
No lograba concentrarse en el libro. Era inútil cerrar las ventanas de su departamento, ya que el bullicio del mediodía atentaba contra cualquier intención de estar en silencio. La avenida se mostraba vibrante de gente y de motores.
Decidió bajar y buscar un sitio alejado y tranquilo. Comenzó a caminar las cuadras que la conducían hasta la plazoleta redonda y encontró un banco debajo de un ceibo que parecía estar esperándola.
Se sentó y se dispuso a reabrir el libro comenzando a leer de nuevo y a conciencia, el prólogo.
Al cabo de un buen rato, un leve destello la distrajo e hizo que levantara la vista hasta el lugar de donde provenía. Contó siete pisos del edificio de enfrente y vio una ventana que se abría y se cerraba, como si alguien jugara a reflejar los rayos de sol sobre cualquier desprevenido, por el solo hecho de divertirse, gratuitamente. El encandilamiento fue breve, pero bastó para que se desconcentrara.
Miró a su alrededor y buscó otro banco que estuviera a cubierto del travieso anónimo. Divisó uno libre pasando el cantero de rosales y se apresuró a cambiar de ubicación.
Retomó la lectura desde la solapa del libro y leyó la biografía del autor, la cual había omitido. Con creciente interés leyó hasta el final, la obra y los premios de su escritor favorito.
Luego de unos quince o veinte minutos, ya enfrascada en la lectura del primer capítulo, un nuevo destello la arrancó de la aventura en la sabana africana. “No lo puedo creer”, pensó. “Otro idiota que se divierte molestando con los reflejos del sol”. Levantó la mirada hasta las terrazas de otro edificio, distante a unos veinte metros del anterior, justo en el momento en que los rayos apuntaban hacia ella. Quedó encandilada y otra vez más perdió el rumbo de la lectura.
A esas alturas, el interés por el libro ya no tenía la misma potencia, de manera que lo cerró, lo guardó en el bolso y abandonando la plazoleta enfiló hacia su casa. El calor, a esa hora, había trepado notoriamente, y era agobiante. Decidió pasar por la heladería de su cuadra y gratificarse a modo de consuelo ante tanta adversidad, con un pote refrescante de vainilla y chocolate.
El cartel le supo a bofetada. No era justo. “¿A quién se le ocurre realizar refacciones a una heladería en pleno verano? No es justo. Yo solamente deseaba leer mi libro, tranquila y en silencio”.
Al pasar por la librería donde había adquirido el ejemplar del best seller más leído de la temporada, no pudo menos que lanzar una carcajada al ver en la vidriera el anuncio que decía “Lea la última novela del exitoso escritor y lo convertirá en su autor favorito”.
ALP ©2010
Decidió bajar y buscar un sitio alejado y tranquilo. Comenzó a caminar las cuadras que la conducían hasta la plazoleta redonda y encontró un banco debajo de un ceibo que parecía estar esperándola.
Se sentó y se dispuso a reabrir el libro comenzando a leer de nuevo y a conciencia, el prólogo.
Al cabo de un buen rato, un leve destello la distrajo e hizo que levantara la vista hasta el lugar de donde provenía. Contó siete pisos del edificio de enfrente y vio una ventana que se abría y se cerraba, como si alguien jugara a reflejar los rayos de sol sobre cualquier desprevenido, por el solo hecho de divertirse, gratuitamente. El encandilamiento fue breve, pero bastó para que se desconcentrara.
Miró a su alrededor y buscó otro banco que estuviera a cubierto del travieso anónimo. Divisó uno libre pasando el cantero de rosales y se apresuró a cambiar de ubicación.
Retomó la lectura desde la solapa del libro y leyó la biografía del autor, la cual había omitido. Con creciente interés leyó hasta el final, la obra y los premios de su escritor favorito.
Luego de unos quince o veinte minutos, ya enfrascada en la lectura del primer capítulo, un nuevo destello la arrancó de la aventura en la sabana africana. “No lo puedo creer”, pensó. “Otro idiota que se divierte molestando con los reflejos del sol”. Levantó la mirada hasta las terrazas de otro edificio, distante a unos veinte metros del anterior, justo en el momento en que los rayos apuntaban hacia ella. Quedó encandilada y otra vez más perdió el rumbo de la lectura.
A esas alturas, el interés por el libro ya no tenía la misma potencia, de manera que lo cerró, lo guardó en el bolso y abandonando la plazoleta enfiló hacia su casa. El calor, a esa hora, había trepado notoriamente, y era agobiante. Decidió pasar por la heladería de su cuadra y gratificarse a modo de consuelo ante tanta adversidad, con un pote refrescante de vainilla y chocolate.
El cartel le supo a bofetada. No era justo. “¿A quién se le ocurre realizar refacciones a una heladería en pleno verano? No es justo. Yo solamente deseaba leer mi libro, tranquila y en silencio”.
Al pasar por la librería donde había adquirido el ejemplar del best seller más leído de la temporada, no pudo menos que lanzar una carcajada al ver en la vidriera el anuncio que decía “Lea la última novela del exitoso escritor y lo convertirá en su autor favorito”.
ALP ©2010
(Consigna de La Nación: relato que comience con la frase "No lograba concentrarse en el libro")

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