MIS HISTORIAS. La alquimia entre la realidad y los sueños. Entre los sueños y la imaginación.







viernes, febrero 19, 2010

El CORTEJO


No lograba concentrarse en el libro. Creyó que la soledad del camposanto permitiría el camino hacia las profundidades de las páginas nuevas, rígidas y fragantes de tinta. Amaba despojarse de las vestiduras de su presente real para ataviarse con las galas de fantasía de un libro virginal. Una buena lectura era el salvoconducto para huir durante un apacible lapso, de su trabajo como administrador del cementerio del condado. Pero enseguida maldijo su frágil y corta memoria cuando la banda de músicos irrumpió con sus tachines y pumpunes. Parecían muñecos accionados a cuerda. Detrás de ellos, el cortejo fúnebre caminaba lento y con pesar.
Había olvidado el entierro del director del coro de la iglesia. Sin quitar la vista de aquel grupo de músicos vestidos con camisas de satin azul, fue cerrando suavemente la tapa del libro. Su dedo índice recorrió con resignación el camafeo en bajorrelieve que decoraba esa antiquísima edición.
Los observó sin pena. Sin nada por qué entristecerse. Ni los conocía siquiera. La viuda del difunto tenía el rostro semioculto por el velo, vestía de negro y sus hombros se sacudían por los sollozos. El grupo de jovencitas y mozuelos, también de negro, caminaban mirando al suelo y de a ratos secaban sus ojos con pañuelos blancos y arrugados.
Desde temprano, una brisa suave y agradable acariciaba las copas de los cipreses. Pasado el mediodía el viento había crecido y tenía la fuerza suficiente para delinear redondeles de polvo marrón sobre los senderos que demarcaban las tumbas.
Y al momento del entierro, las ráfagas huracanadas y amenazantes maltrataban a empujones al doliente grupo reunido para despedir los restos.
El viento aullaba y se empeñaba en desvestir a los asistentes, tironeando de sus ropas, como enloquecido, hasta que logró apoderarse de la oscura capelina de la mujer, alejándola más y más, haciéndola rebotar por encima de las cruces y las lápidas.
Todos empezaron a correr al rescate del sombrero, dejando al féretro solo y esperando, para cuando ya compuestos, los deudos regresaran y terminaran con la inhumación.
Los minutos pasaron, el viento no amainaba y la lluvia apareció formando una ondulante cortina rayada, luego de que la voz ronca y sostenida de un trueno, pusiera en fuga a la tristeza, al grupo familiar, a la capelina y al polvo reseco del cementerio.
Con una alfombra verde, enorme, el administrador se dirigió a cubrir el cajón, con otra mano, sostenía un viejo paraguas. “Ya habrá tiempo mañana. Ahora quiero leer mi libro, tranquilo”.
El anciano encendió el farol, acomodó el almohadón de su silla junto al escritorio y se dispuso a retomar la lectura.
Miró por la ventana hasta donde le daba la vista y con un largo suspiro murmuró una frase habitual, “Pobre gente, cuánto dolor”.
ALP © 2010
(Consigna de La Nación: Cuento que comience con la frase "No lograba concentrarse en el libro")

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