empeñaba en desvestir a los asistentes, tironeando de sus ropas, como enloquecido, hasta que logró apoderarse de la oscura capelina de la mujer, alejándola más y más, haciéndola rebotar por encima de las cruces y las lápidas.
Todos empezaron a correr al rescate del sombrero, dejando al féretro solo y esperando, para cuando ya compuestos, los deudos regresaran y terminaran con la inhumación.
Los minutos pasaron, el viento no amainaba y la lluvia apareció formando una ondulante cortina rayada, luego de que la voz ronca y sostenida de un trueno, pusiera en fuga a la tristeza, al grupo familiar, a la capelina y al polvo reseco del cementerio.
Con una alfombra verde, enorme, el administrador se dirigió a cubrir el cajón, con otra mano, sostenía un viejo paraguas. “Ya habrá tiempo mañana. Ahora quiero leer mi libro, tranquilo”.
El anciano encendió el farol, acomodó el almohadón de su silla junto al escritorio y se dispuso a retomar la lectura.
Miró por la ventana hasta donde le daba la vista y con un largo suspiro murmuró una frase habitual, “Pobre gente, cuánto dolor”.
ALP © 2010
(Consigna de La Nación: Cuento que comience con la frase "No lograba concentrarse en el libro")