
Cristina Weishaupt se mudó al barrio de Florida, y en el local que se alquilaba en la esquina de Güemes y Valle Grande, instaló su peluquería. Su aparición fue tan impactante, que el tema se convirtió en una especie de obsesión, que no sólo envolvió a todos los vecinos, sino que ya se perfilaba como una pseudo cacería por la cual todos se empezaron a creer detectives, policías o sabios.
Se había desatado una especie de competencia para ver quien sabía más sobre ella, y en las conversaciones vecinales abundaban toda clase de tonterías. Y también verdades, por qué no.
Las vecinas, inmediatamente, acudieron a someterse a los servicios del pequeño Salón de Belleza, en fila india, lo que fue engrosando paulatinamente, la cuenta corriente de la estilista. Pero no iban tanto como para embellecerse, sino como para averiguar todo lo que pudiera cambiar el aburrimiento de un barrio demasiado tranquilo, a veces.
Al principio, las comidillas apuntaban al parecido físico de la mujer, con Greta Garbo. Después, la semejanza ya apuntaba a Rita Hayworth y finalmente, quizás para acercarla a un perfil decididamente más pecaminoso, le habían puesto el sobrenombre de “Marilyn”. Tiempo después, descubrieron que el apellido de Cristina, de origen alemán, le otorgaba el halo de misterio apropiado, para recaer en la creencia generalizada de que tal vez se trataba de la descendiente directa del creador de la secta Illuminati, Adam Weishaupt. Y mencionar tan sólo el nombre de dicha orden, era como adentrarse al mundo de los enigmas, leyendas y misterios, que se originan en torno a esta sociedad secreta, también conocida como la Orden de los Perfictibilistas o Iluminados de Baviera.
O sea, que a la pobre peluquera Cristina, ya la habían emparentado con los cultos precristianos y masonerías del mundo antiguo y medieval. Y todo por llevar el apellido Weishaupt, de lo cual, efectivamente, la rubia no tenía la más mínima culpa.
Los más persistentes y tenaces vecinos del barrio habían averiguado también que el fundador de los Illuminati, había sembrado una simbología cuasi subliminal en todo el mundo. Como por ejemplo, el famoso “Ojo que todo lo ve”, en los billetes de un dólar norteamericano, y el Búho de Minerva, la diosa de la sabiduría, cerca de la cara de George Washington, a una escala minúscula.
Rosita, la mamá de Beto, fue la que completó y dio un acabado remate a la historieta fabricada sobre la rubia peluquera, al escuchar de boca de la propia alemana, que era descendiente del creador de la Coca-Cola, John Pemberton.
Ahí sí que la cosa se puso bien fea. Desde lavado de dinero hasta integrante de una familia de brujos, las especulaciones se sucedían y parecían no tener fin. Carlitos, el sabihondo del barrio, empezó a desgranar las historias y los mitos que se habían difundido sobre la fórmula de la popular bebida.
-La fórmula está escondida en una caja fuerte de Atlanta. Es secreta. La compañía colaboró con los nazis. Financia cuerpos paramilitares y corruptos. Papá Noel fue inventado por Coca-Cola – seguía desparramando Carlitos, haciendo que los resquemores hacia Cristina, ya alcanzaran un cariz dramático: la conjura mancomunada para hacer que se vaya del barrio.
Muy pronto, las vecinas empezaron a espaciar sus idas a la peluquería. El boicot femenino estaba tomando cuerpo con doña Rosita a la cabeza. Cristina, ni lerda ni perezosa, cambió el cartel de Salón de Belleza, por Peluquería Unisex, redoblando la apuesta. Los maridos y solteros del barrio pisaron el palito, y se invirtieron los papeles. Mejor dicho, se cambiaron los motivos para odiar a la rubia. Ellos la defendían y ellas la aborrecían.
Mientras tanto, la peluquera agigantaba su fama y su clientela, ya que su leyenda se esparcía por todas las localidades del Partido de Vicente López, enriqueciendo su marketing.
Muy atrás quedaron las acusaciones e injurias que pretendían desprestigiarla. Salieron a relucir a la palestra, entonces, las desavenencias conyugales y súbitos divorcios, tornando la temática de los chismes de barrio, en una sola cuestión y en una feroz sentencia digna de estudio:
" La rubia es una destruye-hogares y una roba-maridos, como todas las rubias alemanas." Rosita dixit.
ALP©2010
(Consigna de La Nación: un relato que refleje la llegada al barrio de un vecino nuevo.)
Se había desatado una especie de competencia para ver quien sabía más sobre ella, y en las conversaciones vecinales abundaban toda clase de tonterías. Y también verdades, por qué no.
Las vecinas, inmediatamente, acudieron a someterse a los servicios del pequeño Salón de Belleza, en fila india, lo que fue engrosando paulatinamente, la cuenta corriente de la estilista. Pero no iban tanto como para embellecerse, sino como para averiguar todo lo que pudiera cambiar el aburrimiento de un barrio demasiado tranquilo, a veces.
Al principio, las comidillas apuntaban al parecido físico de la mujer, con Greta Garbo. Después, la semejanza ya apuntaba a Rita Hayworth y finalmente, quizás para acercarla a un perfil decididamente más pecaminoso, le habían puesto el sobrenombre de “Marilyn”. Tiempo después, descubrieron que el apellido de Cristina, de origen alemán, le otorgaba el halo de misterio apropiado, para recaer en la creencia generalizada de que tal vez se trataba de la descendiente directa del creador de la secta Illuminati, Adam Weishaupt. Y mencionar tan sólo el nombre de dicha orden, era como adentrarse al mundo de los enigmas, leyendas y misterios, que se originan en torno a esta sociedad secreta, también conocida como la Orden de los Perfictibilistas o Iluminados de Baviera.
O sea, que a la pobre peluquera Cristina, ya la habían emparentado con los cultos precristianos y masonerías del mundo antiguo y medieval. Y todo por llevar el apellido Weishaupt, de lo cual, efectivamente, la rubia no tenía la más mínima culpa.
Los más persistentes y tenaces vecinos del barrio habían averiguado también que el fundador de los Illuminati, había sembrado una simbología cuasi subliminal en todo el mundo. Como por ejemplo, el famoso “Ojo que todo lo ve”, en los billetes de un dólar norteamericano, y el Búho de Minerva, la diosa de la sabiduría, cerca de la cara de George Washington, a una escala minúscula.
Rosita, la mamá de Beto, fue la que completó y dio un acabado remate a la historieta fabricada sobre la rubia peluquera, al escuchar de boca de la propia alemana, que era descendiente del creador de la Coca-Cola, John Pemberton.
Ahí sí que la cosa se puso bien fea. Desde lavado de dinero hasta integrante de una familia de brujos, las especulaciones se sucedían y parecían no tener fin. Carlitos, el sabihondo del barrio, empezó a desgranar las historias y los mitos que se habían difundido sobre la fórmula de la popular bebida.
-La fórmula está escondida en una caja fuerte de Atlanta. Es secreta. La compañía colaboró con los nazis. Financia cuerpos paramilitares y corruptos. Papá Noel fue inventado por Coca-Cola – seguía desparramando Carlitos, haciendo que los resquemores hacia Cristina, ya alcanzaran un cariz dramático: la conjura mancomunada para hacer que se vaya del barrio.
Muy pronto, las vecinas empezaron a espaciar sus idas a la peluquería. El boicot femenino estaba tomando cuerpo con doña Rosita a la cabeza. Cristina, ni lerda ni perezosa, cambió el cartel de Salón de Belleza, por Peluquería Unisex, redoblando la apuesta. Los maridos y solteros del barrio pisaron el palito, y se invirtieron los papeles. Mejor dicho, se cambiaron los motivos para odiar a la rubia. Ellos la defendían y ellas la aborrecían.
Mientras tanto, la peluquera agigantaba su fama y su clientela, ya que su leyenda se esparcía por todas las localidades del Partido de Vicente López, enriqueciendo su marketing.
Muy atrás quedaron las acusaciones e injurias que pretendían desprestigiarla. Salieron a relucir a la palestra, entonces, las desavenencias conyugales y súbitos divorcios, tornando la temática de los chismes de barrio, en una sola cuestión y en una feroz sentencia digna de estudio:
" La rubia es una destruye-hogares y una roba-maridos, como todas las rubias alemanas." Rosita dixit.
ALP©2010
(Consigna de La Nación: un relato que refleje la llegada al barrio de un vecino nuevo.)

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