
La pared adopta el vestido de puntillas verdes que le diseña el jazmín. Lo completa con flores blancas naturales, y exagera los movimientos durante el oleaje de viento, para que todos la vean. La glicina, de racimos aún tardíos, le retuerce el pie a la farola con su mano blanca y flaca. Está impaciente. El festival de perfumes se aproxima a nuestra casa de Florida y ella, algo histérica, está aún en deshabillé de hojas. Desde la ventana de mi dormitorio observo los quehaceres mudos del jardín.
Mi madre se aproxima a mi cama e interrumpe el desenfreno de imaginaciones infantiles, y mientras me dice que habló con mi maestra para comunicarle que estaré ausente unos días, apoya sus labios en mi frente y comprueba si la fiebre ha retrocedido. ¡Claro que sí, la está derrotando! Además, la logística la cubre el pediatra de la familia, quien con su arsenal de remedios, es el aliado infalible.
Mi madre. Tan linda y sabia, adivina cada uno de mis pensamientos. Y mi lecho se convierte en barco de carga. Todo cabe y todo es necesario para entretenerme mientras dura el sarampión. Debe ser por su beso que me siento mejor. Afirma que mi frente está normal. Sí, me siento mejor.
Unos cuantos años han pasado desde ese recuerdo del beso en la frente. Aquella gladiadora, campeona de lucha contra el sarampión hoy me dejó sus armas para que las use de igual manera.
La beso como lo hacía ella y me dice que ahora me toca a mí.
No es contra el sarampión con quien me estoy midiendo. Mi contrincante se esconde, no lo puedo ver, aparece a traición, pero ni se imagina con quien se ha metido…
Divago como aquella niñita de frondosa imaginación y me sale que los besos en la frente durante las enfermedades son como las reverencias de los luchadores orientales: “Te saludo con respeto, pero si puedo, te mato”.
APL©2011

1 comentarios:
Hola! Hacía mucho que no pasaba por aquí y hoy se me ocurrió visitarte. Has cambiado el look pero no el rasgo característico de tus escritos.
Te dejo un beso
Lulú
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