MIS HISTORIAS. La alquimia entre la realidad y los sueños. Entre los sueños y la imaginación.







viernes, febrero 19, 2010

CUSTODIA


Primero la escultura en nogal se encontró con mi mirada. Mi vista cubrió el cuerpo de la india desnuda, sin pausas.
Después, la voz enronquecida de soledades y licor del artesano, me llegó justificando su arte.
Con una mano enredada en el cerco y con la otra recibiendo lo convenido, me miró en azul tiempo y con pizca de ruego me entregó la custodia.
Hoy tengo en mi casa algo que por primera vez siento que no es mío.
A pesar de haberlo comprado.


ALP ©2010
(Consigna de La Nación: relato a partir de la foto de una mano tomando un cerco de alambre)

CONFABULACIÓN


No lograba concentrarse en el libro. Era inútil cerrar las ventanas de su departamento, ya que el bullicio del mediodía atentaba contra cualquier intención de estar en silencio. La avenida se mostraba vibrante de gente y de motores.
Decidió bajar y buscar un sitio alejado y tranquilo. Comenzó a caminar las cuadras que la conducían hasta la plazoleta redonda y encontró un banco debajo de un ceibo que parecía estar esperándola.

Se sentó y se dispuso a reabrir el libro comenzando a leer de nuevo y a conciencia, el prólogo.
Al cabo de un buen rato, un leve destello la distrajo e hizo que levantara la vista hasta el lugar de donde provenía. Contó siete pisos del edificio de enfrente y vio una ventana que se abría y se cerraba, como si alguien jugara a reflejar los rayos de sol sobre cualquier desprevenido, por el solo hecho de divertirse, gratuitamente. El encandilamiento fue breve, pero bastó para que se desconcentrara.
Miró a su alrededor y buscó otro banco que estuviera a cubierto del travieso anónimo. Divisó uno libre pasando el cantero de rosales y se apresuró a cambiar de ubicación.
Retomó la lectura desde la solapa del libro y leyó la biografía del autor, la cual había omitido. Con creciente interés leyó hasta el final, la obra y los premios de su escritor favorito.

Luego de unos quince o veinte minutos, ya enfrascada en la lectura del primer capítulo, un nuevo destello la arrancó de la aventura en la sabana africana. “No lo puedo creer”, pensó. “Otro idiota que se divierte molestando con los reflejos del sol”. Levantó la mirada hasta las terrazas de otro edificio, distante a unos veinte metros del anterior, justo en el momento en que los rayos apuntaban hacia ella. Quedó encandilada y otra vez más perdió el rumbo de la lectura.

A esas alturas, el interés por el libro ya no tenía la misma potencia, de manera que lo cerró, lo guardó en el bolso y abandonando la plazoleta enfiló hacia su casa. El calor, a esa hora, había trepado notoriamente, y era agobiante. Decidió pasar por la heladería de su cuadra y gratificarse a modo de consuelo ante tanta adversidad, con un pote refrescante de vainilla y chocolate.


El cartel le supo a bofetada. No era justo. “¿A quién se le ocurre realizar refacciones a una heladería en pleno verano? No es justo. Yo solamente deseaba leer mi libro, tranquila y en silencio”.

Al pasar por la librería donde había adquirido el ejemplar del best seller más leído de la temporada, no pudo menos que lanzar una carcajada al ver en la vidriera el anuncio que decía “Lea la última novela del exitoso escritor y lo convertirá en su autor favorito”.

ALP ©2010
(Consigna de La Nación: relato que comience con la frase "No lograba concentrarse en el libro")

EL DESTINO DE AKIKO


Akiko era de la clase guerrera. Había nacido en el seno de una familia campesina, donde ya en los juegos infantiles denotaba habilidades con el arco, la flecha y la espada de madera.
Su padre no podía mantenerlo y mucho menos, educarlo. Su esposa, muerta en el parto, tal vez hubiera decidido aceptar la misma dolorosa pero necesaria elección. Por lo tanto, entregó esa vida pujante, a los brazos de una escuela que lo recibiría con generoso tratamiento, adueñándose de la misma y sellando un contrato firmado solamente con la palabra empeñada por el progenitor.
El niño, pronto formó parte del ejército de pequeños samurais de cinco años de edad, en permanente transformación castrense y humana.

El pequeño y su padre se miraron largamente, el día de la despedida. El secreto que ambos guardaban quedaba oculto, bajo el candado de sus labios apretados, infranqueables.

Akiko se había convertido en samurai, casi sin sentir las constantes oleadas de conocimientos que su maestro Yoshii le impartía diariamente. El cuerpo del joven era un campo listo para sembrar, la sangre de sus venas y los músculos de sus miembros parecían pedir a gritos la disciplina para la cual había nacido, hacía ya casi quince años.
El joven gozaba del trato especial que recibía del shogun. Soñaba con llegar a ser maestro de samurais, como Yoshii. Sentimiento que se vio reforzado el día que le fueron entregados el sable con filo de verdad y el yori, esa armadura que lo engrandecía, desde adentro hacia afuera. Su padre ya había partido hacia las tierras eternas, y no lo pudo ver ungido.


Durante los enfrentamientos entre los señores feudales que estaban en permanente disputa por sus dominios y posesiones, el joven integraba el grupo de bushis de élite, cada vez que el shogun señalaba a los más diestros y concentrados en el arte de la guerra y sus códigos de honor.
Debía defender los bienes del señor a custodiar, con su propia vida. Cabía una sola meta en la cabeza de un samurai, y el shogun respondía por esa meta con la subordinación y obediencia de sus mejores guerreros.

Akiko había cumplido dieciocho años, y su sueño de ser maestro de samurais se había esfumado al despertar a la cruda realidad de las revueltas y las rebeliones. Las circunstancias y los apremios en la toma de decisiones, casi sin darse cuenta lo colocaron ante la posibilidad de convertirse en shogun.
Akiko sentía que se aproximaba el momento de desaparecer para siempre de los escenarios bélicos y políticos, los cuales, en vez de atraerlo debido a sus aptitudes como guerrero, lo urgían a dejarlo todo de la noche a la mañana. Pasar de un instante al otro, con la misma rapidez con que su sable rasgaba el aire y sesgaba una vida.
Sentía que la verdad, su verdad que era su cuerpo, se aproximaba inexorablemente. El rostro de su padre ocupaba la mayoría de sus alterados sueños nocturnos y le decía que no debería seguir ocultando el secreto que los unía más allá de la muerte. El convertirse en shogun no era para lo cual había nacido.
Tsumoto, su compañero más fiel compartía el inmenso peso del secreto y estaba dispuesto a huir con Akiko. No estaba solo. No estaban solos.
Nadie había sospechado jamás que Akiko estaba lejos de ser el joven samurai que acostumbraban a ver actuar con la precisión de un maestro.
Akiko era mujer. Su alma siempre se escondió a la perfección debajo de las ocasionales prácticas y vestiduras bushis. Y solamente el fruto de un amor, también escondido, pondría punto final a la carrera hacia un shogunato inminente.


Akiko tomó firmemente la mano de Tsumoto. Montados en sendos corceles, y muy juntas sus almas, iniciaron el camino tan diferente que ya estaba demarcando un ser que aún no estaba naciendo.
Nadie se inmutó al ver pasar a la pareja saliendo de Kyoto. Ella, una joven con vestiduras oscuras y el pelo sujeto en la nuca, con la naginata pendiendo del lado derecho. Y él, a su lado en actitud protectora. Ambos con sombreros you li, cónicos, sombreándoles las miradas.

Alguno, quizás, habrá pensado que la pareja iría en busca de su destino.
Estaría completamente en lo cierto.

APL ©2010
(Consigna de La Nación: Cuento ambientado en el Japón de la época de los samurais)

MAÑANA OLVIDARÁS, CARMEN


-Abuelo, no quiero que me saquen de la escuela. Tengo muchas amigas y la maestra dice que mi letra es muy linda. No quiero que me saquen, abuelo. Pasaré a cuarto grado.
El hombre, sin bajar la vista que traspasa el alambrado, se aferra al tejido y se le crispa la mano.
-Así debe ser, mi Carmen, así debe ser. Tus tías y tus primas mayores te enseñarán lo que te falta saber. Y más todavía. Verás que sin darte cuenta, te irás olvidando de la escuela.
La niña comprende y no quiere que su abuelo sepa que sabe. Y llora con todas las ganas y la rabia en un último intento de poder romper con las leyes que aún desconoce, pero que pesan ya, tanto, y duele en sus ojos grandes y negros, el llanto. Y comprende pero no quiere que nadie sepa que sabe. No quiere crecer, no quiere pensar en dejar la escuela, las rondas y las páginas rayadas del cuaderno nuevo. Dejar de mostrarle a su maestra, lo bien que escribe y cómo progresa en ortografía.
-¿Qué quieres ser cuando seas grande, Carmen?
-Maestra, como usted.
-Tienes letra de maestra, de manera que lo serás.

El abuelo de Carmen quita la mano del alambre, pero los ojos vivaces de la niña, ya vieron.
-Te quitaste los anillos, y tampoco llevas la cadena con el corazón de marfil, abuelo. Siempre que me traes a la escuela o me buscas a la salida, te quitas todo, ¿por qué?

Ambos apuran el paso. Están cerca del campamento. Les van llegando aromas mezclados y apetitosos. El potaje de cerdo y garbanzos está a punto. El café espera hasta la sobremesa y la ropa colgada en los pasillos baila con pasos multicolores. Diálogos a viva voz, en romanés, hablan sobre que mañana muy temprano partirán. Otra vez.

-Abuelo, no me respondes, ¿por qué debo dejar la escuela?
-Porque somos gitanos, mi Carmen, así debe ser. Mañana olvidarás.

ALP ©2010
(Consigna de La Nación: relato basado en la foto de una mano tomando un cerco de alambre)

El CORTEJO


No lograba concentrarse en el libro. Creyó que la soledad del camposanto permitiría el camino hacia las profundidades de las páginas nuevas, rígidas y fragantes de tinta. Amaba despojarse de las vestiduras de su presente real para ataviarse con las galas de fantasía de un libro virginal. Una buena lectura era el salvoconducto para huir durante un apacible lapso, de su trabajo como administrador del cementerio del condado. Pero enseguida maldijo su frágil y corta memoria cuando la banda de músicos irrumpió con sus tachines y pumpunes. Parecían muñecos accionados a cuerda. Detrás de ellos, el cortejo fúnebre caminaba lento y con pesar.
Había olvidado el entierro del director del coro de la iglesia. Sin quitar la vista de aquel grupo de músicos vestidos con camisas de satin azul, fue cerrando suavemente la tapa del libro. Su dedo índice recorrió con resignación el camafeo en bajorrelieve que decoraba esa antiquísima edición.
Los observó sin pena. Sin nada por qué entristecerse. Ni los conocía siquiera. La viuda del difunto tenía el rostro semioculto por el velo, vestía de negro y sus hombros se sacudían por los sollozos. El grupo de jovencitas y mozuelos, también de negro, caminaban mirando al suelo y de a ratos secaban sus ojos con pañuelos blancos y arrugados.
Desde temprano, una brisa suave y agradable acariciaba las copas de los cipreses. Pasado el mediodía el viento había crecido y tenía la fuerza suficiente para delinear redondeles de polvo marrón sobre los senderos que demarcaban las tumbas.
Y al momento del entierro, las ráfagas huracanadas y amenazantes maltrataban a empujones al doliente grupo reunido para despedir los restos.
El viento aullaba y se empeñaba en desvestir a los asistentes, tironeando de sus ropas, como enloquecido, hasta que logró apoderarse de la oscura capelina de la mujer, alejándola más y más, haciéndola rebotar por encima de las cruces y las lápidas.
Todos empezaron a correr al rescate del sombrero, dejando al féretro solo y esperando, para cuando ya compuestos, los deudos regresaran y terminaran con la inhumación.
Los minutos pasaron, el viento no amainaba y la lluvia apareció formando una ondulante cortina rayada, luego de que la voz ronca y sostenida de un trueno, pusiera en fuga a la tristeza, al grupo familiar, a la capelina y al polvo reseco del cementerio.
Con una alfombra verde, enorme, el administrador se dirigió a cubrir el cajón, con otra mano, sostenía un viejo paraguas. “Ya habrá tiempo mañana. Ahora quiero leer mi libro, tranquilo”.
El anciano encendió el farol, acomodó el almohadón de su silla junto al escritorio y se dispuso a retomar la lectura.
Miró por la ventana hasta donde le daba la vista y con un largo suspiro murmuró una frase habitual, “Pobre gente, cuánto dolor”.
ALP © 2010
(Consigna de La Nación: Cuento que comience con la frase "No lograba concentrarse en el libro")