
Akiko era de la clase guerrera. Había nacido en el seno de una familia campesina, donde ya en los juegos infantiles denotaba habilidades con el arco, la flecha y la espada de madera.
Su padre no podía mantenerlo y mucho menos, educarlo. Su esposa, muerta en el parto, tal vez hubiera decidido aceptar la misma dolorosa pero necesaria elección. Por lo tanto, entregó esa vida pujante, a los brazos de una escuela que lo recibiría con generoso tratamiento, adueñándose de la misma y sellando un contrato firmado solamente con la palabra empeñada por el progenitor.
El niño, pronto formó parte del ejército de pequeños samurais de cinco años de edad, en permanente transformación castrense y humana.
El pequeño y su padre se miraron largamente, el día de la despedida. El secreto que ambos guardaban quedaba oculto, bajo el candado de sus labios apretados, infranqueables.
Akiko se había convertido en samurai, casi sin sentir las constantes oleadas de conocimientos que su maestro Yoshii le impartía diariamente. El cuerpo del joven era un campo listo para sembrar, la sangre de sus venas y los músculos de sus miembros parecían pedir a gritos la disciplina para la cual había nacido, hacía ya casi quince años.
El joven gozaba del trato especial que recibía del shogun. Soñaba con llegar a ser maestro de samurais, como Yoshii. Sentimiento que se vio reforzado el día que le fueron entregados el sable con filo de verdad y el yori, esa armadura que lo engrandecía, desde adentro hacia afuera. Su padre ya había partido hacia las tierras eternas, y no lo pudo ver ungido.
Durante los enfrentamientos entre los señores feudales que estaban en permanente disputa por sus dominios y posesiones, el joven integraba el grupo de bushis de élite, cada vez que el shogun señalaba a los más diestros y concentrados en el arte de la guerra y sus códigos de honor.
Debía defender los bienes del señor a custodiar, con su propia vida. Cabía una sola meta en la cabeza de un samurai, y el shogun respondía por esa meta con la subordinación y obediencia de sus mejores guerreros.
Akiko había cumplido dieciocho años, y su sueño de ser maestro de samurais se había esfumado al despertar a la cruda realidad de las revueltas y las rebeliones. Las circunstancias y los apremios en la toma de decisiones, casi sin darse cuenta lo colocaron ante la posibilidad de convertirse en shogun.
Akiko sentía que se aproximaba el momento de desaparecer para siempre de los escenarios bélicos y políticos, los cuales, en vez de atraerlo debido a sus aptitudes como guerrero, lo urgían a dejarlo todo de la noche a la mañana. Pasar de un instante al otro, con la misma rapidez con que su sable rasgaba el aire y sesgaba una vida.
Sentía que la verdad, su verdad que era su cuerpo, se aproximaba inexorablemente. El rostro de su padre ocupaba la mayoría de sus alterados sueños nocturnos y le decía que no debería seguir ocultando el secreto que los unía más allá de la muerte. El convertirse en shogun no era para lo cual había nacido.
Tsumoto, su compañero más fiel compartía el inmenso peso del secreto y estaba dispuesto a huir con Akiko. No estaba solo. No estaban solos.
Nadie había sospechado jamás que Akiko estaba lejos de ser el joven samurai que acostumbraban a ver actuar con la precisión de un maestro.
Akiko era mujer. Su alma siempre se escondió a la perfección debajo de las ocasionales prácticas y vestiduras bushis. Y solamente el fruto de un amor, también escondido, pondría punto final a la carrera hacia un shogunato inminente.
Akiko tomó firmemente la mano de Tsumoto. Montados en sendos corceles, y muy juntas sus almas, iniciaron el camino tan diferente que ya estaba demarcando un ser que aún no estaba naciendo.
Nadie se inmutó al ver pasar a la pareja saliendo de Kyoto. Ella, una joven con vestiduras oscuras y el pelo sujeto en la nuca, con la naginata pendiendo del lado derecho. Y él, a su lado en actitud protectora. Ambos con sombreros you li, cónicos, sombreándoles las miradas.
Alguno, quizás, habrá pensado que la pareja iría en busca de su destino.
Estaría completamente en lo cierto.
APL ©2010
Su padre no podía mantenerlo y mucho menos, educarlo. Su esposa, muerta en el parto, tal vez hubiera decidido aceptar la misma dolorosa pero necesaria elección. Por lo tanto, entregó esa vida pujante, a los brazos de una escuela que lo recibiría con generoso tratamiento, adueñándose de la misma y sellando un contrato firmado solamente con la palabra empeñada por el progenitor.
El niño, pronto formó parte del ejército de pequeños samurais de cinco años de edad, en permanente transformación castrense y humana.
El pequeño y su padre se miraron largamente, el día de la despedida. El secreto que ambos guardaban quedaba oculto, bajo el candado de sus labios apretados, infranqueables.
Akiko se había convertido en samurai, casi sin sentir las constantes oleadas de conocimientos que su maestro Yoshii le impartía diariamente. El cuerpo del joven era un campo listo para sembrar, la sangre de sus venas y los músculos de sus miembros parecían pedir a gritos la disciplina para la cual había nacido, hacía ya casi quince años.
El joven gozaba del trato especial que recibía del shogun. Soñaba con llegar a ser maestro de samurais, como Yoshii. Sentimiento que se vio reforzado el día que le fueron entregados el sable con filo de verdad y el yori, esa armadura que lo engrandecía, desde adentro hacia afuera. Su padre ya había partido hacia las tierras eternas, y no lo pudo ver ungido.
Durante los enfrentamientos entre los señores feudales que estaban en permanente disputa por sus dominios y posesiones, el joven integraba el grupo de bushis de élite, cada vez que el shogun señalaba a los más diestros y concentrados en el arte de la guerra y sus códigos de honor.
Debía defender los bienes del señor a custodiar, con su propia vida. Cabía una sola meta en la cabeza de un samurai, y el shogun respondía por esa meta con la subordinación y obediencia de sus mejores guerreros.
Akiko había cumplido dieciocho años, y su sueño de ser maestro de samurais se había esfumado al despertar a la cruda realidad de las revueltas y las rebeliones. Las circunstancias y los apremios en la toma de decisiones, casi sin darse cuenta lo colocaron ante la posibilidad de convertirse en shogun.
Akiko sentía que se aproximaba el momento de desaparecer para siempre de los escenarios bélicos y políticos, los cuales, en vez de atraerlo debido a sus aptitudes como guerrero, lo urgían a dejarlo todo de la noche a la mañana. Pasar de un instante al otro, con la misma rapidez con que su sable rasgaba el aire y sesgaba una vida.
Sentía que la verdad, su verdad que era su cuerpo, se aproximaba inexorablemente. El rostro de su padre ocupaba la mayoría de sus alterados sueños nocturnos y le decía que no debería seguir ocultando el secreto que los unía más allá de la muerte. El convertirse en shogun no era para lo cual había nacido.
Tsumoto, su compañero más fiel compartía el inmenso peso del secreto y estaba dispuesto a huir con Akiko. No estaba solo. No estaban solos.
Nadie había sospechado jamás que Akiko estaba lejos de ser el joven samurai que acostumbraban a ver actuar con la precisión de un maestro.
Akiko era mujer. Su alma siempre se escondió a la perfección debajo de las ocasionales prácticas y vestiduras bushis. Y solamente el fruto de un amor, también escondido, pondría punto final a la carrera hacia un shogunato inminente.
Akiko tomó firmemente la mano de Tsumoto. Montados en sendos corceles, y muy juntas sus almas, iniciaron el camino tan diferente que ya estaba demarcando un ser que aún no estaba naciendo.
Nadie se inmutó al ver pasar a la pareja saliendo de Kyoto. Ella, una joven con vestiduras oscuras y el pelo sujeto en la nuca, con la naginata pendiendo del lado derecho. Y él, a su lado en actitud protectora. Ambos con sombreros you li, cónicos, sombreándoles las miradas.
Alguno, quizás, habrá pensado que la pareja iría en busca de su destino.
Estaría completamente en lo cierto.
APL ©2010
(Consigna de La Nación: Cuento ambientado en el Japón de la época de los samurais)

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