MIS HISTORIAS. La alquimia entre la realidad y los sueños. Entre los sueños y la imaginación.







jueves, noviembre 25, 2010

MI CAMPO VISUAL





La concurrencia permanecía inmóvil. La homilía del sacerdote llegaba hasta lo más profundo de los corazones reunidos en la capilla para recordar a nuestros queridos ausentes, y como mi familia había tomado la amorosa costumbre de reunirse a comer en las fechas de cumpleaños de los que no estaban vivos pero que permanecían en el recuerdo, esa vez la reunión se realizaba en la casa de campo de mi octogenaria tía abuela Teté, viuda reciente, jueza de paz jubilada y dueña de las manos que mejor amasan pan casero. Claro está que solamente amasa cuando viene su sobrino nieto favorito, pero que obviamente lo disfrutamos todos.

En la larga mesa, los platos variados eran obra de las habilidades de las mujeres de la familia, salvo las niñas. Ellas eran las encargadas de empujar la carretilla con sandías que elegía en la huerta el casero de la finca. La escena era divertidísima y las risas generales nos hacían muy bien a todos.
La tía abuela Teté era la encargada de repartir tajadas de sandía. Podría asegurar que era el postre indicado para reírnos unos de otros.

La fruta estaba deliciosa, desparramaba zumo y dulzor en cada mordisco que le dábamos. Las gotas caían sobre el césped y se demoraban un instante antes de ser absorbidas por la tierra. El disfrute era general, por lo que podía ver de reojo. Bocas riendo y chorreando. Las barbas del tío Fito y el delantal de la tía abuela acusaban recibo del festín.

Les pedí que no tiraran las semillas y las depositaran en el cuenco de loza donde sólo quedaban migas de pan, que estaba en el medio de la mesa.
Al cabo del postre rojiverde que mitigó el calor del mediodía, me hice de una gran cantidad de semillas negras que me alcanzaban para elaborar lo que tenía in mente desde que mi padre había calado la primera de las opulentas frutas.
Deseaba tener un collar y una pulsera hechas con semillas como las que había visto en una revista de línea aérea, que siempre me traen los que viajan y saben que miro con especial interés.

Después de colaborar con las demás mujeres de la familia en las tareas de levantar la mesa y lavar la vajilla, me dispuse con empeño y prolijidad de joyero a lavar muy bien las futuras cuentas. Las extendí sobre una toalla absorbente y esperé que se secaran al sol, completamente.
Más tarde, en el cuarto de herramientas busqué barniz y les di el acabado justo, esperando con paciencia la segunda etapa de secado necesaria.
Ya listas, mis semillas parecían de cristal negro y mi satisfacción dio lugar a la impaciencia por empezar el enhebrado, luego de practicarles un orificio con la mecha más fina que había encontrado en un estuche.
El fino cordón de seda, también negro, se iba poblando y ya casi se estaba pareciendo al collar que imaginaba. Un metro y medio de largo, una vez anudado, ya me permitía obtener un collar de varias vueltas.
Para la pulsera, lo mismo pero con menos longitud.

Al fin, terminé mi obra. Me sentía feliz porque me habían salido idénticos a los de las fotografías de la revista.
Más tarde, llegó la hora del té. El sol de la tarde plena dotó de esplendoroso brillo a la vajilla antigua y señorial de la tía abuela Teté, quien estaba en su salsa brindando una merienda como “las de antes”, a sus invitados.

La noche arribó a la finca, bellísima y olorosa. La luna bañaba el lugar y el asado planeado estaba en sus comienzos, según los preparativos y las tareas llevadas a cabo por todos con gran dedicación.
Yo estaba emocionada especialmente esa noche porque sabía que estaba invitado Juan, un compañero de universidad de mi primo, y que me estaba gustando cada vez más. Habíamos empezado a salir. Sin compromiso y en forma “casual” tomábamos café o buscábamos la excusa de alguna conferencia interesante para asistir juntos, cada vez que se daba la ocasión.
Me arreglé con esmero y el sol de primavera me había encendido la piel. Me puse mis joyas y me encantó el contraste sobre la blancura de la blusa.

La cena familiar fue maravillosa. Al momento del café, Juan y yo nos fuimos a sentar sobre unos troncos llevando las tazas con nosotros, para disfrutar de una noche espléndida.
Yo esperaba que me dijera ese algo que anhelaba mi corazón. Y de pronto me miró acercando su cara a la mía:
-No sé si tus ojos brillan más que tu collar y tu pulsera o ellos superan el brillo de tu mirada. Son hermosos.
-¿El collar y la pulsera te parecen hermosos?
-No, tus ojazos. Aunque espero que no estén hechos también de semillas de sandía.
Acto seguido me besó en la boca dejándome casi sin aliento y luego nos reímos de buena gana por la ocurrencia.

Las carcajadas nuestras, escuchadas por todos los que permanecían de sobremesa, hicieron que nos llamaran para compartir el motivo. La tía abuela Teté blandía en alto un plato con torta de chocolate a modo de anzuelo para hacernos acercar a la gran mesa.

Pero no respondimos al reclamo familiar.
Yo necesitaba otro beso más.


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