MIS HISTORIAS. La alquimia entre la realidad y los sueños. Entre los sueños y la imaginación.







domingo, diciembre 26, 2010

ESPÍRITUS NAVIDEÑOS




Sólo me bastó tocar el timbre una sola vez para que abrieran la puerta. Y me alcanzó una ojeada para darme cuenta de que quien apareció ante mí era un desconocido al que no había visto en mi vida.
-No lo puedo creer. Estás igual a aquel día en que nos despedimos en este mismo lugar - dijo, señalando el piso - Te hubiera reconocido en cualquier lugar del mundo.
Mi cabeza comenzó a elaborar conexiones con este hombre que hablaba como si me conociera desde siempre. Pero por más que pensara, mi incertidumbre crecía hasta producirme una nube de amnesia.
-Sabrás disculparme pero no te he visto en mi vida. Creo que hay una gran confusión, y creo que será mejor que me vaya, debo haberme equivocado de calle. Yo sólo pasaba para ver si…
El desconocido se puso a un lado de la puerta y me invitó a pasar. Por la gentileza inesperada con que lo hizo, acepté, y mi disgusto del principio fue dando lugar a una creciente curiosidad.
La casa se mostraba diferente. Las paredes estaban como recién pintadas de un color alegre, lo mismo en cuanto al resto de la decoración. Los muebles no parecían haber tenido uso alguno. La palabra exacta para definirla sería… impecable.
Nos sentamos en la sala en la que había una pantalla donde se proyectaba una película familiar casera. En la misma reconocí a mis padres, a mis hermanos, a mí, a mis tíos y a mis primos. Calculé en el aire que esa filmación tendría unos veinte años. Miré al desconocido y él señaló con su índice a un niñito que se asomaba apenas por el costado del sofá.
-Éste soy yo. No me gustaba para nada la idea de que me tomaran fotografías o peor aún, que me filmaran.
Se rió muy divertido al hacer este comentario. Y yo sentí que mi cabeza buscaba una explicación al hecho de que ese pequeño primo estuviera aquí, hablando animadamente conmigo, y saber que durante años habíamos crecido con la noticia de que el más pequeño de los ocho primos que éramos para jugar, se había perdido.
Como respondiendo a mis interrogantes, el desconocido se tomó unos minutos para contar su historia y me preguntó si deseaba beber o comer algo.
Luego de disponer un par de limonadas y un plato con snacks sobre la mesita de cristal, mirando hacia el ventanal y como ensimismado habló durante largos minutos sobre detalles familiares que yo ya sabía de memoria. El humo del cigarrillo que encendió danzaba sobre nosotros y recordé el aroma del tabaco que fumaba mi tío. Su padre. Porque al final del relato no tuve más remedio que creerle. Este desconocido era mi primo.
Pero aún me faltaban algunas piezas para completar este enigma. Piezas, preguntas, porqués, lo que fuera.
Víctor, tal el nombre de mi supuesto primo, parecía eludir el instante de la historia en el cual “desapareció”, se “perdió”, como nos habían hecho creer a nosotros, los niños de la familia, tan fácilmente, y con tanta firmeza, que lo creímos por siempre.
El reloj de péndulo en el cual no había reparado cuando entré, me recordó que ya era tiempo de irme. El atardecer pronto dejaría de serlo y no me agradaba la idea de andar de noche cruzando la capital, aunque lo hiciera en mi propio automóvil.
Nos despedimos con la promesa de retomar la conversación y fijamos otro encuentro en un par de días más, ya que por motivos de mi trabajo debía viajar a otra provincia.

La voz femenina al otro lado del teléfono me sorprendió pero luego no tanto, ya que debo admitir que mi primo Víctor se había convertido en un hombre guapísimo.
-¿Con quién dijo usted?
-Con Víctor. Mire, yo soy su prima y hace un par de días estuvimos charlando allí mismo. Por lo tanto le agradecería si me pasa con él o me indica en qué momento podría volver a llamar.
El clac en el auricular del teléfono no era el mismo clac que suena cuando se termina de conversar. Fue un clac como de sorpresa imprevista, de indignación, de…
Tomé la cartera y las llaves de mi auto. En el trayecto trataba de que mis pensamientos no me distrajeran del intenso tránsito de las seis de la tarde.
Los cuarenta minutos del viaje finalizaron cuando pulsé el timbre de la casa. Era la segunda vez en pocos días que llamaba a esta puerta. Esta vez fueron necesarias cinco las veces en que sonó hasta que abrieran.
Los ojos de la joven mostraron lágrimas reprimidas y su abrazo me sorprendió dejándome dura como una estatua. Su llanto y el temblor de su cuerpo delgado me apenaron mucho. Cuando por fin se repuso se disculpó y mientras secaba sus lágrimas me hizo pasar al interior de la casa.
Todo estaba igual. Hasta la misma película familiar se estaba proyectando en la pantalla, donde días antes Víctor había apoyado su índice señalándose y riéndose de sí mismo.
Todo estaba igual.
La joven, más calmada se levantó del sillón, me preguntó si deseaba beber o comer algo. Luego de disponer un par de limonadas y un plato con snacks sobre la mesita de cristal, mirando hacia el ventanal y como ensimismada habló durante largos minutos sobre detalles familiares que yo ya sabía de memoria. Luego, lentamente se acercó a la
pantalla y con su índice señaló a la más joven de mis tías, a la madre de Víctor.
- Ésta soy yo. No me gustaba para nada la idea de que me tomaran fotografías o peor aún, que me filmaran.

Lo dijo sin tristeza, tal vez con un dejo de nostalgia. Y no necesité más piezas para armar mi rompecabezas.
El reloj de péndulo en el cual ya había reparado cuando entré, me recordó que era tiempo de irme. El atardecer pronto dejaría de serlo y no me agradaba la idea de andar de noche cruzando la capital, aunque lo hiciera en mi propio automóvil.

Al salir, cerré con cuidado la puerta con ausencia total de temor o de espanto. Por qué habría de tenerlo, si al fin y al cabo se trataba de Víctor, mi primo, el mismo que se había perdido siendo pequeño. Me lo acaba de confirmar su propia madre. Mi tía.

“En vísperas de Navidad todo puede pasar”, me había dicho alguien esta mañana. Y al recordarlo, un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, a pesar de que mañana comenzará el verano en este hemisferio sur...


ALP© 2010

viernes, diciembre 03, 2010

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