MIS HISTORIAS. La alquimia entre la realidad y los sueños. Entre los sueños y la imaginación.







miércoles, junio 15, 2011

EL RUMOR

Tomás alza el hacha con ambas manos y el reflejo del sol en la hoja encandila por unos instantes a Negrito, el joven peón. La pila de trozos de troncos llega casi hasta la misma altura del tejado. El último hachazo indica el fin de la tarea, por ese día.


Mientras tanto, Antonia llena los faroles con el combustible de los tambores. Negrito, un muchacho que habían criado y que los ayuda en las tareas de la chacra, inicia el fuego del horno de barro. Al costado, las bandejas con masa aguardan su turno para convertirse en pan.


No tienen vecinos cercanos que los frecuenten y ése es el motivo por el cual la pequeña polvareda que se divisa a lo lejos sobre la ruta les llama la atención casi al mismo tiempo.

Antonia es la primera que reconoce al que se acerca y sonríe tranquilizando a Tomás que se ha quedado como una estatua con su pipa sin encender, y también al muchacho, quien prosigue avivando el fuego con leña fina.


El vehículo aminora la velocidad y se detiene frente al portón de entrada de la casona.

El rostro de Antonia cambia de expresión. No es su hermano el que conduce sino su cuñada. Un presentimiento amargo la invade y tomando el delantal con ambas manos en ademán de aferrarse a algo, se adelanta hasta la ventanilla:

-¿Pasa algo, Aurora?

Sin contestar, Aurora baja de la camioneta. Se acerca al piletón, abre el grifo del cual sale un chorro que le salpica la ropa y bebe con ansias el agua helada del hueco de su mano.

Recién después contesta tomándose tiempo para ver las caras de sus parientes, cuando la escucharan.

-No pudimos dormir. Anoche ese rumor no nos dejó pegar los ojos. Debe haber sido como a las dos de la mañana. Viene de abajo. No sabemos bien de dónde, pero se siente bajo los pies.

-Deberían revisar el motor del grupo electrógeno. Tal vez la base no amortigua bien los movimientos…

Aurora mira a los ojos a cada uno y su boca se aprieta en un gesto de rabia contenida.

-El motor lo apagamos para ver si se podía escuchar más claramente de dónde diablos provenía el ruido. Ya se lo explicamos a todos ayer, antes de ayer y desde que empezó.

Tomás la mira, preocupado, y pregunta por el cuñado.

-Es casi mediodía, ¿dónde está tu marido?

Antonia, como cayendo en la cuenta, reitera la pregunta:

-Es verdad, ¿por qué no ha venido conduciendo mi hermano, Aurora? ¿Está bien?

- Sí, está bien. Está reunido en la Municipalidad, con el intendente y otros más, para ver si le dan alguna respuesta. Ya fueron a hacer una recorrida por los campos. El nuestro y los de los vecinos. Es increíble pero lo escuchamos solamente nosotros… El rumor parece venir desde muy abajo de nuestro campo. Nos miran como si estuviéramos locos…

La desolación de Aurora se dibuja en su rostro. Negrito intenta decirle algo como para tranquilizarla:

-Ya van a descubrir qué es, doña. Seguro que por ahí corre algún pequeño río que nadie conoce y la vertiente todavía no la han descubierto. Ya va a ver…

-¿Hay algún río que pare de a ratos y se escuche durante la noche nomás?

Luego, saludando apenas, sube a la camioneta y se va, sin esperar otra serie de conjeturas que no ayudan en nada para frenar su creciente temor.


A media tarde, Antonia, Tomás y Negrito deciden llegarse hasta el campo donde dicen escuchar el famoso rumor. En el trayecto se detienen varias veces. Negrito, al mejor estilo indio, pega su oído contra el suelo, y lo mismo hace el matrimonio. Pero no escuchan otra cosa que no sea la brisa que de a ratos hacía menear las copas de los sauces, o algunas bandadas de aves que vuelan cerca de ellos. Ninguna otra cosa sobre la superficie. Y menos, por debajo.


Dejan el camión junto al sauce pegado al jagüel, y presurosamente entran atravesando la galería de la casa de Aurora y Romano.

Al entrar a la gran sala de estilo colonial, se encuentran con todas las caras conocidas del pueblo, incluído el intendente en persona. La mayoría de los chacareros presentes son hombres que no acostumbran mostrarse en reuniones que no fueran aniversarios del pueblo o fechas patrias. De manera que si ahora se encuentran en la chacra de un vecino se debe a que la cosa es muy seria.

Romano sale al encuentro de su hermana, su cuñado y el joven peón. Aurora los saluda con un movimiento de cabeza mientras sigue sirviendo pocillos de café y copitas de licor.


La voz del secretario del intendente se escucha para pedir silencio. Acto seguido, el jefe del municipio habla con serenidad tratando de infundir tranquilidad a los allí reunidos, especialmente a los dueños del campo afectado por el rumor que hasta el momento solamente ellos padecen, ya que nadie ha percibido el ruido del que todos hablan y nadie, ajeno al campo, ha escuchado.


El intendente crea un plan de estudios topográficos de los que se hacen cargo peritos que entienden en materia de suelos y antecedentes de algún accidente geográfico en el lugar, y expertos en fenómenos meteorológicos o de cualquier índole visual y auditiva, para poder llegar cuanto antes a una explicación que aquiete el nerviosismo de los moradores del campo en cuestión. Además, ya se hace evidente el temor de que el rumor comience a extenderse por debajo de los campos aledaños, con sus lógicas consecuencias. La amenaza de que el próspero sector agro-ganadero se vea afectado por la retirada de sus propietarios, es una sombra que está comenzando a preocupar a la mayoría. Se trata de una sensación de miedo frente a algo que no perciben, y ni siquiera sospechan de qué se trata.


A los tres días de realizada la reunión es muy común ver en todos los campos linderos carpas que indican la presencia de actividades en cumplimiento a lo dispuesto por el intendente. La chacra de Aurora y Romano está cerca de parecerse a un extraño laboratorio de film de ciencia ficción. Cerca del atardecer se van aquietando las actividades rurales y apagando los motores para facilitar que el campo se cubra con el más absoluto silencio. Los faroles, uno a uno, van siendo encendidos y son esos los momentos en los cuales se divisa una actividad creciente con investigaciones que nada tienen que ver con la producción, sino con el mundo de lo desconocido.


Los días transcurren sin obtener ningún resultado que indique el origen del fenómeno. Tanto Aurora y Romano como el personal idóneo que trabaja de manera prolija y diligente en su chacra han cambiado las horas de sueño. Durante el día, bajo la luz del sol, solamente trajinan algunos peones encargados del pastoreo de los vacunos y de la recolección de una parte de la cosecha.

A partir de la puesta del sol, la chacra cobra una vida inusitada, mostrando una actividad que se diferencia del resto de las chacras de la zona rural.


Finalmente, el rumor ha sido escuchado por los técnicos.

Cosa que tranquiliza en parte a los dueños del campo. Porque no pueden precisar ni la procedencia ni las causas de semejante sonido proveniente de las profundidades.

Pasan los meses y llegan los fríos invernales, con sus lluvias y sus heladas. El plan dispuesto por el gobierno municipal ha llegado a su fin sin haber arribado a ninguna conclusión, por lo tanto, luego del desmantelamiento rápido y total de las carpas experimentales, todo vuelve a estar como antes. Con el mismo rumor y con las mismas incógnitas.


Una mañana muy fría, la más helada de la temporada, algo sorprende a todos los moradores de la chacra. Algo que van notando paulatinamente, ya que por lo temprano de aquella madrugada, el personal todavía está desayunando y esperando que amanezca. Romano es el primero que percibe algo anormal. Luego se le suma Aurora y al cabo de unos minutos ya todos los ojos miran hacia el lugar desde donde parece estar aproximándose un gran grupo de personas vistiendo extraños uniformes y escafandras. A medida que se van acercando, Romano y Aurora se miran espantados al notar la altura descomunal de los seres, quienes parecen medir tres metros de estatura. Al cabo de unos instantes, los visitantes detienen su marcha a unos cincuenta metros de distancia de la vivienda. Romano, de memoria y sin quitar los ojos del ventanal, busca la pistola automática del cajón del escritorio y Aurora toma la escopeta del closet. Los extraños seres parecen estar organizándose como para hacer algo pero no se oye el más leve sonido de sus voces.


Seguidamente, los extraños prosiguen su marcha pero esta vez, en vez de dirigirse hacia la casa lo hacen en forma de rayos de sol, es decir, en todas direcciones desde el punto donde se habían detenido, momentos antes.

El inmenso resplandor que abarca toda la zona de chacras, proveniente desde el foco luminoso que se halla en el cielo, inmóvil, es visto desde lugares muy distantes, a lo largo y a lo ancho del territorio. El rumor cobra entidad de catástrofe telúrica y nadie se explica adónde habrán ido a parar las miles de hectáreas de ese sector del país, junto con sus desafortunados ocupantes. En el lugar, solamente ha quedado un gigantesco círculo a modo de dique profundo, redondo y perfecto, excavado en el suelo, como si un inconmensurable saca-bocados se hubiera llevado esa porción de planeta. El hoyo se puede apreciar desde la ventanilla de cualquier avión, y volverse a ver en todos los países del mundo, gracias a las inmediatas comunicaciones actuales, con una similitud y exactitud como para desafiar a las ciencias matemáticas, al raciocinio y al sentido de la vista. Todo al mismo tiempo.


Los periodistas del mundo, quizás para aliviar el pánico creciente recurren a un lugar común, patético e inexorable: la Tierra está siendo convertida en un apetitoso Gruyère galáctico…


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domingo, junio 12, 2011

LA ISLA ESCARPADA DE UN FARO APAGADO


Genny se sentó en la mesa para dos pegada a la puerta del restaurante, se acodó y se frotó los ojos con las palmas de las manos, en ademán inconfundible de quien quiere borrar las últimas imágenes indeseables de su mente. Después desató su cola de caballo y sacudió la cabeza como para no dejar vestigios adheridos en su memoria de lo que había sucedido hacía cinco minutos. Una contienda verbal que le tajeó la piel.

El cansancio físico de una jornada de trabajo intenso se había convertido en agotamiento mental, en hartazgo y en unas ganas enormes de tomar el teléfono y putearlo sin apuro ni decoro alguno. Pero después lo pensó bien y se dijo que en cuanto él viera su número en la pantallita del celular, no la atendería, ni remotamente.


Víctor se había presentado sin previo aviso en el restaurante que ambos habían levantado apostando a la prosperidad y a la esperanza de superar sus propios sueños, para reclamar “su parte” y renunciar.


En menos de un año la diferencia del local era notable. Hasta la clientela se había depurado de tal manera que la gran mayoría eran asiduos concurrentes, acompañados de cada vez más cantidad de invitados.

En la marquesina titilaba con letras enormes “EL FARO”. Un faro en la ciudad que atraía irresistiblemente a los paseantes y residentes del sector más internacional de Buenos Aires, gracias a que ellos sacaron a relucir toda la experiencia acumulada durante su recorrida por Francia, Italia y España en la época más dulce y rica de sus vidas mientras el amor alimentaba sus cuerpos y almas, para ponerla en práctica en el restaurante más coqueto de la capital.


Ya estaban en la ruta del éxito comercial cuando sobrevino la hecatombe de los sentimientos agotados y dejados de lado por los compromisos laborales. Hasta que paulatinamente se fueron instalando en su vocabulario cotidiano las palabras “viaje”, “engaño” y “divorcio”. Tríada letal que socavó todo intento de recomienzo de algo que ya estaba muerto y ellos no lo habían notado. O no deseaban encarar.


Genny había percibido desde hacía un tiempo el aroma acre de la traición de Víctor. Y Víctor hacía rato que sentía la anestesia de los sentidos cuando se encontraba a solas con Genny.



Ahora ambos reclamaban sus derechos. Blandían papeles como afiladas hojas mortales tratando de justificar ante el otro que ya no había motivos para continuar juntos.

El amor se escapaba en cada palabra mordaz y certera de la boca de ambos y se diluía atravesando los aires para no volver jamás.


“EL FARO” había dejado de iluminar las sonrisas de satisfacción de otrora, no tan lejanas. Y poco a poco, gradualmente, se estaba apagando para sumir en la más densa oscuridad las siluetas de un par de soñadores que quedaron ciegos de tanto ver más allá, de tanto aspirar a tenerlo todo, y mirar hacia el lado contrario al que dirigía aquel haz de luz que enfocaba a su amor.


Ya nada queda por hacer, ni a nadie hay que reclamar. Porque ni con la luz más intensa de mil faros se vuelve a la vida lo que ya no existe más.


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